Capítulo 1
Descargo de responsabilidad: No soy dueño del anime/manga “Dragon Ball” en general o de la serie “The Walking Dead”, y de lo único que soy dueño es de esta historia alternativa/paralela que he escrito por diversión para lectoras/lectores curiosos.
Goki en The Walking Dead
Capítulo 1: Un Deseo Puro y un Mundo Marchito
Guía de Lectura:
—Diálogos—
«Pensamientos»
¡KameHameHa!(Ataques / Habilidades / Ki / Técnicas)
[Lectura / Noticias / Intercomunicadores]
____________________________________________________________
El viento soplaba suavemente a través de los frondosos árboles del Monte Paoz. Era un paraíso terrenal, un lugar lleno de vida salvaje, ríos cristalinos y una paz inquebrantable. Sin embargo, para Goki, el silencio de su hogar se había vuelto ensordecedor.
A sus treinta años, Goki era una mujer de una belleza extraordinaria, aunque ella misma fuera completamente ajena a ello. Su cabello negro azabache, erizado en su característica forma de palmera, enmarcaba un rostro de tez blanca y facciones suaves, resaltado por unos ojos oscuros como el carbón que siempre brillaban con una mezcla de curiosidad e inocencia. Con su metro setenta de estatura, poseía una figura que desafiaba la lógica: un cuerpo voluptuoso esculpido por décadas de entrenamiento marcial. Sus pechos enormes tensaban la tela de su característico gi naranja, contrastando fuertemente con un vientre plano donde se asomaban unos abdominales firmes y bien definidos. Su cintura delgada daba paso a unas caderas anchas y un trasero prominente que llenaba sus pantalones de combate.
Cuando bajaba a la Capital del Oeste, su presencia nunca pasaba desapercibida. Las mujeres a menudo la miraban con una mezcla de envidia y celos, incapaces de comprender cómo alguien que pasaba su vida peleando y comiendo cantidades industriales de comida podía mantener esa figura. Los hombres, por su parte, se quedaban boquiabiertos, divididos entre la admiración absoluta y la incredulidad. Pero Goki, con su ingenuidad casi infantil, simplemente les sonreía y les saludaba con la mano, creyendo genuinamente que la gente de la ciudad era muy amigable y le gustaba mirarla porque su uniforme naranja era llamativo.
Esa tarde, sentada en el pórtico de su pequeña casa, Goki suspiró profundamente. Apoyó el mentón en sus manos y miró hacia el horizonte. Como miembro clave de los Guerreros Z, había salvado la Tierra —y el universo— en múltiples ocasiones. Recordaba la frialdad de Freezer en Namekusei y la tensión de los Juegos de Cell. Tenía que admitirlo: la adrenalina de esos combates, el fuego en su sangre al enfrentarse a oponentes tan poderosos o al intercambiar golpes con Vegeta en sus entrenamientos, era algo que le fascinaba.
Pero al final del día, las batallas terminaban. Sus amigos regresaban a sus vidas. Bulma tenía a su familia en la Corporación Cápsula, Milk tenía su propio hogar... y ella regresaba al Monte Paoz. Sola.
Goki entró a la casa. Estaba impecable, pero vacía. No había risas, no había pasos pequeños corriendo por el suelo de madera. Una punzada de tristeza, oscura y pesada, se instaló en su pecho. Quería una familia. Anhelaba con todo su ser tener la casa llena de hijos e hijas, enseñarles a pescar con la cola (o con las manos), entrenar con ellos y verlos crecer. Su mayor deseo en todo el universo era tener un bebé. Sin embargo, había un pequeño y técnico problema debido a su falta de educación convencional: no tenía ni la más remota idea de cómo se hacían.
A veces, para mitigar esa soledad, iba a visitar a sus mejores amigas. Bulma y Milk siempre la recibían con los brazos abiertos en fiestas y cumpleaños, pero al ver a las familias de los demás, el vacío en su interior solo se hacía más evidente.
Ese día, la tristeza se transformó en determinación. Goki apretó los puños, levantó la mirada y frunció el ceño con una decisión inquebrantable.
—¡Se acabó! —exclamó en voz alta, su voz resonando en la casa vacía—. ¡Voy a preguntarle a Bulma! Ella es la mujer más lista del mundo, seguro sabe exactamente qué entrenamiento o técnica secreta necesito hacer para tener un bebé.
Sin perder un segundo más, Goki salió volando por la ventana. Su aura blanca estalló a su alrededor mientras surcaba los cielos a una velocidad supersónica, cortando las nubes con una sonrisa llena de esperanza. Estaba tan concentrada en su misión, tan enfocada en llegar a la Capital del Oeste, que no notó la extraña distorsión en la atmósfera frente a ella.
El cielo azul se rasgó. No hubo ninguna explosión de ki, ni la firma de energía de un enemigo. Simplemente, una grieta de luz violeta y negra se abrió en el aire. Goki parpadeó, sorprendida, intentando frenar, pero iba demasiado rápido.
—¿Qué es es...? —apenas logró articular antes de ser engullida por completo.
El mundo dio vueltas. Una sensación de vértigo y frío extremo recorrió su cuerpo, obligándola a cerrar los ojos. Cuando los abrió, el viento fresco y el cielo abierto habían desaparecido.
Goki cayó de rodillas sobre un suelo de baldosas frías y sucias. Su aura se apagó al instante. Parpadeó varias veces, intentando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. El olor la golpeó de inmediato: una mezcla de productos químicos rancios, polvo y un tufo subyacente a carne podrida que le hizo arrugar la nariz con disgusto.
Se puso de pie lentamente, sacudiendo su ropa. Miró a su alrededor. Estaba en un pasillo largo y estrecho. Las luces del techo parpadeaban débilmente, emitiendo un zumbido eléctrico molesto. Había camillas volcadas, papeles esparcidos por el suelo y manchas oscuras en las paredes que, para la experimentada guerrera, eran inconfundiblemente de sangre seca.
—¿Bulma...? —llamó, bajando la voz instintivamente. Su voz hizo eco en el silencio sepulcral—. ¿Es un nuevo invento? ¿Una máquina de gravedad asustadiza?
Extendió sus sentidos, buscando elkide sus amigos, de la gente de la ciudad, de los animales. Lo que sintió la dejó helada. El mundo entero se sentía... apagado. Las energías vitales eran escasas, dispersas, y muchas de ellas se sentían extrañamente frías y corruptas, como si estuvieran muertas pero moviéndose.
Caminó por el pasillo del Hospital Harrison Memorial, sus botas resonando suavemente. Llegó a unas puertas dobles bloqueadas con una camilla y maderas. Había un mensaje pintado con spray negro:DON’T OPEN DEAD INSIDE. Goki ladeó la cabeza, intentando leerlo, pero la lectura nunca fue su fuerte.
De repente, un sonido captó su atención. No era el gemido sordo de las criaturas que acechaban más allá de las puertas bloqueadas. Era un sonido débil, humano. El crujido de una cama soltando sus resortes, un jadeo ahogado. Goki giró sobre sus talones y caminó hacia la habitación de donde provenía el ruido.
La puerta estaba entreabierta. Al asomarse, vio una habitación de hospital en ruinas. Un jarrón con flores completamente marchitas descansaba sobre una mesa. Y en el suelo, luchando desesperadamente por arrastrarse, había un hombre.
Llevaba una bata de hospital abierta por la espalda. Estaba en los huesos, pálido como un fantasma, con una barba desaliñada y los ojos desorbitados por la confusión, el dolor y la debilidad extrema. Había tubos y vías intravenosas arrancadas colgando cerca de la cama de la que acababa de caer. Era Rick Grimes, recién despertado de su coma en un mundo que había dejado de existir.
Rick tosió débilmente, intentando alcanzar un vaso de plástico vacío en el suelo, pero sus brazos, desprovistos de fuerza, colapsaron bajo su propio peso. Estaba a punto de golpear su rostro contra el suelo duro cuando, de la nada, una fuerza suave pero increíblemente firme lo sostuvo.
Goki se había movido a una velocidad imperceptible para el ojo humano. Estaba arrodillada junto a él, sosteniéndolo por los hombros con una delicadeza extrema, temerosa de romper a un hombre que parecía estar hecho de cristal.
—¡Cuidado! —dijo ella, con una voz suave y llena de genuina preocupación—. Estás muy débil, no deberías esforzarte.
Rick, a través de la neblina de su estado famélico y sediento, alzó la vista. Lo que vio lo dejó aún más desorientado que el abandono del hospital. Frente a él, sosteniéndolo como si no pesara nada, había una mujer de rasgos exóticos, cabello alborotado y una belleza irreal, vestida con un extraño traje de artes marciales de color naranja brillante que abrazaba unas curvas impresionantes.
—A-Agua... —logró susurrar Rick, su garganta seca como el papel de lija, creyendo firmemente que estaba teniendo una alucinación provocada por la fiebre y el coma.
La expresión de Goki se llenó de empatía.
—Tranquilo. Estás a salvo —le sonrió con una calidez que iluminó la lúgubre habitación—. Te ayudaré.
Goki, la guerrera Saiyajin, se movió con una velocidad que la física de ese mundo marchito no podía comprender. En un abrir y cerrar de ojos, la habitación del hospital, lúgubre y estática, se convirtió en un borrón de movimiento. Goki no solo había sentido la debilidad extrema de Rick; había percibido lo pequeño y frágil que era sukihumano comparado con el de sus amigos. Era como sostener un pájaro herido.
Con la misma rapidez con la que se movía para asestar un golpe mortal a Freezer, Goki salió disparada de la habitación. Escaneó los pasillos oscuros del Hospital Harrison Memorial, sus sentidos de guerrera buscando cualquier rastro de vida hostil. Lo que sintió la dejó desconcertada: había energías extrañas, corruptas y muertas que se arrastraban, pero el mayor peligro inmediato para este hombre era su propia fragilidad. Encontró una estación de enfermeras vacía y saqueada. No había agua corriente, pero sus ojos de águila detectaron una jarra de plástico medio llena y limpia, quizás olvidada en el caos inicial. No había vasos, pero un Saiyajin ingenioso no se detiene por tales nimiedades.
Se movió de vuelta instantáneamente. Goki, con su metro setenta de estatura y su figura que desafiaba la gravedad —pechos enormes que tensaban la tela de suginaranja y caderas anchas que hacían contraste con su cintura delgada y su vientre plano—, se agachó con una elegancia que nadie en ese mundo habría imaginado poseer. Rick, que seguía en el suelo, apenas pudo asimilar lo que pasaba. Creía que estaba delirando.
—Tranquilo. Estás a salvo —le sonrió Goki con una calidez que iluminó la penumbra de la habitación.
Goki usó una mano para sostener suavemente la nuca de Rick y levantar su cabeza. Era una fuerza firme pero increíblemente suave. Rick sentía que si ella lo apretaba, se rompería. No tenía ni la más remota idea de lo cerca que estaba de la verdad. Con la otra mano, le ofreció la jarra. Rick, impulsado por un instinto de supervivencia primordial, se aferró a ella como si fuera el mismo sustento de la vida. Goki lo ayudó a inclinar la jarra, y el agua fría y pura fluyó por su garganta desértica. Rick tragó con desesperación, el sonido de su deglución haciendo eco en el silencio.
A medida que el agua entraba en su sistema, elkide Rick, aunque seguía siendo patético según los estándares de Goki, comenzó a estabilizarse muy sutilmente. La neblina de su confusión comenzó a disiparse, dejando paso a la realidad más dura y confusa que jamás hubiera imaginado.
—Gracias... —logró decir Rick, apartando la jarra con un jadeo, su mirada fija en la mujer frente a él, asimilando su belleza, su extraña vestimenta y su fuerza irreal.
—No hay de qué. Te veías muy mal —dijo Goki, con su inocencia característica. Luego, ladeó la cabeza, mirando la bata de hospital abierta de Rick—. ¿Eres una en-fer-mera? —preguntó, intentando descifrar el uniforme.
Rick, confundido, parpadeó varias veces. —No, soy... sheriff. Rick Grimes. ¿Dónde estoy? ¿Qué día es hoy?
Goki sonrió de nuevo. —Encantada, Sheriff Rick. Yo soy Goki. Busco a mi amiga Bulma, pero me teletransporté aquí. Y no tengo ni idea de qué día es, pero huele muy mal.
Rick se quedó sin palabras por un momento, intentando asimilar el hecho de que había una mujer con una fuerza física absurda y una inocencia que rozaba lo infantil cuidando de él. Pero había una necesidad más apremiante que el agua... su cerebro ignoro que la mujer frente suyo había dicho la palabra “teletransportar” y en su lugar se enfoco en algo mucho más importante:
—Tengo hambre... —logró susurrar, su estómago emitiendo un rugido doloroso.
Goki se iluminó. —¡Hambre! ¡Ese es mi idioma! —exclamó.
Se llevó la mano a uno de los bolsillos ocultos en su faja azul. Buscó y extrajo un pequeño paquete envuelto en papel artesanal marrón. Al abrirlo, reveló un par de pasteles de arroz caseros, redondos y perfectamente formados. Había un pequeño logo azul de Capsule Corp apenas visible en el papel de envoltura, un detalle que el sheriff de ese mundo jamás comprendería. Eran pasteles nutritivos y llenos de energía, creados por Bulma para ella.
—Toma. Esto te dará mucha energía. Son de arroz, ¡y son deliciosos! —le ofreció uno.
Rick dudó por un momento. La comida era extraña, y la mujer aún más. Pero el hambre era insoportable. Agarró el pastel de arroz con manos temblorosas y lo mordió. El sabor era inusual, pero increíblemente nutritivo. Sintió cómo la energía comenzaba a fluir por su cuerpo flaco, una sensación de vitalidad que no había sentido desde... ¿cuándo?
Mientras Rick comía, Goki sintió un cambio en el aire. Sus sentidos de guerrera, que había cultivado desde que era una niña en el Monte Paoz, detectaron algo. Loskiextraños y corruptos de las “cosas muertas” se acercaban. Los gemidos sordo y los pasos arrastrados en el pasillo se intensificaron. No habíakivivo, pero la amenaza era real.
El instinto protector de Goki, que ya había florecido al ver a Rick en su estado de vulnerabilidad, se activó.Este hombre es el único vivo que he encontrado. Se ve muy débil. Parece que necesita que lo protejan.Y sutilmente, una pequeña parte de su cerebro, todavía obsesionada con su mayor deseo, se preguntó si él sabría algo sobre bebés. Pero eso tendría que esperar.
—Parece que hay gente ruidosa afuera —dijo Goki, con una calma absoluta que aterrorizó a Rick—. No te preocupes. Tú quédate aquí y recupérate. Yo me encargo.
Goki se puso de pie, su figura voluptuosa tensando la tela del uniforme mientras se preparaba para la batalla. Se paró entre Rick y la puerta doble bloqueada (DON’T OPEN DEAD INSIDE), adoptando una pose defensiva. Las manijas de las puertas comenzaron a temblar sutilmente, y los gemidos ahogados que provenían del otro lado se convirtieron en un coro siniestro.
—¡Espera! —gritó Rick, un miedo repentino apoderándose de él al verla tan dispuesta a enfrentar lo que fuera que estuviera afuera—. ¿Qué... qué son esas cosas?
Goki lo miró por encima del hombro con una sonrisa radiante. —No te preocupes. Espérame aquí. No tardaré.
Y con esa inocencia que chocaba violentamente con la realidad apocalíptica, Goki se preparó para abrir las puertas al horror.
____________________________________________________________
Fin del Capítulo 1
____________________________________________________________
Subido: 13/09/26
Actualizado (Corregido): ¿?/¿?/¿?
____________________________________________________________
Omake 1
Unas semanas antes de que una grieta dimensional arrastrara a Goki al sombrío mundo deThe Walking Dead, la Capital del Oeste brillaba bajo un sol resplandeciente. Ese día, Bulma había decidido que las tres mujeres más importantes de la Tierra necesitaban un merecido descanso, así que había reservado el exclusivo “Resort de Aguas Termales y Spa Cápsula”, cerrándolo al público general, aunque permitiendo la entrada a las empleadas y clientas VIP del lugar.
En la zona de los vestidores, el ambiente era de relajación total... hasta que Goki comenzó a desvestirse.
Milk y Bulma, ya envueltas en sus suaves toallas de algodón egipcio, conversaban animadamente sobre las últimas travesuras de Trunks y Goten. Sin embargo, el silencio se apoderó repentinamente de la sala cuando la Saiyajin se quitó la pesada camiseta azul que llevaba debajo de su gi naranja.
Goki se estiró, soltando un gemido de satisfacción mientras sus músculos se relajaban. A sus treinta años, su físico era una obra maestra de la genética guerrera que dejaba a cualquier supermodelo en ridículo. Su piel blanca y prístina, sin una sola cicatriz visible a pesar de sus brutales batallas contra seres como Freezer o Cell, brillaba bajo las luces del vestidor. Sus pechos enormes y firmes desafiaban por completo la gravedad, balanceándose suavemente con cada uno de sus movimientos. Al estirarse, dejó a la vista un vientre perfectamente plano, adornado con unos abdominales marcados que denotaban su fuerza sobrehumana, todo esto contrastando con una cintura increíblemente delgada. Sus caderas anchas y su enorme y torneado trasero terminaban de formar una figura de reloj de arena exagerada y perfecta.
Las otras mujeres presentes en el vestidor, damas de la alta sociedad de la Capital del Oeste, dejaron caer sus peines y frascos de loción. Las miradas se dividían: algunas la observaban con una envidia tan palpable que casi cortaba el aire, mordiéndose los labios de celos; otras, simplemente, la miraban con una incredulidad absoluta, preguntándose cuántas cirugías o qué tipo de magia oscura se necesitaba para tener un cuerpo así.
Goki, ajena por completo a la tensión en la habitación, notó las miradas clavadas en ella. Parpadeó con sus grandes ojos oscuros, ladeó la cabeza, y les dedicó una de sus sonrisas más amplias y radiantes, levantando la mano en un saludo amistoso.
—¡Hola! —exclamó con su voz alegre y cantarina—. ¿Ustedes también vienen a relajarse después de entrenar con gravedad aumentada? ¡A mí me duelen un poco los hombros por cargar unas montañas esta mañana!
Las mujeres parpadearon, estupefactas, sin saber si la hermosa chica de cabello en forma de palmera se estaba burlando de ellas o si simplemente estaba loca. Bulma, frotándose las sienes con frustración, se acercó rápidamente y le echó una toalla encima a su amiga.
—Goki, por el amor de Kami-sama, ponte la toalla. Estás escandalizando a la mitad del club —suspiró la heredera de la Corporación Cápsula.
—¿Eh? ¿Por qué? —preguntó Goki, rascándose la mejilla con confusión mientras se aseguraba la toalla, la cual apenas lograba cubrir sus voluptuosas curvas—. Solo estaba siendo educada, Bulma. ¡Además, todas tienen caras muy raras! Seguro están constipadas. ¡Deberían comer más fibra!
Milk no pudo evitar soltar una risita tapándose la boca con la mano. —Ay, Goki... nunca vas a cambiar.
Minutos después, las tres amigas estaban sumergidas hasta los hombros en las humeantes y relajantes aguas termales al aire libre. El vapor ascendía perezosamente hacia el cielo azul. Todo era paz y tranquilidad.
Goki estaba sentada en el borde de piedra, moviendo las piernas bajo el agua. Su cabello negro de punta se había humedecido un poco en la nuca. Mientras escuchaba a Bulma quejarse de lo testarudo que era Vegeta para ir a reuniones de padres en la escuela, y a Milk hablar con orgullo de las excelentes notas que Gohan estaba obteniendo en la universidad, la sonrisa de la Saiyajin comenzó a desvanecerse lentamente.
Suspiró, recargando su mejilla en la piedra lisa.
—Oigan, chicas... —murmuró Goki, su tono habitualmente alegre reemplazado por una inusual melancolía que captó de inmediato la atención de sus amigas—. Ustedes tienen mucha suerte.
—¿Suerte? —preguntó Milk, arqueando una ceja—. Goki, tú puedes volar, disparar rayos de energía que destruyen planetas y eres la mujer más fuerte del universo. ¿De qué suerte hablas?
—Sí, bueno, eso es divertido y todo... —Goki hizo un puchero, jugando con el agua—. Me encanta pelear, y la adrenalina que sentí cuando peleamos contra Cell fue increíble. Pero... cuando todo termina, ustedes vuelven a casa y tienen a sus familias. Tienen a sus esposos, tienen a sus hijos... y mi casa en el Monte Paoz es muy grande y silenciosa.
Bulma y Milk intercambiaron una mirada de sorpresa y comprensión. Rara vez Goki expresaba sentimientos de soledad. Siempre parecía estar contenta con entrenar, comer y dormir.
—Goki... ¿te sientes sola? —preguntó Bulma con suavidad.
La guerrera asintió, con la mirada baja. —Sí. Mucho. Me gustaría... me gustaría tener lo que ustedes tienen. Quiero que mi casa esté llena de ruido. Quiero ver a un niño o a una niña correr por ahí, enseñarle a pescar dinosaurios, o ver cómo se come cincuenta platos de arroz de una sola sentada. —Goki levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con una determinación inocente y pura—. Chicas... quiero tener un bebé. Es mi mayor deseo.
El silencio en las aguas termales fue total. El viento sopló suavemente. Milk sonrió con ternura, conmovida por el instinto maternal de su amiga, mientras que Bulma le dio un golpecito amistoso en el hombro.
—¡Vaya! Esa sí que es una sorpresa, Goki —dijo Bulma—. Pero es un deseo hermoso. Eres joven, atractiva... digo, mira cómo te miraban las mujeres adentro. Si saliéramos a la calle ahora mismo, los hombres se tropezarían con sus propios pies solo para verte pasar. Encontrar a alguien con quien formar una familia no sería un problema para ti.
Goki frunció el ceño, genuinamente confundida. —¿Alguien? ¿Para qué necesito a alguien más? Yo puedo criarlo sola, soy muy fuerte.
—No, Goki, me refiero a que necesitas a un hombre para... ya sabes, haceral bebé —explicó Milk, sintiendo que sus mejillas empezaban a calentarse levemente.
La Saiyajin ladeó la cabeza tanto que casi pareció que se le iba a dislocar el cuello. Su expresión era de absoluta incomprensión.
—¿Un hombre? ¿Por qué? —Goki se cruzó de brazos, lo que hizo que sus enormes pechos se apretaran contra la toalla mojada—. A ver, he estado pensando mucho en esto. Intenté un experimento la semana pasada. Agarré cinco Semillas del Ermitaño, las planté en la tierra fértil cerca de mi casa, y me senté encima de la tierra durante tres días seguidos para incubarlas con mi ki.
Bulma se atragantó con su propia saliva, empezando a toser violentamente, mientras los ojos de Milk se abrían como platos.
—¡Pero no pasó nada! —continuó Goki, frustrada, levantando las manos al cielo—. ¡Solo me dio un calambre en las piernas y mucha hambre! Así que pensé... tal vez hay una técnica secreta. Como el KameHameHa, pero para bebés. ¿Es una transformación? ¿Tengo que reunir las Esferas del Dragón y pedirle a Shenlong que me vuelva a explicar las reglas? ¡Por favor, díganme su secreto! ¿Qué comieron para que les salieran bebés de la panza?
Milk, roja como un tomate, intentó balbucear una respuesta. —E-Eh... Goki... los bebés no se hacen plantando semillas del ermitaño... ni... ni con el ki...
Bulma, recuperándose del ataque de tos, no pudo evitar estallar en una sonora carcajada, golpeando el agua y salpicando a ambas.
—¡Ay, Goki! ¡Eres increíble! —reía Bulma, limpiándose una lágrima—. Treinta años, capaz de vencer al Emperador del Mal, ¡y sigues creyendo que los niños nacen por generación espontánea o magia!
Goki infló las mejillas, haciendo un adorable puchero de indignación. —¡No se rían! ¡Es en serio! Si no me lo dicen, voy a ir a preguntarle al Maestro Roshi. Él es un anciano muy sabio, seguro conoce la “Técnica de Creación de Bebés”. Siempre se pone a sangrar por la nariz cuando le hablo de estas cosas, seguro es porque acumula mucha energía para la técnica.
—¡NO!—gritaron Bulma y Milk al unísono, horrorizadas ante la idea de Goki preguntándole a Roshi sobre reproducción.
—Está bien, está bien, te lo explicaremos —dijo Bulma, suspirando y adoptando un tono de profesora de biología, aunque con una sonrisa divertida—. Pero te advierto que es un proceso un poco más... físico y colaborativo que plantar semillas en el patio trasero.
Ese día en el spa, la mente pura e inocente de Goki recibió la revelación más impactante de toda su vida, superando por mucho el descubrimiento de que era una alienígena de la raza Saiyajin. Las explicaciones a medias, sonrojos y diagramas improvisados con vapor de agua dejaron a la guerrera con más preguntas que respuestas, provocando que días después decidiera volar hacia la Corporación Cápsula para exigir una “demostración científica” de la teoría... viaje que, como sabemos, terminó desviándola hacia un hospital abandonado en un universo plagado de muertos vivientes.
Fin del Omake 1
Nota 2: Les aviso que por lo general los Omakes no son canon xd.