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Luces, Lujuria, Acción.

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Sinopsis

Empujada por la necesidad y el deseo de reinventarse, Sara ingresa al implacable engranaje de la pornografía. Lejos de ser una víctima pasiva, convierte cada set en un escenario de conquista, poder y placer visceral, escalando con rapidez en una industria voraz. Sin embargo, el éxito desata una tormenta emocional de la que no puede escapar. Mientras lucha por silenciar el fantasma de un ex que todavía nubla su mente, Sara queda atrapada en una encrucijada afectiva: la atracción volcánica hacia un nuevo amor heterosexual, dominante y peligroso, frente a la complicidad magnética y desarmante del amor lésbico, donde la pasión redefine su libertad. Como si lidiar con sus demonios internos no bastara, una enemiga inesperada irrumpe en su camino. Una aguerrida amazona dispuesta a sabotearla sin tregua se convierte en su peor pesadilla tras bambalinas, amenazando con destruir su carrera y su cordura. ¿Podrá Sara liberarse del pasado, consolidar a su nuevo amante o rendirse al calor del deseo sáfico? ¿O terminará aplastada por la furia de una rival decidida a no dejarla en pie en la cima del placer?

Genero:
Erotica,Romance
Autor/a:
JoanMT
Estado:
Completa
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1: Siempre quise ser actriz.

Cuando el dinero empezó a escasear y los castings “serios” desaparecieron, mi amiga Samanta reapareció coincidentemente y me habló de un productor de cine para adultos que buscaba una chica con mis rasgos. Nunca lo había considerado. Pero necesitaba pagar mis clases de la universidad.

Siempre quise ser actriz. No por la fama, ni por las luces, ni siquiera por el dinero. Quería ser vista de verdad. Quería que alguien, alguna vez, me mirara como si existiera completamente.

Pero los sueños cuestan, y en mi casa nunca creyeron lo suficiente como para invertir en ellos. Así que aprendí a sobrevivir: vendí ropa, fui mesera, sonreí cuando no quería. Usé mi cuerpo solo lo necesario para que no me echaran de los trabajos, nunca para seducir. Me avergonzaba la idea de aprovecharme de mis pechos o de mi culo. Me parecía barato. Me parecía… sucio.

Hasta que empecé a mirar a Samanta de otra manera. Desde que éramos niñas ella siempre había sido la valiente. La que hablaba fuerte, la que se reía de los insultos, la que hacía que los hombres se quedaran callados cuando pasaba. Yo la veía en la preparatoria, y después en las fiestas, y no entendía cómo lo hacía. No era solo el cuerpo. Era la forma en que lo llevaba. Como si le perteneciera por completo y pudiera usarlo como un arma o como un regalo, según le diera la gana.

Había noches en las que la miraba demasiado. Noches en las que me quedaba callada mientras ella se reía con la cabeza echada hacia atrás, o mientras se ajustaba la ropa delante del espejo sin ninguna vergüenza. Yo apartaba la vista… pero no siempre lo suficientemente rápido.

Me decía que era solo admiración. Que simplemente quería ser un poco más como ella. Pero había momentos —breves, traicioneros— en los que la pregunta se me escapaba antes de poder callarla: ¿Y si no era solo eso?

No quería ser como ella. Solo quería saber si dentro de mí existía siquiera una pequeña parte de esa seguridad. Si alguna vez un hombre me miraría con la misma hambre con la que la miraban a ella… y si yo sería capaz de sostenerle la mirada sin bajar los ojos.

Por eso, cuando Samanta me habló del casting, no dije que no. Aunque el estómago se me hizo un nudo. Aunque sabía perfectamente a qué tipo de “actuación” me estaba metiendo.

Fui. Y mientras subía las escaleras del edificio discreto, con la carpeta de fotos sudada entre las manos, solo podía pensar una cosa:

Si Samanta puede… tal vez yo también.

El edificio era más discreto de lo que había imaginado. Ni letrero grande ni recepción llamativa. Solo una puerta metálica y un intercomunicador viejo. Cuando me abrieron, subí las escaleras sintiendo cómo la alfombra gastada se pegaba un poco a la suela de mis zapatos.

El estudio olía a café frío y a ambientador barato intentando disimular otra cosa. Había poca luz. Las paredes eran grises. En el centro de la sala principal había un sillón oscuro, un par de focos apagados y una cámara montada sobre un trípode.

Él estaba de pie junto a una mesa, revisando unos papeles. Hombre de unos cincuenta años, bien conservado, camisa negra arremangada. No sonrió cuando me vio. Solo levantó la vista y me recorrió despacio, sin prisa, como quien evalúa algo que todavía no decide si le interesa.

Sentí el impulso inmediato de cruzarme de brazos sobre el pecho. Lo reprimí.

—Sara, ¿verdad? —preguntó. Su voz era grave, tranquila, sin calidez.

—Sí.

Asintió una sola vez y señaló el sillón.

—Siéntate.

Obedecí. La carpeta de fotos me pesaba sobre las piernas. Él no se sentó. Se quedó de pie, un poco más cerca de lo necesario, mirándome desde arriba. El silencio se alargó lo suficiente como para que yo empezara a notar el sonido de mi propia respiración.

—Samanta habló de ti —dijo al fin—. Dijo que tenías el cuerpo adecuado y que eras… dócil.

La palabra me golpeó más de lo que esperaba. Dócil. ¿Eso había dicho de mí?

Bajé la mirada un segundo hacia mis manos. Las tenía apretadas sobre la carpeta.

—Vine porque necesito el trabajo —respondí. Mi voz salió más baja de lo que pretendía—. Estoy estudiando. Las clases no se pagan solas.

Él ladeó apenas la cabeza, evaluando mi respuesta.

—Eso ya lo sé. Lo que no sé es si estás preparada para lo que realmente se hace aquí.

Caminó hasta la cámara y la ajustó sin dejar de mirarme de reojo. La luz roja del equipo se encendió.

—Voy a pedirte cosas. Algunas te van a incomodar. Otras quizá te gusten más de lo que estás dispuesta a admitir. Si en cualquier momento quieres parar, lo dices y se termina. ¿Está claro?

Asentí.

—Necesito escucharlo.

—Está claro —dije.

Él se colocó detrás de la cámara.

—Entonces empecemos.

Me pidió que mirara a la lente. Después que sonriera. Después que dejara de sonreír. Cada instrucción era simple, casi absurda, pero la forma en que me observaba a través del visor hacía que cada gesto se sintiera expuesto. Como si no estuviera actuando emociones, sino entregándolas.

—Ahora míra me a mí —ordenó—. No a la cámara. A mí.

Levanté la vista. Sus ojos eran oscuros, pacientes, completamente seguros. Me sostuvo la mirada más tiempo del que yo hubiera aguantado en cualquier otra situación. Sentí un calor lento subir por mi cuello.

Pensé en Samanta. En cómo ella habría sostenido esa mirada sin pestañear. En cómo yo, en cambio, sentía el impulso de apartar los ojos… y no lo hacía.

—Bien —murmuró él—. Tienes algo. Todavía no sé qué exactamente. Pero hay algo.

Apagó la cámara un momento y se acercó un par de pasos. Ya no había lente entre los dos. Solo el espacio corto de la sala y el silencio.

—En este negocio hay dos tipos de mujeres —dijo con calma—. Las que se desnudan porque les pagan… y las que se desnudan porque, aunque les dé vergüenza admitirlo, también les gusta que las miren. Las primeras cobran una vez. Las segundas construyen carreras.

Hizo una pausa.

—¿Tú cuál crees que eres?

La pregunta me dejó sin aire un segundo. No supe qué responder. Porque la verdad era que no lo sabía. Y porque una parte de mí tenía miedo de descubrirlo.

Él esperó. No repitió la pregunta. Solo me miró.

Yo tragué saliva.

—Creo… que vine a averiguarlo.

Por primera vez, una sombra de sonrisa le cruzó la boca. No era amable. Era de reconocimiento.

—Esa es una respuesta honesta —dijo—. Me gusta más que las que ya vienen con el discurso aprendido.

Se alejó otra vez hacia la cámara.

—Vamos a continuar entonces.

La luz roja volvió a encenderse.

Y yo sentí, con absoluta claridad, que acababa de cruzar un umbral del que ya no podría volver del todo.

Seguimos un rato más con las órdenes simples. Mirar a la cámara. Cambiar de expresión. Inclinar la cabeza. Sonreír sin mostrar los dientes. Cada instrucción me hacía sentir más expuesta, aunque todavía llevaba toda la ropa puesta. Era como si él estuviera quitándome capas que no se veían.

En un momento dejó de hablar. Solo me observó a través del lente durante varios segundos que se me hicieron eternos. El silencio se volvió espeso. Yo no sabía qué hacer con las manos. Las apoyé sobre mis rodillas, después las crucé, después las volví a dejar sobre la carpeta.

Cuando por fin apagó la cámara, su voz sonó distinta. Más baja. Más directa.

—Para este casting voy a necesitar que te quites la ropa.

El aire de la habitación cambió.

No respondí. No pude. La frase se quedó flotando entre nosotros como si hubiera ocupado todo el espacio disponible. Sentí que la sangre se me retiraba de la cara y se me concentraba en el pecho, donde el corazón empezó a golpear con una fuerza absurda.

Él no añadió nada más. No suavizó la petición. No sonrió. Solo esperó.

Pasaron segundos. O minutos. No lo sé. El reloj de la pared parecía haberse detenido. Yo miraba un punto fijo en el suelo, justo entre mis zapatos, y pensaba en mil cosas al mismo tiempo: en el dinero de la universidad, en Samanta, en cómo ella habría reaccionado, en que todavía estaba a tiempo de levantarme e irme.

Cuando levanté la vista, él ya no estaba detrás de la cámara. Se había acercado a la mesa y estaba sirviendo un vaso de agua. Su expresión había cambiado. Ya no era la del hombre que evaluaba. Era la de alguien que había tomado una decisión.

—Mira… esto no es para ti —dijo con voz firme, sin burla, casi cansada—. Bebe esto. Toma estos cincuenta dólares para el taxi. Gracias por venir. Cierra la puerta al salir.

Me tendió el vaso y los billetes. Después me dio la espalda y empezó a recoger unos papeles, como si yo ya no estuviera en la habitación.

El rechazo me golpeó más fuerte de lo que esperaba.

No fue solo vergüenza. Fue algo más agudo. Como si me hubieran arrancado una posibilidad que ni siquiera estaba segura de querer, pero que de pronto necesitaba demostrar que sí podía sostener.

Me quedé sentada, con el vaso en una mano y los billetes en la otra, sintiendo cómo el orgullo herido me subía por la garganta. Pensé en Samanta. En cómo ella nunca habría aceptado que la despidieran así. En cómo se habría reído y habría convertido la situación a su favor.

El movimiento fue torpe. Casi se me cae el vaso. Bebí el agua de un trago, dejé el vaso sobre la mesa y puse los cincuenta dólares junto a él, con cuidado, como si rechazarlos fuera una declaración. Mis manos temblaban.

—Espera.

Él se detuvo, pero no se giró de inmediato.

—Lo voy a hacer —dije. Mi voz salió más firme de lo que me sentía—. Cincuenta no me sirven. Vine por más… y sé que puedo ganármelos. Diríjame. Haré exactamente lo que usted me diga en este casting.

Hubo una pausa larga.

Cuando finalmente se volvió hacia mí, sus ojos habían recuperado esa expresión oscura y evaluadora de antes. Me miró de arriba abajo otra vez, más despacio. Como si estuviera recalculando algo.

Una sonrisa mínima, casi imperceptible, le cruzó la boca.

—Está bien —dijo al fin.

Regresó a su lugar detrás de la cámara. El pequeño bombillo rojo volvió a encenderse.

—Ponte cómoda en el sillón —ordenó—. Y esta vez… no escondas nada de lo que sientas.

Me senté. Las manos me temblaban apenas. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que se escuchaba en toda la habitación.

Él ajustó el lente.

—Empezamos otra vez.

Y yo supe, con una claridad que me asustó, que acababa de elegir quedarme.

Aunque todavía no estaba segura de por qué.

—Ponte cómoda en el sillón —repitió—. Insinúate. Usa tus curvas. Tócate.

Me dejé caer en el sofá. Mis manos subieron con torpeza hasta mis pechos y empezaron a recorrerlos por encima de la blusa. Los dedos temblaban. Sentía el calor subirme por el cuello hasta las orejas. Sabía que él me estaba mirando a través del lente y eso me hacía querer cerrar las piernas con fuerza.

—Más despacio —ordenó—. Como si te gustara.

Tragué saliva y obedecí. Apreté suavemente mis pechos, dibujando círculos sobre la tela. Mis pezones ya estaban duros. Lo noté con una mezcla de vergüenza y confusión. ¿Por qué reacciono así?

—Tienes buenas tetas. ¿Son naturales?

La pregunta me atravesó. “Qué animal”, pensé. Pero su tono no dejaba espacio para educadas correcciones.

—Responde.

—No, señor… no son naturales. Mi ex novio me regaló la operación hace…

—Tetas. Diles tetas. Aquí no hay delicadeza. A los clientes les gusta escuchar las cosas como son.

La corrección me sacudió. No era solo la palabra. Era la forma en que me obligaba a decirla.

—No te escucho.

Apreté los labios un segundo. El rostro me ardía.

—Tetas… —susurré—. Mis tetas son operadas.

Decirlo en voz alta me provocó una descarga extraña, como si al pronunciar la palabra hubiera entregado algo más que una descripción.

—Bien. Muéstramelas.

Me incorporé un poco y bajé la blusa y el brasier lo suficiente para que pudiera verlas. El aire frío de la habitación rozó mis pezones y se me erizó la piel. Me sentí ridículamente expuesta. Quería cubrirme. No lo hice.

—Vaya… ya tienes gustos de actriz.

Sonreí sin ganas, más por nervios que por coquetería.

—Mi ex… me compraba esta lencería después de la operación.

—¿Tenían sexo frecuentemente?

—A diario.

Él asintió, como si anotara mentalmente.

—¿Qué te gusta? ¿Oral? ¿Vaginal? ¿Anal?

La última palabra quedó flotando. Sentí un tirón bajo el ombligo.

—Anal no… todavía soy virgen de ahí.

Alzó una ceja.

—Ya veremos qué tan intacta está esa virginidad. Date la vuelta. Muéstrame ese culo.

La orden me recorrió la espalda como una corriente. Me giré en el sofá, de rodillas, y bajé el pantalón hasta los muslos. La tanga roja se me había metido entre las nalgas. Sabía que se veía obsceno. El pensamiento me dio vergüenza… y un calor traicionero entre las piernas.

—Sin miedo —dijo.

Bajé un poco más la tanga, dejando que mis nalgas quedaran casi al aire. Sentí su mirada pesarme encima. No decía nada. Solo miraba. Eso era peor.

—Sepárate las nalgas con las manos.

Lo hice. Mis dedos hundieron la carne firme y dejaron al descubierto todo. El silencio se alargó. Entonces lo escuché hablar, muy cerca, con la voz baja y cargada de una apreciación casi técnica:

—Míralo… qué ano tan rosado y apretado. Pequeño. Completamente cerrado. Se nota que nadie ha estado ahí. Y justo en medio de estas nalgas… grandes, firmes y blancas. Parecen sacadas de una estatua griega. La Venus de Milo hubiera envidiado este culo.

El comentario me golpeó tan fuerte que sentí el rostro arder. Me sonrojé de una forma casi adolescente, como si me hubieran pillado haciendo algo prohibido. ¿Cómo puede hablar así de mi… de esa parte? Pensé, avergonzada y al mismo tiempo extrañamente halagada. Nadie me había descrito nunca con ese nivel de detalle. Ni siquiera mi ex. Y el hecho de que lo hiciera mientras me grababa tan de cerca me estaba mojando sin permiso.

—Levántate. Quítate la ropa. Lento. Muy lento.

Me puse de pie. Los dedos me fallaban. Primero la blusa. Después el brasier. Mis pechos quedaron libres y sentí que se me escapaba un temblor. Luego el pantalón. Cuando solo me quedó la tanga, dudé.

—Todo —ordenó.

La deslicé por las piernas y la dejé caer. Me quedé completamente desnuda en medio de la habitación, con los brazos a los costados porque no sabía dónde poner las manos. El aire me rozaba el coño y noté, con horror, que estaba húmeda.

—Ahora siéntate y abre tus piernas. Quiero ver tu coño bien.

Me senté y, con las mejillas todavía ardiendo por la vergüenza, separé mis labios con los dedos. Él se acercó aún más. La cámara quedó a pocos centímetros.

—Qué labios tan finos… —murmuró, casi para sí, pero lo suficientemente alto para que yo lo escuchara—. Delgados, bien dibujados, como si alguien los hubiera trazado con cuidado. No son gruesos ni abultados. Se cierran con limpieza. Y este clítoris… pequeño, rosado, tímido. Apenas asoma. Se nota que no has tenido mucho recorrido. Todavía se te pone así de sensible con tan poco.

Cada palabra me atravesaba. Me sonrojé todavía más, hasta sentir las orejas calientes. Está describiendo mi vagina como si fuera un objeto precioso y al mismo tiempo obsceno, pensé. Y yo… yo me estoy empapando mientras lo escucho. Un hilo de humedad ya me resbalaba entre los labios. Odiaba lo evidente que se me notaba.

—Estás mojada —dijo él, sin levantar la vista de entre mis piernas—. La humedad se te acumula justo en los pliegues. Brilla. Se te escapa un hilo cálido de tu excitación. Tu cuerpo es más honesto que tu cara, Sara.

Apreté los labios para no soltar ningún sonido. El sonrojo ya no era solo de vergüenza: había algo enamoradizo y peligroso en la forma en que me hablaba. Como si sus palabras tuvieran el poder de tocarme más profundo que cualquier dedo. La humedad ya se había acumulado en los pliegues. Un brillo transparente resbalaba despacio entre mis labios y me bajaba hacia el perineo, delatándome. Odiaba lo fácil que se me notaba la excitación.

—Mantente abierta —ordenó—. Quiero grabar exactamente cómo se ve cuando estás así de expuesta… y así de caliente.

Obedecí. Mis dedos temblaban al sostenerme abierta. Él seguía hablando en voz baja, casi con deleite, describiendo cada detalle mientras la cámara registraba todo. Y yo, roja hasta el pecho, sentía cómo mi coño latía más con cada comentario cruelmente preciso que salía de su boca.

Él se apartó un segundo. Escuché un cajón abrirse y cerrarse. Cuando volvió a colocarse frente a mí, tenía un vibrador rosa en la mano. Lo encendió. El zumbido bajo llenó el silencio de la habitación.

Me miró a los ojos por primera vez en varios minutos.

—¿Lo usas? —preguntó con calma.

Tragué saliva. El sonrojo me subió otra vez con fuerza. Asentí apenas, sin atreverme a hablar.

—Quiero escucharte.

—Sí… —susurré—. Lo uso.

—Entonces ábrete bien. Y no cierres las piernas aunque te dé vergüenza.

Separé más los muslos. Mis dedos seguían sosteniendo mis labios abiertos. Él se arrodilló entre mis piernas, tan cerca que sentí el calor de su respiración contra el interior de mis muslos. Acercó el vibrador y lo rozó primero por fuera, apenas tocando mis labios finos.

—Míralo cómo se te contrae… —murmuró—. Ese clítoris tan pequeño y rosado ya está más hinchado. Se te pone duro con casi nada. Y la humedad… se te está escapando otra vez. Se te forma justo aquí, en estos pliegues tan delicados.

Cada descripción me hacía apretar la mandíbula. Me sonrojaba tanto que sentía hasta el pecho caliente. ¿Por qué tiene que decirlo todo en voz alta? pensaba, avergonzada. ¿Por qué me describe como si estuviera catalogando cada parte de mí? Y al mismo tiempo, mi coño latía con más fuerza. La vergüenza y el placer se me estaban mezclando de una forma peligrosa.

Él presionó el vibrador directamente sobre mi clítoris.

El gemido se me escapó antes de poder morderlo.

—Ahhh…

—Así… —dijo él, sin apartar la vista de entre mis piernas—. No lo contengas. Quiero escuchar cómo suena cuando te gusta aunque te dé pena.

Subió un poco la intensidad. Mis caderas se movieron solas. Odié ese movimiento involuntario. Intenté quedarme quieta, pero el juguete seguía presionando exactamente donde más lo sentía.

—Tus labios se te están poniendo más oscuros… más hinchados. Se te abren solos. Y este ano… —bajó el vibrador un segundo y lo rozó apenas contra mi entrada trasera—. Sigue igual de rosado y apretado. Se contrae cuando te toco el clítoris. Se nota que nunca ha entrado nada ahí.

El comentario sobre mi ano me hizo soltar un sonido entre gemido y queja. Me tapé la boca con una mano, pero él me la quitó con suavidad.

—No. Quiero oírte.

Mis ojos se llenaron de lágrimas de pura vergüenza. Estaba completamente abierta, completamente descrita, completamente expuesta… y completamente mojada. El vibrador seguía trabajando mi clítoris con precisión cruel. Sentía cómo la humedad me resbalaba hasta el cojín del sillón.

—Estás cerca —dijo él, casi en un susurro técnico—. Se te está poniendo más rojo todo. El clítoris se te asoma más. Los muslos te tiemblan.

No pude contestar. Solo asentí con la cabeza, roja, jadeando, sintiendo que el orgasmo se me venía encima demasiado rápido y demasiado fuerte.

—Mírame mientras te corres —ordenó.

Levanté la vista. Sus ojos estaban oscuros, atentos, sin ninguna burla. Solo una atención absoluta sobre mí.

El placer me dobló.

—Me vengo… —logré decir entre dientes—. Me vengo…

El orgasmo me atravesó con una fuerza que no esperaba. Las piernas me sacudieron. Un gemido largo y agudo se me escapó de la garganta mientras el vibrador seguía presionado contra mi clítoris hipersensible. Sentí cómo un chorro extra de humedad me salía entre los labios. Me encogí sobre mí misma, temblando, con la cara ardiendo y los ojos húmedos.

Él no apartó el juguete de inmediato. Lo dejó unos segundos más, obligándome a sentir las réplicas, hasta que yo misma intenté apartarle con mi mano y un quejido débil sin lograrlo.

El silencio que siguió fue denso. Yo seguía abierta, temblando, con los labios vaginales hinchados y brillantes, el clítoris palpitando y el ano todavía contraído por los espasmos. Él me miró un momento más, como grabando mentalmente la imagen mientras el juguete continuaba clavado en mi sexo, sosteniéndole la mirada mientras apretaba todos mis músculos para contener lo que estaba a punto de suceder.

El segundo orgasmo me dobló con una fuerza que no esperaba. Las piernas me fallaron. Me derrumbé de lado en el sillón y después resbalé hasta el piso, todavía temblando, con un gemido largo atrapado en la garganta. El vibrador quedó zumbando a un lado hasta que él lo apagó.

Pasaron varios segundos en los que solo se escuchaba mi respiración agitada.

Entonces sentí unas manos firmes y cuidadosas bajo mis axilas. El director me ayudó a incorporarme con una suavidad que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir. Me sostuvo hasta que pude sentarme otra vez en el sillón, las piernas todavía inestables.

Sin decir nada, se alejó un momento y volvió con un vaso de agua y un paquete de toallas húmedas. Me tendió el vaso primero.

—Bebe.

Obedecí. El agua fría me bajó por la garganta y me ayudó a recuperar un poco el aire. Después me ofreció las toallas húmedas.

—Para que te limpies un poco… —dijo en voz baja, casi discreta—. Te quedó humedad.

Acepté las toallas y, con las manos todavía temblorosas, pasé una entre mis piernas. La tela se empapó de inmediato. Solo entonces me di cuenta de lo mojada que seguía.

Mientras yo me limpiaba, él se agachó a mi lado. Sacó varias toallas de papel y empezó a secar el piso frente al sillón. Yo bajé la mirada y sentí que el alma se me salía del cuerpo: había un charco brillante en el suelo. Me había corrido con tanta fuerza que había chorreado hasta empapar el piso y yo ni siquiera me había dado cuenta.

—No te preocupes por eso —murmuró él mientras absorbía el líquido con las toallas de papel, sin ninguna expresión de asco ni de burla—. Pasa más seguido de lo que crees.

Me tapé la cara con una mano, completamente roja. No sabía si agradecerle la discreción o morirme de vergüenza ahí mismo.

Cuando terminó de secar el piso, se levantó, tiró las toallas de papel y apagó la cámara con el mismo sosiego de siempre.

—Ha terminado el casting. Puedes vestirte. El baño está al fondo, a la derecha, si quieres asearte mejor.

Hizo una pausa breve. Me miró una última vez, ya sin la intensidad de antes.

—Estás contratada. Empiezas el lunes. Te escribiré los detalles esta noche.

Asentí, todavía sin poder articular una palabra coherente. Me levanté con cuidado, recogí mi ropa del suelo y caminé hacia el baño sintiendo cómo las piernas me temblaban y cómo la vergüenza me quemaba la cara.

Dentro del baño me miré al espejo.

Estaba despeinada, con los labios rojos, los ojos brillantes y una extraña sonrisa que no podía contener. Sonreía de oreja a oreja sin saber por qué. El pecho me latía tan rápido como si estuviera bombeando un rojo profundo después de una maratón. Entre las piernas, a pesar de haberme limpiado, todavía sentía el pulso caliente de lo que acababa de pasar y el deseo brotaba dentro de mi sexo como si un jardín empapado de anhelo se tratara.

Me vestí despacio. Cuando salí, él ya estaba ordenando cables y no levantó la vista.

Cerré la puerta del estudio detrás de mí con la mano todavía temblorosa cuando un pensamiento me detuvo en seco.

Samanta.

Si yo había conseguido el trabajo… ¿podría ella también? La idea de trabajar juntas me dio un vuelco raro en el estómago. Una mezcla de ilusión y de algo más confuso que no quise nombrar. Seguí bajando las escaleras.

Dudé solo un segundo. Después regresé sobre mis pasos, casi sin hacer ruido, y apoyé la mano en el pomo otra vez. Lo giré con mucho cuidado y abrí la puerta apenas unos centímetros, lo justo para asomar la cabeza.

Y me quedé congelada.

El director estaba de espaldas, sentado en la misma silla de antes. En una mano sostenía la pequeña pantalla de la cámara por la que me había grabado. Se escuchaban mis propios gemidos saliendo del altavoz, bajos pero inconfundibles. Él estaba viendo mi casting.

La otra mano… no estaba quieta.

Aunque solo veía su espalda y el movimiento de su brazo, no había duda. La mano se movía de forma rítmica, tensa, sobre su entrepierna. Un segundo después escuché el sonido metálico de la cremallera. El movimiento de su brazo se volvió más amplio, más rápido, más urgente.

Se estaba masturbando.

Viendo el video de cómo me corría.

Un calor traicionero me subió desde el bajo vientre hasta la cara. Apreté el pomo de la puerta con fuerza.

¿Qué es este calor que estoy sintiendo?¿Tengo ganas de ver su pene? ¿Tengo ganas de probarlo? Pero si lo acabo de conocer… esto no debería estar pasándome. Esta no soy yo. Me desconozco. ¿Qué me está sucediendo?

Los dos orgasmos, el squirt, las palabras con las que me había descrito, la forma en que me había mirado… y ahora esto. Un hombre maduro, casi de la edad de un padre, tocándose con el video de mi cuerpo desnudo. Y yo, en lugar de asustarme del todo, sentía la boca seca y un pulso insistente entre las piernas.

Me abrumé.

Demasiadas cosas en pocas horas. Demasiadas versiones de mí misma que no reconocía.

Aflojé el pomo con mucho cuidado, dejé la puerta entreabierta tal como estaba y me alejé en silencio. Bajé las escaleras casi de puntillas, con el corazón latiéndome en los oídos y la cabeza hecha un lío.

A mitad del tramo escuché, claro y nítido, el sonido de la puerta cerrándose arriba.

Me detuve en seco.

Oh, dios mío… se dio cuenta de que lo espiaba.

El pánico me subió de golpe. Bajé el resto de las escaleras casi corriendo, empujé la puerta del edificio y salí a la calle con la cara ardiendo y las piernas todavía temblorosas.

No miré atrás.

Solo caminé rápido, sin dirección clara, sintiendo que algo dentro de mí se había roto… o se había despertado.

Y no estaba segura de cuál de las dos opciones me daba más miedo.

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