Capítulo 1 Plumas de pulpo y pan caliente
La vibración rítmica y constante sobre la muñeca izquierda lo sacó de un sueño profundo.
Nakamura parpadeó en medio de la penumbra de su habitación, sumergido en un silencio total e inquebrantable. Extendió el brazo con lentitud y presionó la pantalla del reloj táctil para desactivar la alarma. La luz del aparato marcó las 6:30 de la mañana del primer día del ciclo escolar.
Se incorporó en la cama y se frotó los ojos. A tientas sobre la mesa de noche, tomó el procesador externo de su implante coclear, guardado desde la noche anterior en su estuche deshumidificador. Con la destreza que le daba la costumbre de los últimos meses, encajó la pieza sobre su oreja derecha y acomodó la pequeña bobina imantada detrás de la cabeza, sobre el cuero cabelludo. Un breve pitido digital resonó dentro de su oído e, instantáneamente, el mundo recuperó el volumen: el crujido suave de las cobijas al desplegarse, el motor distante de un vehículo en la calle y el sonido de platos chocando en la planta baja.
Nakamura dejó salir un largo suspiro, se levantó para vestirse, se ajustó el uniforme recién estrenado frente al espejo y bajó los escalones de madera.
Al llegar al comedor, el aroma a sopa de miso, pan tostado y té caliente lo recibió de golpe, junto a la figura de su hermana menor, Kana. La chica llevaba su uniforme de secundaria algo arrugado y tenía la mirada fija en la pantalla de su celular mientras masticaba un pan tostado.
En cuanto notó la presencia de su hermano mayor y su intención de tomar la leche, Kana ni siquiera esperó a que él terminara de acomodarse en la mesa antes de cruzarse de golpe en su camino para alcanzar antes el envase de leche.
[Quítate, estorbas] —le indicó la chica en señas con una sola mano.
Nakamura arrugó la nariz y le respondió al instante con movimientos firmes de las manos:
[La iba a tomar primero. Además, respeta a tus mayores.]
Kana soltó un resoplido exagerado, rodó los ojos y, sosteniendo el vaso de leche con una mano, usó la otra para hacer un par de señas exageradas que imitaban el contorno de un corazón.
[Apuesto que llevas veinte minutos peinándote en el espejo. Ni que fueras a conocer al amor de tu vida en el pasillo] —se burló con una sonrisa sarcástica antes de darle un sorbo a su bebida.
Nakamura sintió que el calor le subía de golpe hasta las orejas.
[¡Cállate!]
Kana solo soltó una risita seca y le dio la espalda con total indiferencia.
—¡Ya basta los dos, es muy temprano para que empiecen a pelear! —intervino la voz cálida de su madre, quien al salir de la cocina, vio los movimientos rápidos y las expresiones de sus hijos.
Al ver a Okuto, su expresión se suavizó. Dejó la charola sobre la mesa y se colocó frente a él a una distancia adecuada para que pudiera ver su rostro con claridad mientras combinaba el habla con señas precisas para reforzar su mensaje.
[¿Llevas los repuestos para el procesador en la mochila?] —preguntó su madre y le acomodó con cuidado el cuello de la camisa del uniforme.
[Llevo dos pares de baterías recargables y el estuche impermeable por si empieza a llover] —respondió Nakamura.
[Muy bien. Recuerda no frotarte la zona del imán si sientes presión y avísale al profesor si hay demasiado ruido en el salón para que te acerque al frente] —continuó su mamá, mirándolo a los ojos con una mezcla de orgullo y ligera preocupación maternal—. [Es un gran día, Okuto. Estarás bien.]
Nakamura asintió en silencio, esbozando una pequeña sonrisa sincera. Miró de reojo a Kana, quien continuaba devorando su desayuno, ignorando la conversación de su hermano y su madre, aunque hizo una rápida seña con los dedos por debajo de la mesa para desearle suerte a su manera.
Tras terminar el desayuno, Nakamura adjusted los tirantes de su mochila, comprobó por última vez que su libreta pequeña y su pluma con una figurita de pulpo estuvieran al alcance en el bolsillo frontal y cruzó la puerta de entrada.
El sol de la mañana comenzaba a iluminar la ciudad y las flores de cerezo adornaban las calles, marcando el inicio formal de su primer año de preparatoria.
El trayecto hacia la escuela estuvo lleno de la mezcla habitual de sonidos: el murmullo metálico de los autos al pasar, los pasos apresurados sobre el pavimento y el susurro del viento entre los árboles. Al llegar a las puertas de la preparatoria, notó que en el patio había una aglomeración de alumnos de primer año.
Nakamura se abrió paso con cuidado entre la multitud hasta llegar a los tableros de madera donde colgaban las listas de asignación de grupo. Desplazó la mirada con cuidado por la hoja blanca hasta que sus ojos se detuvieron en su nombre: Clase 1-B.
Deseó que fuera un buen grupo y soltó un suspiro con nerviosismo. Mientras caminaba hacia el gimnasio para la ceremonia de apertura, una risa clara resonó por encima del alboroto del patio. Nakamura giró la cabeza por instinto, buscando el origen de aquel sonido.
A pocos metros, un chico de cabello castaño claro, ojos grandes y expresión cálida conversaba animadamente con un grupo de compañeros. La luz del sol matutino le daba de lleno en el rostro, acentuando una sonrisa hermosa y completamente genuina.
Qué chico tan hermoso..., pensó Nakamura, sintiendo un vuelco repentino en el estómago que le erizó la piel.
El chico de la sonrisa radiante pareció notar la mirada fija y volteó en su dirección. Sin dudarlo, le dedicó a Nakamura un saludo cordial con la mano y una ligera inclinación de cabeza.
Nakamura, paralizado por los nervios, apretó los tirantes de su mochila, bajó la vista de inmediato y apretó los labios con fuerza, aterrado de que el mínimo intento de articular palabra delatara la inseguridad de su propia voz.
Tras concluir la ceremonia de apertura en el gimnasio, los alumnos se dirigieron a sus respectivos salones. Nakamura eligió su pupitre en la Clase 1-B y se sentó en silencio, acomodando con cuidado su mochila al lado del escritorio.
A los pocos minutos, la puerta corrediza del aula se abrió y entró un hombre joven, de unos veinticinco años, de cabello negro bien peinado y porte atractivo. Portaba una carpeta bajo el brazo y caminó con paso firme hacia el escritorio principal.
—Buenos días a todos. Bienvenidos a la preparatoria —saludó con voz clara y tranquila—. Mi nombre es Sou Otogiri y seré su tutor durante este ciclo, además de impartirles la materia de Matemáticas.
El profesor acomodó sus documentos sobre la mesa y pasó la mirada por los rostros de los alumnos hasta detenerse en el pupitre de Nakamura. Previamente, la dirección del colegio y los médicos le habían informado detalladamente sobre la condición del chico, por lo que el profesor sabía que debía gestionar la situación con naturalidad para facilitar su integración.
—Antes de comenzar con el pase de lista, quiero hacer una breve mención para que todos en el salón estemos en la misma sintonía y nos apoyemos de forma adecuada —expresó Otogiri con tono sereno—. Nakamura-kun, ¿podrías ponerte de pie un momento, por favor?
Al escuchar su nombre, el corazón de Nakamura dio un vuelco violento. Sintió las miradas de todos sus compañeros clavándose en él mientras sus piernas temblaban levemente. Se puso de pie despacio, apretando los puños a los costados de sus pantalones.
—Gracias —le dijo el profesor Otogiri con una expresión amable—. Como algunos sabrán o notarán a lo largo del curso, Nakamura cuenta con una condición auditiva y utiliza un dispositivo médico, un implante coclear. Nakamura-kun, para que tus compañeros lo entiendan mejor... actualmente, con tu procesador encendido, ¿puedes escucharnos y seguir la clase con claridad?
Nakamura tragó saliva, sintiendo el rostro arderle de la vergüenza, y asintió firmemente con la cabeza.
—Bien. Y sobre la parte verbal, ¿puedes comunicarte de forma oral durante las clases? —preguntó el profesor con tacto.
Nakamura apretó los labios. La idea de intentar articular palabras frente a muchos desconocidos y que su voz sonara extraña o desafinada lo aterraba. Con la mirada fija en la superficie de su escritorio, negó suavemente con la cabeza.
—Entendido —concluyó Otogiri, dirigiéndose a todo el grupo de forma impecable—. Nakamura utilizará una libreta de notas e indicaciones por escrito para comunicarse y participar. Les pido a todos respeto, empatía y colaboración para que la comunicación en este salón sea fluida para todos. Puedes tomar asiento, Nakamura-kun.
Nakamura se dejó caer en su silla con el pecho agitado. A unos cuantos asientos de distancia, el chico de la sonrisa preciosa lo observaba con una mezcla de curiosidad, asombro y una profunda empatía, comprendiendo de golpe la razón por la cual el pelinegro del pasillo se había quedado callado y tan nervioso al saludarlo.
El resto de las clases de la mañana transcurrieron sin mayores contratiempos. Los demás profesores, que ya estaban al tanto de la situación de Nakamura, se dirigieron a él con paciencia y naturalidad al momento de pasar asistencia o dar indicaciones, lo que le permitió relajarse un poco en su asiento.
Cuando finalmente sonó la campana que anunciaba la hora del almuerzo, el salón se llenó de un bullicio alegre. Los alumnos comenzaron a juntar sus escritorios en grupos para comer juntos. Nakamura, prefiriendo evitar el tumulto, sacó su bento de la mochila y lo abrió con cuidado sobre su pupitre.
Con discreción, buscó en el fondo de su bolso su bien guardado manga favorito: El sazón del amor, una historia BL que le fascinaba. Cubrió la portada con la cubierta de papel para que nadie notara el título ni la ilustración, y con un sonrojo apenas perceptible, empezó a hojear las páginas mientras daba pequeños bocados a su comida.
De vez en cuando, sobre el borde del libro, sus ojos buscaban inevitablemente al frente del salón.
Ahí estaba el chico de cabello castaño claro y sonrisa bonita, riendo abiertamente junto a sus dos amigos mientras compartían un tamagoyaki. La forma en que la luz del mediodía iluminaba su sonrisa y la calidez natural de sus gestos hacían que el corazón de Nakamura diera un salto en su pecho. Cada vez que el castaño giraba levemente la cabeza en su dirección, Nakamura se escondía de inmediato detrás de su manga, aterrado de ser descubierto mirando fijamente.
Okuto ya había terminado su almuerzo cuando el chico del cabello castaño claro se acercó a él con una amable sonrisa. El castaño se inclinó levemente hacia adelante, colocándose a una distancia adecuada y asegurándose de mantener un ritmo pausado y una vocalización clara para que Nakamura pudiera seguir el movimiento de sus labios sin esfuerzo.
—Hola, eres Nakamura, ¿verdad? Yo soy Hirose.
El rostro de Nakamura se tiñó de un rojo intenso. Paralizado durante dos segundos, reaccionó con torpeza y metió la mano apresuradamente en el bolsillo frontal de su mochila para sacar su pequeña libreta y su pluma con la figura de un pulpo en el extremo.
Con las manos temblándole mucho y el pecho latiéndole a mil por hora, apoyó la libreta sobre el escritorio y escribió con trazos apresurados:
<Mucho gusto, Hirose-kun.>
Al terminar de escribir, le mostró la página a Hirose, apretando los labios con fuerza y tan nervioso que ni siquiera se atrevía a sostenerle la mirada por más de tres segundos seguidos.
El timbre sonó indicando el final del almuerzo. Nakamura guardó a toda prisa su volumen de El sazón del amor en el fondo de la mochila, asegurándose de que Hirose no lo hubiera visto, acomodó su bento y le escribió rápidamente en la libreta:
<Nos vemos al rato, Hirose-kun.>
Hirose asintió con una cálida sonrisa y se marchó con sus amigos.
La siguiente clase del día era Educación Artística. La profesora de la materia anunció que realizarían una práctica de boceto rápido. Para sorpresa de todos, eligió a Hirose para que posara al frente del aula sobre una pequeña tarima.
A Hirose la idea le pareció divertida; se sentó en una silla de madera, acomodó la postura con naturalidad y le dedicó una sonrisa cálida a todo el grupo mientras posaba. Nakamura sintió que el corazón le daba un vuelco. Se acomodó en el banco de trabajo con el cuaderno de dibujo y el lápiz en la mano.
Tengo la excusa perfecta para mirarlo fijamente todo el tiempo que quiera..., pensó con las mejillas ardiendo.
Nakamura dibujaba desde que era un niño pequeño, por lo que con trazos ágiles y seguros empezó a capturar la silueta de Hirose de una manera detallada y hermosa. Al terminar, contempló su hoja con un suspiro de satisfacción. Le había quedado bastante bien.
Orgulloso de su trabajo, echó un vistazo discreto al dibujo de la compañera que estaba sentada a su lado. Al ver la hoja de la chica, a Nakamura casi se le cae el lápiz de la mano. El dibujo de ella era una verdadera obra de arte. Tenía un manejo increíble de las sombras y las luces; capturaba la esencia de Hirose de una forma tan bonita, delicada y detallada que hacía que el boceto de Nakamura pareciera un simple garabato.
Al terminar la clase, la chica juntó sus materiales con torpeza, guardó la lámina en un folder y salió del salón a paso apresurado. Nakamura, impulsado por una admiración genuina, tomó su libreta de notas y la siguió por el pasillo.
Se colocó frente a ella para cortarle el paso suavemente y le mostró su libreta, donde había escrito con letra clara:
<¡Hola! ¿Cómo te llamas?>
La chica se sobresaltó al verlo tan cerca. Dio un pequeño paso hacia atrás y las mejillas se le tiñeron de un rojo intenso al reconocer al chico alto y atractivo que se había presentado en la mañana con el profesor Otogiri. Al notar la libreta en sus manos, la joven parpadeó sorprendida y, tras unos segundos de duda, levantó las manos.
[Hola. Me llamo Hifumi Kawamura] —le respondió en señas, despacio y con cierta timidez, mirándolo a los ojos para asegurarse de que la entendiera.
Nakamura abrió los ojos de par en par. Un destello de sorpresa y alegría pura iluminó su rostro. ¡Ella sabía hablar en señas!
[¡Hola! Yo soy Nakamura] —le respondió emocionado con movimientos fluidos de las manos, para luego señalar entusiasmado el folder que ella llevaba bajo el brazo—. [¡Dibujas increíble! En serio, soy tu fan. Tu boceto de Hirose quedó precioso... ¿Crees que podrías regalármelo?]
Kawamura sintió que el corazón le latía a mil por hora. Por su personalidad reservada e introvertida, nunca había sido popular ni había llamado la atención de los chicos, y de pronto tenía frente a ella a Nakamura —a quien le parecía un chico muy apuesto— pidiéndole un dibujo con tanto entusiasmo y tratándola como si fuera una artista famosa.
[¡Claro que sí! Con mucho gusto] —respondió Kawamura, sonriendo de oreja a oreja mientras abría su folder y le entregaba la hoja con delicadeza.
Nakamura tomó el dibujo como si fuera un tesoro invaluable. Sus ojos brillaban de emoción.
[¡Muchas gracias, Kawamura-san! ¡Lo cuidaré mucho!] —agradeció en señas, haciéndole una inclinación respetuosa antes de dar media vuelta.
Se alejó caminando por el pasillo a pasos ligeros, sujetando el dibujo contra su pecho y con una sonrisa radiante que no le cabía en el rostro. No solo había conseguido un dibujo bellísimo de Hirose, sino que había descubierto que no estaba solo en aquel salón.
El timbre de última hora resonó por toda la escuela, anunciando el final de las clases. El salón se convirtió en un alegre alboroto de sillas arrastrándose, mochilas cerrándose y despedidas entre los alumnos.
Nakamura guardó el dibujo de Kawamura dentro de su folder con un cuidado casi sagrado, lo metió a su mochila y comenzó a acomodar sus cosas. Mientras guardaba su estuche, sintió una sombra ligera posarse frente a su escritorio.
Al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco tan violento que sintió que se le salía del pecho.
Ahí estaba Hirose. Tenía la mochila al hombro y le regalaba una sonrisa cálida, completamente libre de juicio. Lo miro, se inclinó ligeramente y articuló cada palabra con normalidad y claridad.
—Hola, Nakamura. ¿Tienes algo que hacer hoy saliendo de la escuela?
Nakamura se sonrojó muchísimo y como pudo escribió en su libreta con su pluma de pulpo:
Antes de que Hirose pudiera responder a la nota, una voz fuerte irrumpió desde la puerta del salón.
—¡Hey, Hirose! ¡Vámonos ya o no vamos a alcanzar de los panes que nos gustan! —exclamó Takeuchi, caminando hacia ellos mientras se ajustaba la mochila al hombro.
Takeuchi pasó de largo junto al escritorio de Nakamura, ignorándolo casi por completo en medio de su prisa por salir. Sin embargo, Hirose no se descolocó en absoluto. Le dedicó una mirada tranquila a su amigo y luego volvió a inclinarse hacia Nakamura, regalándole una sonrisa amplia que iluminó todo su rostro. Vocalizando con la misma calma y claridad, le preguntó:
—¿Quieres venir con nosotros?
Nakamura sintió que la cabeza le daba vueltas de la emoción. El pulso le retumbaba en las sienes, pero la calidez en los ojos de Hirose le dio el valor que necesitaba. Con los dedos todavía temblorosos, tomó de nuevo su pluma con la figura de pulpo y escribió al instante debajo del mensaje anterior:
<¡Sí, gracias!>
Le mostró la hoja con las mejillas ardiendo de felicidad. Hirose soltó una risita suave, encantado con la respuesta, y le hizo una seña amigable con la cabeza para indicarle que tomaran sus cosas y salieran juntos del aula.








