El último Globo por Elbuscado1 en Inkitt
Personalizar legibilidad
Aa

El Último Globo

Sinopsis

Siegfried fue invitado por su amigo a un show de citas en el cual no estaba interesado en participar, pero fue el único que si se interesó en ella, y ella en él.

Estado:
Completa
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El aire dentro del Estudio B era una mezcla sofocante de ozono, laca para el cabello y la colonia barata de cinco hombres desesperados por atención. Siegfried exhaló lentamente por la nariz, cosa que le ayudó a regular su ritmo cardíaco. Cerró los ojos por un segundo, buscando su centro de gravedad.

¿Qué estaba haciendo un martes por la tarde, perdiendo horas de su vida bajo luces halógenas que le daban dolor de cabeza?

La culpa la tenía Hagen. Su amigo de la infancia se había convertido en productor de contenido digital y estaba al borde de un colapso nervioso porque uno de los participantes de su nuevo y estúpido programa, Pop the Balloon or Date, había cancelado a última hora debido a una intoxicación alimentaria. Hagen lo había llamado casi llorando. Y Siegfried, leal hasta la médula, había cancelado dos sesiones de entrenamiento VIP —con un senador y el CEO de una empresa de tecnología, respectivamente— para estar allí.

—"Solo párate ahí, no digas mucho, sé el gigante intimidante que eres y revienta el globo si la chica no es un diez de diez.— le había instruido Hagen, palmeándole la espalda.

Siegfried detestaba la premisa. A sus veinticuatro años, el concepto de juzgar el valor de una persona en los primeros cinco segundos y humillarla públicamente reventando un globo le parecía el pináculo de la decadencia moderna. Él era un hombre de la vieja escuela. Un instructor personal que cobraba mil dólares la hora no solo por esculpir cuerpos, sino por forjar disciplina. Cabe añadir que era un biker, un amante del death metal melódico que encontraba la paz en los dobles pedales de una batería y en el rugido de su motocicleta en una carretera vacía, no en este circo el cuál estaba formado parte junto el resto de los participantes, los cuales eran una galería de caricaturas de internet. A su izquierda, un sujeto hiperactivo con pantalones cargo y camiseta ajustada que no paraba de hacer flexiones isométricas para que sus venas resaltaran. A su derecha, un chico de cabello decolorado con un arnés de cuero que miraba su reflejo en la lente de la cámara.

Pero el que realmente estaba poniendo a prueba la paciencia estoica de Siegfried era el individuo situado en el otro extremo de la fila. Un tipo con barba rala, postura encorvada y una camiseta negra con letras blancas gigantes que rezaba: I ❤️ BEING PEGGED. Desde que habían llegado, el sujeto no había parado de hacer comentarios denigrantes sobre las mujeres que habían pasado antes, tratando de hacerse el gracioso y buscando la validación de los demás como un perro buscando sobras.

—Silencio en el set,— resonó la voz del director. —Cámaras listas. Que entre la siguiente.—

Siegfried se mantuvo en absoluto silencio y ajustó su postura mientras tenia un globo rojo en su mano izquierda y una pequeña aguja de metal en la otra, preparándose para otra ronda de superficialidad. Sin embargo, cuando las puertas dobles del estudio se abrieron, la apatía lo abandonó como si le hubieran inyectado adrenalina pura directo al corazón.

Una mujer entró, y el aire pareció abandonar la sala.

No era solo hermosa; era magnética. Tenía una presencia que exigía atención sin pedirla a gritos. Su cabello negro enmarcaban un rostro de proporciones perfectas, de piel pálida y suave. Sus ojos, perfilados con un maquillaje oscuro y preciso, tenían la fiereza de una pantera arrinconada, pero Siegfried, un experto en leer la biomecánica y el lenguaje corporal, notó la ligerísima tensión en sus hombros.

Vestía de forma implacable. Un top tipo corsé negro con cordones que abrazaba su figura de reloj de arena, realzando su pecho de forma natural y elegante a pesar de lo revelador de la prenda. Una gargantilla de cuero con pequeños pinchos adornaba su cuello largo, y unos pantalones de látex negro se adherían a sus piernas con una precisión milimétrica, terminando en unas pesadas botas de plataforma. Caminaba con un balanceo de caderas que hipnotizaba, proyectando una confianza absoluta.

Siegfried sintió que sus pupilas se dilataban ligeramente. Había algo profundamente honesto en su manera de presentarse. No intentaba ser la "chica de al lado". Era una reina de las sombras, orgullosa e imponente.

La mujer se detuvo en su marca, a un par de metros de la fila de hombres. Cruzó los brazos bajo el pecho, elevó el mentón con un gesto desafiante y miró directamente al lente principal.

—Hola, mi nombre es Athena,— dijo.

Su voz era una sorpresa. Suave, melódica, pero con un matiz ronco y aterciopelado que recorrió la espina dorsal de Siegfried. Era la voz de alguien que sabía exactamente quién era.

Athena hizo una pausa de micro-segundos, tragando saliva apenas de forma imperceptible. Siegfried lo notó. Ella sabía lo que venía. Sabía cuál iba a ser la reacción a su siguiente frase, y aun así, levantó la barbilla un milímetro más.

—...y hago OnlyFans.—

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!

Cuatro estallidos violentos destrozaron el silencio del estudio casi al unísono. Los hombres a su alrededor no tardaron ni medio segundo en hundir sus agujas en el látex rojo. Algunos incluso lo hicieron con una sonrisa ladeada, como si acabar de descartar a un ser humano fuera una medalla de honor, una prueba de su propia superioridad moral.

Siegfried no se movió.

No parpadeó. No tensó la mandíbula. Simplemente se quedó allí, firme como una montaña, con su globo rojo meciéndose perezosamente en su mano, el único punto de color intacto en una línea de rechazo.

Athena cerró los ojos por una fracción de segundo al escuchar las explosiones simultáneas. Siegfried pudo ver cómo su pecho subía y bajaba en una respiración contenida. La humillación era palpable. Estaba acostumbrada al estigma, a los juicios en internet, a los comentarios de hombres anónimos, pero tener el rechazo escupido en la cara de manera tan coordinada y física requería un estoicismo que pocas personas poseían.

Cuando ella abrió los ojos, su mirada recorrió la fila. Vio a los cuatro hombres con los restos de látex en sus manos, luciendo satisfechos. Iba a darse la vuelta y marcharse con su dignidad intacta. Iba a salir caminando de allí sin darles el placer de verla afectada.

Pero entonces, sus ojos se detuvieron en el extremo derecho de la fila.

Se encontraron con los gélidos y tranquilos ojos azules de Siegfried. Físicamente, era un coloso. Un metro noventa y nueve de musculatura densa, funcional y magra. Su cabello, de un rubio cenizo casi blanco, estaba recogido en una coleta tirante que dejaba a la vista una mandíbula que parecía tallada en granito y unos ojos de un azul que la miraban como lo que era en realidad, una mujer de carne y hueso con sentimientos. Vestía con su habitual armadura urbana: botas de ingeniero desgastadas por el uso real, vaqueros negros gruesos y una camiseta negra de la banda Amon Amarth que se ajustaba a sus pectorales y hombros masivos. Y para su sorpresa, tenía el globo intacto.

Los labios de Athena se separaron ligeramente. Su postura defensiva vaciló. La sorpresa en su rostro fue tan genuina y vulnerable que Siegfried sintió un instinto protector primordial encenderse en lo más profundo de su pecho, un instinto que no había sentido en mucho tiempo.

El silencio en el estudio era pesado y tenso. Nadie sabía qué hacer. El director no cortaba la escena.

Fue entonces cuando el sujeto de la camiseta I ❤️ BEING PEGGED decidió que no podía soportar no ser el centro de atención. Al ver que Athena no huía llorando y que este gigante rubio no había seguido al rebaño, su ego frágil colapsó. Necesitaba recuperar el poder de la escena.

Lanzó los brazos al aire con una teatralidad exagerada, mirando a las cámaras, luego a los productores y finalmente al resto de los participantes, buscando complicidad.

—Hermano ¿No tenemos chicas normales?— exclamó con una voz nasal y quejumbrosa, esbozando una sonrisa torcida llena de desprecio.

Un par de los otros participantes rieron nerviosamente por lo bajo.

Siegfried sintió que la sangre se le enfriaba en las venas. No era furia ardiente; era una ira glacial, controlada y absoluta. Era la misma concentración letal que utilizaba antes de levantar trescientos kilos en peso muerto.

Lentamente, Siegfried giró su cuerpo hacia el individuo. No fue un movimiento rápido, sino metódico. Abrió los dedos de su mano derecha y dejó que el globo se escapara. El objeto rojo fue al suelo, fuera de escena, abandonado porque la situación acababa de volverse mucho más seria que un estúpido juego de citas.

Salió de la formación. Sus pesadas botas de ingeniero resonaron en el suelo sintético del estudio cerrando la distancia entre él y el sujeto con la precisión de un depredador acorralando a su presa.

Cuando Siegfried se detuvo, estaba a menos de un metro del tipo. Su imponente metro noventa y nueve proyectó una sombra literal sobre el hombre. La risa del sujeto murió en su garganta de forma instantánea. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, chocando contra un muro de músculo con una mirada azul que prometía violencia si era provocada.

—Disculpa— la voz de Siegfried retumbó en la habitación. Era un barítono profundo, rico, sin necesidad de elevar el volumen. No gritaba; ordenaba. Era la voz de un macho alfa que no necesitaba golpear su pecho para demostrar dominio. —Creo que la acústica de este lugar me ha fallado. ¿Te importaría repetirme, y de paso definir claramente para todos los presentes, qué es exactamente para ti una “chica normal"?—

El sujeto tragó saliva de forma ruidosa. Su valentía de teclado se había evaporado al verse confrontado en la vida real por un hombre que fácilmente podría partirlo por la mitad.

—O-oye, viejo, relájate,— tartamudeó, levantando las manos temblorosas a la altura del pecho. —Yo solo decía... ya sabes. Una chica con un trabajo normal y decente. Una chica con un poco de dignidad. No alguien que se desnuda por unos dólares en internet. Hay que respetarse a uno mismo.—

Siegfried inclinó la cabeza un grado hacia la izquierda. Sus ojos analizaron al hombre con un desprecio clínico.

—Dignidad. Respeto,— repitió Siegfried, desmenuzando las palabras con una pulcritud aterradora. —Hablas de dignidad mientras te presentas frente a cámaras que transmitirán tu imagen a millones de personas, vistiendo una prenda de ropa que declara, en letras mayúsculas, tu predilección sexual por ser sodomizado.—

Alguien del equipo de producción ahogó un grito de sorpresa detrás de las cámaras. Athena, que observaba la escena petrificada, abrió los ojos de par en par, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

El rostro del individuo pasó de la palidez al rojo escarlata en un segundo.


—¡Es ironía! ¡Es un meme, maldita sea!— intentó defenderse, dando un patético paso hacia atrás, sintiendo que el espacio personal de Siegfried era radiactivo.

—No es ironía. Es la desesperación patética de un hombre hueco rogando por validación externa,— sentenció Siegfried, su voz cortante como el cristal roto. No parpadeaba. —Te escudas en un conservadurismo falso y en una supuesta superioridad moral para denigrar a una mujer que tuvo las agallas de pararse aquí sola y ser brutalmente honesta desde el primer segundo. La juzgas por capitalizar su propio cuerpo, por ser dueña de su imagen y de su economía en un sistema que exprime a la gente hasta dejarla seca.—

Siegfried dio un medio paso más al frente. El tipo casi tropieza al retroceder.

—Y el remate del chiste,— continuó Siegfried, implacable, apabullante, "es que tú estás aquí, creyéndote con la autoridad moral de restarle valor como ser humano basándote en cómo paga su alquiler. Mientras, apostaría mi motocicleta a que eres el primero en consumir el mismo contenido que ella crea, escondido en la penumbra de tu cuarto, en modo incógnito, consumido por la vergüenza de tus propias pulsiones.—

El silencio era absoluto. Era el silencio de una ejecución.

—Reventar el globo era tu derecho,— concluyó Siegfried, su tono bajando a un nivel aún más grave y amenazante. —Si sus decisiones no se alinean contigo, pasas de largo. Eso es respetable. Pero intentar humillarla públicamente para sentirte grande frente a otros hombres débiles... eso no te hace superior. Te hace un gusano.—

Siegfried mantuvo el contacto visual durante cinco segundos insoportables, dejando que el silencio aplastara al hombre. Luego, con un movimiento de desdén, le dio la espalda, como si el tipo hubiera dejado de existir en el plano terrenal.

Toda la dureza, la violencia contenida y el hielo de su expresión se derritieron en el instante en que sus ojos volvieron a encontrarse con los de Athena.

Siegfried relajó los hombros y su rostro se suavizó de una manera que parecía casi milagrosa. Caminó lentamente hacia ella, deteniéndose a una distancia respetuosa. Inclinó ligeramente la cabeza, un gesto de cortesía antigua que encajaba perfectamente con su presencia.

—Mi nombre es Siegfried,— se presentó, hablándole única y exclusivamente a ella. Las cámaras, el director, Hagen, todo había desaparecido. Su voz ahora era cálida, envolvente. —Y debo decir, Athena, que eres la mujer más honesta, hermosa y valiente que ha cruzado esas puertas en todo el día.—

Athena sentía que sus piernas eran de gelatina. Estaba paralizada. A lo largo de su vida, había enfrentado a hombres agresivos, babosos, críticones y condescendientes. Había construido un muro de titanio a su alrededor. Pero nunca, jamás, un hombre había desmantelado a uno de sus atacantes con tanta ferocidad protectora, lógica implacable y elocuencia aplastante.

Y ahora, ese mismo coloso de aspecto feroz la miraba con una ternura y un respeto abrumadores.

Una sonrisa temblorosa, pero radiante y llena de luz, rompió la máscara fría que ella solía llevar.

—Si me lo permites,— continuó Siegfried, ofreciéndole su brazo derecho, doblado por el codo en un gesto caballeroso. —Me encantaría invitarte a salir de este circo ahora mismo. Conozco un lugar tranquilo donde sirven el mejor whisky de la ciudad. Podríamos tomar un trago, si gustas.—

Athena miró el enorme y musculoso brazo que se le ofrecía. Luego miró a los ojos de Siegfried. Eran honestos. No había dobles intenciones, no había lujuria barata. Había interés real.

—Me encantaría, Siegfried,— respondió ella, y para su propia sorpresa, su voz sonó firme y clara. —Sácame de aquí.—

Ella deslizó su mano por el pliegue del brazo de él, sintiendo el calor abrasador de su piel y la dureza de la musculatura bajo la camiseta. Siegfried le ofreció una sonrisa ladeada, asintió, y sin pedir permiso ni mirar atrás, escoltó a Athena hacia las puertas dobles del estudio, dejando al presentador paralizado y al hombre de la camiseta con lágrimas de humillación asomando en sus ojos.

En el instante en que las pesadas puertas insonorizadas del estudio se cerraron tras ellos, cortando el zumbido eléctrico y la tensión venenosa de la sala de grabación, la realidad golpeó a Athena.

El pasillo trasero del edificio de producción olía a cera de piso, humedad y café recalentado. El aire acondicionado aquí estaba a máxima potencia, y el frío chocó contra la piel expuesta de su escote y sus brazos.

De repente, la adrenalina que la había mantenido en pie, alta y orgullosa como una reina guerrera frente a las cámaras, se evaporó. Sus rodillas vacilaron. Se soltó del brazo de Siegfried y dio dos pasos tambaleantes hasta apoyar la espalda contra la fría pared de bloques de hormigón pintados de blanco.

Siegfried se detuvo de inmediato. No la presionó, no invadió su espacio. Se colocó frente a ella, a un metro de distancia, bloqueando instintivamente la vista hacia el pasillo en caso de que alguien saliera, ofreciéndole privacidad.

Athena cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso. Sus manos, que habían estado firmemente cruzadas bajo su pecho, ahora temblaban de forma incontrolable a sus costados. El choque fisiológico tras una confrontación pública tan brutal le estaba pasando factura. Estaba acostumbrada al hate en internet, a leer comentarios destructivos desde la seguridad de su apartamento, pero tener a cuatro hombres reventando un globo en su cara simultáneamente, seguido de un insulto directo... dolía. Dolía más de lo que jamás admitiría frente a una cámara.

—Respira,— la voz de Siegfried llegó hasta ella, suave, profunda, un ancla pesada en medio de la marea de emociones. —Ya pasó. Estás a salvo.—

Athena abrió los ojos, encontrándose con esa mirada azul gélida que, paradójicamente, irradiaba una calidez inmensa.

—Yo... lo siento,— murmuró ella, cruzando los brazos sobre su propio estómago, sintiendo el temblor en sus dedos. —Se supone que soy la chica de hierro. La intocable. Pero eso fue...—

—Fue una emboscada de cobardes,— completó Siegfried con firmeza. —No pidas disculpas por tener una reacción biológica normal a una situación diseñada para humillarte. Eres humana, Athena. El coraje no es no sentir el golpe; el coraje es cómo te mantuviste de pie frente a ellos a pesar del golpe.—

Él se movió lentamente, quitándose la pesada chaqueta de cuero negro que llevaba sobre su camiseta de Amon Amarth. Sin pedir permiso, pero con un cuidado reverencial, la colocó sobre los hombros temblorosos de Athena.

El peso de la prenda fue instantáneamente reconfortante. Olía a él: una mezcla embriagadora de sándalo antiguo, cuero curtido y el ozono frío de las carreteras nocturnas. Athena cerró los ojos, aferrándose a las solapas de la chaqueta, permitiendo que el calor corporal que aún retenía el cuero envolviera sus hombros helados. Su respiración comenzó a normalizarse.

—Gracias,— susurró ella.

—No hay de qué,— respondió Siegfried, ofreciéndole una media sonrisa tranquilizadora. —¿Lista para salir de este edificio corporativo y buscar ese whisky?—

Athena asintió, su postura recuperando su rigidez natural, pero esta vez sin la necesidad de actuar. —Guíame, gigante nórdico.—

Capítulos
1. Capítulo 1
¡Cuéntale a Elbuscado1 lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Nuestro Amor

San: Es una novela muy envolvente, en cada capítulo te atrapa más y más esta muy interesante!! Espero terminarla sin ningún inconveniente!!

Leer ahora
Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

Leer ahora
ATRAPADO

MONSY💋: Me.encanto 💋

Leer ahora
Marido y mujer, ¡solo en papel!

Claudia: Hgytvbggghhhhhh Hu yhhhhhhyh

Leer ahora
Una sorpresa para el millonario

Alexandra: Me gusta como desarrolla la trama y me emociona cada capítulo, excelente

Leer ahora