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Acepto o Morimos: El Acuerdo

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Sinopsis

Alma Rivatti creció en el seno de la familia mafiosa italiana más poderosa de Nueva York. Una dinastía de antigua riqueza y un legado escrito en sangre. Cuando su hermano es asesinado de forma misteriosa, el delicado equilibrio que su familia ha preservado durante generaciones empieza a quebrarse. En medio de su duelo, se da cuenta de que el resto de su vida ya había sido planeado, sin su consentimiento. Al otro lado del mundo, en Moscú, Lev Gusev está forjando el futuro del legado de su poderosa familia de la más alta élite rusa. Joven, inteligente, poderoso, calculador, irrefutablemente guapo y con más poder que la mayoría de los hombres que le doblan la edad. Él evita el caos, pero en su vida, el caos parece tener la costumbre de encontrarlo. El futuro de sus familias depende en sí Alma y Lev van a cumplir con el acuerdo.

Genero:
Romance
Autor/a:
Cielo Belen
Estado:
hace una hora
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Velos Negros.

El sol brillaba con fuerza y el mar estaba tranquilo, como si nada hubiera ocurrido.

Alma ocupaba la primera fila de las sillas blancas, perfectamente alineadas a lo largo de la amplia terraza trasera de la villa familiar en Positano. Era el lugar que ella y su hermano gemelo visitaban durante años cuando necesitaban escapar del ruido del mundo. Un lugar seguro. Un lugar donde todo parecía un poco más sencillo.

Pero no aquel día.

El ataúd de bronce permanecía cerrado bajo un sencillo arco cubierto de flores blancas. Detrás de él, la costa de Positano descendía hasta el agua azul y brillante del Mediterráneo. Todo se veía tan tranquilo que resultaba casi ofensivo

Una pequeña embarcación dejaba una estela blanca sobre el agua. Más abajo, desde algún punto del pueblo, llegaron las campanadas de una iglesia. El aire olía a sal y a flores recién cortadas.

Positano seguía con su vida.

Como si la muerte de Marco no hubiera cambiado absolutamente nada.

Alma llevaba un vestido negro de corte halter, a media pierna, que se ajustaba a su figura sin ser llamativo. Un sombrero del mismo color cubría su cabello y un grueso velo de malla ocultaba la mitad superior de su rostro. La tela convertía sus ojos en sombras, pero dejaba al descubierto sus pómulos y la forma de sus labios.

Le daba exactamente la distancia que necesitaba.

Su madre, Luciana, estaba sentada a su derecha, aferrada a su mano como si necesitara de ella para mantenerse en pie. Lloraba en silencio contra un pañuelo, dejando escapar sollozos pequeños y quebrados.

A su izquierda, su padre Hugo, permanecía inmóvil. Vestía un traje negro hecho a medida. Tenía la mandíbula tensa y las manos entrelazadas sobre el regazo.

Cuando el sacerdote preguntó si algún miembro de la familia quería decir unas palabras, ninguno de los dos respondió.

A decir verdad, probablemente ni siquiera lo habían escuchado.

El silencio se prolongó.

Solo se oía el rumor de las olas rompiendo contra los acantilados.

Entonces, la mirada del sacerdote se posó en Alma. Esperando.

Ella sintió el peso de aquella expectativa de inmediato. Sabía lo que significaba. Sus padres no podían hacerlo, así que tendría que levantarse en su lugar. Tendría que encontrar palabras para decir en voz alta todo aquello que llevaba días intentando mantener enterrado.

Por un instante, no pudo moverse.

Un nudo se le cerró en el estómago.

Llevaba días sin pronunciar una sola palabra. No podía hacerlo ahora. No frente a más de cien personas.

Finalmente, se puso de pie. En lugar de acercarse al ataúd, giró la cabeza hacia las últimas filas.

Tatiana Gusev ya estaba de pie.

Se encontraba entre los miembros de la familia Gusev, vestida de negro, con un sombrero cuyo velo era todavía más grueso que el de Alma y le ocultaba por completo el rostro. Era menuda y delicada, con el cabello corto, liso y de un rubio casi blanco que enmarcaba su mandíbula.

Alma sostuvo su mirada a través de la malla negra.

No hizo falta decir nada.

Hubo un instante de reconocimiento entre ambas, como si Alma le estuviera dando permiso para ocupar su lugar.

Tatiana asintió apenas y comenzó a caminar por el pasillo.

Se detuvo junto al ataúd.

Durante unos segundos, se limitó a mirarlo. Después, deslizó una mano sobre la superficie fría del bronce. Levantó la cabeza, respiró profundamente y se dirigió a los presentes.

Su voz se quebró en la primera palabra. Después consiguió estabilizarla.

Habló en voz frágil, con cuidado, como si cada frase pudiera romper sus labios. Contó cómo Marco reía con todo el cuerpo y sonreía con los ojos. Cómo su presencia hacía que cualquier lugar se sintiera como un hogar. Recordó las mañanas en las que lo había encontrado allí mismo, de pie frente al mar, cuando necesitaba estar solo; cuando la brisa marina conseguía calmarlo y por unos minutos parecía llevarse consigo todas sus preocupaciones.

Alma bajó la mirada. Sin querer, sus ojos se desviaron hacia una esquina de la terraza.

Durante años, Marco había dejado allí sus zapatos después de nadar, siempre en el mismo lugar. A veces entraba descalzo en la villa, dejando pequeñas huellas de agua sobre el suelo mientras su madre lo perseguía, furiosa.

Era una tontería. Una costumbre insignificante.

Y, sin embargo, Alma seguía esperando ver sus zapatos allí. Como si en cualquier momento fuera a aparecer.

Como si todo esto fuera una pesadilla.

Tatiana continuó hablando.

De los lugares que querían conocer juntos. De los planes que habían hecho. De las mañanas que todavía pensaban compartir. De todos los sueños que ahora quedarían a medias. Mientras hablaba, sus ojos bajaron hasta el anillo de diamantes que todavía llevaba en el dedo anular.

Marco, el gemelo de Alma, había sido el amor de su vida.

Habían crecido juntos durante años, convirtiéndose poco a poco en cómplices, mejores amigos y, finalmente, algo mucho más profundo.

Todos lo habían visto venir.

Lo que nadie sabía era que las generaciones anteriores de sus familias llevaban mucho más tiempo planeando su futuro. El viejo acuerdo salió a la luz poco después de la muerte del abuelo de Alma.

Era un documento antiguo, firmado mucho antes de que Marco y Tatiana pudieran siquiera comprender lo que significaba.

No hablaba de amor. Hablaba de familias, de alianzas y de nombres. Y, según sus términos, el matrimonio no era simplemente una promesa entre dos personas. Era un compromiso entre dos familias que ninguna de las partes podía romper por voluntad propia.

Un acuerdo que, para los mayores, seguía siendo válido. Como si los abuelos hubieran estado esperando pacientemente el momento en que ya nadie pudiera cuestionar sus términos.

Tatiana terminó de hablar.

Se inclinó sobre el ataúd y dejó un beso suave sobre el bronce.

Entonces, una brisa atravesó la terraza. Las flores blancas se movieron suavemente bajo el viento y por un instante, Alma quiso creer que era Marco despidiéndose.

Como si por fin estuviera libre para dejar aquel lugar atrás y desaparecer con el viento hacia el mar.

Los últimos invitados se dirigieron al salón principal para ofrecer sus condolencias a la familia antes de marcharse, uno tras otro.

Cuando la terraza quedó vacía, pareció hacerse mucho más grande. Las sillas blancas estaban desocupadas. Los arreglos florales seguían en su sitio, demasiado perfectos para un día como aquel.

La luz de la tarde comenzaba a cambiar. El sol descendía lentamente y teñía el mar de tonos dorados. Más abajo, podía oírse el ruido lejano de los barcos y las voces de algunos turistas que aún recorrían las calles de Positano.

El mundo continuaba.

Alma permaneció junto al borde de la terraza, mirando hacia el acantilado y, más abajo, hacia el Mediterráneo.

Todo estaba mal. Esto no podía ser real. Tenía que ser una pesadilla.

Cuando finalmente se giró, secándose las lágrimas con los dedos, encontró a Tatiana a pocos pasos de distancia.

Tenía los brazos cruzados alrededor del cuerpo. Había levantado el velo del sombrero, dejando al descubierto unos ojos azul claro, hinchados y enrojecidos por el llanto. Incluso así, destrozada y con el maquillaje corrido, seguía siendo hermosa.

Se miraron durante unos segundos sin decir nada.

—Sigo esperando oírlo llamar mi nombre —dijo Tatiana; su voz temblaba.

—Lo sé.—Alma sintió que se le cerraba la garganta.

Tomó las manos de Tatiana entre las suyas y las apretó con fuerza. La mirada de Tatiana se desvió hacia el espacio vacío donde había estado el ataúd, rodeado de flores blancas. Después volvió a Alma.

—Él amaba este lugar más que cualquier otro en el mundo. Solía decir que, si alguna vez pasaba algo... quería que fuera aquí. No en alguna calle sucia y fría de Nueva York.

La boca de Tatiana tembló.

—Odio haber tenido razón sobre el lugar —continuó, con un hilo de voz—, pero haberme equivocado en todo lo demás...

No pudo terminar. Un sollozo se le escapó mientras las lágrimas comenzaban a recorrerle las mejillas.

Alma bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

Hasta ese momento, todo en ella había estado entumecido. Ahora empezaba a sentirlo todo de nuevo. El frío de los dedos de Tatiana. El temblor de sus manos. El peso de cada palabra.

—Siempre tuvieron planes para nosotras —susurró Tatiana— incluso cuando éramos más jóvenes. Yo escuchaba a los mayores hablar cuando creían que nadie los oía. Siempre estaban haciendo planes. Simplemente... nunca pensé que realmente llegarían a hacerlo.

Tatiana se detuvo. Su mandíbula se tensó.

—No pensé que también te tocaría a ti de esta manera.

Los dedos de Tatiana se cerraron con más fuerza alrededor de la mano de Alma.

Alma levantó la cabeza de golpe. Algo frío se deslizó bajo sus costillas.

—¿Qué quieres decir?

Pero Tatiana ya había apartado la mirada, como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de que había dicho más de la cuenta.

Se acercó a Alma y le habló casi al oído.

—Lo siento. —Hizo una pausa. —Esto no es justo. No así.

Alma tragó saliva, seguía sin entender.

—Nada en nuestras vidas es justo.

Permanecieron en silencio durante un largo momento. Las olas golpeaban los acantilados allá abajo, llenando el espacio entre ellas con un sonido constante.

Finalmente, Tatiana levantó una mano y le apretó el brazo una sola vez. Sus ojos azules claros se clavaron en los de Alma.

—Ten cuidado con cuánto permites ser vulnerable ahora mismo —dijo con una seriedad que hizo que Alma se tensara—. Desde aquí, el agua parece tranquila. Pero la tormenta se acerca rápido.

Sus dedos se cerraron alrededor del brazo de Alma.

—Vas a necesitar ser mucho más fuerte de lo que crees.

Alma no preguntó qué quería decir. Solo asintió una vez.

Tatiana la abrazó con fuerza y se apartó.

Sin decir nada más, caminó hacia las puertas de la villa.

Cerca de las grandes puertas de cristal, sus padres la esperaban. Ambos levantaron una mano en un último gesto de despedida hacia Alma. Ella correspondió.

Fue entonces cuando reparó en la figura masculina que permanecía ligeramente apartada de ellos.

Era alto, muy alto.

Extendió una mano hacia Tatiana para ayudarla a atravesar la puerta. Tenía los hombros anchos, el cabello rubio muy claro, casi blanco, y una piel pálida que reflejaba la última luz del atardecer.

Permanecía completamente quieto. No parecía estar allí para despedirse. Parecía estar allí para asegurarse de que alguien llegara a casa.

Cuando Tatiana cruzó el umbral, él giró la cabeza.

Por una fracción de segundo, Alma tuvo la extraña sensación de que su mirada había encontrado la suya, como si estuviera estudiando su rostro detrás del velo negro.

No pudo reconocerlo, ni ver su rostro propiamente. Las gafas oscuras que llevaba ocultaban por completo sus rasgos.

Aun así, Alma sintió que la había visto. Y había algo extraño en su postura. No tenía la postura de alguien que acababa de asistir a un funeral. No parecía afectado por el dolor que todavía flotaba en el aire. Era demasiado controlado.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza en un gesto formal y cerró la pesada puerta de cristal tras ellos.

El sonido del cerrojo resonó con una claridad casi brutal en la terraza vacía.

Alma se quedó sola.

De pie junto al arco de flores blancas, exactamente donde el ataúd de su hermano había descansado aquella misma mañana. El entumecimiento había desaparecido por completo.En su lugar había quedado un dolor agudo e inquieto en el pecho y una necesidad desesperada de estar en cualquier otro lugar.

De alejarse de allí. De poner algo fuerte en su sangre y apagar, aunque fuera por unas horas, los pensamientos que comenzaban a regresar.

Porque, por primera vez desde la muerte de Marco, algo dentro de ella empezaba a comprender que su muerte no había puesto fin a todo. Tal vez había puesto algo en marcha.


Alma cerró los ojos.

Necesitaba un trago.

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