Capítulo 1 , Frío
Puerto Vela, República de Arcanto · 3:04 a.m.
El truco con los muertos no es el olor. Es el ruido.
Renata lo aprendió a los once años, la primera vez que su tía la dejó bajar. Un cuerpo suena. Se asienta, cruje, suelta aire por donde puede. La gente cree que el silencio de una sala de embalsamamiento es absoluto y no lo es: es un silencio lleno de pequeños permisos.
Por eso trabaja sin música.
A las tres y cuatro de la madrugada termina con la señora Arriaga, ochenta y seis años, neumonía, hija única que pidió que le dejaran el pelo suelto porque así se lo peinaba ella. Renata le deja el pelo suelto. Le cierra el mentón con dos puntadas invisibles bajo la lengua. Le pinta los labios de un rosa que en la luz de la capilla no va a parecer pintura.
Se quita los guantes y llena el acta.
Primero el nombre. Siempre el nombre: antes que la fecha, antes que la hora, antes que nada. Eso se lo enseñó su abuelo el mismo día que le enseñó a sostener una aguja curva. Un acta verde con timbre y sin nombre no es un papel incompleto; es un papel en blanco al que solo le falta elegir un muerto.
ARRIAGA MENDIETA, DOLORES ANTONIA. Fecha. Hora. Firma. Después aprieta el timbre 0442 —el suyo, el que dice CONSTATADOR SANITARIO HABILITADO y debajo el número de su licencia— hasta que el papel queda marcado en relieve.
Se soba, sin pensarlo, la cicatriz redonda del antebrazo izquierdo: la quemadura vieja, la que su tía dice que se hizo a los cuatro años con la plancha.
Entonces suena el portón del patio.
Renata levanta la cabeza. La Vidal no recibe traslados después de medianoche. No por regla piadosa: por seguro. Todo lo que entra de noche entra sin testigos, y todo lo que entra sin testigos alguien tiene que firmarlo después.
Sube los tres escalones del túnel. El furgón está en el patio con el motor prendido y las luces apagadas, y la lluvia cae oblicua contra los focos del pasillo. Beltrán ya tiene la camilla afuera.
—No te esperaba —dice ella.
—Nadie te esperaba a ti tampoco y aquí estás.
Beltrán conduce furgones desde antes de que Renata supiera caminar. Es un hombre lento, amable, que siempre entra a tomar café y siempre se queda veinte minutos hablando del fútbol de una liga que a nadie le importa.
Esta noche no apaga el motor.
—Papeles —dice ella.
—Vienen mañana.
—Beltrán.
—Vienen mañana —repite él, y empuja la camilla dos metros más de lo necesario, hasta dejarla dentro del umbral, como si el umbral fuera una frontera y él quisiera estar del otro lado.
Renata mira la bolsa. Negra, buena, de las caras. No es de la Prefectura.
—¿Quién lo manda?
—Renata. —Beltrán se seca la cara con la manga y por un segundo ella le ve algo en los ojos que no le había visto nunca: el hombre tiene sesenta y dos años y está pidiendo permiso para irse—. Yo manejo. Eso es todo lo que hago. Manejo.
Se sube al furgón. Sale de reversa sin dar la vuelta, raspando el portón, y el ruido del metal contra el metal queda colgado en el patio mucho después de que las luces se van.
· · ·
Abajo, la bolsa pesa lo que tiene que pesar.
Renata la pasa a la mesa de acero sola, como siempre, con el movimiento de cadera que le enseñó su madre y que ninguna escuela enseña. Se pone guantes limpios. Enciende la lámpara.
Baja el cierre quince centímetros y se detiene.
Hombre. Treinta y pocos. Mandíbula ancha, tres días sin afeitar, pelo oscuro pegado a la frente por algo que no es lluvia. Tiene la boca entreabierta y los labios de un color que Renata conoce mejor que cualquier médico de esta ciudad.
No lo mira a la cara todavía. Nunca mira primero la cara. Mira las manos.
Le toma la muñeca derecha para revisar las uñas.
Y ahí está.
En el antebrazo, del lado interno, una mancha de piel más clara que el resto. Ocho centímetros por cuatro. Bordes irregulares, cicatriz de punteado fino, ese brillo mate de la piel quemada a propósito por un láser barato. Alguien tuvo un tatuaje ahí. Alguien pagó para no tenerlo más. Alguien lo hizo con prisa, o con un equipo malo, o con las dos cosas, porque debajo de la mancha todavía se adivina el fantasma de una línea curva.
Renata se queda muy quieta.
Enero: un hombre sin identificar, sacado del canal de la calle Huerta. Mayo: una mujer, treinta y algo, incendio en un galpón de la zona franca. Agosto: otro hombre, sin nombre, sin denuncia, sin nadie que reclamara el cuerpo en catorce días.
Los tres con la misma mancha en el mismo lugar del mismo brazo.
Ella no se lo dijo a nadie. Lo anotó. Hay una libreta en el cajón bajo de su escritorio, entre las facturas del gas, donde están las tres fechas y los tres números de acta y un dibujo suyo, malo, de la línea curva. Nunca se preguntó por qué la guardaba en un cajón y no en el archivo.
Ahora baja el cierre hasta abajo.
Y le mira la cara.
· · ·
Hace dos noches este hombre le desabrochó el vestido con una sola mano en el pasillo de un departamento alquilado sobre la avenida del puerto, y cuando ella le preguntó el nombre, tarde, cuando ya no importaba, él dijo:
—Lucio.
Y sonrió como si el nombre le quedara grande.
Renata retrocede un paso. La suela de la bota chirría en el piso húmedo. El calor le sube por el cuello y las manos le siguen frías, y una parte de su cerebro —la parte útil, la parte Vidal— ya está calculando: ella no dejó nada en ese departamento, nadie los vio salir juntos, pagó el taxi en efectivo.
La otra parte se acerca a la mesa otra vez.
Le pone dos dedos en el cuello.
Nada.
Cuenta hasta diez, que es lo que le enseñaron, y después cuenta hasta veinte, que es lo que hace la gente que no quiere aceptar lo que cuenta.
Nada.
Le baja el párpado con el pulgar. La pupila está enorme, negra, quieta.
Y entonces, contra el dorso de su muñeca, siente aire.
Poco. Tibio. Una sola vez.
Renata se queda con la mano en el aire, sin moverse, dos segundos, tres, cuatro, el corazón golpeándole en las orejas, mientras piensa con una claridad ridícula: se acabó la señora Arriaga, ahora el peine, ahora las facturas del gas.
Siete segundos.
Otra vez. Aire.
El teléfono de pared está a cuatro metros. La emergencia son tres números. Renata hizo ese llamado once veces en su vida, por vecinos, por borrachos en la vereda, una vez por su propia madre.
Da un paso hacia el teléfono.
Y la mano del hombre se cierra alrededor de su muñeca.
No fuerte. Ese es el detalle que ella va a recordar durante meses: no fuerte. Es el agarre de alguien que no tiene fuerza y sabe exactamente cuánta le queda y en qué gastarla.
Los ojos están abiertos. La miran.
—No —dice él. La voz le sale en pedazos, arrastrada, como si tuviera el pecho lleno de arena—. No llames.
Renata no grita. Después va a pensar mucho en eso también.
—Estás en una funeraria —dice ella.
—Sé dónde estoy. —Traga. Le cuesta—. Elegí esta.
Afuera la lluvia arrecia contra el vidrio esmerilado del tragaluz. Abajo no hay ventanas. Nunca hubo.
—Voy a llamar una ambulancia —dice Renata, y su propia voz le suena de otra persona, de una persona razonable que vive en una ciudad razonable.
—Si llamas, mañana estoy muerto de verdad. —Los dedos de él se aflojan un poco, y es peor, porque ahora no la está sujetando: la está esperando—. Y tú también.
—No sabes ni cómo me llamo.
Él tarda. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir.
—Renata Vidal —dice—. Vidal e Hijas, Monte Aurora 340. —Una pausa larguísima—. Fírmame.
—¿Qué?
—El acta. —Le tiembla la mandíbula; el frío de la mesa ya se le metió adentro—. Fírmame muerto. Hoy. Con hora.
· · ·
Renata Vidal tiene veintinueve años, un título, una licencia sanitaria a su nombre y un negocio que sobrevive porque en esta ciudad la gente todavía confía en el apellido de su abuelo.
También tiene, en un sobre en el fondo del mismo cajón de la libreta, dieciocho mil pesos que alguien le dio hace dos años para que no escribiera en una ficha lo que había visto en un cuerpo.
Nunca gastó ese dinero. Tampoco lo devolvió.
Mira al hombre sobre la mesa de acero. Le mira la mancha clara del antebrazo, el fantasma de línea curva que ya vio tres veces este año.
Después va al escritorio. Saca un acta verde del cajón. Destapa la lapicera.
Escribe la fecha.
Escribe la hora: tres cuarenta y ocho.
Firma donde dice constatador responsable y aprieta el timbre hasta dejar el número en relieve.
El casillero del nombre queda vacío.








