Capitulo 1
El ambiente en el gimnasio "Iron Core" era denso, impregnado de la mezcla familiar de tiza de magnesio, sudor y el retumbar de los bajos de la música electrónica que vibraba en las paredes. En el centro de la zona de pesos libres, rodeada de un aura de concentración absoluta, estaba Cristina Aleman. Para sus de seguidores en redes sociales, ella era "Bulkykrispis" o "Bulkycriss" una chica fitness que maravillaba con su cuerpo musculoso y femenino a la vez.

Cristina se ajustó el cinturón de levantamiento alrededor de su estrecha pero rocosa cintura. Frente a ella, la barra olímpica descansaba sobre los soportes del rack, cargada con tres discos de cuarenta y cinco libras por lado. Doscientos treinta y cinco libras en total para sus sentadillas. Cerró los ojos un segundo, visualizando el movimiento. El sudor perlaba su frente y bajaba por la marcada separación de sus deltoides. Agarró la barra con fiereza, se sumergió bajo ella encajándola perfectamente en sus trapecios, y dio un paso atrás.
El metal crujió. Sus cuádriceps, masivos y estriados bajo la tela de sus shorts ajustados, se tensaron como cables de acero. Bajó en un movimiento fluido y controlado, rompiendo el paralelo, y con un gruñido ahogado que evidenciaba su poder explosivo, subió de nuevo. Una. Dos. Tres. Hasta completar seis repeticiones perfectas.
Al devolver la barra al rack, el golpe metálico resonó como un trueno. Cristina se quitó los audífonos, exhalando profundamente, con el pecho subiendo y bajando. Se miró en el espejo continuo. Amaba cada centímetro del cuerpo que había forjado. Sus hombros anchos, sus dorsales que le daban esa codiciada forma de "V", y unas piernas que eran el terror de cualquier pantalón vaquero convencional. Era fuerte, era grande, y se sentía absolutamente hermosa.

Pero sabía que el mundo exterior, y especialmente su propia familia, no siempre compartía su definición de belleza.
Ese pensamiento la acompañó un par de horas más tarde, mientras conducía hacia los suburbios para el tradicional almuerzo dominical en casa de sus padres. Se había puesto un vestido de verano color mostaza, ligero y de tirantes. No trataba de ocultar sus músculos —nunca lo hacía—, pero el vestido contrastaba con su imponente físico de una manera que ella consideraba coqueta.
Al entrar a la casa de su infancia, el aroma a asado negro, plátanos dulces y especias la recibió, envolviéndola en una nostalgia cálida. Sin embargo, algo no encajaba. El ambiente no era el de un domingo normal.
Su madre, María Elena, estaba en la cocina, limpiando frenéticamente una encimera que ya brillaba. Su padre, Roberto, estaba sentado en su sillón reclinable, pero la televisión estaba apagada. Tenía un periódico en las manos, pero lo sostenía al revés.
—Hola, familia —saludó Cristina, dejando sus llaves en el recibidor y acercándose a la cocina para besar la mejilla de su madre—. Huele a gloria, mamá.
María Elena dio un respingo, como si la hubieran sorprendido haciendo algo malo. —¡Mi niña! Sí, sí... tu favorito. Ya casi está listo. Pasa a la mesa, tu padre y yo vamos enseguida.
El almuerzo comenzó con un silencio sepulcral. La mesa de los Aleman, usualmente un campo de batalla de debates sobre política, anécdotas del trabajo y bromas ruidosas, parecía hoy la sala de espera de un consultorio médico. Roberto cortaba su carne milimétricamente, aclarándose la garganta cada dos minutos, mientras María Elena no paraba de servirle más puré a Cristina, mirándola con una mezcla de ternura y una angustia mal disimulada.
Cristina, cuya paciencia era inversamente proporcional a su fuerza, dejó los cubiertos sobre el plato haciendo un ruido seco.
—Muy bien, tiempo fuera —dijo, apoyando sus musculosos antebrazos en la mesa y mirando a ambos—. ¿Quién chocó el auto? ¿A quién van a auditar en Hacienda? Hablen ya.
Roberto y María Elena se quedaron congelados. El patriarca soltó un largo suspiro, dejó la servilleta sobre la mesa y miró a su esposa, pidiéndole apoyo visualmente.
—No es nada de eso, mi amor —comenzó María Elena, forzando una sonrisa temblorosa mientras extendía la mano para acariciar la de su hija—. Es solo que tu padre y yo llevamos semanas conversando. Analizando las cosas. Sobre ti, Cristina. Sobre tu vida y tu... tu felicidad a largo plazo.
Cristina arqueó una ceja, genuinamente confundida. —¿Mi felicidad? Mamá, estoy en el mejor momento de mi carrera. Acabo de firmar con dos marcas de suplementos y mis marcas en el gimnasio están...
—No hablamos de pesas, hija —interrumpió Roberto, adoptando su voz más solemne de padre—. Hablamos de tu vida privada. De tu corazón.
Cristina parpadeó. —¿Mi corazón?
María Elena apretó la mano de su hija, con los ojos repentinamente cristalizados. —Cris, mi amor, queremos que sepas que estamos en el siglo veintiuno. Te amamos con toda el alma. En esta casa siempre serás aceptada, sin importar a quién elijas amar. Tu padre y yo solo queremos que dejes de esconderte. Que seas libre.
El engranaje en el cerebro de Cristina tardó unos segundos en girar. Miró a su madre llorosa, luego a su padre, que asentía con gravedad, luciendo como un mártir de la tolerancia moderna.
—Esperen un momento... —murmuró Cristina, abriendo mucho los ojos—. ¿Me están diciendo todo este discurso sobre amor incondicional y aceptación porque... creen que soy lesbiana?
Roberto se removió incómodo en su silla, aflojándose un poco el cuello de la camisa. —Bueno, hija... es que, mírate. Eres una mujer bellísima, pero te has vuelto... muy grande. Muy musculosa. Adoptas posturas rudas, vives en ese mundo de hierro sudoroso, rara vez te vemos en tacones, y, lo más importante... llevas años sin presentarnos a un muchacho. Solo sumamos dos más dos.
El silencio volvió a caer en la sala, pero esta vez fue roto por una carcajada explosiva. Cristina echó la cabeza hacia atrás, soltando una risa tan profunda y resonante que casi hace temblar los vasos de cristal. Se llevó una mano al vientre, incapaz de contenerse, mientras sus padres la miraban boquiabiertos.
—¡Ay, Dios mío! —logró articular entre risas, limpiándose una lágrima de la comisura del ojo—. Ustedes son increíbles. De verdad, se ganan el premio a los padres más dramáticamente desorientados del mundo.
—Cristina, esto es serio... —intentó reprenderla Roberto, aunque un atisbo de alivio cruzó su rostro.
—Papá, mamá —dijo Cristina, respirando hondo para calmarse y mirándolos con una sonrisa afectuosa—. Los amo por el esfuerzo. De verdad que sí. Pero, aclarando el punto: me encantan los hombres. Soy completamente heterosexual. Que decida construir masa muscular, levantar cientos de libras y tener la espalda ancha, no cambia mis preferencias. Lo hago porque me apasiona el fisicoculturismo, no para rechazar mi feminidad ni porque no me gusten los chicos.
—¿De verdad? —María Elena parpadeó, la preocupación disipándose como humo—. Pero entonces, ¿por qué nunca sales con nadie? Eres joven, hermosa...
—Ese es el problema, mamá. —Cristina suspiró, su expresión volviéndose un poco más seria—. A la mayoría de los hombres de mi edad les intimido. Su ego no soporta que la mujer con la que cenan tenga los bíceps más grandes que ellos o que pueda hacer más sentadillas con peso. Tuve un par de citas desastrosas hace un par de años con chicos que intentaban "competir" conmigo o hacerme sentir menos para sentirse más hombres. Decidí que no iba a perder mi tiempo. Me enfoqué en mí.
—Bueno, eso habla de la inseguridad de esos tontos, no de ti —gruñó Roberto, el instinto protector aflorando.
Cristina sonrió con cierta timidez, bajando la mirada hacia su plato por un segundo. Un leve rubor tiñó sus mejillas, suavizando sus facciones marcadas.
—Además... no es del todo cierto que no salga con nadie.
El comedor quedó en un silencio sepulcral por segunda vez.
—¡¿Qué?! —exclamaron ambos padres al unísono.
—Tengo novio. Llevamos once meses juntos —confesó Cristina, jugando nerviosamente con el borde del mantel—. No les había dicho nada porque quería estar segura de que era algo serio antes de lanzarlo a los leones... es decir, a ustedes. Y él también es una persona extremadamente ocupada.
María Elena casi da un salto en su silla. —¡Once meses! ¡Cristina Aleman, me vas a matar de un infarto! ¿Quién es? ¿Es de tu gimnasio? ¿Es uno de esos hombres que compiten en calzoncillos y se pintan de marrón?
—No, mamá, no compite. Se llama Siegfried. Siegfried Dubhe. Y es un coach de gimnasio.
Roberto frunció el ceño ligeramente, procesando la información. —¿Un coach? ¿Gana lo suficiente para invitarte a salir, al menos?
—Papá, por favor —Cristina rodó los ojos—. Es un entrenador VIP. Es especialista en biomecánica clínica y kinesiología deportiva. Tiene su propio estudio privado en la zona financiera. Prepara a actores para películas, rehabilita a atletas profesionales... es el mejor en lo que hace. Y me trata como a una reina.
La curiosidad devoró cualquier rastro de la charla anterior. María Elena ya estaba pensando en qué ponerse, y Roberto estaba calculando qué preguntas incómodas haría.
—Quiero conocer a ese Siegfried —dictaminó Roberto, cruzándose de brazos—. Si ha logrado estar contigo casi un año sin que lo sepamos, debe ser un tipo astuto. Invítalo a cenar. Este viernes. En *El Rincón de la Carne*. Yo invito.
Cristina sonrió, sabiendo que acababa de abrir la caja de Pandora. —De acuerdo. Pero compórtense.








