La caída de los Vale (Prólogo )
La Mansión Vale llevaba más de cuatro siglos en pie. Erigida sobre una colina de piedra gris al norte de Inglaterra, lejos de pueblos y caminos transitados, había resistido guerras, incendios, epidemias y el paso incansable del tiempo. Sus muros de roca oscura se alzaban como si hubieran brotado de la propia tierra, cubiertos por enredaderas antiguas y observados por gárgolas desgastadas cuya mirada parecía seguir a cualquiera que atravesara el portón principal.
Los habitantes de los pueblos cercanos evitaban acercarse después del anochecer. Decían que el bosque que rodeaba la mansión nunca permanecía igual dos noches seguidas. Que había árboles cuyos troncos cambiaban de lugar, senderos que desaparecían, sombras que caminaban entre la niebla sin dejar huellas. Los Vale jamás desmintieron aquellas historias, ni tampoco las confirmaron.El secreto era la primera regla de la familia, el silencio...la segunda.
Dentro de la mansión, cientos de velas iluminaban los interminables corredores de piedra, sus llamas eran pequeñas, inmóviles, como si el aire hubiese dejado de existir. Los retratos de los antiguos guardianes observaban el paso de los miembros del clan mientras descendían hacia el corazón de la mansión. Nadie hablaba, solo el sonido de los pasos rompía el silencio.
Vestían largas túnicas negras bordadas con hilos plateados que representaban el emblema de los Vale: un ojo rodeado por ramas de tejo, símbolo de quienes habían dedicado su existencia a custodiar el Velo. Al frente caminaban los ancianos, detrás de ellos, el resto de la familia. Entre todos ellos avanzaba Evelyne Rosamund Vale, apenas levantaba la mirada, sentía que el peso de cada paso era mayor que el anterior. No podía dejar de pensar en su madre, la veía caminar unos metros delante de ella; viva, respirando, sonriendo con una serenidad que Evelyne ya no era capaz de compartir. Porque solo ella conocía la verdad. Aquella vida no debía seguir existiendo, ella la había salvado. Había desobedecido la única ley que ningún Vale podía romper.....había cambiado el destino. Y desde entonces...todo parecía observarla.
El grupo llegó al Santuario del Velo. Era una cámara circular excavada directamente en la roca. El techo se perdía entre las sombras, sostenido por enormes columnas cubiertas de símbolos que ninguna lengua moderna podía traducir. En el centro descansaba un círculo de piedra blanca; el mismo lugar donde, generación tras generación, los guardianes habían reforzado el Velo que separaba el mundo de los vivos de aquello que jamás debía cruzarlo. Los ancianos ocuparon sus lugares, las velas fueron encendidas una por una. El cántico comenzó, grave, profundo, antiguo. Las palabras parecían resonar no solo en las paredes, sino también dentro del pecho de quienes las pronunciaban.
Evelyne cerró los ojos, intentó convencerse de que aún estaban a tiempo, que el ritual repararía aquello que ella había roto. Entonces ocurrió, una de las velas se apagó. Nadie interrumpió el cántico, después otra y otra; hasta que la oscuridad comenzó a extenderse lentamente por el santuario. El aire se volvió helado, no era el frío del invierno; Era un frío antiguo, un frío que parecía nacer debajo de la piel.
Los cánticos cesaron, los ancianos levantaron la vista al mismo tiempo. Algo había entrado en la mansión, no se escuchó una puerta abrirse, no hubo pasos, no hubo ruido alguno; simplemente....había alguien más.
Al otro extremo del santuario, donde unos instantes antes solo existía oscuridad, una figura inmóvil permanecía de pie. Era demasiado alta, demasiado delgada, su silueta parecía absorber la escasa luz de las velas que aún permanecían encendidas. Nadie se atrevió a hablar. Uno de los ancianos dio un paso al frente, su voz, firme durante toda una vida, apenas logró romper el silencio.
—¿Quién eres?
La figura no respondió, permaneció inmóvil; como si observara a cada uno de los presentes, como si los hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo. Entonces comenzó a caminar, cada paso resonó en el santuario con una lentitud insoportable, no había prisa, no había furia, solo una calma que resultaba infinitamente más aterradora.
Evelyne sintió que el aire abandonaba sus pulmones, quiso correr hacia su madre, quiso gritar; pero el miedo la dejó inmóvil.
La figura continuó avanzando, y el silencio de la Mansión Vale, guardado durante siglos....se quebró para siempre.
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