El caso de las flores violeta
La víctima tiene los brazos abiertos a sus costados y las piernas estiradas, entrecruzadas una sobre otra, bajo una delicada tela blanca que cubre desde su cintura hasta las rodillas.
Su expresión, serena, casi sonriente con los ojos cerrados, apunta a los paneles de vidrio que cubren la ciudad. Es como si estuviera contenta de haber fallecido y hubiera dejado atrás sus penas y sufrimientos. Me pregunto si es así, si al morir encontramos esa paz que transmite su rostro.
Al igual que los otros dos asesinatos, el cuerpo descansa sobre una cama de flores violeta, genéticamente modificadas. Según el forense y el patólogo, son una nueva versión de las mandrágoras ya extintas, cuyas flores son más abundantes que las raíces.
El asesino escogió una vez más a una joven menor de veintiún años. Rubia, de piel tersa y blanca como la leche. Su cabello es largo, al igual que el de las otras dos víctimas. Se tomó el tiempo de peinarla y dejarla impecable. Un hermoso ángel.
No tiene ni una sola gota de sangre, ni por dentro, ni por fuera. La ha drenado, así lo hizo con sus antecesoras. Después de cortarles el cuello, las cuelga de cabeza como cochinos en un matadero.
Aferro mis manos a los apoyabrazos de la silla de mi escritorio. He revisado una y otra vez las escenas del crimen, pero todavía no puedo controlar la ira que burbujea en mis venas al estudiarlas y empatizar con las víctimas. Katherine piensa que es un defecto que obstaculiza mi camino hacia mis objetivos. Yo creo que es combustible para conseguirlos.
La caja torácica de la tercera víctima parece un libro abierto. En donde estaba su corazón, ahora hay flores. Malditas flores de mandrágora. Para este punto ya tengo pesadillas con ellas. ¿Dónde consigue tantas? Ya investigué a todos los proveedores de flores de la ciudad y nadie maneja de ese tipo. Esa es la única pista que puedo seguir y es un punto muerto.
El asesino no aparece en ninguna cámara. Es invisible para los omnis y vaya que eso es difícil. Su sistema de localización neural también está desactivado. Solo tengo dos opciones: el culpable tiene contactos dentro del Departamento de Justicia o sabe lo que hace y es un maldito dios para la tecnología. Me inclino por lo segundo. El sistema de admisión para el Departamento está estrictamente monitoreado por algoritmos precisos y auditado por expertos humanos. Es imposible que haya una rata entre nosotros.
Puede que allí tenga una pista que seguir. Muevo la mano en el aire para cerrar el video de la última escena del crimen y abro la red neural. Podía hacerlo solo con pensarlo, pero qué puedo decir, me gusta mantenerme en movimiento, como lo hacíamos antes de la última actualización. En menos de cinco segundos tengo una lista de los mejores programadores e ingenieros de El Paso frente a mis ojos.
Diablos, muchos no llegan ni a la mayoría de edad. Descarto a esos y dejo a los que me interesan: hombres fuertes, de entre veinticinco y cuarenta años. Solo hay uno de setenta que aparenta treinta. No me sorprende. Debe cagar dinero y ese tipo de personas suele gastarlo en tratamientos estéticos y medicina moderna. De seguro será uno de los que sobrevivan más de ciento cincuenta años. Lo incluyo entre los sospechosos. Muevo mis manos de un lado a otro para preparar los expedientes de cada uno de ellos.
Una notificación aparece en la esquina superior izquierda de mi rango de visión. El teniente Jackson quiere verme y sé que eso no es bueno. En los cinco años que tengo trabajando bajo su mando, solo me ha llamado tres veces a su oficina y, la primera fue por el caso de unos pastelillos perdidos en el comedor de empleados.
Cierro mi puño en el aire y los expedientes se minimizan, vuelvo al mundo real. Tengo que restregarme los ojos por el contraste de la intensa luz incandescente con la iluminación tenue de los hologramas neurales. Escribo una nota mental: dejar las luces apagadas cuando me vuelva a conectar.
En mi escritorio solo reposa mi cristal neural, un rectángulo de vidrio delgado que uso para compartir data laboral en reuniones en persona. Mi oficina apenas mide tres por tres metros y es suficiente. Es un lugar tranquilo y privado donde puedo explorar la red y mantener mis archivos en orden, sin que nadie me moleste.
Katherine, mi compañera de campo, tiene las paredes de su cubículo llenas de fotografías holográficas y rascadores, mientras que las mías están tan grises y vacías como deberían estar. Su escritorio tiene figuritas de arcilla que ha hecho a mano y flores artificiales. Ella es todo color y sonrisas. Yo… solo soy yo. No tengo idea de cómo podemos congeniar.
—Oz, quieto. —Mi patrullero obedece de inmediato—. Tengo una reunión con el teniente Jackson. Espérame aquí.
Oz ladea la cabeza y gime. No es un ser vivo, es un robot. Un patrullero, para ser exacta. Tuve la brillante idea de pedirle a los Tecnibots* que me asignaran el modelo canino de compañero y, ahora, tengo que soportar esto: un perro de hojalata casi indestructible, que llega a la altura de mi cintura cuando está en cuatro patas y que la mayoría del tiempo olvida que es una máquina asesina.
—No, amigo. No puedes venir conmigo.
El infeliz se para en dos patas, apoyándose en mis hombros. No tiene lengua, pero si la tuviera, sería ella la que recorriera mi rostro y no su fría y dura nariz. Oz no deja de gemir. Odia quedarse solo, aunque sea por pocos segundos.
—Oz, ¡quieto! ¡Maldita sea! ¡Te he dicho que no…! —Su insistencia me hace caer de nalgas al suelo; el desgraciado pesa una tonelada—. ¡Oz, no me obligues a hacerlo!
A diferencia de un perro común, Oz entiende a la perfección mis comandos, pero para mi mala suerte, elige no acatarlos. Comprende a dónde van mis amenazas y vuelve a acostarse junto a mi escritorio con las orejas caídas. Sus grandes ojos neón imitan la tristeza de un perro de carne y hueso.
—¿De verdad tengo que amenazarte con apagarte para que me hagas caso? —Me incorporo acomodando mi uniforme—. ¿No sería todo más fácil si aceptaras mis comandos desde un principio?
Oz ladra, pero el sonido es mecánico, como un eco sintético.
—¿De nuevo peleando con el pobre Oz?
Katherine asoma su cabeza por el umbral de su cubículo.
—Te dije que los gatos son mejores.
—Si un perro no me obedece, dudo que un gato lo haga.
Katherine sonríe y lame el dorso de su mano antes de pasarlo por las orejas felinas que adornan su cabeza. Ella no es solo una amante de los gatos, es mucho más que eso. Se identifica como uno de ellos. Lo sé, un poco extraño, pero así es. Al menos no escogió a un pingüino o un lagarto como su verdadera identidad. Vaya, esos transespecies sí que deben tener problemas en su día a día.
—¿Le echas un ojo? Sabes cómo se pone cuando lo dejo solo.
—¿A dónde vas? —La curiosidad y los pupilentes implantados, dilatan sus pupilas.
—El teniente Jackson me llama.
Baja sus orejas y eriza su lacio cabello rosa. Encogida de hombros, se acerca a mí.
—¿Y eso? ¿Será por el caso? ¿Crees que nos lo quiten?
—Es probable. Tenemos tres víctimas y nada a lo que aferrarnos. Debemos parecer unas incompetentes.
—Bueno, tampoco es nuestra culpa. —Su larga cola rosa se mueve de un lado a otro cuando habla—. El malnacido no aparece en ninguna grabación de los omnis, ni lo hemos podido localizar por su chip neural, ¿qué o quién es? ¿Houdini?
—¿Houdini?
Sus pupilas vuelven a su estado natural y, cuando alza su dedo índice, sé que se viene una larga explicación sobre algún tema del pasado que no me importa saber.
—¡¿Cómo no vas a saber quién es Hou…
—Lo siento, Katycat. —La detengo de inmediato, sujetándola por los hombros—. Ya voy tarde con el teniente. Por favor, cuídame a Oz. Vuelvo pronto.
Otra de las obsesiones de Katherine es el pasado. La historia y ella son una sola. No se contenta con coleccionar artefactos con más de un siglo de antigüedad, sino que también usa referencias que pocos entienden y que la mayoría ignora. Como ese tal Houdini. Repito, no tengo idea de cómo o por qué congeniamos.
La oficina del teniente Jackson se encuentra en el segundo piso del departamento, junto al sector de los operadores de omnis y los Tecnibots. Al contrario de nuestra zona, el segundo piso es amplio, silencioso y ordenado. Los envidio un poco. En este nivel no deben soportar la intromisión de familiares que vienen a visitar a los reos, ni víctimas alteradas.
El único ruido que altera este piso son los pasos de uno que otro empleado que sale de su cubículo por un vaso de agua, un café o para ir al baño. Nada más. Los operadores de los omnis prácticamente no hablan, pero ¿cómo podrían? Están muy concentrados en las cientos o quizás miles de cámaras que custodian la ciudad como para tener tiempo de charlas. Y los Tecnibot igual. Uno solo de ellos controla a cinco patrulleros que circulan por las calles de El Paso. Podrían dejarlos en modo automático y que los algoritmos se encarguen de las respuestas inmediatas, pero no es lo mismo. El factor humano siempre sería determinante en una situación de peligro. Porque sí, aunque la ciudad esté monitoreada las veinticuatro horas por los omnis y los oficiales caminen por sus calles junto a los patrulleros, todavía existen situaciones de peligro. Como, por ejemplo, el maldito asesino de las flores violeta.
—Rastreadora Morgan. Bienvenida, la estaba esperando. Venga, tome asiento.
Inhalo profundo y me adentro en la oficina del teniente Jackson. Es el doble de grande que la mía. Sus paredes no son cromadas o grises, como las del resto del Departamento; son café. Su escritorio tampoco es de metal, es de madera, un material rudimentario y arcaico, pero valioso dependiendo de la zona del país en la que uno se encuentre. ¿Aquí en El Paso? Un solo tablón de madera cuesta miles de Unarios*.
La silla también es de madera con un cojín esponjoso en el asiento. Es cómoda, no lo niego, pero inestable. Temo romperla, así que me inclino con cuidado para acercarme más a su escritorio. Entre ambos hay un cristal neural mucho más grande que el mío, que es de bolsillo. Este es fijo, está empotrado en la superficie del escritorio.
—Señor, si esto es por el caso de las flores…
—Como de costumbre, Morgan, no se equivoca. Por ello la he llamado. —Sus densas cejas negras se juntan en una línea que ensombrece su rostro—. Tres asesinatos. Tres, Calíope. ¿Y ni una sola pista que seguir?
—Señor…
—Déjeme terminar.
Enciende el cristal con un parpadeo y aparecen los expedientes que recién armé, junto con todo lo que he recabado de los casos, incluso mis notas personales y pistas que ya he descartado.
—Este desgraciado es un fantasma escurridizo. No tenemos confirmación visual de nada —continua. Yo uso las manos para mover mis hologramas, él, por lo que puedo notar, usa los ojos. ¿Acaso no se marea?—. Ni los omnis, ni los Tecnibots han encontrado nada extraño. Las escenas están tan relucientes como si un androide de mantenimiento hubiera pasado por allí. Pero… tienes una pista, ¿eh?
—Es reciente.
—Bastante reciente, a mi parecer.
Al apagar el cristal, sus ojos se concentran en los míos.
—¿Por qué han tardado tanto en encontrar al asesino?
—A pesar de que sigue un ritual específico, las ubicaciones de los cuerpos varían por completo, sin contar con los tiempos. Entre cada asesinato transcurre una semana y, en base a los análisis de los forenses y patólogos, no son asesinadas en el mismo lugar. Siempre se está moviendo. SAVA* está trabajando en encontrar un patrón, pero todavía necesita data…
—Morgan, nuestra ciudad se ha caracterizado por ser una de las más seguras a nivel nacional. Contamos con más omnis que cualquier otro asentamiento en las rutas comerciales terrestres y con dos patrulleros por cada civil. ¿Cómo es posible que un simple asesino se nos escurra entre los dedos y juegue con nosotros de esta manera?
Mantengo silencio. Tiene razón en todo y no vale la pena dar excusas vacías. Miro el escritorio y agacho la cabeza.
—Nuestro índice de inseguridad ha subido considerablemente desde que las desapariciones y asesinatos comenzaron. Y eso no es aceptable.
El teniente se recuesta en su amplio sillón acolchado, parece cuero, de seguro sintético.
—El Paso es considerado uno de los principales refugios para los transportistas comerciales. La Unión Americana del Norte cuenta con nosotros para mantener esa buena imagen y estamos fallando, Morgan. ¿Entiendes?
—Lo entiendo, señor.
Y tengo que morderme la lengua para no decir lo que realmente pienso. Por lo regular, no tardo más de una semana en resolver un caso. No soy la mejor rastreadora de la ciudad, pero sí una de las más eficaces, o al menos, eso creía hasta que este imbécil de las flores apareció.
Este caso me ha puesto en jaque. Por primera vez desde que me gradué como rastreadora, dudo de mis capacidades. Una pequeña parte de mí, quiere creer que no he alcanzado mi objetivo porque es un fantasma, pero la otra parte, la más grande, sabe que solo es una excusa infantil para maquillar mi incompetencia.
Mi frustración es tanta, que estoy a punto de navegar por los nodos neurales de historia, para investigar cómo carajo los oficiales del pasado hacían su trabajo sin cámaras ni sistemas de localización integrados.
—Además, la Unión Conservadora Norteamericana se ha enterado de los asesinatos.
«Oh, merd-ha*».
—Por tu expresión, deduzco que no te has enterado de lo que fluye por las corrientes desde temprano en la mañana.
Jackson enciende de nuevo el cristal y las noticias nos bombardean. La Unión Conservadora no ha perdido el tiempo. Apenas se enteraron de los asesinatos, decidieron usarlos de combustible para ganar votantes en la ciudad. En esta ocasión, denuncian que el asesino es un vampiro, debido a que deja a sus víctimas sin sangre. Absurdo.
El Paso es una de las ciudades de la Unión Americana del Norte con más diversidad, debido a su historia y cimientos. La mayoría de nuestra población desciende de mexicanos, mientras que la otra se divide entre las demás castas. Por ende, los conservadores jamás han conseguido ganar una votación en la ciudad.
—¡Esto es ridículo! ¡Los vampiros no muerden!
—Morgan.
—Eh, perdón. Hemofílicos. Los hemofílicos no muerden. Disculpe, teniente, me dejé llevar.
—Recuerde que representa al Departamento en este caso. —Apagó el cristal—. Como puede ver, los conservadores ya están atacando a las minorías. Empezando con los hemofílicos. Pronto encontrarán la manera de asociar a los transespecie y, quién sabe, quizás también a los renacidos. Los medios podrían atacarla en cualquier momento para saber más sobre los asesinatos y no puede permitirse que una palabra como esa se le escape por accidente en una entrevista.
Asiento, de nuevo agachando la cabeza. Yo más que nadie debería mantener mi lengua bajo control. No solo porque decirles vampiro a los hemofílicos es un insulto, sino porque, al igual que ellos, yo también formo parte de las minorías.
—Que los conservadores aprovechen esta situación para su beneficio, me hizo meditar nuestras opciones.
El teniente entrelazó sus dedos sobre el escritorio y respiró hondo, antes de continuar.
—Tenemos solo una pista que seguir, pero no es suficiente. Necesitamos más.
—Teniente, si tan solo me da un poco más de tiempo…
—No tenemos tiempo, Morgan. Ya no. Para situaciones desesperadas, debemos tomar medidas desesperadas.
Enciende el cristal de nuevo y entre nosotros aparece el expediente de un renacido… Oh, merd-ha, ya sé a dónde va esto.
—Las únicas personas que pueden guiarnos por el camino correcto son los únicos testigos: las víctimas.
—Teniente, no creo que…
—Este renacido es el mejor de la ciudad. El único que ha enfrentado a la muerte cinco veces y permanece cuerdo. Tu trabajo es ubicarlo y hacer que colabore con la investigación.
Respiro profundo a medida que leo el extenso expediente.
—A ver si entiendo… ¿Quiere que trabaje con un hombre que debería pasar mínimo diez años en prisión?
—Exactamente. Si colabora con nosotros, reduciremos su condena, al fin y al cabo, son robos menores, estafas y posesión de sustancias ilícitas.
Muerdo de nuevo mi lengua. Quiere que trabaje con un charlatán embaucador… No, corrección, quiere que pierda mi tiempo con un charlatán embaucador.
—Señor, con todo respeto, pero las habilidades de los renacidos no están del todo comprobadas. La mayoría de ellos son una estafa. Créame, ya he caído en sus mañas. Este hombre, más que una ayuda, será una carga.
—Morgan, murió cinco veces. Cinco. La mayoría de los renacidos en El Paso apenas tienen una o dos muertes encima. Sus habilidades son superficiales o intermitentes, pero Gillies es especial. ¿Cómo crees que ha escapado de nosotros?
—¿Por qué consiguió la manera de desactivar su localizador y vive en las Afueras?
El teniente se incorpora y alisa su uniforme con las manos. Menea la cabeza de un lado a otro, sin despegar los ojos de los míos.
—Gillies puede encontrar las almas de las víctimas y hacerlas colaborar, no tengo dudas. Además, en el remoto caso de que falle, ¿qué podemos perder?
—Tiempo, teniente.
Jackson resopla.
—Ya tienes tus órdenes, Morgan. Puedes retirarte.
Me despido con un asentimiento. Soy incapaz de fingir una sonrisa o una pizca de amabilidad. Los renacidos no son mis personas favoritas. De hecho, decir incluso las palabras renacido, médium o brujo me revuelve el estómago.
Esto será una gran pérdida de tiempo. Además, ¿cinco muertes? ¿En serio? Si esa no es una enorme señal de advertencia, no sé qué lo es.








