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hermano, cúrame. <<KOOKMIN>>

Sinopsis

Donde Jimin empieza a desarrollar una obsesión por que su hermano mayor Jungkook cure sus heridas; hasta que ya no es suficiente y necesita algo más profundo. NEW! OS KOOKMIN BOYPUSSY ADVERTENCIA: INC3St0‼️ AUTO///ES1oNes‼️‼️ MAN1PUL4C10N¿? CONTENIDO SEXUAL Recomendada solo a mayores de 18 años. JIMIN NO ES TRANSEXUAL, es un hombre con VAGINA, en algunas partes del os se le tratara con pronombres femeninos. cerii: no recomiendo q se realicen ninguna d las conductas q se mostraran aqui, se recomienda discreción. estas en todo tu derecho de que no te guste el boypussy asi que si esto no es de tu agrado t puedes retirar, SIN REPORTAR PORQUE HACER ESTO LLEVA MUCHÍSIMO TIEMPO, gracias.!! BY NANA

Genero:
Erotica
Autor/a:
drippy
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
4.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

Chapter

El primer corte fue un accidente.

Jimin estaba picando una cebolla con un cuchillo que no era tan afilado como debería, la cuchilla resbaló y rasgó la piel de su dedo índice izquierdo cortando una línea roja y brillante que apareció de inmediato, seguida por el dolor agudo y punzante.

El rubio soltó una maldición.

— ¿Pasó algo? — La voz de Jungkook vino desde el pequeño escritorio en el rincón de la sala, donde tenía sus libros de medicina abiertos.

— Es solo un corte — dijo Jimin, apretando el dedo contra su delantal.

La mancha roja se expandía rápidamente a través de la tela a cuadros.

Jungkook apareció en la puerta de la cocina un momento después, su expresión era seria, analítica. No era la cara del hermano mayor preocupado, sino la del estudiante de tercer año de medicina que veía un caso.

— Déjame ver.

— No es para tanto, Jungkook.

— Déjame ver — repitió más fuerte.

Jimin extendió la mano. El corte era limpio no muy profundo pero sangraba, las gotas caían sobre el piso.

— Necesita puntos — dijo el pelinegro después de mirarlo por dos segundos.

— ¿Qué? No, solo ponme una curita y ya.

— El borde está separado, esto se infectará. Además, cicatrizará mal. — Su voz era fría. —Ve al baño, yo traigo el botiquín.

Jimin, sintiéndose un poco atontado por su autoridad, obedeció.

Se sentó en el borde de la bañera.

Jungkook entró con un botiquín de plástico blanco, lo abrió sobre el lavamanos con un sonido de clips que se abrían.

Comenzó.

Primero se lavó las manos con un jabón quirúrgico verde que olía a hospital. Luego, con unos guantes de látex que sacó de un envoltorio individual. El sonido del látex al estirarse sobre sus dedos grandes hizo que Jimin se estremeciera.

— Esto va a doler un poco — dijo, casi como una advertencia. Empapó una gasa con un líquido transparente y alcohol frío y, sin más la pasó por el corte.

Jimin contuvo la respiración; el ardor era intenso, agudo, y le hizo soltar las lágrimas a los ojos.

— Quieto — dijo Jungkook, sujetando su muñeca con firmeza.

Él limpió la herida con una precisión meticulosa, eliminando cada rastro de sangre y cualquier partícula invisible.

Luego vino la jeringa con anestesia local, la aguja parecía enorme.

— Mira hacia otro lado — ordenó.

Jimin giró la cabeza y apretó los ojos. Sintió el pinchazo, un dolor profundo, y luego un entumecimiento extraño que se extendió desde el corte.

Jungkook trabajó en silencio, concentrado.

Jimin se atrevió a mirar; su expresión era de pura concentración, sus cejas ligeramente fruncidas, su boca en una línea delgada. Sus manos con esos guantes de látex que hacían parecer sus dedos aún más largos, eran firmes y seguras.

Tomó la aguja con el hilo negro y comenzó.

Jimin no sintió dolor, solo una presión extraña y el leve tirón de la piel. Observó, fascinado cómo sus propias carnes eran cosidas, unidas de nuevo por las manos de él.

Era grotesco y tan íntimo cada vez que la aguja entraba y salía, un escalofrío le recorría la espalda que no tenía nada que ver con el miedo.

Hizo tres puntos, los nudos fueron pequeños y perfectos.

— Ya está — dijo finalmente, cortando el hilo con unas tijeras pequeñas. — No lo mojes, cambiaré el vendaje mañana.

Le puso un apósito estéril y lo aseguró con cinta quirúrgica. Solo entonces se quitó los guantes con un chasquido seco y los tiró a la basura.

Jimin miró su dedo vendado, el dolor había sido reemplazado por un hormigueo extraño y una sensación de peso.

Pero más que eso, sentía el fantasma de sus dedos con guantes en su piel.

La forma precisa en que lo había sujetado.

La frialdad de su mirada clínica.

— Gracias — murmuró.

Jungkook solo asintió, ya lavando sus instrumentos en el lavamanos. —Cena lo que haya, yo termino.

Esa noche, Jimin no pudo dejar de mirar su dedo. No podía sentir la herida, pero sabía que estaba allí; y sabía que al día siguiente él tendría que tocarlo otra vez.

El cambio de vendaje al día siguiente fue más meticuloso.

— En la cama — dijo Jungkook, llevando el botiquín. — Es más cómodo.

Jimin se recostó sobre las sábanas grises.

Jungkook se sentó a su lado, abriendo el botiquín con los mismos movimientos eficientes.

De nuevo, los guantes de látex, el sonido y el olor a alcohol.

Con unas pinzas retiró con cuidado el apósito del día anterior, la herida debajo se veía roja, inflamada, con los puntos negros sobresaliendo como insectos.

— No hay signos de infección — musitó, más para sí mismo que para su hermanito. — ¿Duele?

— Un poco, pica.

El mayor asintió. Tomó una nueva gasa con solución salina y con suavidad que contrastaba con la seriedad de su rostro, limpió alrededor de los puntos.

Luego, se inclinó.

Y sopló.

Un soplo suave y fresco sobre la piel inflamada de su dedo.

Jimin contuvo la respiración, no era un gesto médico. No podía serlo. Era demasiado suave, demasiado cercano. Su aliento era cálido a través de la frescura del soplo.

— Ayuda a secarla y alivia la picazón — explicó, su voz baja, sin levantar la vista.

Pero Jimin había visto, había visto cómo sus ojos se habían cerrado por un segundo, cómo sus labios se habían redondeado para ese soplo.

No era solo un procedimiento.

Le puso un apósito nuevo, sus dedos con guantes presionaron la cinta contra su piel, y esta vez se demoraron un segundo más de lo necesario.

Un roce deliberado.

— Listo — dijo, y al quitarse los guantes, sus dedos desnudos rozaron la palma de su mano sana.

Jimin pasó el resto del día obsesionado con esa sensación; con el corte, la curación, sus manos, su aliento.

Necesitaba más.

La siguiente herida no fue un accidente.

Fue dos días después, en el muslo, justo por encima de la rodilla.

Usó una cuchilla de afeitar desechable, la que Jungkook dejaba en la ducha. Fue rápido, como un pinchazo y luego un tirón controlado. La línea fue más fina, un poco más superficial.

No necesitaba puntos pero sangró bien, con gotas rojas y brillantes sobre su piel pálida.

Se vistió con unos shorts cortos de algodón que dejaran el vendaje a la vista, y esperó a que Jungkook volviera de la universidad.

Cuando él abrió la puerta, Jimin estaba sentado en el sofá con una revista abierta pero sin leer.

— Hola — dijo dejando su mochila pesada en el suelo.

— Hola — dijo Jimin, y luego con una voz que intentó sonar casual: — Me corté otra vez, ahora en la pierna.

Jungkook se detuvo, su mirada bajó hacia sus muslos, buscando. La vio: la pequeña protuberancia rectangular del apósito sobre el vendaje de gasa que Jimin se había puesto torpemente.

Su expresión no cambió. No hubo sorpresa, ni preocupación excesiva. Solo un parpadeo lento.

— Déjame ver — dijo, la misma frase con el mismo tono.

Esta vez, Jimin se recostó en el sofá.

Jungkook se arrodilló en el suelo frente a él, entre sus piernas.

Abrió el botiquín, los guantes y el sonido del látex.

Cuando retiró su vendaje torpe, la herida se veía inocente: una línea roja y fina.

Él la examinó; Jungkook lo sabía.

Jimin podía ver que lo sabía.

Los cortes de cuchillo de cocina no se veían así. Los accidentes domésticos no ocurrían en la parte interna del muslo, un lugar tan protegido.

Pero no dijo nada.

— Es superficial — declaró. — No necesita sutura, pero hay que limpiarla bien.

Su limpieza fue aún más lenta, más deliberada. La solución salina estaba fría en su piel caliente, sus dedos con guantes separaron suavemente los labios de la herida para inspeccionarla, un roce que hizo que Jimin contuviera un gemido.

Luego, sopló. Esta vez se inclinó más, su aliento no solo cayó sobre la herida, sino sobre toda la piel sensible de su muslo interno.

Jimin tembló.

— Pica menos así, ¿verdad? — preguntó, su voz baja.

— Sí — susurró Jimin.

Al colocar el nuevo apósito, sus dedos recorrieron un camino más largo. Desde la herida subiendo por su muslo casi hasta el dobladillo de sus shorts. Un roce largo, eléctrico.

— Ten más cuidado — dijo al terminar, y al decirlo, sus ojos se encontraron con los de Jimin.

No era una advertencia, era casi un acuerdo.

El ritual se estableció.

Dos, a veces tres veces por semana, Jimin encontraba una razón para tener una nueva herida.

Siempre superficial, siempre limpia.

En la pantorrilla.

En el antebrazo.

En el hombro.

Cada vez los lugares se volvían un poco más personales, un poco más accesibles sólo para él.

Jungkook nunca lo confrontó, simplemente aparecía con el botiquín cada vez que Jimin le decía con voz temblorosa que se había lastimado.

Su silencio era cómplice, su mirada clínica se volvió cargada y hambrienta.

Empezó a anticipar los momentos de curación.

A veces, Jimin lo veía mirando el botiquín casi desesperado esperando el ansiado ritual.

Hasta ese dia que Jimin llegó con un corte en la cadera.

— ¿En la cadera? — preguntó Jungkook esa noche, su voz más grave de lo usual.

Jimin asintió, tumbado boca abajo en su cama. Había subido la camiseta hasta la espalda y bajado el borde de sus pantalones cortos justo lo necesario para exponer el nuevo corte, una línea horizontal justo sobre el hueso de la cadera izquierda.

— La esquina del armario — mintió el rubio, su cara hundida en la almohada.

Jungkook no respondió, solo abrió el botiquín. Pero esta vez notó que su respiración era más lenta, más controlada.

Los guantes de látex, el chasquido y el olor a alcohol.

Al arrodillarse junto a la cama, su muslo rozó el de Jimin, ambos lo sintieron y ninguno se apartó.

Retiró el vendaje casero de Jimin; la herida era perfecta, ni muy profunda ni muy superficial. Sangraba un poco todavía, unas gotas rojas y brillantes sobre la palidez de su piel. Jungkook la observó por un largo momento.

— Esta zona tiene muchos vasos sanguíneos superficiales — dijo, su tono era el de una lección de anatomía, pero su mirada no se apartaba de la línea roja. — Podría haber sangrado más.

— Pero no lo hizo — susurró Jimin.

— No, no lo hizo.

Su limpieza fue un acto de tortura lenta, la gasa con solución salina recorrió primero los bordes, luego pasó directamente sobre el corte.

Jimin contuvo un jadeo.

El líquido frío sobre la herida abierta era un dolor agudo y brillante, pero lo que hizo que le ardiera la cara fue la sensación de sus dedos.

Con una mano separó la piel suavemente para "inspeccionar mejor". Los dedos enguantados de su otra mano presionaron alrededor de la herida, marcando su piel pálida con pequeños hoyuelos blancos que se volvían rojos al soltar la presión.

— Parece limpia — murmuró él, pero no dejó de frotar con la gasa. Un movimiento circular e insistente que iba más allá de la limpieza, era un masaje, una caricia sobre la carne abierta.

Luego se inclinó y sopló, el fresco de aire directamente en la herida.

Jimin apretó los puños en las sábanas, el aire frío sobre la lesión húmeda producía una sensación extraña, punzante, casi eléctrica.

Él sopló durante lo que pareció una eternidad, moviendo la cabeza ligeramente para cubrir cada milímetro. Su aliento caliente se mezclaba con la frescura del aire, creando una temperatura imposible en su piel.

Cuando por fin se detuvo, su boca estaba a sólo un centímetro de su piel.

Jimin podía sentir el calor que irradiaba.

— ¿Alivia el escozor? — preguntó, y su voz sonaba ronca, apretada.

— Sí — fue todo lo que Jimin pudo articular.

Al colocar el nuevo apósito, sus dedos ya no se limitaron al área. La cinta quirúrgica se colocó, pero luego su pulgar todavía cubierto por el látex, trazó un camino desde el borde del vendaje, bajando por la curva de su cadera, hacia la zona donde su pantalón corto se encontraba con la piel de su trasero. Se detuvo justo en el límite del elástico.

— La piel está muy caliente aquí — comentó como si tomara nota de un síntoma.

— ¿Lo está?

— Sí. Inflamación localizada, tal vez. — Su pulgar presionó un poco más, hundiéndose en la carne suave. — O algo más.

Se levantó entonces, quitándose los guantes con el chasquido habitual.

Pero en lugar de irse se quedó de pie junto a la cama, mirándolo.

Jimin se dio la vuelta, apoyándose en los codos. Su camiseta seguía subida y sus shorts desordenados; lo miró a los ojos.

La tensión en el cuerpo de Jungkook era palpable, sus pantalones de entrenamiento no ocultaban nada; la evidente erección era clara e imponente.

Jimin sintió una oleada de triunfo tan intensa que le cortó la respiración.

— ¿Necesitas algo más? — preguntó Jungkook, su respiración era pesada, cargada.

— No — dijo Jimin, bajando la camiseta con movimientos lentos. — Ya estoy curado.

Jungkook sostuvo su mirada un segundo más, su mandíbula apretada. Luego asintió, recogió el botiquín y salió de la habitación.

Jimin se quedó temblando.

La herida en su cadera latía al compás de su corazón.

Una semana después, el ritual dio un giro.

Fue Jimin quien lo inició.

Estaban en el salón, Jungkook estudiando y Jimin hojeando una revista.

El silencio era cómodo, pero cargado, como el aire antes de una tormenta.

— Jungkook.

El mencionado levantó la vista de su libro.

— Necesito que me revises algo.

No dijo "me corté". Dijo "revises". La diferencia era delgada.

Él cerró el libro lentamente. — ¿Dónde?

— Es... más privado.

Jungkook no parpadeó. — En la habitación, entonces.

Jimin se dirigió al dormitorio sintiendo su mirada en su espalda.

Cuando Jungkook entró, el rubio ya estaba sentado en el borde de la cama. Había cambiado a una bata de seda corta, la que su hermano le había regalado y que nunca usaba. Estaba desatada.

— Muéstramelo — dijo él. Su voz era neutra, pero sus ojos ya habían registrado la bata, la piel pálida que asomaba.

Jimin se recostó lentamente sobre la cama y luego abrió la bata.

No había vendaje que quitar esta vez, sólo la herida fresca en la parte interior de su muslo, tan alta que el borde rozaba la punta del vello púbico. Era el corte más atrevido hasta ahora, el más obsceno.

Jungkook se quedó inmóvil en la puerta.

Jimin vio cómo su mirada se desplazaba de la herida pequeña, superficial, con unas gotas de sangre seca, a la piel que la rodeaba, a la curva de su cuerpo, a su coño humedecido por el miedo y la excitación que brillaba apenas a la vista.

Jungkook respiró hondo, un sonido áspero: — ¿Cómo? — fue lo único que preguntó.

— La tapa de la bañera estaba oxidada.

Mentira.

Él se acercó. Esta vez, no traía el botiquín. Se sentó en el borde de la cama justo donde sus piernas se abrían. Su mirada era intensa, devoradora.

— Esto es estúpido, Jimin — dijo, pero su mano ya se extendía. No había guantes. Sus dedos desnudos, grandes y callosos, se posaron a centímetros de la herida. — Esto es... una zona muy delicada; cualquier infección aquí podría ser seria.

— Entonces cúrame — susurró Jimin.

Jungkook maldijo en voz baja, una palabra grave y sucia. Luego se inclinó.

Su primer contacto no fue con gasa ni solución. Fue con el dedo, con la yema de su pulgar, pasó por el borde inferior de la herida, recogiendo una costra de sangre seca.

Jimin tembló violentamente.

— Mira cómo sangras por mí — murmuró él, su aliento caliente en su muslo interno. — Mira lo húmeda que está la piel aquí alrededor. No es sólo sangre, ¿verdad?

Jimin no podía hablar, solo sacudió la cabeza.

Jungkook se levantó de un tirón, fue al baño y volvió con el botiquín. Pero esta vez no usó guantes, vertió solución salina directamente sobre la herida. El líquido frío corrió por su muslo interno, hacia su coño. El mayor lo observó siguiendo su recorrido con los ojos.

Luego usando sólo gasas entre sus dedos desnudos limpió la herida, su toque era diferente sin el látex; más cálido, más real, más áspero. Separó los labios de la herida con dos dedos, inspeccionando.

— No es profunda — dijo, y su voz sonaba a garganta apretada. — Pero está en un mal lugar. Un movimiento brusco y se podría abrir más.

— ¿Y qué debo hacer? — preguntó Jimin débilmente.

— Quieto, debes mantenerte muy, muy quieto.

Al decir eso, su dedo índice, empapado de la humedad de la solución salina y tal vez de algo más, se deslizó más allá del borde de la herida. Rozó la piel intacta ultra sensible del pliegue donde su muslo se encontraba con su cuerpo. Un roce accidental que no lo fue en absoluto.

Jimin gimió.

Jungkook retiró el dedo como si le hubiera quemado. Respiró profundamente, luego se inclinó de nuevo y esta vez sopló.

Sopló aire caliente directamente sobre la herida, y luego el aire bajó siguiendo el camino húmedo que había creado la solución.

Sopló sobre la piel de su interior del muslo, sobre los pliegues más íntimos hasta que el aliento de Jimin se convirtió en jadeos cortos.

— ¿Alivia? — preguntó Jungkook, su boca tan cerca que sus palabras fueron calor sobre su piel.

— No... no lo sé...

— Debería aliviar. — Su mano, la que no sostenía la gasa, se posó en su otro muslo, anclándola. Su palma era enorme, caliente, y sus dedos se hundieron en su carne. — Pero a veces el remedio duele más que la herida.

Finalmente colocó un pequeño apósito, no usó cinta, sólo lo dejó allí apoyado sobre la piel y sujeto por la presión de su propio cuerpo al cerrar las piernas.

— No te muevas — ordenó, y su tono ya no dejaba espacio para discusión. Era brusco, cargado de una urgencia que hacía temblar a Jimin.

Jungkook se quedó mirándolo, su pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas. La habitación estaba en silencio, sólo roto por el sonido de su propia respiración entrecortada.

— ¿Por qué lo haces? — preguntó Jungkook finalmente.

Jimin lo miró, sus ojos verdes enormes y húmedos. — Tú sabes por qué.

— Quiero oírtelo decir.

— Porque tú vienes, porque me tocas… y soplas.

Jungkook cerró los ojos por un segundo, como si las palabras le dolieran físicamente. — Podría tocarte sin esto.

— Pero no lo haces — replicó Jimin, su voz ganando fuerza. — Sólo vienes por las heridas, sólo me miras así cuando hay sangre.

Jungkook se rió, un sonido seco y sin humor. — Eso es una mierda y lo sabes.

— Entonces pruébalo, tócame ahora sin que haya nada que curar.

El desafío flotó en el aire entre ellos.

Jungkook lo miró, su mirada recorriendo su cuerpo desde los pies descalzos hasta la bata abierta, los pechos pálidos y redondos, el cuello arqueado.

En lugar de responder, se acercó. No se sentó. Se arrodilló en el suelo, justo entre sus piernas abiertas en la cama. Su rostro estaba a la altura de su muslo vendado.

— El apósito está torcido — murmuró, y con dedos que apenas temblaban, lo ajustó. Su nudillo rozó directamente el coño húmedo de Jimin.

Jimin jadeó, sus caderas se elevaron involuntariamente de la cama.

— Quieto — dijo Jungkook, pero esta vez no era una orden médica. Era una advertencia, su mano se posó en su abdomen, plana y pesada, empujándolo de nuevo contra el colchón. — Te dije que no te movieras.

Esa mano se deslizó hacia abajo. Pasó por el bajo vientre, a través del vello púbico y encontró lo que buscaba.

— Aquí no hay herida — dijo él, sus dedos explorando la humedad caliente de su coño que ya empapaba sus pliegues. — Aquí sólo está... esto mojado, esperando.

— Jungkook...

— Cállate. — Su dedo medio se deslizó dentro de su coño, una intrusión rápida y sin preámbulos. Jimin gritó, un sonido agudo que se cortó cuando Jungkook añadió un segundo dedo. — Esto es lo que quieres, ¿no? ¿En lugar de un corte limpio, quieres esto? Algo más profundo, algo que de verdad necesite curación.

Sus dedos se movían dentro sin delicadeza, con la misma precisión clínica y fría con la que limpiaba sus heridas. Curvándose, palpando, explorando cada centímetro.

Jimin gemía con sus manos aferradas a las sábanas, su cuerpo arqueándose.

— Mírate — dijo Jungkook, su voz un susurro áspero. —Sangrando por mí de otra manera más caliente, más sucia.

Retiró sus dedos, brillantes y viscosos a la luz tenue de la habitación. Se los llevó a la boca y los lamió, manteniendo la mirada fija en el rubio. Su expresión era de pura obscenidad.

— Sabe a sal y a ti. — Se inclinó de nuevo. — Pero la herida está descuidada.

Y luego su boca estuvo sobre el coño de Jimin, no fue un beso fue más una invasión. Su lengua era ancha, plana, y la pasó directamente sobre sus pliegues con una presión brutal.

Jimin chilló, sus piernas se estremecieron a ambos lados de su cabeza. Jungkook lo sostuvo, sus manos firmes en sus muslos separándolo aún más.

Lo lamía como si estuviera limpiando una herida. Con meticulosidad, con insistencia, recorriendo cada pliegue, cada rincón, bebiendo la humedad que brotaba. Luego se concentró en el clítoris, hinchado y palpitante y lo succionó entre sus labios.

— ¡Para, para, por favor! — gritó Jimin, pero su cuerpo empujaba contra su boca, contradiciendo sus palabras.

Jungkook no paró. Sopló, un soplo frío y húmedo directamente sobre la piel sensible que acababa de lamer.

La combinación hizo que Jimin se convulsionara, una oleada de placer tan intensa que rayaba en el dolor.

— ¿Duele? — preguntó Jungkook alzando la vista. Su boca y barbilla estaban brillantes.

— Sí... no... no sé...

— Bueno, el dolor es información. — Y volvió a bajar.

Esta vez, su lengua penetró dentro de Jimin de forma más profunda, imitando el movimiento de sus dedos antes.

Jimin perdió todo sentido del tiempo; sólo había la boca caliente de él, su lengua áspera, los dedos que ahora pellizcaban y tiraban de sus pezones a través de la seda fina de la bata, el sonido húmedo y obsceno de Jungkook bebiendo de él.

Cuando llegó el orgasmo, fue violento. Un terremoto que lo sacudió haciendo que gritara sin aire, que sus dedos se aferraran a su pelo, que su cuerpo se arqueara en un espasmo prolongado y agonizante.

Jungkook no se detuvo, lo bebió a través de cada temblo y cada contracción hasta que Jimin quedó hecho un temblor, reducido a jadeos y espasmos.

Sólo entonces se apartó y se puso de pie junto a la cama. Su rostro estaba serio, pero sus ojos ardían con un fuego negro.

Se desabrochó el cinturón y bajó su bragueta. Su verga, que Jimin sólo había visto flácida o semidespierta en la intimidad casual de la convivencia, saltó libre. Era gruesa, larga, el glande hinchado, venas palpitando a lo largo del eje. tan impresionante e intimidante.

— La herida — dijo, su voz era grave. — La necesitas más profunda, dijiste.

Jimin todavía jadeando y con las piernas abiertas y temblorosas, asintió. No podía haber formado palabras.

Jungkook se subió a la cama arrodillándose entre sus muslos. Con una mano guió su verga, rozando el exterior de su coño empapado.

— Esto va a doler — dijo, y por primera vez sonó genuinamente preocupado; o quizás excitado por la perspectiva.

— Quiero que duela — susurró Jimin.

Él empujó.

La entrada desgarró a Jimin; a pesar de lo mojado que estaba, su tamaño era demasiado.

Jimin gritó de dolor, haciendo que Jungkook detuviera sólo la punta dentro, su cuerpo tenso como un arco.

— ¿Paro? — preguntó, pero su voz temblaba con el esfuerzo de no moverse.

— No. — Jimin apretó los dientes. —Sigue.

Jungkook empujó más, un movimiento lento y brutal. Jimin lloró, lágrimas calientes que corrieron por sus mejillas.

Jungkook se hundió hasta el fondo, hasta que sus testículos chocaron con las nalgas del menor.

Los dos quedaron inmóviles y jadeando; el dolor de Jimin era agudo, un fuego que se extendía por su vientre. Pero por debajo, empezaba a surgir otra sensación, una plenitud extrema, como una posesión total.

— Mírate — jadeó Jungkook. — Abierto, desgarrado y sangrando por mí de la manera más profunda.

Comenzó a moverse; al principio movimientos cortos y controlados, permitiendo que el cuerpo de su hermanito se adaptara.

Pero pronto la fricción, la humedad, el sonido húmedo de sus cuerpos unidos, se apoderaron de él.

Y perdió el control.

Sus embestidas se volvieron largas y salvajes, sacando casi por completo su verga brillante antes de volver a hundirla con fuerza.

El colchón crujió, la cabecera golpeó la pared con un ritmo constante y brutal.

Jungkook ya no hablaba, sólo gemía, gruñía, maldecía: — Toma, toma mi verga, te gusta estar así de abierto, ¿verdad? ¿Te gusta que te haga daño? — Sus palabras eran gruesas, guturales.

Una mano se cerró en su cadera, sus dedos presionando directamente sobre la pequeña herida vendada del primer día. El dolor agudo se mezcló con la embestida profunda y Jimin gritó, pero su cuerpo respondió, los músculos internos de su coño apretándo la verga de su hermano.

Jungkook cambió de ángulo, levantando sus piernas sobre sus hombros. La penetración se volvió más profunda si era posible, cada embestida golpeaba algo dentro de Jimin que enviaba destellos blancos detrás de sus párpados cerrados.

— ¿Aquí? ¿Es aquí donde duele? — gruñó, embistiendo el mismo punto una y otra vez.

— ¡Sí! ¡Allí! ¡Joder, allí! — Jimin ya no sabía si suplicaba que parara o que continuara.

La mano de Jungkook se deslizó entre sus cuerpos sudorosos, encontró su clítoris hinchado y sensible, y lo frotó con el mismo ritmo de sus embestidas.

La sobresaturación de sensaciones; el dolor de la penetración brutal, el dolor punzante de la herida en su cadera bajo sus dedos, el placer de clítoris siendo torturado, hizo que Jimin se desbordara.

Su segundo orgasmo lo atravesó como un rayo, su coño succionó la verga de Jungkook haciendo que se corrieran los dos juntos. El mayor soltó un gruñido gutural que salió de lo más profundo de su pecho mientras su cuerpo se tensaba en un espasmo final.

Jimin lo sintió palpitando dentro de él, el calor de su semen inundándolo y llenando los espacios que él mismo había abierto a la fuerza.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto sólo por el sonido de su respiración entrecortada.

El aire olía a sexo, a sudor salado, a sangre antigua y nueva.

Jungkook se desplomó sobre Jimin, su peso aplastante y a la vez reconfortante. Su cara se enterró en el hueco de su cuello, su respiración caliente contra su piel. No se movió, ni se retiró.

Permanecieron unidos, pegados por el sudor y los fluidos.

Fue Jimin quien rompió el hechizo primero, un temblor recorrió su cuerpo, un escalofrío postraumático.

Jungkook lo sintió y con un esfuerzo monumental rodó a un lado separándose de él con un sonido húmedo y suave.

La ausencia, la sensación de vacío y de aire frío en lugares recién calentados hizo que Jimin gimiera débilmente.

Jungkook no se fue, se quedó a su lado boca arriba mirando al techo. Su brazo se extendió y su mano encontró la de Jimin en las sábanas arrugadas, sus dedos se entrelazaron.

— Estoy destrozado — susurró Jimin, su voz ronca por los gritos.

Jungkook giró la cabeza para mirarlo. A la tenue luz podía ver las lágrimas secas en sus mejillas, el brillo de más humedad en sus pestañas. Su mirada bajó recorriendo su cuerpo; la bata de seda estaba hecha un desastre, arrancada de sus hombros. Había moretones empezando a formarse en sus caderas, donde sus dedos se habían aferrado. Y entre sus muslos pálidos, un desastre de fluidos mezclados: su propia humedad, su semen y unos finos hilos de sangre fresca y rosada.

La herida del apósito en su muslo interno se había abierto, una mancha carmesí pequeña pero definida estaba creciendo en el centro del algodón blanco.

Jungkook se incorporó sobre un codo, sin una palabra se levantó de la cama. Su desnudez marcada por rastros de Jimin. Caminó desnudo hasta el baño y volvió con una toalla pequeña empapada en agua tibia.

Se arrodilló de nuevo junto a la cama, esta vez no había nada clínico en sus movimientos lentos; con la esquina de la toalla limpió primero su vientre y su entrepierna. El paño tibio sobre su piel sensible lo hizo estremecer.

Jungkook limpió la sangre, el semen, la evidencia de su posesión. Su toque era como si estuviese borrando un delito.

Llegó al apósito y con delicadeza lo despegó. Debajo, la pequeña incisión se había reabierto un poco, un cortecito rojo y húmedo.

— Se abrió — dijo él, su voz ronca.

— Por tu culpa — replicó Jimin.

— Sí.

Tomó un nuevo apósito del botiquín que todavía estaba en el suelo; pero antes de colocarlo, inclinó la cabeza y besó la herida, un beso de disculpa.

Colocó el apósito y luego, en lugar de volver a su lado, se deslizó en la cama detrás de Jimin. Lo atrajo hacia su cuerpo envolviéndolo con sus brazos y sus piernas, su frente contra la nuca del menor.

— No vuelvas a hacerlo — murmuró contra su cabello. — No más cortes ni más heridas.

— ¿Por qué? — preguntó Jimin, su espalda contra su pecho. — Ahora tienes una mejor razón para tocarme.

Su brazo se tensó alrededor de su cintura. — Tengo todas las razones, pero si vuelvo a ver una línea nueva en tu piel… — Hizo una pausa, buscando palabras. —No seré tu enfermero, y te lastimaré de maneras que ningún apósito podrá curar.

Era una amenaza.

— ¿Como lo que acabas de hacer? — susurró Jimin.

Jungkook lo giró bruscamente para que quedaran frente a frente. Sus ojos tan oscuros buscaban los del menor. — Eso no fue lastimarte; eso fue… tomarte, es diferente. La herida en tu muslo es estúpida y pequeña, lo que hice contigo… eso te abrió por completo para mí. —Su pulgar trazó el borde de su labio inferior. — Ya no necesitas navajas, Jimin. Me tienes a mí.

Era la verdad más terrorífica y liberadora que había pronunciado, Jimin lo miró y supo que era un pacto. Había intercambiado el control de su propio dolor por la entrega total a él.

Jungkook ya no vendría a curar sus pequeñas autodestrucciones, vendría a poseerlo.

— ¿Y si necesito que me lastimes? — preguntó desafiante hasta el final.

Una sonrisa lenta, peligrosa y totalmente nueva se dibujó en los labios de Jungkook. — Entonces pídelo directamente y yo decidiré cómo, pero será en mis términos. En nuestra piel, no en la tuya sola.

Se inclinó y esta vez lo besó lento y profundo. Ya no sabía a sangre o a desesperación, sabía a futuro.

A la mañana siguiente cuando la luz del día entró por la ventana, Jimin se despertó solo.

Por un momento, un pánico lo recorrió. ¿Había sido un sueño? ¿Una fantasía?

Entonces se movió y sintió dolor, uno bueno, profundo, arraigado en sus músculos y a su coño. Un dolor que era un recordatorio de una posesión; y en su muslo interno un nuevo apósito colocado con perfección sobre la pequeña herida que ya estaba cicatrizando.

Sobre la mesita de noche no había botiquín. Había un único objeto colocado con deliberación sobre el mantel de madera.

La tapa metálica y oxidada de la bañera.

Y debajo un papel doblado con la letra de Jungkook que decía:

"La próxima vez que quieras sentir un filo, usas esto.

Me llamas y me dejas a mí ser el filo.

Guarda tus pequeños cortes para ti, tu dolor me pertenece ahora."

Jimin tomó la fría tapa oxidada entre sus manos, no sintió el impulso familiar ni la ansia por presionar el borde contra su piel.

En su lugar una calma extraña lo invadió.

La colocó de nuevo sobre la mesa.

Había nacido algo nuevo, algo más oscuro, más simbiótico y mucho más peligroso. Y por primera vez en mucho tiempo Jimin no pensó en la sangre; solo oensó en los ojos de su hermano mayor.

Y supo que la próxima herida no tendría cicatriz, sería él.

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