Capítulo 1
UN ERROR LO COMETE CUALQUIERA
Andrew
—Vamos, tío, ríndete ya —se burla Billy, viéndolo perder.
Saco una lata de cerveza de la nevera y la lanzo por el aire, Billy la atrapa al vuelo sin apartar la vista del frente. A su lado, Eric se mantiene concentrado en el viejo televisor que pusimos sobre un barril, sujeta el mando con las dos manos y aprieta los botones con desesperación, generando un repiqueteo constante.
—Cállate capullo.
Segundos después el mando sale disparado y acaba aterrizando en el suelo. La alfombra que descansa a los pies del sofá amortigua el golpe. Veo a Eric levantarse de un salto, furioso, mientras Billy se hunde en el puf de cuero marrón, riéndose a carcajadas bajo una lluvia de insultos.
Tiro de la anilla y abro mi segunda lata de cerveza, le acompaña un chasquido metálico y el siseo del gas. No espero para acercarla a mi boca y darle el primer sorbo. El líquido baja frío y al tragar el regusto amargo se me queda pegado al paladar.
Me dejo caer en un sofá de poliéster negro que rescatamos de la acera. La mayoría de muebles de nuestra guarida provienen de la basura, algunos de ellos están en muy mal estado, por lo que Billy se ha molestado en repararlos, pero muchos otros se han quedado tal y como los encontramos.
—Pido una revancha —exige Eric.
Recoge el mando que descansa en la alfombra y se sienta a mi lado. La música que indica el comienzo de la partida vuelve a resonar por toda la habitación, está completamente concentrado, la pantalla es un caos de explosiones y balas que vuelan por todas partes. Eric destroza los botones intentando que su personaje esquive un tanque.
El ambiente huele a tabaco y cerveza, la mesa que hay justo en frente está hasta arriba de latas vacías y ceniceros a rebosar. Este lugar al que nosotros bautizamos como la guarida, en realidad es la trastienda del taller de coches de Billy. Un local clandestino en el que aceptó aprovechar la parte trasera para convertirlo en el refugio de Los Cuervos.
Nos concentramos en la partida que está jugando nuestro amigo, esquiva tanques y dispara ráfagas que los hace explotar. Parece que le queda poco para lograr superar el récord que con tanto orgullo había conseguido Billy.
Un estruendo proveniente de la puerta nos toma por sorpresa.
—¡Joder!
El mando vuela de nuevo, aterrizando esta vez en el regazo de Billy. El rubio suelta un gruñido por el impacto, pero mi atención queda puesta en la puerta metálica que se acaba de abrir de golpe.
Veo entrar a Bryan con un aspecto difícil de ver. Tiene un ojo morado, el labio partido y una herida abierta en el pómulo. Se agarra al marco de la puerta y lo vemos respirar con dificultad.
Lleva un polo negro de manga corta acompañado de unos tejanos del mismo color, se le ven los tatuajes repartidos entre los dos brazos y su clásico rapado militar.
—¿Ya has vuelto a intentar meterle mano a Lucia? —Eric se ríe y le resta importancia, a fin de cuentas que Bryan se involucre en peleas es el pan de cada día.
Cuando parece haber recuperado el aliento se acerca a la mesa que hay en el centro. Lanza una bola de papel arrugado que tira varias latas a su paso. Nuestro amigo sigue sin decir palabra, parece esperar a que uno de nosotros finalmente tome lo que acaba de dejar.
—¿Qué es esto? —Pregunto.
Me atrevo a agarrarlo, deshago la bola y leo lo que hay escrito en ella. La letra es una mierda, la tinta del bolígrafo se ha corrido por el papel; además, las manchas de sangre que cubren algunas palabras me dificultan aún más comprender lo que pone.
Después de repasar la nota varias veces, consigo descifrar lo que en un primer momento parecía un jeroglífico.
«La deuda sigue pendiente, lo de hoy solo ha sido un recordatorio. Tenéis hasta el último día del mes para pagar, si no la próxima vez que veáis a vuestro amigo será en bolsas de basura. —Los Halcones Rojos».
Levanto la vista. La mano que sujeta el papel se cierra en un puño, convirtiendo el mensaje en una pelota arrugada de nuevo. Billy y Eric observan expectantes mi reacción, aún no comprenden lo que sucede. Lanzo la bola hacia algún rincón perdido de la habitación, señalo a Bryan con el dedo índice, sé que puede ver la ira brotar de mis ojos, pero no le presta importancia. Saca una caja de cigarros del bolsillo de su pantalón y se enciende uno.
—¡¿Qué has hecho?!
Da una calada. Aprieto la mandíbula dada su forma impasible de actuar. Deja escapar el humo entre los dientes, su mirada continua perdida y sigue sin verbalizar ni una palabra. Intento calmar el incipiente enfado que empieza a brotar de mí. Me giro hacia Eric, que acaba de recoger el papel del suelo y lo veo leer la nota con paciencia.
—Joder —lo oigo murmurar, esta vez se la pasa a Billy, que espera para leerla también.
—¿De qué deuda hablan, Bryan? —mis manos están cerradas en dos puños, tan apretadas que noto mis uñas clavarse en la piel —¿Qué has hecho?
Apaga el cigarro en el cenicero y se relame la herida que aún brota sangre de su labio.
—Esto no es solo culpa mía, Eric estuvo conmigo en todo momento —. Su indiferencia me saca de quicio.
Este, que hasta el momento había permanecido sentado y bebiendo tranquilamente su quinta cerveza, se levanta de golpe. Se escucha el estrujar de una lata, segundos después Eric aparece a nuestro lado.
—No te atrevas a decir eso, sabes que te estaba haciendo un favor —se abalanza hacia él, dándole un fuerte empujón.
Los separo y agarro a Bryan del cuello de la camiseta. Respira con fuerza, sus heridas siguen sangrando y sus ojos azules se clavan en los míos, en ellos detecto el nerviosismo que pretende esconder. Mi agarre aumenta, lo zarandeo pidiéndole explicaciones, hasta que Billy aparece y me separa de él.
—Dame una buena justificación para la mierda que has hecho —le pido.
Me muerdo el labio ansioso, esperando a que empiece a hablar. Se apoya en la mesa de hockey de aire, una que también recogimos de la calle, y se palpa la herida que tiene en el pómulo, sus dedos se manchan de sangre y su expresión delata dolor. Lo veo arrugar la frente y cerrar los ojos con fuerza durante un segundo, su máscara de indiferencia comienza a desvanecerse.
—Le debía una gran cantidad de dinero a un corredor de apuestas. Una deuda que me era imposible pagar —empieza a explicar.
Respiro hondo e intento mantener la calma, pero de tanto apretar los puños creo que el siguiente en sangrar voy a ser yo.
—¿Cuánto? —Me atrevo a preguntar.
Hace una pausa de varios segundos que dejan la habitación en un profundo silencio.
—Billy, ¿me puedes traer una cerveza? —Dice finalmente.
El rubio asiente. Camina hacia la nevera, ya prácticamente vacía, y saca una de las pocas que quedan.
—Ciento cincuenta mil dólares —admite.
Mis dientes chirrían tras escuchar la cifra. Estoy a una fina línea de ser el siguiente en abalanzarse sobre él y terminar lo que los Halcones Rojos han empezado. Me doy unos segundos para pensar en los que recuerdo que falta la otra mitad de la historia, ya que por el momento solo ha mencionado a un corredor de apuestas clandestino, pero sigo sin comprender en qué punto aparece la pandilla rival en esta historia.
—Continúa —exijo.
Bryan le da un largo sorbo a la cerveza, segundos en los que seguro que aprovecha para pensar. Me detengo a analizar a Eric, en él también detecto signos de nerviosismo, se pasa la mano varias veces por la perilla, se toca el pelo y parece no poder estarse quieto más de un minuto en el mismo lugar. O me explicaban inmediatamente lo que sucedía, o iba a empezar a repartir palizas.
—Llevaba unos meses dándole largas, hasta que me amenazó con pagarle este mes o llamaría a uno de sus contactos —explica. Su mirada permanece perdida en el fondo de la lata —por lo que Eric me ayudó a robar un Cadillac Escalade.
—Estáis de coña —salta Billy.
La ira emborrona mi visión, un pitido agudo taladra mis sentidos y creo que he abierto tanto la boca que está a pocos centímetros de tocar el suelo.
—No me jodas que habéis robado un puto coche de lujo en una zona que le pertenece a Los Halcones, dime que no.
El silencio a veces también es una respuesta, y la forma en la que mis dos amigos evitan mirarme de manera deliberada me lo deja muy claro. Todo transcurre en menos de un segundo. El enfado que me he esforzado por contener se desborda por cada poro de mi piel, inconscientemente retengo la respiración, y sin pensarlo dos veces acabo abalanzándome sobre Bryan. Este cae al suelo, se escucha el fuerte golpe que produce su cuerpo al chocar contra la superficie fría de hormigón. Lo agarro tan violentamente del cuello de la camiseta que pienso que podría llegar a romperla. No soy capaz de contener la rabia, ni siquiera creo estar pensando con claridad. Aprieto tanto los dientes que me produce dolor de cabeza, una molestia punzante en la sien.
—Sabéis lo mucho que nos ha costado llegar a un pacto con ellos, y ahora vais vosotros y lo rompéis —digo aún con los dientes apretados.
Lo zarandeo, su cabeza choca repetidas veces contra el suelo, se aferra a mis manos, que no lo sueltan, y me intenta apartar con todas sus fuerzas. Cuando estoy a nada de propinarle el puñetazo que se merece, Billy me toma del brazo con firmeza, tira de mí y me obliga a separarme de Bryan, que ya parece estar suficientemente malherido.
—Así no vais a conseguir pagar la deuda —comenta el rubio.
Doy media vuelta y camino hacia el sofá, desesperado por encontrar una solución. Tengo la boca seca, las pulsaciones a mil por hora, y no puedo evitar mascullar insultos. Los Halcones Rojos son mucho más poderosos que nosotros, si se proponen terminar con nuestra pandilla, podrían hacerlo sin problema. Me froto las manos contra los pantalones, secando el sudor en mis vaqueros.
Bryan sigue tirado en el suelo, lo oigo quejarse, Eric le facilita unos hielos envueltos en un trapo viejo, lo presiona con cuidado sobre el ojo morado. Respira con pesadez y por un momento me siento mal por haber actuado así, pero se me pasa al segundo, cuando recuerdo que aún no tenemos una solución que arregle la mierda que ha hecho.
Me dejo hundir entre los cojines mullidos del sofá, obligándome a relajarme, ya que la ansiedad que me consume no me ayuda a pensar con claridad. Bryan se levanta al fin, pasa el brazo al rededor de los hombros de Eric, que le ayuda a incorporarse y lo guía hasta uno de los pufs.
Respiro hondo, preparándome mentalmente antes de soltar la pregunta que voy a hacer.
—¿Qué han pedido a cambio?
El rubio se sienta a mi lado y Eric ocupa un puf vacío que hay junto a Bryan, el cual parece perdido entre sus pensamientos, mira al techo y deja varios segundos pasar antes de contestar.
—Mucho dinero —lo oigo murmurar. No me mira.
—¿Cuánto?
—Lo obtenido por el coche, junto a otros cien mil por romper el pacto.
—¿Y cuánto dinero habéis conseguido por el Cadillac Escalade? —Le pregunto esta vez a Eric.
Tampoco me mira.
—Cincuenta mil.
—¿Solo? Estáis de coña, podríais haberle sacado mucho más —comenta Billy.
—Eso ya no importa —digo con la voz completamente apagada.
Me muerdo la uña del dedo pulgar de forma ansiosa. Está empezando a anochecer, y ahora cada minuto se siente como si fuese el último, con dos deudas que pagar, y sin una solución estable. Entre todos no lograríamos reunir ni siquiera la mitad. Podríamos continuar robando coches, pero las zonas que nos pertenecen son de clase media-baja, no nos darían una mierda por ellos en el mercado negro. Joder.
Me cubro la cara con las manos, tengo la mente en blanco, parece no existir solución para este problema, y tampoco nos quedan muchos días de margen, era necesario actuar ya.
—¿Me dais algo para limpiarme la sangre? —Los hielos parecían ya haberse derretido, dejando el trapo empapado, lo lanza sobre la mesa del centro, que empieza a coger forma de vertedero.
Antes de irnos deberíamos recoger o el rubio nos iba a despellejar a los tres.
—Límpiate en la camiseta, nenaza —le suelta Eric.
—Es nueva, estúpido —le responde de vuelta.
Esto empieza a parecer el patio de un colegio.
—Podrías haber usado el trapo.
—Ese trozo de tela seguro llevaba cogiendo polvo todo el año, olía a rata muerta.
—Ahí tienes periódicos —Billy señala una montaña de papeles, los cuales usa para el taller, que le sirven cuando se derrama aceite, o con el fin de no ensuciar ciertas superficies.
Bryan pone una mueca de asco, pero al menos no se vuelve a quejar. Alarga el brazo para alcanzar el periódico que está en la cima, el silencio invade de nuevo la habitación, cada uno sumergido en sus propios pensamientos, la tensión es palpable, me cuesta incluso respirar. Por un momento se me ocurre llamar a uno de mis contactos para pedirle prestado el dinero, pero eso solo nos daría tiempo, no nos quitaría el problema de encima.
El silencio se rompe con el rasgar de un papel, veo cómo lo arruga, nadie más le presta atención, pero no puedo evitar fijarme en el titular que aparece antes de que se convierta en una bola por completo. Está a escasos centímetros de pasárselo por el rostro, dispuesto a limpiar la sangre que brota de su labio con ese papel áspero.
Hasta que lo recuerdo.
—Un momento.
Los tres pares de ojos me miran, todos con clara confusión en ellos, a lo mejor esperaban que hubiese encontrado la solución definitiva, y aunque no era así, había reconocido a alguien en la hoja que sujetaba Bryan. Me levanto y se lo quito de las manos, observo la imagen que sale en el periódico, su pelo canoso y perfectamente peinado hacia el lado, vestido con un traje que probablemente costaba varios miles de dólares, y un Rolex adornando su muñeca. Era Charles Vanguard.
Me paro a leer el título que hay sobre su foto.
«El magnate Charles Vanguard corona su imperio inmobiliario con la compra total del Distrito Sur.»
—¿Qué ocurre? —Oigo preguntar a Eric.
—A este tío lo he visto varias noches en Obsidian —explico.
—No me jodas.
Me quitan el papel de las manos.
—¿Ese señor no tenía una hija? —Pregunta. Analiza el trozo de periódico durante unos segundos y después se lo pasa a Billy.
—¿Y eso qué más da, capullo?
Ignoro la conversación que se crea entre mis amigos, camino de un lado a otro, hundo los dedos en mi pelo y me lo peino hacia atrás con lentitud. Recuerdo haberlo visto entrar varios fines de semana, no le prestaba mucha atención, ya que todos los que iban ahí se bañaban en billetes, pero era muy común que reservara la zona VIP. Se reunía con varios hombres como él, trajes caros y perfectamente planchados, relojes de lujo y perfumes fuertes que impregnaban toda la sala. Se sentaban en los sofás en forma de semicírculo, tapizados con un terciopelo color burdeos, y las mesitas de cristal grueso que descansaban frente a ellos, se llenaban de ceniceros caros, botellas de licor y hieleras transpirando condensación.
—Billy, busca en internet si tiene una hija —oigo de fondo, pero estoy tan concentrado en mis propios pensamientos que no les presto atención
Las luces eran tenues, dejando una sensación acogedora en el ambiente. Hablaban y se reían bajo el fuerte sonido de la música, pedían reponer las botellas incluso antes de haberlas terminado, no era una persona que llamara mucho la atención entre los demás, pero sí que se le conocía como un cliente habitual.
—Andrew, he tenido una idea genial —habla de nuevo. Suspiro frustrado, no estaba como para escuchar más tonterías.
—Ah, ¿sí? Sorpréndeme —sonrío falsamente.
Me pasa el teléfono, la pantalla ilumina mi rostro, y frente a mis ojos se muestra una búsqueda en internet, leo su nombre: Violet Vanguard, debajo aparecen fotos de ella, en todas está perfectamente arreglada. Su rostro es delicado, ojos color miel, nariz fina, frente redonda y sonrisa perfecta. Continúo observando todas las imágenes que salen sobre Violet, visualizo vestidos caros, encajes delicados, joyas brillantes y muchos pares de tacones, todos de marca.
—¿Esta es tu idea? —Le devuelvo el teléfono.
—Escucha, si secuestramos a la chica podemos pedir un rescate, y a este tío le sobra el dinero, por lo que dudo que le importe soltar un par de miles de dólares para recuperar a su hijita, ¿no crees? —Explica. Lo dice de forma tan convincente que casi lo consigue, pero pensándolo por un segundo, no era para nada una buena idea.
—No me convences.
—Te convencerá cuando aparezcan los Halcones Rojos.
Mierda, tenía razón.
Me tiro en uno de los pufs, me siento rendido, necesitaba llegar a casa y darme una ducha de agua fría para despejar mi mente. Permanezco callado durante unos minutos dándole vueltas a la solución que ha propuesto Eric, y aunque es una puta locura, no tengo otra mucho mejor.
Veo a Bryan a unos metros de mí, está más callado de lo habitual, suele ser un charlatán, sin embargo, la paliza debe haberlo dejado destrozado, tanto física como mentalmente. Ha parado de sangrar hace un rato, pero sigue sin tener buen aspecto.
—Joder, ¿y cómo lo hacemos? —miro a Billy, que parece estar igual de angustiado que yo.
—Que Andrew vaya y la espíe. Que descubra los horarios que tiene, qué días y horas se encuentra sola y por dónde podemos entrar. Ya sabes, ese tipo de cosas —dice como si nada.
—Es buena idea —murmura Bryan sin despegar la vista del techo.
—Espera un momento, ¿y por qué tengo que infiltrarme yo? Todo esto es culpa de este cabrón —lo señalo.
—Para empezar porque tú tienes más días libres que yo y que Billy, y para finalizar porque Bryan es inútil y lo pillarían al primer minuto.
—Gracias, amigo —murmura el magullado.
—Además, debes tener contactos que aún trabajen ahí, y te pueden decir qué días ha reservado la zona VIP y así sabrás cuándo no está por casa —añade.
—Tengo que pensarlo.
La verdad es que no tengo ningún tipo de ganas de ir a espiar a una niña pija.
—No hay tiempo, debemos pagar antes de que termine el mes —me recuerda Bryan.
Suelto todo el aire que retengo en los pulmones. Me tiro hacia atrás y observo el techo, lo mismo que lleva haciendo mi amigo durante un largo rato. Me imagino qué ocurriría si me pillaran, me metería en un lío muy gordo, y no me apetecía ser yo el que deba infiltrarse en la vida de esa tal Violet.
—¿Qué día es hoy? —pregunta el rubio.
—Cuatro —le contesta Eric.
Cierro los ojos durante unos segundos, no puedo tomar esta decisión a la ligera. Sé perfectamente que no soy un santo. He extorsionado a varias personas, traficado con drogas, armas y coches, e incluso participado en peleas clandestinas. Pero hasta este momento no me había planteado secuestrar a alguien, y menos a la hija de un hombre tan poderoso.
Aunque parece no quedar de otra y termino cediendo.
—Pero tenemos que organizarlo bien.
—Eso está hecho.








