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LA SONRISA FIJA CRISTAL Y CAOLÍN

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Sinopsis

Sinopsis Valdegris ya no es el único lugar donde el miedo abre grietas. Cuando un valle atrapado fuera del tiempo desvía a Lira, Kael, Oldren y Serna lejos del camino que conocían, los cuatro despiertan en un reino que ninguna leyenda de Thalorin llegó jamás a nombrar: Vitreum, una capital de porcelana blanca gobernada por un Rey que cree, con todo su corazón dividido entre carne y esmalte, que la perfección es la forma más alta del amor. Ahí afuera, dos fuerzas se disputan el destino de la tierra. Lord Chamota arrasa pueblos enteros con un hambre que se alimenta de sus propios escombros. Y en algún punto más silencioso, más paciente, Lady Caolín ofrece algo mucho más difícil de temer: el fin de todo sufrimiento, a cambio de detenerse para siempre. En medio de las dos, Elira —la hermana que Lira ya creía haber salvado una vez— aprende a dominar el fragmento de energía más antiguo del mundo bajo la tutela de la mujer que, quizás, terminará por arrebatársela para siempre. Con aliados nuevos, un poder propio que empieza a fracturarse entre el cristal y el barro, y un reloj que corre hacia una luna llena que nadie puede detener, Lira deberá decidir cuánto de sí misma está dispuesta a perder para volver a traer a su hermana a casa. Porque en un mundo donde hasta la piedad tiene un precio, la pregunta nunca fue qué se puede salvar. Es qué se está dispuesto a romper para intentarlo.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
cristoper134
Estado:
hace 9 días
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

Temporada 1

— El Gran Aparador

Hay grietas que no se cierran. Se mudan.

Buscan otro sitio donde seguir abriéndose, como si el mundo, incapaz de soportar el peso de una sola fractura, decidiera repartirla en muchas, esparcidas por tierras que nunca se hablaron entre sí, que nunca supieron que compartían la misma herida original. Porcelania cayó una vez, hace mil años, bajo el peso de un rey que quiso detener el tiempo dentro de su propio cuerpo. Pero el tiempo, cuando se lo intenta detener, rara vez desaparece del todo. Se dobla. Encuentra otro recipiente. Y mucho más lejos de las ruinas que sepultaron a aquel primer reino, en tierras que ningún cronista de Thalorin llegó jamás a nombrar, la misma tentación volvió a nacer, con otro rostro, con otra voz, con otra forma de prometer que el dolor podía, por fin, dejar de existir.

No fue un rey esta vez.

Fue una arquitecta.

Antes de que la llamaran Lady Caolín, antes de que su rostro dejara de proyectar sombra alguna, fue simplemente una mujer de manos prodigiosas al servicio del Gran Museo, la ciudad-templo que los Seres de Porcelana de aquellas tierras levantaron generaciones después de que el nombre de Porcelania ya se hubiera convertido en un rumor casi olvidado en el otro extremo del mundo. Ella diseñó sus torres. Ella calculó el ángulo exacto en que la luz debía atravesar sus cúpulas de esmalte para que ningún rincón del Museo conociera jamás la sombra completa. Fue, durante un tiempo que ella misma dejó de poder contar con precisión, la persona más admirada de su ciudad.

Y entonces, como le sucede a quienes miran demasiado tiempo la perfección de sus propias creaciones, empezó a mirar el resto del mundo con el mismo ojo crítico. Miró un jardín y vio, en lugar de flores, la promesa lenta de su propia descomposición. Miró a un niño reír y vio, debajo de esa risa, el borrador de una vejez inevitable. Miró un río y sólo pudo pensar en la piedra que, con paciencia infinita, ese mismo río terminaría por moler hasta convertir en nada.

Todo, para ella, era ya una ruina que todavía no había terminado de ocurrir.

Alcanzó, con los años, un estado que ningún maestro del Arte del Caolín había logrado sostener sin morir en el intento: la Cocción Perfecta. Un cuerpo sin fricción, sin fisuras, sin el más mínimo indicio de que el tiempo tuviera todavía algo que reclamarle. Los que la conocieron antes dijeron, después, que dejó de proyectar sombra la misma noche en que dejó de llorar. Que ambas cosas, quizás, eran la misma pérdida contada de dos maneras distintas.

Fue entonces cuando empezó a hablar del Gran Aparador.

No lo explicó como una conquista, ni como una guerra, porque ella jamás se consideró una conquistadora. Lo explicó como un acto de piedad. Si el tiempo era la única fuerza capaz de arruinar aquello que amamos, entonces bastaba con detener el tiempo para salvarlo todo de una vez y para siempre. No matar. Preservar. Vitrificar cada ciudad, cada bosque, cada rostro querido, en el instante exacto de su mayor belleza, antes de que la vida tuviera oportunidad de arrebatárselo. Un mundo entero convertido en vitrina. Un mundo entero a salvo, por fin, de la única enfermedad que en verdad importaba: seguir cambiando.

Muchos la llamaron loca. Otros, los más desesperados, los que ya habían enterrado demasiado, empezaron a llamarla otra cosa.

Salvadora.

El Gran Museo, con el tiempo, dejó de necesitar visitantes, porque sus propios ciudadanos, uno a uno, sin ninguna violencia que forzara su decisión, empezaron a pedir quedarse dentro de las vitrinas que ella misma diseñaba para ellos. Y de aquellos que la siguieron sin necesidad de convencimiento —los que ya habían sacrificado tanto de sí mismos en nombre del Arte del Caolín que apenas conservaban algo que el tiempo pudiera todavía arruinarles— nacieron los primeros seguidores de un culto que jamás se llamó a sí mismo culto: simplemente, gente cansada de tener miedo, ofreciéndole su cansancio a alguien que prometía saber qué hacer con él.

Se dice que existe, todavía, en algún punto sin nombre bajo el mar más frío del mundo, el fragmento de un desastre anterior al suyo: un ojo nacido no de la piedad ni de la disciplina, sino del puro accidente de alguien que también quiso detener su propio deterioro y en cambio abrió una grieta en las leyes mismas que sostienen la materia. Lady Caolín lo sabe. Lo ha buscado, con la misma paciencia infinita con la que planea todo lo demás, durante más años de los que cualquiera a su alrededor podría contar sin equivocarse. No lo quiere para sí misma. Ella ya alcanzó su propia perfección, y sabe, mejor que nadie, lo que cuesta cargar con una que no se pidió. Lo quiere para otra persona. Para el instrumento correcto, todavía por encontrar, capaz de sostener sin quebrarse el peso de detener no ya una ciudad, sino el mundo entero.

Mientras tanto, muy lejos de ahí, en un valle angosto donde el tiempo se pliega sobre sí mismo con la misma indiferencia con la que un río moldea una piedra, cuatro viajeros exhaustos corrían hacia lo que creían era la salida de vuelta a su camino, hacia una capital que conocían, hacia una historia que ya habían empezado a vivir una vez.

El valle, sin embargo, no les debía nada. No había prometido devolverlos al mismo lugar del que habían salido corriendo.

Y esta vez, con la misma paciencia infinita con la que todo en este mundo termina por repetirse bajo otra forma, no lo hizo.

Capítulos
1. Prólogo
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