El Monoambiente
El ventilador de techo hacía un ruido seco, como si estuviera cansado de girar. Cada vuelta mandaba una racha tibia que movía el pelo corto y denso de Lucas y le levantaba un poco el flequillo negro que le caía sobre la frente. Tenía diecinueve años recién cumplidos y el cuerpo de un oso joven que todavía no terminaba de llenarse: hombros anchos pero brazos largos, pecho plano con dos pezones oscuros que se le marcaban contra la remera gastada, panza chata que subía y bajaba despacio. La cola, corta y redonda, se le movía a veces sin que él se diera cuenta, un tic nervioso que había tenido desde pibe. Estaba tirado en el sillón de dos cuerpos, las piernas abiertas, los pies descalzos apoyados en la mesa ratona llena de tazas sucias y paquetes de yerba. El pelaje de sus piernas era más claro que el del resto del cuerpo, casi dorado en los muslos, y se le erizaba cada vez que el ventilador le pegaba de lleno.
Del otro lado del monoambiente, detrás de la barra que hacía de cocina, Marta revolvía el mate con la bombilla. Era una osa parda de cuarenta y dos años, gruesa, pesada, con el cuerpo de alguien que había parido y trabajado y se había quedado sola. Las tetas le colgaban pesadas dentro del top negro sin tirantes; se le marcaban los pezones grandes y oscuros cada vez que se inclinaba. La panza le sobresalía suave sobre el elástico del short de algodón, y cuando caminaba se le movía toda junta, un balanceo lento y carnoso que hacía que la cola gruesa y peluda le rozara los muslos. El pelo de su cabeza era castaño oscuro, siempre medio enredado, y le caía sobre las orejas redondas que se le movían cuando escuchaba algo. Tenía el hocico corto de osa, la nariz húmeda y negra, y unos ojos marrones que parecían cansados desde hacía años.
—¿Querés mate, Luqui? —preguntó sin mirarlo, la voz ronca de quien fuma de vez en cuando y grita poco.
—Dale —contestó él, y la cola se le movió una vez contra el sillón.
Marta llenó el mate, le puso la bombilla y caminó hasta él. Cada paso hacía que el piso de madera barata crujiera. Cuando se inclinó para pasárselo, el olor de ella le llegó de lleno a Lucas: jabón de glicerina, un toque de sudor viejo debajo de las tetas, y ese olor a hembra adulta que él conocía desde que tenía memoria. El hocico de Marta pasó cerca del de él. Por un segundo se miraron. Ella le dejó el mate en la mano y le revolvió el pelo entre las orejas con los dedos gruesos, un gesto automático, de madre.
—Estás muy quieto hoy —dijo ella.
—Cansado. Hice muchos viajes.
Lucas tomó el mate. El agua estaba caliente, casi quemando. Mientras chupaba la bombilla miró el cuerpo de su madre sin querer. El short se le había subido un poco y se le veía el arranque del muslo interno, donde el pelaje se volvía más fino y oscuro. La panza le caía un poco sobre el elástico. Él sintió un calor raro en la base de la cola y se acomodó en el sillón, cruzando las piernas.
Afuera se escuchaba el barrio. Era un pasillo interno de un edificio viejo de Flores, con las paredes tan finas que se oía todo. La vecina de al lado, Rosa, una gata atigrada de cincuenta años, estaba puteando por teléfono. Se le escuchaba la voz aguda y el ruido de las uñas contra la mesada. Más lejos, el taller de Roberto mandaba el ruido metálico de una llave que caía. Roberto era un lobo gris grande, de hombros anchos y pecho peludo que siempre dejaba a la vista. Tenía plata, viudo, y miraba a Marta como si ya se la hubiera cogado en la cabeza.
Marta volvió a la cocina y se puso a lavar los platos de la noche anterior. El agua caliente le empañó el hocico. Cada vez que se inclinaba, el top se le bajaba un poco y se le veía el arranque de las tetas, pesadas, con el pelaje más claro alrededor de los pezones. Lucas la miró de reojo. Llevaba años mirándola así, pero últimamente el mirar se le había vuelto pesado, como si tuviera peso propio.
El monoambiente era chico. Una sola habitación que hacía de living, comedor y dormitorio. La cama matrimonial estaba contra la pared del fondo, deshecha, con las sábanas de color indefinido. Al lado, el colchón de una plaza de Lucas, todavía enrollado porque de día lo guardaban para tener espacio. El baño era un cubículo con cortina de plástico que no cerraba del todo. Olor a humedad, a yerba, a cuerpos que sudaban juntos en el mismo aire.
Marta terminó con los platos y se secó las manos en el short. Se le marcaron los dedos mojados contra la tela. Después se dejó caer en el sillón, al lado de Lucas. El peso de ella hizo que el mueble se hundiera y que el cuerpo del pibe se inclinara un poco hacia el de la madre. Las piernas se les rozaron. El pelaje de ella era más grueso, más caliente. Lucas no se apartó. Tampoco ella.
—Hoy vino el de la inmobiliaria —dijo Marta, mirando la tele apagada—. Nos dio diez días más. Si no llegamos con la plata…
—Ya sé. Voy a hacer más viajes. El finde hay recital en el Parque, se labura bien.
Ella asintió. Le puso una mano en la rodilla sin pensar. La mano era grande, con almohadillas gruesas en los dedos, y se quedó ahí. Lucas sintió el calor atravesarle el short. La cola se le movió otra vez.
En ese momento se escuchó el timbre. No el del edificio, sino el de la puerta del monoambiente. Tres toques cortos.
Marta se levantó gruñendo bajo. Abrió. Del otro lado estaba Valentina.
Valentina era una zorra roja de dieciocho años, hija de la verdulera de la esquina. Delgada, de patas largas, cola esponjosa que se le movía sin parar. Tenía el hocico fino, los ojos negros brillantes y un top blanco que le dejaba ver el arranque de las tetas chicas y altas. Olía a perfume barato y a fruta.
—Hola, señora Marta —dijo con voz dulce—. ¿Está Lucas?
Marta se corrió un poco. Lucas se levantó del sillón demasiado rápido. Se le notó el bulto en el short por un segundo y se acomodó la remera.
—Hola, Vale —dijo él, rascándose detrás de una oreja.
Valentina sonrió mostrando los colmillos chiquitos. Entró sin que la invitaran del todo. Miró el monoambiente con esa curiosidad de quien no está acostumbrado a espacios tan chicos. Su cola rozó la pierna de Marta al pasar.
—Te traje esto —le dijo a Lucas, y le alcanzó una bolsa de panaderia—. Facturas. Las hizo mi vieja.
Marta cerró la puerta y se quedó parada, con los brazos cruzados debajo de las tetas. El gesto las empujó hacia arriba. Valentina lo notó. Lucas también.
Se sentaron los tres como pudieron. Valentina en la silla de la cocina, Lucas y Marta otra vez en el sillón. La zorra hablaba rápido, moviendo las manos, contando que había conseguido laburo en una perfumería del centro. Cada tanto le tiraba una mirada larga a Lucas, una mirada que decía “te quiero garchar” sin decirlo. Marta tomaba mate en silencio. Cada vez que Valentina se reía, a Marta se le movían las orejas hacia atrás, un gesto casi imperceptible de osa molesta.
Lucas se sentía raro. La presencia de Valentina le generaba un calor distinto, más fácil, más permitido. Pero cuando ella se inclinó para agarrar una factura y se le abrió un poco el top, él no miró ahí. Miró a su madre. Marta tenía la mirada baja, el hocico serio, una gota de agua del mate corriéndole por el labio. Se la limpió con el dorso de la mano y el gesto le hizo mover el pecho.
Al rato Valentina se levantó.
—Bueno, los dejo. Si querés mañana pasamos por el Parque, Luqui. Hay unos pibes que llevan cerveza.
Lucas asintió sin compromiso. Ella se le acercó y le dio un beso cerca del hocico, casi en la comisura. El olor a perfume le quedó pegado. Después miró a Marta.
—Chau, señora.
—Chau, nena.
Cuando cerró la puerta, el silencio se volvió pesado. Marta soltó el aire que tenía guardado.
—Esa piba está re enganchada con vos.
—Boludeces.
—No son boludeces. Se te declara con los ojos.
Lucas se encogió de hombros. Se levantó y fue a la ventana. Abajo se veía el pasillo interno, las bicis atadas, el contenedor de basura desbordado. El calor de enero entraba aunque fuera de noche. Se pasó una mano por el pecho, debajo de la remera, y sintió los pezones duros. No sabía si era por el ventilador o por otra cosa.
Marta se quedó en el sillón. Se había bajado un poco el top sin darse cuenta y se le veía la curva pesada de una teta. El pelaje alrededor del pezón estaba un poco erizado. Se tocó la panza con las dos manos, un gesto cansado, y suspiró.
—Luqui… venì un segundo.
Él volvió. Se sentó al lado otra vez. Ella le puso el brazo detrás de los hombros, un abrazo de costado, y lo atrajo hacia su cuerpo. La teta le quedó apoyada contra el brazo de él. Caliente. Suave. Pesada. Lucas sintió el corazón pegarle en el hocico. El olor de ella lo envolvió: hembra, madre, casa.
—Vamos a salir de esta —dijo ella contra su pelo—. Los dos. Como siempre.
Él asintió, con el hocico escondido cerca del cuello de ella. Por un segundo se permitió respirar hondo. El olor de la piel debajo del pelaje. El calor. La cola de Marta se movió y le rozó la pierna.
Afuera, Rosa la gata gritó algo contra la pared. Roberto cerró el taller con un portazo. El ventilador siguió girando.
Y en el monoambiente chico, con el mate ya frío y el cuerpo de la madre pegado al del hijo, algo que todavía no tenía nombre se acomodó entre los dos, silencioso, caliente, esperando.