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El rincón de las almas perdidas

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Sinopsis

Una colección de cuentos de terror, donde cada historia es diferente y tiene su propio misterio. Algunas hablan de criaturas, otras de lugares extraños, personas que esconden secretos y situaciones que nunca deberían haber ocurrido. Cada cuento tiene algo distinto que descubrir… y quizás alguno te haga mirar dos veces antes de apagar la luz.

Genero:
Horror
Autor/a:
Maite
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

<El rio sangriento>

El sol apenas comenzaba a salir cuando Daniel terminó de preparar las mochilas.

—¿Ya está todo? —preguntó Valeria desde la habitación.

—Sí. Agua, comida, linternas, repelente... creo que no falta nada.

Valeria salió de la habitación con una pequeña mochila sobre los hombros.

—¿Y estás seguro de que sabes llegar?

Daniel levantó el teléfono y sonrió.

—Claro que sí. Mira.

Le mostró el mapa.

—Tenemos que seguir el sendero durante unas horas y después deberíamos encontrar el río.

Valeria observó la pantalla.

—¿Y cómo encontraste este lugar?

—Un amigo me habló de él hace unos días. Dijo que es bastante bonito y que casi nadie va.

—¿Casi nadie?

—Sí.

Valeria hizo una pequeña mueca.

—Eso suena un poco raro.

Daniel se rio.

—No todo tiene que ser raro.

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, espero que tengas razón.

Salieron de la casa poco después de las seis de la mañana.

El viaje en automóvil duró casi dos horas. A medida que se alejaban de la ciudad, las casas comenzaron a desaparecer y fueron reemplazadas por árboles, montañas y largos caminos de tierra. Finalmente llegaron al lugar donde comenzaba el sendero.

Daniel estacionó el automóvil y ambos bajaron.

El aire era fresco y limpio.

—Hace mucho frío —dijo Valeria, frotándose las manos.

—Cuando caminemos se te va a pasar.

Daniel cerró el automóvil y se colocó la mochila.

Antes de comenzar, miró nuevamente el teléfono.

No había señal.

—Bueno... espero que el mapa funcione sin Internet.

—Daniel...

—¿Qué?

—No me digas que no pensaste en eso.

Él soltó una carcajada.

—Tranquila. Lo tengo descargado.

Valeria suspiró.

—Menos mal.

Comenzaron a caminar.

Durante la primera hora hablaron de cualquier cosa. Recordaron algunas historias graciosas, hablaron del trabajo y discutieron sobre quién había olvidado llevar algo para comer. El sendero era tranquilo,demasiado tranquilo.

Apenas se escuchaban algunos pájaros entre los árboles y el sonido de sus propios pasos.

Después de aproximadamente dos horas, Daniel se detuvo.

—Creo que estamos cerca.

Valeria levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes?

—Escucha.

Ambos guardaron silencio.

A lo lejos se escuchaba el sonido del agua.

Valeria sonrió.

—Por fin.

Caminaron unos minutos más hasta que los árboles comenzaron a separarse.

Daniel apartó unas ramas,y entonces lo vieron.Frente a ellos había un río.

Valeria se quedó completamente sorprendida. El agua era cristalina y reflejaba el cielo como un espejo. Las piedras del fondo podían verse perfectamente y alrededor del río crecían flores de distintos colores.

El lugar era tan hermoso que parecía imposible que existiera.

—Es precioso —dijo Valeria.

Daniel sonrió.

—¿Ves? Te dije que valdría la pena.

Valeria dejó su mochila en el suelo y se acercó a la orilla.

—Nunca había visto un río así.

Daniel se agachó y metió la mano en el agua.

—Está tibia.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Tibia?

—Sí.

Ella se quitó los zapatos.

—Entonces voy a entrar.

—¿Ahora?

—¿Para qué vinimos?

Daniel se rio y comenzó a quitarse las zapatillas.

Poco después, ambos entraron al río.

El agua les llegaba hasta las rodillas.

Valeria cerró los ojos y sonrió.

Por unos minutos, todo fue perfecto.

No había ruido de automóviles,no había teléfonos,no había problemas.

Solo ellos dos y aquel extraño río escondido entre los árboles.

Pero ninguno de los dos sabía que ese lugar había sido evitado durante generaciones.

Ninguno sabía lo que había ocurrido allí muchos años atrás.

Y, sobre todo, ninguno sabía que el río no siempre había sido cristalino. Porque mucho antes de que ellos llegaran...

sus aguas habían sido rojas.

Valeria salió del agua después de unos minutos y se sentó sobre una de las piedras de la orilla.

—¿No te parece extraño este lugar? —preguntó.

Daniel salió detrás de ella.

—¿Extraño?

—Sí. Es demasiado bonito y no hay absolutamente nadie.

Daniel miró alrededor.

—Quizás por eso es especial.

Valeria no respondió.

Mientras se secaba los pies, vio algo entre las raíces de un árbol.

—Daniel, mira.

Se levantó y se acercó.

Era una pequeña piedra negra con un símbolo extraño grabado en ella. Parecía un círculo atravesado por varias líneas.

—¿Qué será? —preguntó.

Daniel la tomó entre sus manos.

—No tengo idea.

—Déjala.

—¿Por qué?

—No sé... simplemente no me gusta.

Daniel volvió a dejarla en el suelo.

Decidieron descansar un rato antes de regresar.

Comieron, tomaron algunas fotografías y disfrutaron del paisaje.

Pero mientras Valeria revisaba las fotografías en su teléfono, frunció el ceño.

—Daniel.

—¿Qué pasa?

—Ven a ver esto.

En una de las fotografías aparecían ambos dentro del río.

Pero detrás de ellos, entre los árboles, había varias personas.

Valeria acercó la imagen.

Eran figuras oscuras.

Parecían estar vestidas con túnicas largas.

—¿Quiénes son? —preguntó.

Daniel tomó el teléfono.

—No había nadie cuando tomamos esta foto.

—Lo sé.

Miraron hacia los árboles.

No había nadie.

—Quizás son sombras —dijo Daniel.

Valeria negó con la cabeza.

—No parecen sombras.

Daniel intentó borrar la fotografía.

La pantalla se quedó congelada.

Después se apagó.

—Genial.

Guardó el teléfono en su mochila.

—Nos vamos.

Comenzaron a recoger sus cosas.

Fue entonces cuando escucharon un sonido.

Un golpe.

Después otro.

Venía desde el río.

Ploc.

Ploc.

Daniel se acercó a la orilla.

El agua seguía tranquila.

Pero algo había cambiado.

Ya no era completamente cristalina.

Una pequeña corriente rojiza avanzaba lentamente desde el centro del río.

Valeria sintió un escalofrío.

—Vámonos.

—Sí.

Se dieron la vuelta y comenzaron a caminar.

Pero después de unos minutos, Daniel se detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

Miró el sendero.

—Creo que nos equivocamos.

—¿Cómo?

—Este no es el camino por donde vinimos.

Valeria sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.

—¿Estás seguro?

Daniel sacó el teléfono.

La pantalla se encendió.

El mapa mostraba algo imposible.

El punto azul que representaba su ubicación estaba...

dentro del río.

Daniel levantó la mirada.

—No puede ser.

De repente, el teléfono emitió un sonido.

Había llegado un mensaje.

No tenían señal.

Aun así, el mensaje apareció en la pantalla.

“DEVUELVAN LO QUE TOMARON.”

Valeria miró a Daniel.

—Nosotros no tomamos nada.

Daniel recordó la piedra negra.

—Yo...

No terminó la frase.

Ambos corrieron de regreso al río.

La piedra seguía donde la habían encontrado.

Daniel la tomó.

—La voy a dejar aquí.

La colocó exactamente en el mismo lugar.

Por unos segundos no ocurrió nada.

Entonces el viento comenzó a soplar.

Las hojas de los árboles se movieron violentamente,y el río empezó a cambiar.

El agua cristalina se volvió roja. No lentamente.

En cuestión de segundos, todo el río adquirió un color oscuro, espeso, parecido a la sangre.

Valeria retrocedió.

—¿Qué está pasando?

Desde el otro lado del río comenzaron a aparecer figuras.

Una. Dos. Tres.

Después fueron muchas.

Todas vestían túnicas negras.

Permanecían inmóviles mirando hacia ellos.

Daniel tomó la mano de Valeria.

—Corre.

Pero antes de que pudieran hacerlo, una voz salió de entre los árboles.

—Ya es demasiado tarde.

Valeria gritó.

Las figuras comenzaron a acercarse.

Daniel tiró de ella y corrieron sin mirar atrás.

El bosque parecía haber cambiado.

Los árboles eran más altos.

El sendero había desaparecido.

Y detrás de ellos podían escuchar pasos.

Muchos pasos.

Llegaron a un claro y encontraron unas piedras enormes formando un círculo.

En el centro había un altar antiguo.

Sobre él había marcas oscuras y símbolos iguales al que habían visto en la piedra.

Valeria se quedó paralizada.

—¿Qué es este lugar?

Daniel encontró algo escrito en una de las piedras.

Con dificultad, comenzó a leerlo.

—“Cada cierto tiempo, el río debe recibir una vida...”

Valeria lo miró horrorizada.

—Sigue.

Daniel continuó.

—“Aquellos que entren en sus aguas serán llamados por el río. No podrán abandonar el bosque hasta que la deuda sea pagada.”

Valeria comenzó a llorar.

—Tenemos que salir.

—Sí.

Entonces escucharon agua.

Pero no había ningún río cerca.

El sonido venía de debajo de ellos.

El suelo comenzó a humedecerse.

Una pequeña corriente roja apareció entre las piedras.

Luego otra.

Y otra.

El agua comenzó a rodearlos.

Valeria tomó la mano de Daniel.

—No me sueltes.

—No lo haré.

El agua subió lentamente hasta sus tobillos.

Después hasta sus rodillas.

Las figuras aparecieron nuevamente entre los árboles.

Esta vez estaban mucho más cerca.

Daniel intentó correr.

Pero algo sujetó su pierna.

Cayó al suelo.

—¡Daniel!

Valeria intentó ayudarlo, pero otra fuerza la agarró desde atrás.

Ambos gritaron.

El río comenzó a rodearlos aunque estaban lejos de la orilla.

Y entonces escucharon aquella voz una última vez.

—El río siempre cobra su deuda.

A la mañana siguiente, un grupo de excursionistas encontró dos mochilas abandonadas junto al río.

No encontraron a Daniel ni a Valeria.

La policía buscó durante semanas.

No encontraron ningún rastro.

Ni huellas.

Ni cuerpos.

Nada.

El caso quedó sin resolver.

Con el tiempo, la historia comenzó a convertirse en una leyenda.

Algunos decían que la pareja se había perdido en el bosque.

Otros aseguraban que habían muerto en algún accidente.

Pero los habitantes de la zona conocían una historia diferente.

Decían que aquel río había sido utilizado muchos años atrás para realizar rituales. Personas desaparecidas.

Animales sacrificados.

Y vidas ofrecidas para mantener satisfecho a algo que, según las antiguas creencias, vivía bajo sus aguas.

Por eso nadie se acercaba.

Nadie nadaba allí.

Nadie bebía de sus aguas.

Y, sobre todo, nadie debía llevarse nada del lugar.

Años después, un excursionista encontró una fotografía abandonada cerca del río.

En ella aparecían Daniel y Valeria sonriendo dentro del agua.

La fotografía estaba completamente manchada de rojo.

Pero había algo más.

Al fondo, entre los árboles, podían verse las mismas figuras con túnicas negras.

Y, en el centro del río, había dos personas de pie.

Daniel y Valeria. Ambos miraban directamente hacia la cámara,sus rostros estaban pálidos. Sus ojos completamente negros.

Y detrás de ellos, escrito sobre la superficie del agua con letras rojas, había un mensaje:

Todavía necesitamos dos más.

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