LA ENTREVISTA
Capítulo 1 — La entrevista
Elena llevaba veinte minutos esperando en un sillón de cuero que probablemente costaba más que su alquiler de un año, y todavía no sabía bien qué la había convencido de presentarse a esa entrevista.
Se busca asistente personal. Discreción absoluta. Disponibilidad total.
El anuncio no decía el nombre de la empresa. Tampoco decía el sueldo, aunque la oficina —si es que a eso se le podía llamar oficina, con esos techos de tres metros y esas ventanas que parecían tragarse toda la luz de Milán— sugería que el dinero no era el problema.
—La señorita Marchetti puede pasar.
La voz pertenecía a una mujer de traje gris que no había sonreído ni una sola vez desde que Elena llegó. Se levantó, se alisó la falda con las manos —un gesto nervioso que odiaba en sí misma— y caminó hacia la puerta doble de madera oscura.
No estaba preparada para lo que había del otro lado.
El hombre no se levantó cuando ella entró. Estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando la ciudad como si le perteneciera. Y tal vez le pertenecía. Elena no sabría decirlo todavía.
—Siéntese —dijo él, sin darse vuelta.
No era una petición.
Elena se sentó. Cruzó las piernas, cruzó los brazos, los descruzó porque parecía defensivo, y finalmente se quedó quieta con las manos sobre el regazo, maldiciéndose por no saber qué hacer con su propio cuerpo delante de un desconocido.
Cuando él por fin se giró, Elena entendió por qué la recepcionista no sonreía nunca en ese piso.
Damián Ferrante no parecía un hombre. Parecía una decisión ya tomada.
Tendría unos treinta y ocho años, tal vez menos —era difícil calcularle la edad a alguien que llevaba el control como una segunda piel. Traje oscuro, corte impecable, ni un pelo fuera de lugar. Pero lo que a Elena se le quedó grabado fueron los ojos: grises, casi transparentes, del tipo que no parecen mirarte a vos sino a través tuyo, calculando algo que vos ni siquiera sabías que estabas mostrando.
—Elena Marchetti —dijo él, leyendo su currículum sin levantar la vista—. Veintisiete años. Traductora. Sin experiencia como asistente ejecutiva.
—Aprendo rápido.
Fue lo único que se le ocurrió decir, y sonó más desafiante de lo que había planeado. Damián levantó la vista por primera vez, y algo cruzó su expresión durante medio segundo. No sorpresa exactamente. Más bien la reacción de alguien que no está acostumbrado a que le respondan sin que se lo pidan.
—El puesto exige disponibilidad total —dijo él, dejando la hoja sobre el escritorio—. Eso incluye viajes, horarios impredecibles, y silencio.
—¿Silencio?
—No hablará de lo que vea o escuche en esta casa, ni dentro de esta empresa, con nadie. Bajo ninguna circunstancia.
Elena sintió algo frío bajarle por la espalda, pero no apartó la mirada.
—¿Qué es exactamente lo que voy a ver, señor Ferrante?
Por un instante pensó que no iba a responder. Damián la observó como si estuviera decidiendo cuánto valía la pena decir, y al final se limitó a esbozar algo que no llegaba a ser sonrisa.
—Nada que no pueda manejar una mujer inteligente.
No era una respuesta. Elena lo supo, y él supo que ella lo sabía. Pero había algo en la forma en que lo dijo —esa mezcla de advertencia y desafío— que hizo que, en lugar de levantarse e irse, se quedara clavada en la silla, decidida a demostrarle que efectivamente podía manejarlo.
Fue un error. Lo sospechó incluso entonces.
—Empieza el lunes —dijo él, ya de vuelta junto a la ventana, dándole la espalda otra vez, como si la conversación jamás hubiese requerido su atención completa—. A las siete en punto. No llegue tarde.
—Ni siquiera me dijo el sueldo.
—No le va a hacer falta. —Una pausa—. Una última cosa, señorita Marchetti.
Elena se detuvo con la mano en la puerta.
—Nunca me pregunte por mi familia. Nunca pregunte por qué hay un ala de esta mansión que permanece cerrada. Y jamás, bajo ningún concepto, entre a mi despacho privado sin que yo se lo pida.
—¿Y si lo hago?
Se arrepintió de la pregunta apenas salió de su boca. Pero ya era tarde: Damián se había vuelto a girar, y esta vez la miraba directamente, sin ninguna calidez detrás de esos ojos grises.
—Entonces descubrirá cosas que no podrá olvidar el resto de su vida.
No sonaba a amenaza. Sonaba peor: sonaba a promesa.
Elena salió de esa oficina con el trabajo, un sueldo que no conocía, y la sensación exacta —clara como el frío de febrero que la esperaba en la calle— de que acababa de aceptar entrar a un lugar del que después no sabría cómo salir.
Lo que todavía no sabía era que llevaba en el bolsillo, desde hacía años, la única llave capaz de abrir esa puerta cerrada.






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