Nación De Brujas por Ein Sof Fantasy en Inkitt
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Nación de Brujas

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Sinopsis

Según los registros astrales, Deivos, el brujo más prodigioso de toda la historia de la Nación de las Brujas, consagró su vida a recopilar todo el conocimiento mágico existente, dando origen a los Siete Grimorios Legendarios. Tras su muerte, estos desaparecieron para volver a emerger de las entrañas de la tierra, uno tras otro y separados por años o incluso siglos. Cada aparición desencadenó guerras, alianzas y traiciones entre los grandes clanes de brujas. Mientras algunas ansiaban dominar su poder, otras luchaban por preservar un conocimiento primigenio. Durante mil años, solo cinco grimorios se han manifestado. Y ahora, el sexto acaba de despertar. El Grimorio de la Luz y la Oscuridad dará comienzo a una nueva era de conflictos. Confrontaciones de magia descomunal, complejos rituales ancestrales, intrigas políticas y secretos del universo aguardan en una historia donde el conocimiento puede convertirse en la mayor de las armas.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Ein Sof Fantasy
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 - La Llaga del Firmamento

El viento ya olía a hollín, azufre y sangre, trayendo consigo gritos de guerra y cánticos de hechizos arcanos. La tierra crujía mientras las explosiones moldeaban su superficie y las raíces de los árboles ardían en sus entrañas. Era un espectáculo de muerte y agonía que llevaba tantos siglos repitiéndose que ni los astros eran capaces de numerar la batalla que contemplaban desde el vasto cielo cósmico. Aunque ni la estrella más brillante podía ver entre el remolino de humo y relámpagos que engullía la escena. Solo escuchar. Solo oler.

– Os juro que como vuelva a ver un sigilo mal trazado o una de esas danzas dementes me arranco los ojos y me los trago —escupió una bruja de aspecto desaliñado, con voz rota y llena de rabia.

– Son un esperpento… esas Brujas del Caos. ¿Quién utiliza ratas muertas como proyectiles? —maldijo otra bruja, revolcándose en el barro y frotándose con brío, como si el lodo pudiera arrancarle el hedor a rata en descomposición que se le había impregnado hasta el alma.

–¡Silencio! —tronó la capitana de la brigada, la única de pie en medio de aquella pestilencia—. Si tanto asco os dan, que lo grite vuestra magia en el campo de batalla. No vuestra lengua cobarde.

Un zumbido profundo comenzó a brotar de la niebla, como si mil gargantas estuvieran entonando una plegaria que no pertenecía a este plano.

Las brujas se tensaron. Algo antiguo estaba despertando.

De pronto, cientos de grietas se abrieron en la tierra, de las que emergieron unos gigantescos tentáculos de plasma llenos de agujas.

Se oyó un chillido que no era de este mundo y las agujas salieron disparadas en todas las direcciones.

La brigada no tuvo tiempo ni de reaccionar, en un abrir y cerrar de ojos acabaron perforadas hasta la muerte.

No muy lejos del desastre, algo colosal flotaba a ras del suelo: el Arca, la nave ancestral del Gran Aquelarre, suspendida como un leviatán de guerra olvidado por los dioses.

En el lomo de la titánica nave, sobre una plataforma rodeada de runas antiguas, se erguía una figura inconfundible: Elhewet, la Centella de Obsidiana, la temible comandante del ejército del Gran Aquelarre. Su paradójico apodo le encajaba a la perfección: su cuerpo, férreo e inamovible, parecía esculpido por colosos, pero su energía vibraba con una intensidad fulminante. Se decía que el viento evitaba rozarla, temeroso de ser incinerado al mínimo contacto con su aura.

Desde las alturas, la Centella de Obsidiana controlaba la contienda, tejiendo redes de información con su poder mágico, conectando cada punto del campo de batalla como si este fuese un solo cuerpo y ella, su mente implacable. Y, por supuesto, también estaba preparada para hacer trizas a cualquier intruso que osara acercarse al Arca.

Y así fue.

Un pequeño destacamento de Brujas del Caos apareció de una arboleada cercana. Corrían hacia el Arca encorvadas, desbordando una euforia violenta con cada paso y entonando cánticos imposibles de traducir.

Elhewet no parpadeó. Jamás lo hacía. Sin pronunciar palabra, alzó el dedo índice de su mano derecha.

El espacio entre ella y sus enemigas se curvó, literalmente. Acto seguido, como si un fragmento del firmamento se hubiese desgajado, una onda invisible quebró el horizonte.

Las Brujas del Caos se congelaron. La carne se les agrietó y los huesos crujieron sin romperse. Y entonces llovieron unos trazos verticales de geometría asesina, invisibles a los ojos, pero tan precisos que cercenaron, una y otra vez, a esas pobres desdichadas en fracciones de segundos.

No hubo gritos, solo el sonido de algo demasiado incomprensible como para ser natural. Una a una, se deshicieron. No en sangre, sino en polvo oscuro.

La temible comandante bajó el dedo. Y el viento, que había huido de ella, regresó solo para llevarse los restos de las víctimas.

La Centella de Obsidiana ni se inmutó, permaneciendo ajena al despliegue de poder, como si ella no hubiera tenido nada que ver. Siguió mirando al horizonte, pero el destino se empeñaba en perturbar su quietud.

La puerta que conducía al interior del Arca se abrió sola, y dos brujas la cruzaron agitadas por las malas noticias, pero esforzándose por mantener la compostura, como si sus cuerpos entendieran que el aura de Elhewet no toleraba el caos.

– Comandante Elhewet —rompió el silencio una de sus subordinadas—, la situación… ha escapado a toda lógica. Hemos subestimado a la magia del caos. Han lanzado un hechizo abominable, nunca visto antes. No queda casi nadie. Ni cuerpos. Solo agujas... miles de agujas negras incrustadas en un radio de diez kilómetros.

Silencio.

Las dos brujas intercambiaron miradas, intentando leer en los ojos de la otra qué hacer: si seguir intentando comunicarse con su superiora, permanecer calladas a la espera de una respuesta, o simplemente desaparecer.

Finalmente, la inamovible comandante giró el cuello para fijar su mirada en aquello que intentaba sacarla de su trance. Como la mayoría de brujas, sus ojos eran completamente negros, sin pupilas ni blanco visible, dos orbes de obsidiana sin reflejo alguno.

No hicieron falta palabras. De algún modo, sus subordinadas captaron que debían dejarla sola. Ya hablarían dentro del Arca cuando ella lo decidiera.

Cuando se quedó sola, el rostro de Elhewet se contrajo por una milésima de segundo. Y el dedo que había aniquilado a las Brujas del Caos, ahora, tembló levemente. Ya sabía lo que tenía que hacer.

El interior del Arca, más que un vehículo de guerra, evocaba un templo viviente. No se correspondía con ningún concepto lógico de ingeniería. Caminar por sus intrincados pasadizos y galerías de piedra negra era como pasear por las entrañas de una montaña. Las paredes, cubiertas de bajorrelieves arcanos, resplandecían al paso de las brujas, y un canto apagado, casi imperceptible, retumbaba sin descanso, como si se tratara de la voz de la propia Arca.

En una sala que debería ser el puente de mando —aunque parecía más bien un santuario ancestral—, siete figuras rodeaban un círculo de piedra: seis sentadas; una de pie. A un lado, varias escribas observaban en silencio, tomando notas breves.

Unas vestían monos ajustados, otras, vestidos rectos hasta los tobillos. Los tonos variaban según la procedencia de cada bruja: desde negro austero hasta matices más profundos como rojo vino, morado ciruela, marrón arcilla, verde alga, entre muchos otros. Completaban sus atuendos con capas de capucha y botas de punta fina con un discreto tacón de cuña, siempre manteniendo una armonía monocromática.

Las siete brujas reunidas en torno al círculo llevaban el mismo tipo de atuendo, pero rematado con relieves de color hueso que recorrían el cuerpo desde los tobillos hasta el cuello, simulando un exoesqueleto del que destacaban unos cuernos que brotaban, arqueándose, desde los hombros. No había dos exoesqueletos iguales: la forma de los relieves y el ángulo de los cuernos hablaban del linaje, la afinidad mágica y la fuerza individual de quien lo portaba.

Tres de ellas ocultaban parcialmente la cabeza: una llevaba un pequeño sombrero negro, achatado en la punta, con una gema azul incrustada al frente; otra, un tocado escarlata de tres puntas; la tercera ocultaba medio rostro bajo un pañuelo negro, dejando al descubierto la mitad izquierda, donde su media melena blanquecina caía suelta. Al llevar la cabeza cubierta, sus capas carecían de capucha.

Exceptuando la única bruja que permanecía de pie, todas lucían adornos ceremoniales: collares de cuentas que casi rozaban el suelo, amuletos que oscilaban al compás de su respiración, y abalorios que parecían fundirse con la piel.

– Que el odio no nos divida. Que las palabras no hieran más que las armas. Que la sapiencia no nos arranque del mundo —conjuró una bruja de mediana edad, de rostro severo y atuendo grisáceo, cuyo exoesqueleto, el más sobrio entre los presentes, apenas insinuaba relieves.

Silencio ceremonial.

– Parece que esas Brujas del Caos han conseguido ponernos en graves aprietos con un solo conjuro —abrió el debate una figura de porte imponente, cuyo tocado escarlata de tres puntas destacaba entre la penumbra del círculo. Desde el interior del tocado nacía un entramado de trenzas de pelo blanco que se deslizaban hacia abajo para luego elevarse y entrelazarse alrededor de cada punta, formando parte de un elaborado recogido.

– Muy aguda, Valma Mreliem —replicó otra voz, seca, acerada—. Pero no lo suficiente como para haber previsto algo así, pese a proclamarse usted una experta en magia del caos.

La acusación venía de una bruja fornida, de postura marcial y aura violenta. Era la única que llevaba guanteletes reforzados, y el exoesqueleto de su traje, ancho y agresivo, parecía cincelado exclusivamente para el combate.

– ¡Subcomandante Varguldiz! —le espetó la bruja que había pronunciado el juramento inicial, visiblemente escandalizada. Abrió la boca para continuar, pero Valma Mreliem la detuvo alzando con calma su brazo y levantando el dedo índice, adornado con un anillo de esmeraldas que reflejaba la luz de la estancia.

– La ignorancia es muy osada —declaró sin perder la compostura—. Como erudita de la magia, no tengo problema en refrescar ciertas memorias que, al parecer, se han erosionado —hizo una breve pausa, antes de alzar ligeramente la barbilla—. La magia del caos no responde a los principios fundacionales de nuestras disciplinas arcanas. No obedece a símbolos conocidos ni a estructuras pautadas. Y si hemos de fiarnos de las investigaciones más recientes, muchas de las cuales, añado, han salido de mi propio archivo personal, todo apunta a que su fuente primaria no es otra que la emoción. Y las emociones —dijo con énfasis, posando la mirada sobre Varguldiz— son como bien acabas de ilustrar: inestables, volubles, y por ende, impredecibles.

Sonrió entonces, saboreando el veneno bien dosificado de sus propias palabras

Varguldiz gruñó por lo bajo, herida en su orgullo. Valma Mreliem ni se inmutó, solo prosiguió implacablemente:

– Así que, desde mi modesta posición de erudita que lleva más de un siglo asesorando en conflictos mágicos de una magnitud que muchas aquí solo han leído en los anales, diré esto con toda la educación posible: hay que ser, cuanto menos, temeraria para aceptar ser un pilar en una batalla contra las Brujas del Caos sin comprender, ni remotamente, la naturaleza de aquello a lo que nos enfrentamos. Y más temeraria aún —añadió— para intentar endosar esa ignorancia a quien, con toda humildad, ha dedicado su vida a comprender lo incomprensible.

Muchas de las presentes se quedaron anonadadas ante semejante despliegue de condescendencia; algunas no pudieron evitar arquear una ceja.

Varguldiz clavó su oscura mirada cargada de furia en los ojos de Valma Mreliem. El derecho era blanco como la luna; el izquierdo, rojo como la sangre. Ambos sin pupila, sin esclerótica, y eran tan antiguos como ella misma.

La bruja que ocultaba la parte derecha del rostro con un pañuelo rompió el silencio.

– Hermanas… —dijo sin mirar a ninguna en particular—. Recordad el juramento que pronunció la Regente del Verbo al abrir este círculo: Que el odio no nos divida. Que las palabras no hieran más que las armas. Que la sapiencia no nos arranque del mundo.

Su ojo visible, blanco como la niebla espesa, parpadeó con pesar.

– El flujo… ya está inquieto. Lo noto. Si dejamos que estas vibraciones se agiten más, la mente de algunas comenzará a agrietarse, y pronto, las palabras dejarán de ser nuestras…

– Valma Naapo está en lo cierto —secundó la bruja del sombrero con la gema azul incrustada—. Ciñámonos al motivo de esta reunión. ¿Cuál debería ser nuestro próximo movimiento?

Una figura alzó la mano con elegancia. Su brazo, una delicada amalgama de metal vivo y cables encantados, se movía con una gracia medida, casi quirúrgica. El exoesqueleto de su traje, recto, sin apenas ninguna curva.

– Antes de que entremos en deliberaciones más acaloradas, permitidme formular una propuesta en nombre de la División de las Artes Sintéticas. Lo ocurrido ha sido... devastador. Más de tres cuartas partes de nuestras fuerzas reducidas a sombras por un hechizo que aún no comprendemos del todo. Pero la imprevisibilidad no es excusa para la vulnerabilidad.

Hizo una pausa medida, sus ojos negros, surcados por cables y circuitos translúcidos, recorrieron a las presentes.

– La solución, en mi opinión, es clara: si redestinamos recursos hacia nuestra división, podríamos desplegar brigadas de “forjados” en futuras campañas. No temen, no sufren, y son reemplazables. Si no nos adaptamos, pereceremos. Y si vamos a adaptarnos, propongo que lo hagamos con inteligencia manufacturada.

Naapo soltó un resoplido apenas audible y reprimió un gesto de fastidio mientras la portavoz de la División de las Artes Sintéticas exponía su propuesta. Sus visiones del mundo eran diametralmente opuestas.

– Muchas gracias por su aportación, Valma Farbledeg. Que las escribas tomen nota —dijo entonces la Regente del Verbo mientras dirigía su mirada al grupo de brujas que presenciaba la reunión.

Cuando se aseguró de que las escribas tomaban nota, prosiguió:

– Y ahora, retomando la pregunta de Valma Lvandor: ¿cuál debería ser nuestro próximo movimiento?

– Como bien he puntualizado al inicio de esta reunión, la magia del caos es inestable, voluble e impredecible —respondió Mreliem, lanzando una mirada de soslayo a Varguldiz, como si hablara de ella—. Un conjuro capaz de desbaratar un ejército en cuestión de segundos… solo puede contrarrestarse con uno peor —hizo una pausa, cargada de gravedad—. Ya sabéis a qué… a quién —se corrigió— me refiero.

La sala entera se estremeció: el suelo, el techo, las paredes, todo vibró como si la misma piedra hubiese escuchado.

Un murmullo se extendió como una corriente entre las presentes. Entonces, la Subcomandante Varguldiz se irguió con lentitud y, sin decir una palabra, descargó una palmada seca sobre el círculo de piedra.

– ¡De ninguna manera! ¡La Lectora del Fuego es un arma de último recurso! Aún contamos con un par de brigadas operativas… y con nosotras. Somos los pilares de esta batalla. Cada una de nosotras es lectora de al menos un grimorio legendario. Si unimos nuestras fuerzas, podemos doblegarlas.

– ¿Y qué haremos si esas herejes nos sorprenden con otro hechizo incomprensiblemente letal? —replicó Mreliem con una sonrisa fría, sin alzar la voz—. ¿Prefieres ver cómo la magia del caos se extiende sin control? ¿Cómo se deshace el tejido de nuestro mundo por permitir excepciones? —hizo una breve pausa, estudiando con detenimiento a la subcomandante—. Todas sabemos que estás ansiosa por hacer méritos y ascender un peldaño más en la jerarquía. Pero, por favor, no pongas en riesgo el destino del Gran Aquelarre… ni del mundo entero en juego por ambiciones tan banales, querida.

La Regente del Verbo cerró los ojos y comenzó a recitar constantemente:

– Que el odio no nos divida. Que las palabras no hieran más que las armas. Que la sapiencia no nos arranque del mundo.

Una quietud sutil se instaló en la sala, como si el conjuro litúrgico empezara a calmar el ambiente.

– Entiendo la postura de la subcomandante Varguldiz —dijo entonces Lvandor con un tono sereno que parecía fluir desde la propia invocación de la Regente—. Como sabéis, mi labor diplomática me ha llevado a recorrer incontables regiones y a convivir con muchas culturas.

La erudita Mreliem entrecerró los ojos y arqueó una ceja, ligeramente contrariada al percibir que alguien más comenzaba a disputarle autoridad en terreno intelectual.

– Recuerdo mi estancia en el corazón de las vastas llanuras de Ushul’pushis, el hogar de las Brujas del Caos —dijo con voz clara, sin alzarla, con un ligero aire de añoranza—. No negaré que son excéntricas, incluso difíciles de comprender, y que sus métodos pueden alterar el equilibrio de las corrientes mágicas —al decir esto, lanzó una mirada fugaz, pero elocuente hacia Naapo—. Pero también encontré entre ellas hospitalidad, respeto, y un compromiso profundo con su visión del mundo. No son una amenaza por naturaleza. Son… dispares.

Algunas brujas en la sala se mostraron escépticas. La diplomática prosiguió:

– Tal vez, antes de liberar la furia de la Lectora del Fuego, deberíamos intentar comprender qué las ha llevado a actuar así. Puede que aún haya espacio para una solución pactada. Un diálogo. Si condenamos a todas las que no se ajustan a nuestra forma de ver las cosas… ¿cuánto tardará en encenderse la misma llama?

– Todo esto que nos cuentas, querida Lvandor, suena encantador. Así que, ya que eres tan versada en las Brujas del Caos, —replicó Mreliem, destilando cierta ironía—, ¿podrías iluminarnos respecto al motivo por el que, tras siglos de desinterés absoluto por los Grimorios de Deivos, ahora estén tan obsesionadas con usurpar precisamente el de la Luz y la Oscuridad al punto de desatar una guerra?

Lvandor parpadeó, sorprendida, buscando en su mente una respuesta que no llegaba.

—Vaya —continuó Mreliem, saboreando su triunfo—. Si ni siquiera la única bruja del Arca que ha convivido con ellas puede explicar por qué ahora se lanzan a recolectar grimorios legendarios, entonces diría que nuestro próximo movimiento en el tablero es evidente.

Hizo una pausa dramática, clavando la mirada en el círculo de piedra.

– A no ser, claro, que alguien tenga el valor, o la imprudencia, de cruzar un campo de batalla sembrado de cadáveres reventados por magia impía, solo para ir a preguntárselo amablemente —dijo levantando la barbilla con gesto altivo, convencida de haber desarmado a la diplomática frente a todas.

Lvandor guardó silencio. No quedaba claro si lo hacía porque reconocía que Mreliem tenía razón, por una mera táctica diplomática… o porque había decidido rendirse ante la lógica implacable de la erudita.

Farbledeg, la bruja ingeniera, que hasta entonces había permanecido en un prudente segundo plano, alzó la voz con la serenidad de quien solo habla cuando tiene algo que decir:

– Valma Mreliem no se equivoca. Y añadiré algo más: si los grimorios no estuvieran destinados a ser utilizados, Deivos no los habría escrito… y mucho menos los habría liberado en el mundo tras su muerte.

Hizo una breve pausa para dejar que cada palabra se asentara en el aire.

– Lo que se nos entrega, se entrega para ser usado.

– Si abrís el pecho del mundo para llenarle el corazón de llamas, no os sorprendáis cuando comience a arder sin control. Hay flujos que no deben acelerarse… pulsos que solo han de latir cuando deben —contestó Naapo con ese aire místico y digno que le caracterizaba.

– Y no solo eso —añadió Varguldiz, esforzándose por mantener una calma impropia en ella—. En el último siglo se ha recurrido demasiadas veces al poder de la Lectora del Fuego. Quizá esta sea la vez en la que toque pagar el precio. Ni la mejor vidente, ni la más erudita entre nosotras —añadió mirando a Mreliem— sería capaz de predecir las secuelas. Podríamos detener esta guerra, sí… pero puede que a costa de calcinar a las pocas que todavía quedamos en pie. Y nuestra sociedad no resistirá otro golpe a nuestra ya frágil demografía.

La Regente del Verbo sonrió. Nadie supo si por la sensatez recién pronunciada o por ver a Valma Mreliem, por una vez, descolocada.

– Mira —empezó la erudita, ya perdiendo la paciencia—. La lectora no es una niña temblorosa. Es una bruja prodigio. La única en haber llegado tan lejos en la lectura del Versículo del Fuego del Grimorio de los Elementos. Si hay un momento para encender ese poder, es ahora. No cuando ya no quede nada que defender.

– Claro que no es una niña temblorosa —replicó Varguldiz, con un deje de nerviosismo—. Pero tampoco es una adulta completa, y usted lo sabe tan bien como yo. Esa bruja cruzó los umbrales del Versículo del Fuego demasiado rápido. Lo que queda de ella es poder sin conciencia; un cuerpo que respira sin comprender, que destruye sin distinguir. Ha perdido su humanidad, Valma Mreliem. No ve, no siente, no elige. Solo obedece a la llama maldita que arde en su interior. ¿De verdad es necesario recurrir a eso en medio de nuestra última línea de defensa?

– Sí —respondió con frialdad—. Si no debemos utilizar el fuego, ¿para qué lo conservamos? ¿Para admirarlo como a un relicario vacío mientras el enemigo nos arrasa? Además, si la Suprema se tomó tantas molestias en ejecutar los rituales necesarios para sellarla y permitir su transporte en el Arca… por algo será. Quizá el viento le susurró que su uso sería inevitable.

– El viento trae tanto lo bueno como lo malo —intervino Naapo, solemne—. Bien le pudo aconsejar que la portáramos, como también advertirle que la propia lectora podría arder.

– Yo también ardí, querida —musitó Mreliem, como si un recuerdo doloroso emergiera desde lo más profundo de su ser.

La erudita quedó mirando al vacío, parecía sumida en un pasado que aún no había conseguido enterrar. El silencio se extendió en la sala.

– Disculpad —dijo al fin, recomponiéndose con lentitud—. En cualquier caso, no pienso seguir discutiendo. Mi decisión está más que argumentada. Me posiciono a favor de usar a la Lectora del Fuego.

– Yo también —añadió Farbledeg, harta ya de tanta cháchara.

– ¡Yo me opongo! —vociferó Varguldiz, dejando que su aura agresiva volviera a imponerse.

– En nombre de la paz del flujo vital, lo desapruebo—sentenció Naapo.

Lvandor permanecía con los brazos cruzados y el ceño fruncido, meditando en silencio. Aunque desde el principio se había mostrado firme en su decisión de no valerse del último recurso del Gran Aquelarre, una semilla de duda comenzaba a germinar en su mente.

– Yo me abstengo —dijo finalmente.

Un murmullo recorrió la sala, pero ella no se inmutó.

– Me abstengo —continuó— porque mi lealtad no se limita a una única parte. Comprendo la urgencia de esta decisión, y sé que rechazarla podría significar la ruina de muchas vidas. Pero tampoco puedo aprobar un camino que exponga a la Lectora a un poder cuyo precio nadie puede pagar sin quebrarse. Los Grimorios de Deivos no otorgan poder sin reclamar algo a cambio. Y cuanto más profunda sea la lectura, más cruel será la maldición que la acompañe. No deseo ver a nuestra única esperanza deshacerse bajo el peso de algo que ni siquiera comprendemos del todo.

Inspiró lentamente.

– Como diplomática, me es imposible legitimar una decisión que puede destruir la paz tanto por acción como por omisión.

La subcomandante Varguldiz no dijo nada, pero su mandíbula se tensó con una fuerza apenas contenida. No apartó la vista de Lvandor mientras esta pronunciaba su discurso. Sabía que la diplomática no había traicionado exactamente su postura, pero la tibieza de su abstención ardía más que una negativa frontal.

Dos votos en contra. Dos a favor. Una abstención.

Todas las brujas posaron sus ojos sin esclerótica sobre la figura que había permanecido de pie y en silencio durante toda la reunión: Elhewet. La decisión recaía en ella.

Aguardaban, contenidas, el veredicto de la única cuya palabra podía inclinar el destino de todas.

Tras un silencio eterno, la Centella de Obsidiana despegó los labios, como si llevaran siglos sellados.

– La paz… es una forma más lenta de guerra. Y no queda tiempo.

Todas las presentes se quedaron heladas, no sabían si aplaudir o llevarse las manos a la cabeza. Solo pudieron tragar saliva incómodamente. Nadie osó contradecirla. Ni siquiera respirar. Las escribas, que hasta ese momento habían seguido cada palabra con precisión ritual, detuvieron sus plumas, petrificadas.

La decisión estaba tomada.

Si el Arca era enigmática, más aún lo era una de las cámaras ocultas en sus laberínticas entrañas: la Sala del Sello. Un habitáculo concebido por las mentes del pasado para contener y transportar poderes que sobrepasan los límites del alma.

Las paredes no eran de piedra, ni de metal, ni de ningún material reconocible: parecían fundidas de una sustancia oscura que devoraba la luz de las antorchas.

La sala exhalaba un aire pesado, como si toda la energía gravitacional se concentrase en aquel punto.

En el centro, sobre una silla de ruedas de cobre viejo, anclada al suelo por raíces que se enroscaban en sus ruedas, aguardaba la Lectora del Fuego. Sus muñecas estaban firmemente atadas a los reposabrazos mediante grilletes incandescentes que brillaban con un fulgor apagado. Sus manos, enfundadas en unos guantes de seda granate manchados de hollín, se crispaban en unos puños presos de un nerviosismo continuo. Sin duda, la silla evocaba la imagen de un trono convertido en prisión.

Pero lo más perturbador era su cabeza: un casco de hierro que parecía una corona invertida le cubría el rostro por completo. Una maraña de filamentos rojos recorría el casco, latiendo como venas ardientes. En el centro de la frente brillaba el símbolo arcano del fuego, labrado con precisión. Aquel artefacto era la clave que contenía todo su poder destructor.

[Símbolo arcano del fuego]

Siete jóvenes la acompañaban en su reclusión, dispuestas en un amplio círculo. Vestían túnicas escarlatas y ocultaban el rostro tras máscaras del mismo color, cada una marcada en la frente con el símbolo del fuego.

Seis de ellas permanecían de rodillas, como pétalos plegados alrededor de la silla de ruedas: tres recitaban sin descanso una letanía sutil, mientras las otras tres aguardaban en reposo a la espera de tomar el relevo en aquella vigilia eterna.

La séptima, erguida, custodiaba en silencio.

De pronto, la atmósfera solemne del ritual se truncó cuando tres figuras irrumpieron en la sala. No entraron por ninguna puerta, pues no había, simplemente se materializaron. Eran Mreliem, Naapo y la Regente del Verbo.

Las jóvenes no se inmutaron, proseguían con su ritual. Solo una de ellas, la que estaba de pie, pareció advertir a las visitantes.

– El círculo os acoge en silencio, mas el sello exige respeto — proclamó con voz hueca, en nombre del resto.

Naapo contemplaba a la Lectora del Fuego con su único ojo al descubierto. En él se reflejaba una compasión dolorosa al verla maniatada, temblando, con aquella abominación en la cabeza que no solo sellaba su poder, sino hasta su humanidad.

– Ya sabemos el motivo de vuestra visita —prosiguió la portavoz.

– Pues si ya lo sabéis, no hace falta que nos demoremos en formalismos —intervino Mreliem con la pedantería que tanto le caracterizaba —. Valma Naapo, Regente del Verbo, formemos el Círculo del Desplazamiento Celeste.

La erudita, como siempre, era capaz de quebrar cualquier atmósfera, por bien construida que estuviera. La incomodidad se extendió como un veneno por la sala, y eso podía resultar peligroso para el ritual de contención. Por suerte, la Regente del Verbo estaba ahí para controlar el impacto de las palabras de Valma Mreliem con sus cánticos discretos.

Las tres brujas del consejo avanzaron al unísono hacia la lectora, cada paso medido con exactitud. En un ritual así, incluso un sonido mal armonizado podía desgarrar el tejido entero, como un hilo arrancado de un telar.

– Lo siento, hermana. Sufriré contigo, lloraré por ti. Entregaste tu mente, te entrego mi compasión. Si la vibración te sostiene, permanecerás aquí. Si el vacío te reclama, descansarás allá —entonaron la plegaria como un único aliento.

Acto seguido, iniciaron el trazado del Círculo del Desplazamiento Celeste, un arte capaz de trasladar rituales enteros sin quebrantarlos.

Las tres se dispusieron a tomar posición alrededor de las muchachas que apaciguaban a la Lectora. Cada una se dirigió hacia un punto distinto, donde marcarían con su presencia los vértices de un triángulo aún invisible.

Cuando la Regente del Verbo fue a ocupar el vértice superior, Mreliem la detuvo con suavidad.

– Querida, para nada desestimo tu poder ni tu autoridad como Regente del Verbo; tu labor en la reunión fue, de hecho, sublime. Lo que sí cuestiono es tu experiencia a la hora de lidiar con la energía de un ritual sumamente complejo. Considero que si me sitúo yo en la cúspide, el tejido mágico permanecerá intacto.

La Regente asintió, quizá convencida, quizá simplemente por no contradecir a la erudita y evitar que esta perturbara la atmósfera.

Finalmente, quedaron dispuestas en los tres puntos previstos.

– Eisladamok Kelesei —pronunció Mreliem, en la lengua antigua de las brujas primordiales.

Y las líneas invisibles que unían a cada bruja se hicieron visibles, dibujando un triángulo equilátero. Apenas un instante después, alrededor las guardianas surgió otra línea, que fue cerrándose sobre sí misma hasta formar una circunferencia y atravesar los tres vértices del triángulo, engendrando en cada intersección un triángulo menor que resplandecía con intensidad.

La geometría irradiaba un fulgor que se propagó lentamente por la sala hasta envolverlo todo.

Luego, el brillo se desvaneció.

La sala había quedado vacía.

Las tres brujas, junto a la Lectora y su séquito, se materializaron en la cubierta del Arca. Varguldiz, Lvandor y Farbledeg aguardaban allí, formando un triángulo invertido que reflejaba el trazado por Mreliem, Naapo y la Regente del Verbo.

Cuando ambos triángulos convergieron, nació una estrella de seis puntas perfecta, inscrita en el círculo de muchachas que contenía a la Lectora del Fuego en su centro. Geometría sagrada para retener un poder inconmensurable.

Las miradas se cruzaron entre las brujas del consejo, cargadas de propósito y de temor. Entonces, alzaron los brazos al unísono y comenzaron a desatar el emblema del Círculo del Desplazamiento Celeste.

Cada vértice de la estrella se quebró en destellos; las líneas se curvaron y se disolvieron en bruma azulada, hasta que solo quedó el círculo central, latiendo como un corazón desnudo.

Las jóvenes que custodiaban a la Lectora comprendieron la señal. Con movimientos precisos, casi danzados, iniciaron el desarme del círculo de contención. La energía que rodeaba a la Lectora del Fuego se replegó hacia ella misma, envolviéndola en un tenue resplandor.

La portavoz de las guardianas se acercó a la Lectora con decisión. Se plantó frente a ella; por un instante, un destello de duda —de miedo— cruzó su rostro. Agarró el casco con ambas manos, y los filamentos que lo recubrían comenzaron a refulgir. Una corriente de energía viajó desde el casco a través de sus brazos, haciendo que su figura pareciera desdoblarse, como si su espíritu se agitara dentro de su carne. Su cuerpo permaneció inmóvil, mientras su aura se retorcía bajo el influjo de aquella energía.

Cuando la sacudida cesó, los filamentos del casco se apagaron, y con ellos, el símbolo arcano del fuego que relucía en la frente. Algo se había desactivado.

– Lo siento, hermana. Sufriré contigo, lloraré por ti. Entregaste tu mente, te entrego mi compasión. Si la vibración te sostiene, permanecerás aquí. Si el vacío te reclama, descansarás allá —pronunció con una monotonía cargada de emoción.

La guardiana alzó los brazos, retirando lentamente el casco.

La cabellera de la Lectora, de un cobre apagado, se liberó, derramándose a ambos lados de un rostro ajado. Y entonces abrió los ojos. Dos brasas antiguas, inhumanas, perdidas en el conocimiento extraído de uno de los grimorios legendarios.

Apenas el casco abandonó su cabeza, el silencio se quebró como un cristal.

La Lectora del Fuego exhaló un aliento profundo, denso, y el suelo respondió con un zumbido subterráneo que hizo vibrar el Arca.

Una onda cálida recorrió el ambiente.

No hubo vuelta atrás.

Algo inhumano despertó.

La Lectora alzó el rostro, y en sus ojos danzaron los alfabetos ardientes del Versículo del Fuego.

El aire se fracturó, como si el mundo contuviera la respiración ante lo inevitable. Y en ese instante, el infierno comenzó a florecer.

Un centenar de sigilos escritos en llama viva se materializaron, enlazándose en una espiral ascendente en torno a la Lectora, envolviéndola en un remolino ígneo.

Detrás, las jóvenes guardianas resistían estoicamente con los brazos extendidos, alineadas como una bandada que se abre en vuelo, recitando cánticos para contener el cataclismo que se estaba desatando.

Sus esfuerzos fueron en vano.

Más allá de la línea defensiva que formaban las muchachas, las seis brujas del consejo comenzaron a canalizar su poder.

La Regente del Verbo activó círculos de contención; Farbledeg y Lvandor alzaron escudos de energía. Mreliem mantuvo en alto uno de sus báculos legendarios, mientras Naapo convocaba a espíritus guardianes del agua.

Varguldiz, por otro lado, lanzó un grito antiguo al golpear el suelo del Arca con su espada gigante. El impacto levantó una lluvia de chispas que se retorcieron en el aire hasta convertirse en sigilos bélicos concebidos para resistir asedios y quebrar energías hostiles.

Durante un latido, su magia pareció vacilar. Luego, uno a uno, los conjuros se resquebrajaron, consumidos por el fuego.

Las brujas retrocedieron, cegadas por la luz, comprendiendo al fin que aquello ya no podía ser contenido.

Nadie huyó. Todas sabían que no había refugio posible: solo resistir, solo sobrevivir a lo que estaba a punto de nacer.

Mreliem esbozó una sonrisa amarga, mientras las demás luchaban por mantener la compostura, delatadas por pequeños gestos que el miedo hacía inevitables. La única que no ocultó su vulnerabilidad fue Naapo, permitiendo que las lágrimas recorrieran su rostro medio descubierto.

La Lectora del Fuego comenzó a separarse poco a poco del trono que, momentos antes, había sido su prisión, levitando hasta una altura considerable.

Extendió los brazos, trazando con su cuerpo una cruz pírica. Su piel resplandecía en tonos ámbar por el reflejo de los sigilos llameantes que danzaban frenéticamente a su alrededor. Su cabello, una cascada de fuego líquido; su respiración, una plegaria que derretía el aire.

La realidad se tensó. La temperatura subió. Un murmullo antiguo, imposible de pronunciar en lengua humana, se deslizó entre las llamas.

El primer signo del cataclismo ígneo se manifestó:

Un viento abrasador se deslizó entre los árboles y levantó una infinidad de remolinos de brasas. Las partículas ígneas se enlazaban y separaban con una precisión ritual hasta dibujar signos llameantes que, al disiparse, dejaban cicatrices luminosas suspendidas en el aire. El fuego prendió los bosques con una velocidad sobrenatural, calcinando troncos, hojas y raíces hasta reducirlos a siluetas negras que se desmoronaban bajo su propio peso.

Después, el firmamento comenzó a sangrar fuego:

Las nubes se desgarraron en silencio, y de sus heridas empezaron a caer gotas de fuego, irradiando un fulgor escarlata. Cada una descendía con una calma antinatural hasta estrellarse contra la tierra, provocando violentas explosiones de luz y ceniza, como pequeños soles estallando al terminar su ciclo. Donde una gota caía, nada volvería a crecer durante eras; donde muchas se reunían, la corteza del mundo se derretía. La noche quedó teñida de rojo, como si los astros hubieran descendido para castigar a la tierra por existir.

Y entonces, la tierra ardió desde sus entrañas:

Un resplandor líquido brotó del suelo y comenzó a extenderse como un amanecer de lava que avanzaba sin prisa, inexorable, dibujando surcos incandescentes que latían al ritmo de un pulso antiguo. Devoraba cuanto encontraba, reduciendo lo sólido a un recuerdo, cubriendo la materia bajo un manto de terciopelo en llamas. Y poco a poco, las llanuras, montañas y ríos de la región, anegados de lava, se solidificaron en un silencio perfecto, hasta convertirse en un océano de cristal.

Aquella zona del mundo quedó suspendida en una belleza insoportable.

Finalmente, el último conjuro llegó para romper la frontera entre lo humano y lo divino:

El cielo se hendió con un gemido profundo, y de la fisura comenzaron a surgir meteoritos ardientes que surcaron la noche con trayectorias imposibles. Al impactar contra la superficie cristalizada, la perfección se hizo añicos. El océano cristalino se quebró como un espejo maldito y estalló en fragmentos fulgurantes.

El estruendo no pudo ser contenido por ningún oído. Fue una aniquilación sonora. Ni siquiera los gritos de las almas condenadas en aquel desastre lograron abrirse paso.

Ya no quedaba nada. Solo una lluvia eterna de fragmentos de cristal que surcaban el aire en direcciones impredecibles, como si la gravedad se hubiera desintegrado junto al mundo. Al tocar la luz de las llamas que aún no se habían extinguido, los pedazos estallaban en reflejos iridiscentes.

El cielo, marcado por el hechizo, conservó una fisura ardiente, una herida luminosa que tardaría en cerrarse. Desde entonces, las brujas la llamarían la Llaga del Firmamento.

El aire aún vibraba, impregnado por el eco del Versículo del Fuego.

Y en el centro de aquel desastre, la Lectora del Fuego levitaba, inmóvil, suspendida entre la vida y el recuerdo.

De pronto, su cuerpo se desplomó con brusquedad, cayendo sobre su asiento como una muñeca de cenizas. Su rostro, mitad carne, mitad carbón, mostraba grietas ígneas que latían como brasas agonizantes.

– Mi nombre… es… Frimzi… – murmuró por primera vez con una voz débil, rota.

Una lágrima de fuego descendió por su mejilla y se apagó al tocar el suelo.

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