Capítulo único (one-shot)
Seguía caminando solo a casa por una calle oscura y solitaria, repitiéndome lo harto que estaba de vivir y lo aburrido que estaba de mi rutina. El trayecto, igual de simple que siempre: las casas con las luces apagadas por lo tarde que era, los faroles con su mala calidad y el rabioso perro del vecino que siempre pateaba para que se callara.
Cuando por fin pasé al fastidioso perro, vi que su dueño tenía la puerta abierta. Decidí acercarme otra vez, aprovechando que estaba despierto, para gritarle una vez más que amarrara a su sarnoso o le pusiera bozal. Toqué la puerta abierta para llamar la atención y asomándome, crucé mirada con un hombre vestido de blanco; su smoking impecable, tenía un cuchillo de cacha rosa goteando sangre y su mano roja por esta. Me quedé paralizado al ver a aquel hombre tan tranquilo encima del cuerpo degollado.
El hombre de blanco no esperó mucho para ponerme el cuchillo en la garganta. No podía ver su rostro por el pasamontañas, igual de rosa que su cuchillo.
No tenía miedo, aunque por inercia di un paso hacia atrás. Él siguió apuntándome mientras avanzábamos saliendo de la propiedad, con el perro ladrando detrás de nosotros. Su cuchillo rozaba la piel de mi quijada. Retrocedí hasta caerme de culo; traté de levantarme varias veces, pero su peso encima de mi lo hacía complicado. Él estaba hincado, atrapando mis caderas con sus piernas.
Su arma nunca se movió de lugar, así que simplemente acepté mi final. Siempre que salía de mi turno en la madrugada deseaba morir de alguna manera.
«Bien, Dios sí existe, escuchó mis plegarias».
Él se quedó viéndome a los ojos: muy hermosos, era lo único que su pasamontañas no dejaba a la imaginación, grandes, color ámbar, pestañas doradas; su respiración estaba ligeramente agitada y el perro a centímetros de nosotros.
Por primera vez en mi vida puedo decir que alguien me gusta, aunque qué curioso que esa persona sea mi potencial asesino.
—¿Qué te detiene? ¿Te gusto o qué? —Me atreví a hablar sin miedo; ya había aceptado morir, pero él solo seguía viéndome como estúpido, aunque para ser sincero no me molesta nada.
—Cállate, mantén esa boca cerrada —dijo susurrando. Trató de no hacer ruido aunque el perro seguía ladrando como si no hubiera un mañana, así que procedí a hacer la pregunta más estúpida que se me ocurrió.
—¿Eres un asesino?
—No, soy amo de casa —respondió con sarcasmo sin quitarme los ojos de encima.
—Uno bien estúpido para dejar un rastro de sangre —continué provocándolo, volteando unos segundos a ver cómo el perro moría por atacarnos mientras ladraba. Sus hermosos ojos empezaban a transmitir furia y su mano seguía presionando el cuchillo contra mí.
—¡CÁLLATE! —gritó presionándole el cuchillo al perro repetidamente—. El siguiente serás tú si no cierras la boca.
Logró callarme. No por mucho tiempo, pero me quedé analizando cómo él hizo lo que yo quería hacer con el perro hace meses. Instinto de supervivencia nunca tuve y ahora creo saber por qué.
—¿Puedo ayudarte? —pregunté mirándolo como él me mira a mí.
Él quitó su arma del cuerpo del sarnoso; para mí la respuesta era clara. Así que cerré los ojos esperando la puñalada. Quién diría que moriría junto al ser que más odiaba después de mis padres y mis compañeros de trabajo.
—Mmm... —balbució, haciéndome abrir los ojos de inmediato mientras se quitaba de mis piernas.
—Jako —solté, alegrándome por alguna razón extraña.
—Jako, está bien, ven conmigo —extendió su mano para ayudarme a levantar del frío asfalto.
Por alguna razón estaba feliz de ayudarlo, tenía motivación de hacerlo. Nunca tuve la sensación de emoción por algo; sí sabía lo que era la ira, lo experimentaba siempre con ese perro de mierda, pero no sabía que podía sonreír sin fingirlo viéndolo morir. Sí sé cómo luce la alegría: ojos arrugados, pómulos levantados, rostro iluminado de emoción. Es un gusto sentirlo por primera vez viendo a un enmascarado haciendo lo que me dijeron que estaba mal.
Lo seguí hasta la casa del vecino, echando un vistazo hacia los lados para verificar que el perro no hubiera levantado a nadie, aunque es poco probable porque siempre paso a la misma hora con el mismo escándalo. Él me explicó su modus operandi, aún con el presentimiento de que me clavaría el cuchillo, pero eso era lo más emocionante de seguir escuchándolo.
—Este señor es un.
—Amargado —interrumpí. Él me miró a través de su pasamontañas, callándome sin pronunciar una sola palabra.
—Cochino —continuo—. Suele acostarse con la hija de su vecina cuando esta está en el trabajo —informó con hipocresía.
«Como si no acabaras de matarlo».
—No fue muy difícil saber que deja la puerta abierta porque su peso no lo deja caminar, así como tampoco fue muy difícil saber que a nadie aquí le importan sus gritos.
Esto sí me dejó muy quieto porque sabía que era verdad, siempre suele gritar muy fuerte a altas horas. Incluso después de que llego del trabajo, eso era porque sabíamos que tenía problemas. Anteriormente él había aclarado que sufría de sonambulismo, entonces a nadie le importaba el ruido que proviniera de su casa porque se supone que es normal.
—¿Y por qué matarlo? —pregunté confundido.
—Porque sí —su respuesta tan fría como él—. Me gusta subirme arriba de ellos y ver cómo sale sangre de su cuello —confesó mirándome con ojos brillosos, parecían hechos de cristal. Su tono de voz sintiéndose narcisista mientras lo cuenta.
—¿Y qué se supone que hagamos con su cuerpo?
—Nada.
—¿Qué? —Lo miré incrédulo.
—Sí, nada —contempló el cuerpo con devoción—. Cuchillo en mano, prendemos el gas y es suicidio.
—Claro, como si no hubieras matado al perro —cuestioné, haciéndole ver que no era de lo único de lo que había que encargarse—. Además, ¿tú crees que la policía te creería eso?
—¿Un hombre solo, 63 años, sin hijos, enfermo y con la mensualidad del Estado? —argumentó serio; en parte tenía un punto, se tomó el trabajo de investigar—. Al perro lo arrastramos hasta acá. La policía ni se molestará en investigar más allá de un señor solitario que decidió morir junto a su perro. Ya lo he hecho antes.
No cuestioné más, fui a abrirle una grieta a la tubería del gas y él fue por el perro. Era la oportunidad perfecta para escapar, pero aun así me quedé; total, si él me mataba después de esto, fue porque así yo lo decidí, así como decidí nunca hablar de mi tio.
Admiro cómo su traje seguía perfecto, sin una mancha, y se supone que limpiaría la sangre del perro después de ponerlo en su lugar.
—Ven, salgamos —me jaló del brazo, tan tranquilo como su voz en ese momento. Él regresó adentro y solo vi cómo el fuego explotó por toda la sala. Ahora entendía por qué quería el gas abierto.
—Todo listo —seguía tranquilo mientras el fuego crecía tras él—. ¿Quieres ir a un lugar cerca de aquí? —preguntó incitándome a aceptar, y yo nunca le diría que no a esos ojos.
«ESTOY JODIDAMENTE LOCO».
—Sí, está bien —acepté ocultando mi ¿alegría?
—Ven conmigo —Jaló mi brazo corriendo mientras el techo de la casa humeaba.
Es un criminal, no conozco su cara ni su nombre, se viste bien y tiene los mejores ojos que he visto en mi vida. Sí, estoy demente, pero me siento completamente satisfecho y eso es lo que me importa.
Él me jaló hasta unos metros hacia un Volkswagen color amarillo banana; no sé mucho de autos, pero seguro es de los 80, un poco feo, pero no podía juzgarlo, por lo menos tenía carro. Desde ahí se lograba ver el resplandor de la casa quemándose y aun así nadie salía a ver lo que estaba pasando.
—Súbete —exclamó desde dentro del auto. Me di la vuelta rodeando el carro para deslizarme dentro del copiloto, jalando la puerta para cerrarla.
Él arrancó con fuerza, haciendo que apoyara mis manos en la guantera para no irme hacia adelante. Se burló de mí con descaro, intercalando su mirada en mí y en la carretera.
—¿Qué? ¿Necesitas cinturón de seguridad? —Le di una mirada matadora, mientras volvía a pegarme contra el espaldar.
—¿A dónde vamos? —pregunté ignorando su sarcasmo.
—Paciencia, que el que espera tiene recompensa —no podía descifrar si estaba coqueteando, pero me encanta más ese timbre que el de furia.
—¿Cómo llegaste a esto? —pregunté curioso. Sabía que por muy bien que se sienta, no todos aceptan subir al carro del chico que te quería matar minutos atrás.
—Solo hago lo que creo que está bien.
—¿Matar está bien? —dije apenas terminó de hablar.
—¿Quién te dijo que está mal? —preguntó como si no fuera algo obvio.
—Pues... la sociedad.
—¿La sociedad se preocupa por cómo te sientes?
—No —respondí bajando la voz a un tono más grave.
—Entonces no importa su opinión —destacó como si tuviera la razón—. Yo siempre haré lo que se me da la gana porque soy el único que estuvo para mí. Amo matar, amo ser un sanguinario trastornado. Y haré lo que quiera, con quien quiera, cuando quiera.
Me quedé en silencio; tal vez esa sea la respuesta a mi amargura, tal vez siempre seguí las reglas de los demás sin crear las mías. Me enseñaron que seguir mis instintos está mal, pero no me puse a pensar si era lo que me hacía bien. Guardé silencio todo el camino; no fueron muchos kilómetros, el viento frío despeinaba mi cabello negro moviéndolo hacia atrás. Él se estacionó en el borde de la carretera, donde solo había pasto. En esta parte de Quebec es muy común ver bosques y granjas, así que supuse que tendría su casa por ahí.
Bajamos del carro, adentrándonos en los árboles mientras nuestras suelas crujían. Había un hermoso lago donde se reflejaba la media luna, el agua azul y el viento tan frío que frotaba mis manos entre sí inconscientemente.
—¿Por aquí es tu casa? —cuestioné incrédulo.
—No, aquí pensaba matarte —respondió tranquilo como en el auto.
—Eres un hijo de...
—No porque quiera —interrumpió sacando su cuchillo—. No puedo dejar cabos sueltos.
—Solo soy un cabo suelto para ti ahora; después de haberte ayudado, solo soy un cabo suelto —reclamé estúpidamente.
—¿Qué esperas de un asesino en serie, ¿flores y chocolates?
—No, pero tal vez pensé por un momento que sería tu cómplice, no solo un maldito cabo suelto —contesté furioso, con ganas de arrancarle el pasamontañas para jalarlo del peló—. Te ayudé, eso es lo que importa, ¿no? No puedes ser tan egoísta.
—Sí, sí puedo.
«¡MALDITO HIJO DE PERRA!».
—Solo puedo darte una condición para no matarte —habló dándome una alternativa.
—Jódete.
—Haz sufrir a alguien —me miró otra vez, igual que cuando estaba encima de mí, como si quisiera decirme algo más—. Si puedes demostrarme que puedes ser como yo, te dejo ser mi cómplice.
—Vuélvete a joder —respondí con la misma ira que antes, sin querer escucharlo, empujándolo sin miedo aunque tenía el cuchillo en la mano.
Él me tomó los hombros; tenía manos grandes y muy fuertes, no necesitaba verlas para saber que tenía los dedos grandes y llenos de venas prominentes. Seguía mirándome, sus ojos ámbar brillaban como nunca con la tenue luz de la luna.
—Conviértete en mi cómplice por siempre y haz parte de mí —bajó su voz casi a un susurro—. No solo quiero que seas mío. Quiero que me dejes corromperte tanto como yo lo estoy.
«Odio esos malditos ojos».
Lo empujé para que me soltara, quitándole el cuchillo de la mano. Y empecé a correr sin sentido con todas mis fuerzas; él corría detrás de mí aunque no podía alcanzarme. Quería que fuera su cómplice, pues eso haré.
—JAKO, ¿VEN ACÁ? —gritó mientras trataba de alcanzarme—. ¿QUÉ MIERDA HACES, CABRÓN?
Corrí tanto como pude y sin parar; las ramas secas crujían con furia ante mis pasos. Mis zapatos estaban llenos de barro, pero tenía la adrenalina a tope. Yo sé que tengo que hacer algo tan sádico como él para seguir a su lado.
«LO CONOCES HACE MENOS DE UN DÍA». «Además, ¿no era el mismo que quería morir?».
Mi mente estaba empezando a traicionarme, pero estaba harto de usar la razón aprendida y no la que quería vivir.
Seguí corriendo. Ya no podía ver si se detuvo o si seguía persiguiéndome, pero eso importará luego, no ahora. Por fin logré ver algo más que solo árboles: es una casita, con un terreno gigante y verdoso.
Forcé la cerradura y no pude, optando por romper la puerta abriendo un agujero; metí todo el brazo para girar el pomo desde adentro. Entré a la casa pateando la puerta, corriendo hacia el primer cuarto que vi. Dentro había un señor en shorts cortos, mostrando su barriga y la que parecía su esposa estaba sentada con una bata, pálida, tu expresión está gritando aunque ella no.
El señor metió su brazo arrastrando algo debajo de la cama: era una escopeta. Su mujer seguía perpleja y el hombre no paraba de apuntarme, tembloroso.
—No dispares —solté, acercándome lento mientras le hacía una señal de que bajara el arma con ambas manos.
—Suéltalo —respondió el señor. Su cuerpo estaba estático, ni siquiera tenía el dedo en el gatillo. Su puntería estaba desestabilizada porque no paraba de temblar. Escuché unos lloriqueos en la otra habitación, así que di un paso atrás y corrí sin pensarlo hacia el ruido.
Escuché unos cuantos sollozos de la señora: “¡ANDA, POR FAVOR! ¡VE POR ELLOS!“. Tiré la puerta viendo a dos niños sentados en una cama. Les hice seña de que guardaran silencio con mi dedo índice y me coloqué detrás de la puerta.
Bastante obvio para mí, pero no para el señor.
El señor entró directo por los niños y aproveché para saltar sobre su espalda, clavando repetidamente el cuchillo. Los niños empezaron a gritar mientras la sangre de su padre les caía encima. ¿Entonces así se siente matar?
«Grandioso».
Es muy interesante cómo yo me llené de sangre a la primera, a excepción de él, que siempre lucía impecable. Seguía fundido en mis pensamientos con los gritos de los niños como ruido blanco, hasta que sentí cómo la loca de su madre me empezó a golpear por la espalda.
«COBARDE, ¿POR QUÉ NO ME ATACAS DE FRENTE?».
Me volteé apuñalándola en el brazo; le di una patada en el vientre tirándola contra la pared. Quise matarla también, pero creo que con esto podría demostrar que podía ser un buen cómplice. Me di media vuelta saliendo de la casita y justo venía él, aún con su pasamontañas.
—Eres un cabrón, no sabes todo lo que he corrido —habló con la respiración agitada, apoyando sus manos en las piernas tratando de recuperar el aliento. Creo que pudo percibir los llantos provenientes de adentro porque miró como si se diera cuenta de algo—. ¿Qué has hecho?
—Maté al señor barriga —traté de sonar igual de orgulloso que él cuando mató al vecino.
—¿Eres estúpido o no le llega oxigenación al cerebro? —refunfuñó aterrizándome otra vez en el piso. Entró con ira a la casa, directo hacia los ruidos—. Pedazo de espermatozoide inservible —me dijo fuerte, observando dentro de la habitación.
—¿No querías que hiciera sufrir a alguien? —respondí acercándome hacia él.
—Hablaba de una víctima estudiada, imbécil —habló casi gritándome—. No que mataras al primero que veas. Cuando matas por matar te descubren más fácil, idiota.
—Idiota tu madre, imbécil —le grité de vuelta.
—No tengo —siguió—. Ahora tengo que ver cómo limpiar tu desastre. ¿Qué tanto has tocado?
—Pues primero rompí la puer... —No dejó que terminara, en seguida se fue a ver la puerta destrozada.
—Yo creo que el doctor te aplastó la cabeza cuando saliste de la vagina de tu mamá.
Él no esperó nada más: agarró a la señora que estaba llorando abrazando a sus hijos, la arrastró del cabello con fuerza mientras esta seguía gritando. Nunca nos dijo nada, creo que estaba tan impactada como para hablar. Él la amarró a una silla de comedor y en otra a los dos niños, poniéndole un trapo a la señora en la boca, callándola finalmente.
—Tú, imbécil, vigila que no se mueva la zorra esta; veré tu desastre —estaba insoportable, cada que hablaba me miraba mal.
—Está bien, tarado —Volteé los ojos con fastidio, respondiendo con su mismo tono.
—¡LA PUTA MADREEEEEE! —gritó apenas encendió la luz del cuarto—. Tarado, imbécil, bestia, animal de monte, el lobo feroz se quedó pendejo a tu lado, rata de alcantarilla, renacuajo de desagüe.
Abrí los ojos levantando las cejas con sorpresa, mirando a la señora con el trapo en la boca desde la sala— Él es así, disculpe tanta grosería para sus menores hijos.
—Solo hay que limpiar tu desastre, pero no sé qué hacer con ellos —aclaró mientras salía de nuevo a la sala.
—¿No que muy asesino?
—Claro, tarado, yo sí estudio a mis víctimas.
—¡Ay, disculpe, señor estudioso! —me burlé con descaro. Él me ignoró por completo y se fue directo hacia la señora que seguía llorando junto a sus hijos—. Tengo dos opciones para usted, la primera es matarla... —interrumpí apenas dio la primera opción.
—¡No! —exclamé negándome a matarlos.
—Cállate, animal, estoy tratando de arreglar tu desastre —me calló enojado, devolviendo su mirada hacia la señora—. Opción uno, matarla y dejar que sus lagartijas se vayan a un orfanato, u opción dos, matarla junto a sus crías.
No pensé que se atreviera; si yo fuera él, tendría un límite y sería no atacar a los niños, pero ya me quedó claro que para él no es así. La señora nunca eligió nada, ella estaba quieta mientras las lágrimas recorrían su piel blanca; sus hijos, que no entendían nada, estaban igual. Yo no les calculo más de tres años a los pequeños rubios; lucían igual de tristes al lado de su madre por lo que provoqué, lo que provoqué por un hombre.
—Por fin te callas, pero ayúdame a limpiar tu desastre —habló sacándome de mis pensamientos.
—No quiero que la mates —exigí.
—Tú no me dirás qué hacer —respondió volviendo a su tono desafiante.
—Son solo niños.
—Y era solo un señor al que mataste, Jako.
—Es diferente.
—No, no lo es, y ya empieza a limpiar —dijo caminando hacia la habitación sin dejarme replicar. Fui detrás de él, haciendo que el piso suene como si llevará tacones.
—Hay que cortarlo —confesó viendo el cuerpo, quitándome el cuchillo rosa de la mano.
—Okay —asentí restándole importancia a la situación y a mi enojó. Fui a la cocina por un cuchillo y bolsas. Cuando regresé, él ya estaba cortando sus extremidades mientras la sangre escurría de estas—. No creo que podamos limpiar todo eso.
—Más trabajar y menos hablar —farfulló quitándome las bolsas con las manos llenas de sangre.
«¿Y por qué su traje sigue perfecto?».
Me dediqué a cortar igual que él, metiendo las partes en las bolsas de basura. Cómo terminé en esto después de un horario de trabajo, no lo comprendo del todo. Pero me siento más vivo que nunca y nadie me dirá lo contrario.
—Ahora sí, respóndeme ¿por qué no me mataste desde el primer momento? —Seguía cortando. Los sollozos de la señora se escuchaban más bajo, la sangre inundaba el piso del cuarto, los autos de juguetes llenos de sangre, pero seguía hablando tranquilo para que el silencio no fuera incomodó. Él se quedó callado un momento, alargando el silencio, centrando la mirada en sus cortes—. Tienes algo —confesó finalmente.
—¿Algo? —repetí.
—Sí —respondió bajando la voz—. Ahora continúa.
—Tu mirada también tiene algo —él me observó con desconcierto.
Su mirada tenía algo, yo no mentía. Ahora me doy cuenta de que era yo, eran mis ojos. Tal vez no azules, pero sí seguía siendo yo: igual de enfermo, igual de abusado, igual de trastornado, como cuando me diagnosticaron psicopatía a los cinco, como cuando me internaron a los seis; eran mis ojos igual de llorosos y brillantes sin la capacidad de llorar genuinamente.
«Jako, tienes que ir con el doctor». «Jako, consiente a tu tío, sé un buen sobrino». «Jako, obedece a los doctores». «Jako, la polla de tu tío está dura». «Jako, solo serán unos meses». «Jako, jamás le hagas daño a los demás». «Jako, tú siempre fuiste el problema».
Una lágrima bajó por mi mejilla. Él siguió mirándome con desconcierto mientras mi vista no se quitaba de sus ojos. Las órdenes de mi padre y mi tío llegaban a mi mente una tras otra. Me convertí en lo que más odiaba y lo es que se siente bien. Gracias a mi madre por nunca estar presente, gracias tío, por cuidarme mientras papá trabajaba, y gracias a mi padre por llevarme a un psiquiátrico y por enseñarme a que yo siempre fui el problema.
—Sí quiero que me corrompas tanto como tú lo estás —fijé mi vista en sus ojos ámbar una vez más.
—Eso es lo que siento, ganas de llevarte al límite que no has marcado —confesó de inmediato—. Quiero ser el pervertido que marque tu piel blanca y saque esos ojos azules.
—Hazlo, aunque seguro me apuñales mientras lo haces, no me importa —contesté acercándome mientras mis rodillas se arrastran a través de la sangre—. Por primera vez estaré consciente de mi problema.
—Vuélvete devoto a mí y te haré cometer el crimen perfecto.
—Tú eres mi crimen perfecto —corté mi mano ya ensangrentada sin pensarlo. Solo sé que no me importa nada más y lo haré. Él hizo lo mismo juntando su mano con la mía; no necesitaba nada más para saber que era un pacto.
—Soy y seré tuyo hasta que tú lo decidas —balbuceé.
—Eres mío desde que te miré por primera vez, my little killer.
Subí su pasamontañas hasta la altura de su boca; no necesité más para unir mi boca a la suya. Él me dejó hacerlo mientras nuestra herida seguían juntas. Me empujó contra el piso al lado de las bolsas sin soltarme. Tuve la sensación de ropa mojada apenas aterricé: la sangre humedecía toda mi espalda y se mezclaba con mi cabello negro.
Siguió besándome mientras su mano libre se adentraba en mis pantalones, acariciando mi erección como mi tío solía hacerlo. Su boca nunca se separó de la mía como mis ojos nunca se separaron de los suyos.
Su mano salió de mi entrepierna, dejándome vacío por unos segundos mientras bajaba mi pantalón hasta la rodilla. Lo próximo que sentí fue un gruñido gutural que resonó en mi pecho; presionaba la gran erección en sus pantalones contra el centro de mis glúteos con fuerza.
—Mírame, no dejes de mirarme —susurré con lujuria.
Finalmente se despojó de su pantalón, hundiéndose en la calidez de mi interior. Mi gemido chocó contra sus labios; cada penetración se volvía más rápida hasta que logró tener un ritmo constante. Quise detenerlo poniendo mis manos en sus caderas cerca de su pelvis, pero fue inútil.
—Ni lo intentes —reclamó devorando mi boca una vez más, su lengua danzaba dentro de mí—. Seré rudo y pervertido, tanto como yo quiera —agregó con voz ronca. Es irónico que mi padre me decía lo mismo cuando quería pegarme, aunque el no usaba la palabra pervertido.
Las embestidas eran tan fuertes que no podía responder; mis gemidos se volvían gritos, a nadie le importaba que hubiera niños amarrados en la sala. El dolor dentro de mí se mezclaba con el placer mientras él presionaba con más fuerza nuestras heridas en las manos. Sus labios se metieron dentro de mi boca, su respiración cada vez más agitada y su frente sudada. La sangre cubriéndonos por completo mientras él comenzaba a chuparme los dientes.
Mi espalda se empezaba a arquear por sí sola, me iba a correr sin siquiera tocarme. Cuando menos me lo esperé, escuché gemidos graves salir de él mientras me daba sus últimas embestidas con más fuerza. Algo más que su pene estaba dentro de mí; escucharlo gemir fue el detonante que hizo que mi orgasmo explotara: mi semen salió disparado cayendo sobre mí y unas gotas sobre su hermoso smoking.
—Es sin duda la mejor experiencia que he tenido —dijo en un suspiro, tratando de recuperar la respiración—. Te recomiendo que te laves.
Ni siquiera pude responderle de inmediato, mi respiración estaba perdida; pero como pude me senté, sintiendo dolor al hacerlo.
—Y hay que botar las bolsas —balbuceé respirando más calmado. Él fue en busca del baño caminando raro porque llevaba los pantalones en la rodilla, y yo hice lo mismo apenas regresó.
El baño, un poco pequeño, pero con lo necesario; tiré mi pantalón lleno de sangre a un lado. Al meter mi cuerpo en la ducha temblé cuando el agua cayó sobre mi parte trasera. No esperé mucho para salir, poniéndome ropa del señor difunto que me quedaba gigante; tampoco esperé mucho para ver cómo él ya había terminado de meter el cuerpo en las bolsas. Fuimos directo al lago, dejando a la señora y a los niños en la casa, bien amarrados.
—¿Cómo sabes que no nos descubrirán? —pregunté mientras él le metía piedras grandes a las bolsas.
—¿Sabes cuántos cuerpos he lanzado aquí?
Dejé que el silencio se alargara después de esa pregunta. Vi cómo tiraba las bolsas al lago bastante lejos; tenía una gran fuerza.
—Regresaré a la casa para limpiar el charco de sangre y encargarme de lo demás —anunció con su tono tranquilo.
—Me preocupa la señora —aclaré con voz baja.
—La mataré, deja de preocuparte —refunfuñó.
—Ella es... —Alcé la voz—. Es solo una madre.
—Me da igual.
—Pobre de los niños, ya están traumados.
—¡Oh, qué mal! —habló con burla, tan frío como siempre.
—¿De verdad no te importa?
—¿Debería importarme?
—Okay, okay, entendí.
—Tienes suerte de ser lindo —Aclaró su garganta—. Vete al auto, yo iré por ti después.
Solo asentí y me di media vuelta siguiendo mi camino de vuelta al carro.
Diferencié el amarillo entre la oscuridad de la madrugada, me metí en el copiloto sintiendo presión en el culo, subí los cristales girando la palanca con dificultad. Pensé que podía esperarlo, pero pasaron los minutos y el sueño me venció.
#
Desperté cuando sentí algo en mi oído; ya los rayos de sol empezaban a atravesar el cristal golpeando en mi cara. Su dedo no dejó de moverse dentro de mi oído; así vi cómo su pasamontañas me seguía mirando burlón.
—Tardaste mucho —me restregué los ojos somnoliento.
—¿Qué esperabas? ¿Cinco minutos? No he dormido nada por tu culpa —reclamó ante mi queja.
—Ya no importa, ¿cómo te fue?
—De maravilla, hasta me limpié y todo —Sus ojos se arrugaron; sonrió aunque no podía ver sus labios.
—¿Por qué no te quitas la máscara? —pregunté curioso.
—Es mejor que nadie te vea.
—No te he visto la cara, quítatela —exigí.
—Okay —se encogió de hombros y se la quitó sin problema.
—Por un momento pensé que eras feo —confesé inspeccionando su rostro delgado: mandíbula marcada, cejas pobladas, tenía ricitos de oro, nariz alargada y sus labios igual de rositas que sus mejillas.
—¿Perdón? —contestó como si pudiera ofenderse.
—Sí, como no te la sacabas pensé que eras feo, inseguro o algo así —aclaré mientras él entornaba sus ojos desubicado—. ¿Y los niños? —continué, ignorando el tema.
—No quieres saber —contestó frío.
—No fuiste capaz.
—No tuve otra opción.
—No había necesidad —repliqué con furia.
—Los niños no mienten —argumentó él sin preocupación alguna.
—Son más fáciles de manipular.
—¿Tanta preocupación por unos niños? —habló sorprendido de mi humanidad.
—Siempre hay un límite —dije decepcionado—. Eres un inhumano, A... —Quise decir su nombre pero no me salió y casi lo llamo por el nombre de mi tío.
—Rya —aclaró él frunciendo el ceño.
—Como sea, eres un inhumano —hablé tratando de ofenderlo.
—Gracias —esbozó una sonrisa burlona—. Ya deja el show —me guiñó un ojo y encendió el auto, haciendo que el motor sonara como si se fuera a quemar. Él arrancó sin más, haciendo que vuelva a poner las manos sobre la guantera para no irme hacia adelante.
—¡JAJA! —se burló viéndome a los ojos mientras el auto corría con fuerza—. Ponte el cinturón. No quiero que mi único acompañante de crímenes se vaya tan rápido como llegó.
Sonreí ante su comentario. El título debería llamarse “Cómo enamorarse de un criminal en menos de 24 horas” y el subtítulo “Sin saber su nombre”, pero por primera vez en mucho tiempo estoy completamente pleno, y un psiquiátrico nunca podrá lograr eso conmigo.
Hoy se lo que es la felicidad y eso es gracias a él, a Rya.
«Soy un puto loco sanguinario y sí soy el problema. Gracias, papá».
Fin.






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