Capítulo 1
El rascacielos de Vance Spirits, una de las destilerías de licores más prestigiosas y antiguas del país, se erigía en el centro del distrito financiero como un monumento al poder absoluto. En el piso más alto, tras una fachada de cristal ahumado y acero cepillado, se encontraba la oficina de la dirección general. El espacio reflejaba a la perfección la personalidad de su dueña: líneas pulidas, orden quirúrgico y un minimalismo frío donde no había lugar para el error o la debilidad.
Evelyn Vance, con tan solo veintiocho años, ocupaba el sillón ejecutivo tras la muerte prematura de su padre. Válida de una inteligencia analítica formidable y un carácter implacable, había logrado multiplicar el valor en bolsa de la compañía, ganándose la admiración y el temor de toda la junta directiva. Aquella mañana de lunes, viste un traje sastre de tres piezas en tono azul noche, perfectamente ceñido a su figura esbelta. El cabello castaño oscuro caía en ondas impecables sobre sus hombros, mientras sus ojos grises revisaban con atención meticulosa el expediente de la última candidata para el puesto de asistente personal.
En los últimos tres meses, Evelyn había despedido a cuatro asistentes por falta de puntualidad, errores en los balances de inventario o simple incapacidad para soportar su ritmo de trabajo frenético. No buscaba simpatía ni conversación casual; exigía eficiencia absoluta, lealtad ciega y una discreción a toda prueba.
—Señorita Vance, la última postulante está aquí —anunció la voz de la recepcionista a través del intercomunicador.
—Hazla pasar —ordenó Evelyn sin alzar la mirada del documento.
En el pasillo exterior, Mía Torres apretaba las manos alrededor de su modesta carpeta de cartón. A sus veintidós años, su rostro reflejaba una belleza natural, casi angelical, entristecida por ojeras sombras que apenas lograba disimular con un maquillaje tenue. Vestía una blusa blanca sencilla, limpia pero visiblemente desgastada por el uso, y una falda recta negra que le prestó una vecina.
El corazón de Mía batía con fuerza contra sus costillas, no por el nerviosismo ordinario de una entrevista de trabajo, sino porque de ese puesto dependía, literalmente, la vida de su madre.
Mía cruzó el umbral de caoba cuando la puerta se abrió. La imponencia del despacho y la figura de la mujer sentada tras el escritorio la hicieron contener el aliento. Evelyn exudaba un aura de autoridad natural que llenaba cada rincón del espacio.
—Buenas días, señorita Vance —saludó Mía con voz suave pero firme, deteniéndose a un par de metros del escritorio.
Evelyn levantó la mirada despacio. Sus ojos grises, fríos y evaluadores, recorrieron a Mía de pies a cabeza en una fracción de segundo. Notó la sencillez de su vestimenta, la postura erguida pero contenida, y la mirada expresiva de la joven, donde coexistían una dignidad profunda y una desesperación reprimida.
—Tome asiento, señorita Torres —indicó Evelyn, haciendo un gesto sobrio hacia la silla de cuero frente a ella.
Mía se sentó al borde del asiento, manteniendo la espalda recta.
—He leído su historial académico —comenzó Evelyn, apoyando los codos sobre la mesa de cristal y cruzando los dedos—. Excelentes calificaciones en administración de empresas, pero incompleta. Dejó la universidad en el último año. ¿Por qué?
Mía tragó saliva. La verdad era un abismo que no podía revelar a nadie en esa oficina corporativa. No podía decir que había abandonado sus estudios porque las deudas médicas de su madre y la trampa tendida por un criminal la habían arrastrado al infierno.
—Surgieron emergencias familiares de carácter económico, señorita Vance —respondió Mía con sinceridad piadosa, sosteniendo el contacto visual—. Tuve que priorizar el sustento de mi hogar. Sin embargo, conservo todos los conocimientos y la disposición absoluta para aprender y cumplir con las exigencias del puesto.
Evelyn entornó los ojos. Estaba acostumbrada a ver candidatos con currículums inflados y discursos ensayados que se desmoronaban bajo la menor presión. La mirada de Mía, en cambio, tenía una honestidad cruda, una determinación nacida de la necesidad real que no se encuentra en las escuelas de negocios.
—Este no es un trabajo de ocho horas, señorita Torres —advirtió Evelyn con tono helado—. Soy una persona exigente. Mi agenda cambia a cada minuto, manejo crisis de producción internacional y no tolero las excusas. Si llega tarde un solo minuto, si olvida un detalle de una reunión o si muestra la menor incompetencia, estará fuera inmediatamente. ¿Está clara la condición?
—Completamente clara. No le fallaré —afirmó Mía sin dudar un instante.
Evelyn permaneció en silencio durante varios segundos que parecieron eternos para Mía. El tic-tac de un reloj de pared parecía marcar la cuenta regresiva de su destino. Finalmente, la ejecutiva cerró la carpeta y deslizó un contrato impreso sobre la mesa.
—Comienza hoy mismo. Su sueldo base será el triple del promedio del mercado, con bonos por desempeño. Pase con recursos humanos para firmar el papeleo inicial y vuelva aquí en quince minutos. Tenemos una reunión con los distribuidores de Europa a las diez.
Mía sintió que un peso aplastante se levantaba momentáneamente de su pecho. La cifra del sueldo mencionada por Evelyn era suficiente para cubrir la medicina de su madre y una parte de los intereses que le exigían.
—Muchas gracias, señorita Vance. No se arrepentirá de esta oportunidad —dijo Mía, poniéndose de pie con una leve inclinación de cabeza antes de salir de la oficina.
Evelyn la observó marchar. Por primera vez en meses, sintió una chispa de curiosidad por un empleado. Había algo en la compostura de Mía Torres que no encajaba con el perfil habitual de los aspirantes; una fuerza interior envuelta en fragilidad que la joven empresaria no pudo pasar por alto.
Sin embargo, detrás de la oportunidad que acababa de abrirse en Vance Spirits, la realidad de Mía al cruzar las puertas del rascacielos al caer la tarde era un infierno helado.
El sol se ocultaba sobre los barrios periféricos de la ciudad, donde el brillo de las corporaciones no alcanzaba a iluminar las calles estrechas y sombrías. Mía caminó apresuradamente hasta llegar a un edificio de departamentos antiguos y desgastados. Subió tres tramos de escaleras hasta ingresar a un pequeño espacio que olía a antiséptico y humedad.
En una cama de metal reposaba Elena Torres, una mujer de cuarenta y cinco años cuya salud se había deteriorado gravemente en el último año. Elena padecía una insuficiencia cardiaca crónica que requería medicamentos costosos y tratamiento constante.
—¿Cómo te sientes hoy, mamá? —preguntó Mía, acercándose a la cama para besar la frente de la mujer y acomodarle las cobijas.
—Mejor, mi niña... solo un poco cansada —respondió Elena con voz débil, acariciando la mano de su hija—. ¿Cómo te fue en la entrevista?
Mía sonrió, forzando una expresión de alivio para no alterar el pulso de su madre.
—Me contrataron, mamá. Es una empresa muy grande de licores. El sueldo es excelente... vamos a poder comprar todos tus remedios a tiempo.
—Gracias a Dios... —susurró Elena con lágrimas en los ojos—. Perdóname, Mía. Perdóname por ser una carga para ti. Tu padre nos dejó deudas y ahora mi enfermedad...
—No digas eso nunca —la interrumpió Mía con ternura, apretando sus manos—. Tú eres mi única familia. Voy a sacarnos de esto, te lo prometo.
Mía preparó una sopa ligera, le administró las medicinas a su madre y esperó a que se quedara dormida. Cuando el reloj marcó las nueve de la noche, la sonrisa de la joven se borró por completo. La tregua del día había terminado.
Se cambió de ropa en el baño, guardando en su bolso un vestido ajustado de lentejuelas rojas y maquillaje recargado. Salió en silencio del departamento, asegurando la puerta con doble cerrojo, y caminó cuatro calles hasta llegar a la zona de los bares nocturnos.
Al final de un pasaje oscuro, iluminado por un letrero de neón parpadeante con la figura de una flor marchita, se encontraba el club nocturno y cabaret La Rose.
Mía ingresó por la puerta trasera de empleados. El olor a alcohol barato, cigarrillo y perfume pesado la recibió de golpe. En el pasillo de los camerinos, dos hombres armados custodiaban el acceso al despacho principal.
Mía golpeó la puerta de madera reforzada y entró tras escuchar un gruñido.
Detrás de un escritorio de caoba lleno de botellas de licor y fajos de billetes, se encontraba Gastón “El Cuervo”, el dueño de La Rose. De unos cincuenta años, de complexión robusta, cicatriz en la mejilla izquierda y mirada depravada, Gastón lideraba una red clandestina de extorsión, juego ilegal y trata de mujeres bajo la fachada del cabaret.
—Vaya, vaya... la pequeña Mía llega puntual —dijo Gastón con una sonrisa torcida, apoyando las manos sobre la mesa mientras la recorría con la mirada—. ¿Traes la cuota de esta semana?
Mía sacó de su bolso un sobre con los ahorros que le quedaban y lo puso sobre el escritorio. Gastón contó los billetes despacio y luego escupió al suelo con desprecio.
—Esto no cubre ni la mitad de los intereses de la deuda que dejó tu difunto padre, muchacha —dijo El Cuervo, poniéndose de pie y rodeando el escritorio hasta quedar a pocos centímetros de Mía.
—Conseguí un trabajo de día, Gastón —dijo Mía, manteniendo la voz firme a pesar del asco que le provocaba la cercanía del hombre—. En unas semanas podré empezar a pagar el capital. Solo te pido que no le faltes el respeto a mi madre y le permitas seguir recibiendo las medicinas.
Gastón soltó una carcajada áspera que resonó en las paredes de la oficina. Extendió una mano tosca y tomó a Mía bruscamente por la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, niña estúpida. A mí no me importan tus trabajitos de oficina. Tu madre sigue viva únicamente porque tú bailas en mi escenario y le generas dinero a mi club. Si te atreves a faltar una sola noche, si me dejas tirado un show o si intentas jugarme sucio, mis muchachos irán a tu departamento y desenchufarán a tu viejita antes de que pueda pedir ayuda. ¿Entendiste?
Mía sintió que un estremecimiento de terror le recorría la columna vertebral. La imagen de su madre indefensa en aquella cama la obligaba a tragarse cualquier orgullo.
—Entendido —murmuró Mía con los dientes apretados.
—Bien. Ahora ve a vestirte. El show principal empieza en veinte minutos y la clientela quiere ver a la “Rosa Negra” en la pista —ordenó Gastón, soltándola con un empujón.
Mía caminó hacia el camerino de las bailarinas, sintiendo las lágrimas agolparse en sus ojos. Se sentó frente al espejo con luces de bulbo y comenzó a maquillarse, cubriendo el cansancio de su rostro con tonos oscuros y labios carmesí.
Lila, una de las bailarinas más veteranas del club y la única persona que conocía la situación real de Mía, se acercó y le puso una mano en el hombro con compasión.
—¿Otra vez te amenazó ese miserable? —preguntó Lila en voz baja.
—No tengo alternativa, Lila —respondió Mía con la voz rota—. Si no me subo a ese escenario, mata a mi madre.
—Tienes que tener cuidado, Mía. Estás trabajando dieciocho horas al día. Te vas a desmoronar en cualquier momento.
—No puedo darme el lujo de desmoronarme —sentenció Mía, poniéndose de pie mientras se ajustaba el vestido de bailarina que dejaba al descubierto sus piernas y espalda.
Minutos después, la música estruendosa del cabaret comenzó a retumbar. Las luces de neón iluminaron la pista central y Mía salió al escenario bajo los gritos y miradas de los clientes ebrios. Durante cuarenta minutos, Mía se convirtió en una sombra seductora, moviéndose con una gracia melancólica sobre la pista, disociando su mente por completo del lugar para sobrellevar la humillación.
Mientras bailaba bajo las luces rojas de La Rose, su pensamiento voló por un instante hacia la oficina del último piso de Vance Spirits, a la mirada fría de ojos grises de Evelyn Vance y a la promesa de una vida digna que parecía estar a mil kilómetros de distancia.
Mía sabía que estaba caminando sobre un alambre de espinas. De día, la asistente impecable de una ejecutiva estricta e inaccesible; de noche, la bailarina cautiva de un club nocturno. Un secreto peligroso que, de salir a la luz, destruiría lo único que le quedaba para salvar a su madre.
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