Teaser 1: Another life
꩜꩜
El cielo se desgarró por la mitad, expulsando cuatro figuras con alas rotas, las alturas se tiñeron de rojo.
Los gritos de los ángeles agonizaron entre las nubes de color sangre.
Él habló sentenciando a viva voz: «¡pecadores ingratos! ¡Que sus vidas compartan en sufrimiento y el cuarto será el alimento de su venganza vacía!»
Cuatro cuerpos cayeron al abismo. Tres de ellos se unieron en uno mismo, el cuarto...
Con las alas desgarradas que se deshacían en ceniza y la vista nublada por la culpa vio una última vez al cielo carmín. Un solo pensamiento se formó en su mente que comenzaba a ser fragmentada en recuerdos:
«Que... se apiade de nosotros los...»
Recuerdo de alguna vida.
Pasado de otras historias.
Presente de otra alma.
Sonnelain observó sentado sobre el porche a sus dos hermanos menores; los gemelos ciervo de doce años, que jugaban fuera de la cabaña de su entonces cuidador y abuelo: Darío, un gran venado robusto de astas cansadas e inclinadas por los años, desgastadas por los bordes como hace un árbol demasiado viejo pero muy terco para dejarse caer.
El mayor llegó a sus vidas cuando tenía apenas seis años y los gemelos cuatro, Darío lo adoptó luego de no haber encontrado a su familia; el pequeño cordero de porcelana se hallaba escondido entre la maleza, con su ropa rasgada por las ramas bajas y llena de polvo levantado del suelo, con sus grandes ojos naranjas igual que las llamas de un fuego naciente observaban su entorno con la calma de quien medita, algo inusual en niños de su edad. Sonnelain no recuerda de cómo terminó ahí en primer lugar. Dejado a su suerte entre los grandes árboles de roble. Darío no lo encontró llorando, simplemente estaba quieto, muy quieto en el suelo, sentado contra el tronco de un sauce con las piernas pegadas al pecho, como si supiera que fue abandonado y no había nada que pudiera hacer por su cuenta.
No hubo rastro de su familia cuando la buscaron. Nada en realidad, ni un acta o certificado de su nacimiento o existencia, como si solo hubiera aparecido ahí en el bosque, esperando por Darío.
Habían pasado ocho años desde entonces.
Cael, el gemelo menor por tres minutos derribó a Calen de un empujón, ambos rodaron por la pequeña colina en la que se encontraba la cabaña llenándose la ropa de hierba, Cael se río mientras Calen se quejaba, pataleando en busca de escapar del agarre del contrario. Era más débil en cuanto a fuerza, pero no menos listo.
Con un golpe en el hombro, donde Cael se lastimó esa mañana contra el barandal de las escaleras por ir demasiado rápido, Calen logró liberarse, corriendo hacia Sonnelain para esconderse detrás de su espalda. Usó a la oveja de porcelana como un escudo, el cascabel alrededor de su cuello blanco atado en una cinta azul grisáceo desgastado tintineó por el movimiento, los lentes rectangulares de Calen estaban chuecos por el asalto anterior y su moño grande de cinta color verde como las hojas frescas casi se había desecho por completo, miró a Cael con cierto recelo.
—¡Acordamos que no serias brusco! —Exclamó, acompañado de un leve bramido de molestia.
—¡Tú acabas de golpearme! —Repuso el otro, frotándose el hombro dolorido.
Sonnelain se río entre dientes, negando ante la pelea de ambos niños; era el pan de cada día desde que llegó a sus vidas. Dobló su torso para tomar a Calen por debajo de los brazos y sentarlo sobre su regazo, le ajustó los lentes, alisó las arrugas, quitando los trozos de césped del suéter en sus hombros, con esa tranquilidad que siempre lo acompañaba desde niño. Finalmente le ajustó el moño verde alrededor de su cuello, atado en un gran lazo simétrico justo en el centro, con dos extremos descansando sobre su pecho; dejando un aspecto refinado en el pequeño ciervo de pelaje pardo moteado por manchas color crema. El gemelo mayor se dejó cuidar como un gato recibiendo caricias.
Cael refunfuñó, acercándose a ambos se dejó caer con demasiada fuerza al lado de Sonnelain, cruzando los brazos sobre el pecho con una expresión de enfado en la mirada, soltó un pequeño bufido, inflando las mejillas hasta que se pusieron rojas como un globo de feria. Su moño de cinta azul, que simulaba un pañuelo de frente, pero con el mismo lazo pomposo en la nuca, casi se deshacía también por el juego brusco anterior.
—¿Molesto? —No hubo respuesta.
Sonnelain parpadeó dos veces, sonrió, acercando a Cael a su abrazo incluso si Calen se quejaba con cosas como “¡era mi turno!” y “¡suéltalo!“. Para nadie era innegable el amor de Sonnelain por sus dos hermanos menores. Le ajustó al gemelo menor el lazo azul con el mismo cuidado, los tres descansaron juntos en caos controlado. En una burbuja infantil que solo una tragedia podría romper.
Quinta vida, otra historia, nuevo comienzo. Mismo dolor, mismos demonios.
Todavía recuerdo la sensación caliente de la sangre escurriéndose entre mis dedos como canal desbordado.
Los cuerpos en el suelo. Los llantos de fondo. Dos pares de ojos sin destello de vida tirados en el suelo de la sala.
El abuelo estaba desplomado boca abajo, con sus astas rotas, arrancadas a la fuerza y el segundo cuerpo, que no era más que una peste que se coló a nuestras vidas: un ladrón. Un atraco que salió demasiado mal. Tres niños que apenas sabían lo que ocurría y uno de ellos con el cuchillo en las manos. Yo sostenía el cuchillo, el filo estaba marcado por el olor metálico de la sangre, y mi alma manchada por el asesinato.
He olvidado muchas cosas durante toda mi vida; a veces creo que sueño con otras. Con otros momentos que no me pertenecen, pero están ahí en el fondo dañado de mi mente. Ese líquido lo recuerdo bien, anunciando una única cosa: muerte.
¿Hasta donde estoy dispuesto a pecar para proteger a otros?
El filo de la espada se alzaba sobre Noctis con el cuerpo magullado de heridas sobre la piel áspera como papel arrugado, sus otros dos compañeros: Samael y Tatiana ya estaban abatidos sobre el suelo por otros ángeles de la guarda, el tercero lo mirada con una expresión endurecida que flaqueaba entre el deber y la culpa. Noctis jamás vio algún otro ángel que brillara de la misma forma en que Englantine hacía, con esa luz propia que no venía de ningún otro lado; lo envidiaba por eso, envidiaba su convicción por proteger. Quería ser igual; no un ángel de la peste que todos odiaban.
Pero morir por mano de Englantine parecía suficiente para llenar su pecho vacío.
Cerró los ojos y esperó, de todas formas, con su cuerpo escuálido y las alas marchitas no le permitirían ir más lejos. Pero el filo nunca llegó, el dolor no lo atravesó.
El cielo se abrió por la mitad.
¿Habrías tenido la misma clemencia incluso si hubieras sabido lo que te ocurriría, Englantine?
Es una pregunta que me carcome en la mente, el único espacio en el que puedo estar realmente sólo, lejos de Moon y Silver, sus nuevos nombres de pecado, ¿el mío? Noct; ni siquiera expulsado se me permite olvidar del todo de dónde vengo, lo que hice, condenado a vivir eternamente con este cuerpo de ave roto y con los otros dos que cometieron pecado junto a mí en el único lugar puro de la tierra. O eso yo creía, porque incluso en su lugar de salvación, si no estás a la altura: eres un pecador más. Englantine era distinto a todos ellos, él al menos me miraba, aunque yo estuviera marchito, era como si pudiera ver la belleza en mis alas rotas.
Recuerdo.
Recuerdo a Englantine, a su presencia realmente pura. Y a esa envidia que no deja de atormentarme.
Mi memoria no me deja olvidar esa energía; siempre brillante incluso si el cuerpo se está pudriendo, siempre queriendo proteger, aunque gritara por ayuda que los dos sabíamos no llegaría.
Primero fue Englantine. El segundo fue Alhraed. La tercera fue Amory. La cuarta fue Deana...
En todos esos cuerpos ellos compartían el mismo problema: la fragilidad, y esa horrible necesidad por proteger a otros incluso si se estaba muriendo.
A todos ellos yo los he cazado. Uno por uno, con cada muerte pienso que dejaré de encontrarlo y él sería libre del único pecado que cometió: haberme perdonado. Incluso si yo no lo merecía.
Cada vez que lo asesino en sus diferentes vidas tengo la esperanza de poder liberarlo, pero es algo que no he logrado, Moon y Silver creen que tengo un gusto por el asesinato al azar, pero ellos no saben la verdad, no deben hacerlo, no merecen saberlo.
Englantine parece haberme olvidado, eso es irrelevante; yo recuerdo por los dos. Hago de sus muertes rápidas, casi sin dolor. Lo que odio es que vuelva, porque eso significa que he vuelto a fallar una vez más, esos ojos, de distintos colores, pero con la misma chispa, esa misma luz...
Una nueva era. Un nuevo comienzo.
Un nuevo Englantine de ojos distintos. Lo reconozco entre las otras almas mundanas que no tienen el derecho de caminar a su lado, su luz... no ha dejado de brillar.
Observo su nueva apariencia al otro lado de la calle, a esa piel perlada de porcelana agrietada, resanada tantas veces que ya es patético el intento de repararlas de nuevo y los otros dos que lo acompañan; no sé quiénes son, no me importan. La envidia me sube por las costillas como zarcillos malditos. Ahí está de nuevo, no importa si sonríe, sé que en el fondo está sufriendo por mi culpa. Moon se me acerca, con esa forma de sombra que apenas puedo ver a través del callejón detrás de mí, pero yo no la miro de vuelta. Silver también se acerca, ambos cernidos sobre mí, mirando hacia donde dirijo los ojos sin iris, ellos calculan.
Yo imagino como habría sido la sensación de esa espada clavándose en mi columna.
Quinta vida. Mismo dolor. Mismos demonios.
Hubo una vez en la que soñé desde la vista de otros ojos. Soñé con lugares que nunca visité, vi sonrisas que no eran para mí, nunca he entendido de donde vienen todos esos recuerdos fragmentados. Pero he notado un único patrón a lo largo de los años; cuando más tranquilos están estas vidas es cuando se apagan en un parpadeo, como si alguien las extinguiera de pronto, yo las siento en el pecho como si me pertenecieran, esa opresión que se extiende por todo mi cuerpo a manera de sudor frío. Desde hace unas semanas se han vuelto más claras, siempre es cuando más oscura se encuentra mi habitación, a veces juro escuchar susurros, conversaciones que no existen. Me pregunto si esto terminará en algún momento.
Es año nuevo, Cael y Calen me han llevado de un lado a otro por toda la capital, queriendo que pasemos un buen momento, dicen que no he descansado como es debido desde la muerte del abuelo Darío; eso fue hace catorce años. La culpa aun me corroe.
Los tres paseamos sin preocupaciones por las calles, admirando cada decoración que cuelga de los faroles y las lianas que sostienen el tranvía; la ciudad de Solgear, capital de Crack Echo, y nuestro hogar. Me detengo a mirar por los escaparates de las tiendas, admirando la ropa de invierno en cada maniquí perfectamente organizado. Mis hermanos ya se me han adelantado, observo algunos maniquíes en particular: tres modelos posando de modo que parece que juegan, son trajes de niño de variantes color crema, de algún modo me recuerdan a nosotros. Un escalofrío me recorre la espalda, interrumpiendo mi cálida nostalgia, siento pánico, causado por una mirada demasiado invasiva. Miró a todas partes, buscando al dueño, a mi lado pasan algunas familias contentas, personas que hacen las compras de última hora, me digo a mi mismo que debe ser una tontería y que deje de estar de paranoico. La sensación no desaparece en lo absoluto.
Vuelvo a mirar cuando Calen me llama, impaciente al final de la calle, yo suspiro, mirando una última vez a mi alrededor antes de alejarme.
La noche cae cuando llegamos a nuestro último destino: las costas de Palmean, todos están listos para despedirse de otro año, los gemelos se han ido para buscar algunas bebidas, dejándome en vigilia de nuestro lugar escondido entre las palmas, algo alejado del bullicio de otros que han venido a lo mismo que nosotros. El aire salado me golpea en la cara, escucho como las olas golpean la orilla de arena con una calma tranquila, con la luna llena elevada en su punto más alto en el cielo, grande, redonda y brillante.
La misma sensación de ser vigilado vuelve, siento que las piernas se me adormecen de pronto, la sensación está presente, pero no siento esa necesidad de correr.
Miró hacia atrás, para comprobar que no es alguno de los gemelos o alguien que se ha perdido.
En su lugar diviso dos pares de ojos que apenas brillan en la penumbra y una figura que me parece vagamente familiar: un ave, parece un búho, ¿o quizá un cuervo? Sus ojos son todos blancos y sin iris, lleva una capa que le cubre la mitad del cuerpo, su plumaje es de un azul profundo, igual que la capa que lleva, con los bordes dorados y un amuleto con forma de media luna que descansa sobre el pecho. Los dos nos miramos en silencio triunfante, que solo es roto por la marea que arrecia contra las costas.
Quiero hablar, pero mi garganta está seca, quiero moverme, pero el cuerpo me deja de responder. Vuelvo a mirarlo, mis orejas bajan con un instinto primario que bien conozco: miedo.
El ave mueve un brazo por debajo de la tela, observo el objeto. Una daga afilada que refleja mi rostro torcido en una terrible comprensión: esas vidas que se han apagado... son mías.
Él me ha vuelto a encontrar.
Quinta vida.
Mismo demonio.
Y el ciclo se repite.
«Que Dios se apiade de nosotros los pecadores».







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