prólogo
20 AÑOS ATRÁS.
El calor no venía del aire, sino del vientre mismo de la tierra.
A quinientos metros bajo las laderas dormidas del volcán, el oxígeno era un lujo escaso que quemaba los pulmones con cada inhalación. Las antorchas de pez crepitaban con dificultad, arrojando una luz anaranjada y agónica sobre las paredes de basalto negro. El hedor a azufre y roca derretida era tan denso que casi se podía masticar.
Cuatro pares de botas avanzaban sobre el suelo irregular, levantando una polvareda fina que se pegaba a la piel sudorosa. Llevaban tres semanas explorando el entramado de túneles olvidados de las Montañas de Ceniza, buscando cualquier prueba física que confirmara la existencia de la Dinastía Primigenia, la civilización caída que antecedió al reinado del Rey Oscuro.
—El pasaje se abre aquí —murmuró uno de los hombres, sosteniendo en alto su quinqué de bronce.
Al cruzar la pequeña grieta en la roca, el grupo desembocó en una cámara circular. La arquitectura no pertenecía a ninguna de las cinco casas de Pagmelia; no había mármol pulido ni columnas dóricas. Las paredes estaban talladas directamente sobre la piedra volcánica, cubiertas de frisos oscuros y marcas hechas a golpe de cincel.
En el centro exacto de la estancia, reposaba un sarcófago monumental. Era un bloque monolítico de piedra negra, desprovisto de los ornamentos dorados con los que la nobleza solía enterrar a sus muertos. A lo largo de los laterales, decenas de símbolos desconocidos —líneas angulosas y espirales agresivas— garabateaban la superficie con una precisión perturbadora.
Los tres hombres del grupo se abalanzaron de inmediato sobre la tumba. Un erudito de la Casa Verdan sacó su carboncillo para calcar los grabados, mientras los otros dos aflojaban las correas de sus mochilas para extraer las cuñas de hierro y las palancas.
—No hay registros de este dialecto —dijo el más joven, pasando los dedos temblorosos sobre las muescas del sarcófago—. No es antiguo dialecto del Norte, ni léxico del mar. Es... previo.
Mientras ellos debatían en susurros apresurados, la única mujer del grupo permaneció un paso atrás. Llevaba el cabello recogido bajo una pañoleta de lino y la ropa manchada de hollín. A diferencia de sus compañeros, cuya codicia académica los empujaba hacia el gran bloque de piedra, ella alzó su antorcha hacia las paredes circulares de la cámara.
Los frescos tallados en la roca contaban una historia.
Pintadas con pigmentos rojos y ceniza, las figuras representaban ciudades enteras cayendo sobre sus rodillas. No había ejércitos invasores ni monstruos en el dibujo. En su lugar, el artista había representado un destello: una luz ciega, una marea de resplandor feroz que brotaba del cielo y consumía la piel de los hombres hasta convertirlos en polvo. Y lo más aterrador no era la destrucción, sino las figuras del primer plano. Reyes y plebeyos por igual, con los brazos alzados hacia la luz en un acto de adoración absoluta mientras se desintegraban.
La mujer dio un paso atrás, sintiendo que un escalofrío helado le recorría la columna vertebral a pesar del calor sofocante del volcán.
No estaban en una tumba ordinaria. Tampoco en un santuario histórico. Aquello era una prisión... o una guarida.
—Iba a ser sacrificado —murmuró ella en un hilo de voz, fijando la mirada en los símbolos grabados sobre la tapa del sarcófago—. No lo enterraron para honrarlo. Lo sellaron para que la luz no volviera a salir.
—¡Ya cede! —gritó uno de los exploradores, ignorando sus palabras.
Con un chasquido metálico y un gemido de piedra desgarrándose, la pesada tapa del sarcófago se desplazó hacia un lado. Una ráfaga de aire inesperadamente frío, con olor a ozono y nieve antigua, brotó del interior de la tumba, apagando casi por completo la llama de las antorchas.
Los tres hombres se inclinaron sobre el borde, ahogando un jadeo.
La mujer tragó saliva y avanzó despacio, temiendo lo que sus ojos iban a encontrar.
En el fondo del nicho de piedra no había un esqueleto cubierto de polvo ni una momia consumida por los siglos. Allí yacía un hombre joven. Tenía la piel pálida como el mármol, facciones afiladas y un cabello tan negro que parecía tragar la luz a su alrededor. Vestía túnicas de un tejido desconocido que no mostraba el menor signo de deterioro.
Parecía plácidamente dormido. Y mientras los cuatro historiadores lo contemplaban en un silencio sepulcral, el tórax del joven se elevó lentamente en un ciclo de respiración profundo, pausado y constante.
Llevaba siglos respirando en las entrañas de la tierra.
Uno de los eruditos extendió la mano, fascinado, con la intención de tocar la piel del durmiente.
—¡Ni se te ocurra! —chilló la mujer, reaccionando con una ferocidad que sobresaltó a sus compañeros. Agarró al hombre del brazo y lo arrojó hacia atrás con violencia—. ¡Cerradlo! ¡Cerradlo ahora mismo!
—¿Estás loca? —protestó el erudito de Verdan—. ¡Es el hallazgo de la era! ¡Un hombre de la primera estirpe vivo! Si lo llevamos ante el Consejo de las Casas…
—¡Si lo despertáis, no quedará un solo Consejo en Pagmelia! —siseó ella, señalando con la antorcha los frescos de la pared, donde la luz destruía civilizaciones enteras—. ¿No sabéis leer la piedra? Esto no es un antepasado. Es una maldición. ¡Poned la tapa en su sitio!
Los hombres dudaron un segundo, intimidados por el pánico absoluto que desfiguraba el rostro de la mujer. La autoridad en su voz no dejaba espacio a las discusiones.
Con esfuerzo desesperado, apoyando sus hombros contra la mole de piedra, los tres hombres volvieron a deslizar la tapa del sarcófago hasta que encajó con un golpe seco que resonó en las profundidades de la montaña.
La mujer no esperó a que se recuperaran. Corrió hacia el pasadizo de entrada, tomó una de las cargas de pólvora destinadas a la excavación y la encajó en la grieta más débil del techo de basalto.
—¿Qué estás haciendo? —gritó uno de sus compañeros, retrocediendo cubriéndose la cara.
—Asegurarme de que el mundo siga en pie —contestó ella, prendiendo la mecha con el cabo de su antorcha—. Corred.
Corrieron a través de los túneles oscuros mientras el fuego consumía la cuerda. Segundos después, una explosión ensordecedora hizo temblar la montaña, derrumbando toneladas de roca y sepultando la cámara del sarcófago bajo una montaña inaccesible de escombros y ceniza.
Cuando salieron a la superficie y el aire fresco de la noche les azotó el rostro, la mujer se quitó la pañoleta, dejando que su melena pelirroja cayera suelta sobre los hombros. Miró por última vez hacia la cima del volcán, apretando el broche de bronce con la forma de un león marino que sujetaba su capa.
Celeste Senna se prometió a sí misma en ese instante que ese secreto moriría con ella.







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