Chapter 1: El nacimiento de una reliquia
El nuevo mundo: El despertar de Vestigia.
Capítulo 1: El nacimiento de una reliquia
—¡Deprisa! Tenemos que salir de aquí —gritaba imperativamente un viejo arqueólogo y explorador. Aunque ya había dejado atrás sus mejores años, no permitiría que el peso de la edad causase estragos en su huida.
—No puedo seguir, profesor. Abandóneme, la investigación es lo más importante y esas criaturas no piensan detenerse ante nada —contestó débilmente la muchacha que lo acompañaba, llevando preocupada la mano hacia su vientre para comprobar el estado de su hijo no nato—. Si tan solo no hubiera sido tan cabezona, nada de esto habría ocurrido —protestó mientras se reincorporaba con la ayuda de su mentor.
—¡No te rindas ahora, mira! —señaló enérgicamente hacia un pequeño haz de luz que sobresalía entre las grietas y las enredaderas dispersas a lo largo del techo y de una pared de roca y tierra natural a medio desmoronar—. Si llegamos hasta el final del túnel donde asoma la luz, quizás tengamos la suerte de encontrar alguna forma de salir de esta. Con suerte, hallaremos un espacio entre las grietas lo suficientemente ancho como para que puedas escapar con vida.
—Querrá decir para que ambos escapemos —se quejaba de nuevo la joven, mientras avanzaba con dificultad por la oscura cueva sin soltar su vientre.
Cuando estaban por alcanzar la pared, el túnel comenzó a ensancharse. Entre la penumbra pudieron observar una sala natural de roca caliza, completamente vacía a excepción de algunas raíces enredadas, probablemente tan antiguas como la misma cueva, su propia presencia y el desgarrador sonido de un grupo de garras chocando rápidamente contra el rocoso suelo. Esto último provocaba pequeñas chispas debido a la fuerza y la velocidad con la que pisaban, mientras el eco de rocas partidas al paso y una sinfonía macabra de rugidos y chasquidos ocupaban el espacio que solo el silencio debía habitar.
El profesor y la muchacha se encontraban atrapados. Desesperados, ambos comenzaron a reseguir el tenue rayo de luz mientras arrancaban las raíces y escarbaban con sus uñas como nunca antes lo habían hecho, buscando crear un orificio lo suficientemente amplio como para trepar y escapar por la grieta. Sin embargo, el esfuerzo dejó de tener sentido cuando el profesor, absorto por el sentido de urgencia, se percató de golpe de que su compañera había dejado de ayudar sin previo aviso, cayendo en un estado de sumo silencio y tensión.
Tras notar aquello, el profesor no pudo más que girarse, solo para comprobar que, desde la penumbra, cuatro pares de ojos sinuosos los observaban famélicos al mismo tiempo que se acercaban en silencio, saboreando el momento tal como un animal o una persona se relame ante un banquete sabiendo que este no va a marchar a ninguna parte. Cuando apenas distaban unos pocos metros, las criaturas se desplegaron en abanico, cerrando cualquier oportunidad —por efímera que fuera— de huir por el mismo túnel que los había conducido a esa trampa. Al encontrarse tan cerca, la bioluminiscencia de los escasos hongos que brotaban entre las grietas fue, por suerte, suficiente para atenuar las sombras y arrojar algo de claridad sobre la amenaza que los acechaba.
—¡Por Azael, son ratones de plasma! —exclamó el profesor—. Aunque con ese tamaño más bien deberían llamarse «ratazas de plasma» —sugirió el anciano—. ¡Los creía extintos! —añadió con el rostro desencajado por la sorpresa.
Lentamente, los ratones de plasma transformaron su formación de abanico en un semicírculo perfecto, avanzando unos pasos hasta acorralarlos contra las frías paredes de la cueva. Emitían chirridos y sonidos desagradables, semejantes a algún tipo de ritual que recordaba al agradecimiento previo a un festín.
—¡Despierta, muchacha! Hay que hacer algo o no saldremos de aquí de una sola pieza... y eso con suerte. ¡Elara! ¡Elara, reacciona! —le gritaba el profesor a Elara, quien se hallaba claramente aterrada y en estado de shock—. ¡Elara, por Dios santo, reacciona de una vez! —clamaba de nuevo el anciano mientras la sacudía con toda la delicadeza que su mente y su cuerpo le permitían, consciente de su estado y de la gravedad de la situación.
—Perdone, profesor — murmuró Elara con apenas un hilo de voz.
—Tranquila. Intentaré mantenerlos distraídos; mientras yo los entretenga, tú debes intentar escalar por el hueco de la brecha y ponerte a salvo —le aconsejó él.
—No pienso abandonarle, profesor. Tenemos que encontrar la forma de ahuyentarlos —sugirió ella.
—¡No seas tonta, niña! Lárgate ya y no te preocupes más por este vegestorio. Además, no creo que los ratones de plasma esperen mucho más...
Justo en ese momento, uno de los ratones lanzó un zarpazo al aire hacia sus presas como si estuviera tanteando el terreno, a punto de lanzarse a la cacería.
—¡Rápido, Elara, tienes que salir de aquí! ¡Sube! —le ordenó el profesor ya desesperado, apoyando su espalda contra la pared, agachándose ligeramente y preparando sus manos a modo de escalón para que ella pudiese trepar con mayor facilidad hasta el hueco.
Solo entonces, tras ver la absoluta determinación de su compañero, Elara decidió trepar.
—No pienso irme a ningún lado sin usted, profesor; le estaré esperando —mencionó con decisión mientras subía.
—¡Pero niña, por el amor de... —intentó protestar el anciano antes de ser interrumpido.
—¡WALTS! —gritó una voz enfurecida desde el otro lado del hueco justo cuando ella terminaba de trepar.
En ese instante, un ratón de plasma se abalanzó sobre Walts, utilizando sus garras para desgarrar y llevarse un trozo de carne a la boca. No contaba, sin embargo, con recibir una certera patada en pleno salto que lo envió disparado a varios metros de distancia, chocando de lleno contra la pared lateral de la caverna. Acto seguido, otro ejemplar intentó morderlo sin éxito, mientras una tercera rata saltaba buscando mejor suerte que su compañera, que aún se estaba incorporando.
Ágilmente, el profesor logró zafarse de aquel embate, pero la distracción le costó unos valiosos segundos. Fue el margen perfecto para el primer ratón, que finalmente consiguió hincar los dientes en la pierna del anciano, arrancándole un pedazo de carne del gemelo de un solo bocado. El trozo de carne desató una pelea instintiva entre las bestias, dándole al profesor la oportunidad perfecta para intentar trepar y escapar de aquel infierno.
Asustada tras escuchar gritos, quejas y los aterradores sonidos de los depredadores, Elara se encontraba histérica, contemplando nerviosa el hueco en la roca a la espera de una señal de que su compañero estuviera bien, al tiempo que rezaba para que lo que emergiera de la grieta no fuera el hambriento grupo de ratones de plasma.
Mientras formulaba ese último pensamiento, el profesor hizo acto de presencia, escalando forzosamente por el orificio para luego bloquearlo de mala manera con la primera roca que encontró a su alcance. Casi sin aliento, se desplomó junto a la pared, dejando un rastro de sangre a su paso.
—¡Profesor, está herido! —exclamó Elara, perdiendo la poca seguridad que había ganado al verlo llegar a salvo.
—Tranquila, Elara, tan solo es un pequeño mordisco. Esto no me matará —intentó tranquilizarla él.
Sin embargo, Elara se arrodilló, arrancó una tira de tela de un adorno de su vestido y comenzó a atenderlo aplicando primeros auxilios.
—Al menos deje que le vende la herida, Walts. El mordisco es bastante profundo y no sabemos cuándo podremos salir de aquí; es vital evitar una infección. De lo contrario, será la fiebre la que acabe con usted y no esas ratas ponzoñosas... ¡y eso contando con que no le hayan transmitido la rabia! —exclamó muy preocupada.
El profesor la miraba perplejo; si no hubiera sido por el dolor, habría jurado que una carcajada escaparía de su boca.
—Gracias —musitó el anciano intentando forzar una sonrisa.
—No se preocupe, Walts, lograremos salir de aquí. Solo debemos aguantar hasta que Levis se percate de que algo anda mal. Cuando note que hemos desaparecido y no obtenga respuesta, comprenderá que, a pesar de sus repetidos avisos de que esperásemos y no fuésemos solos a las ruinas, no pudimos aguantar las ganas. ¡Entonces vendrá corriendo a rescatarnos! —confesó Elara con un semblante algo más esperanzado.
—Sí, bueno... eso si aguantamos lo suficiente antes de que nuestras siniestras amiguitas decidan subir aquí —protestó Walts mientras recorría la caverna con la mirada—. Parece que al final hemos terminado en otra sala sin salida, una mera extensión de la cueva principal. Además, el rayo de luz que se supone debía guiarnos hasta el exterior termina en una pequeña grieta donde, con suerte, cabe mi mano. En otras palabras: seguimos totalmente atrapados —se lamentaba el profesor, enredándose cada vez más en su propio pesimismo.
Para su mala fortuna, mientras el anciano continuaba rumiando sus penas, Elara comenzó a sentir un dolor palpitante e insoportable. Cayó al suelo sobre sus glúteos y llevó ambas manos a su vientre.
—¡WALTS! ¡CREO QUE ESTOY DE PARTO!
![Eres mía [#1]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_4344f13bc3a0abb8b1c504d5bd3ac0a3.jpg)







