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LO QUE NUNCA TE DIJE

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Sinopsis

Eris lleva años queriendo a Joshua en silencio. Él nunca lo ha sabido y ella está convencida de que jamás sentirá lo mismo. Así que aprende a callarlo. A conformarse con miradas, bromas y momentos que probablemente solo significan algo para ella. Hasta que, en su último año de secundaria, Joshua comienza a acercarse más de lo normal. Una mano que tarda demasiado en soltarse. Una mirada difícil de ignorar. Una cercanía que antes no existía. Eris solo tiene una regla: no volver a hacerse ilusiones. El problema es que Joshua parece empeñado en hacerla romperla.

Genero:
Romance
Autor/a:
Y.GERONIMO
Estado:
hace 11 horas
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1 Un lunes cualquiera

El sonido de la alarma fue lo primero que escuché aquella mañana.

Eran las cinco.

Abrí los ojos con dificultad y durante unos segundos me quedé mirando hacia arriba, intentando convencerme de que levantarme era realmente necesario.

Odiaba madrugar.

Si por mí fuera, habría seguido durmiendo unas cuantas horas más. Sin embargo, sabía perfectamente que eso no era una opción.

Vamos, Eris. Tienes que levantarte.

Algún día quería convertirme en una gran abogada, y difícilmente conseguiría llegar hasta ahí si ni siquiera podía levantarme para ir a la secundaria.

Con mucho esfuerzo abandoné la cama y comencé mi rutina de todos los días. Me bañé, me arreglé y me puse el uniforme.

La camisa blanca tenía unas franjas azules en el cuello que identificaban a los alumnos de segundo año. La falda también era azul, de dos tablones, aunque la mía tenía algo que la diferenciaba de la de muchas otras chicas:

el largo.

Me llegaba por debajo de las rodillas.

A mi mamá no le gustaba que utilizara faldas más cortas. Para ella, llevarla por encima de las rodillas no era apropiado.

Para algunos de mis compañeros, en cambio, aquello parecía ser motivo suficiente para burlarse.

Pero no había mucho que pudiera hacer al respecto.

Terminé de arreglarme y bajé a desayunar.

Mi hermana menor todavía dormía. Ella iba a la primaria, así que podía darse el lujo de despertarse un poco más tarde que yo.

Qué envidia.

Mi mamá ya estaba despierta y había preparado el desayuno, como hacía prácticamente todas las mañanas. A veces eran quesadillas, otras un sándwich o cualquier cosa que tuviera a la mano. No importaba demasiado qué fuera; ella siempre procuraba que desayunara antes de salir.

—Apúrate, Eris —me dijo mientras terminaba de prepararme las cosas—. Y échale ganas en la escuela. Quiero buenas calificaciones.

—Sí, mamá.

Ella siempre había sido exigente con mis notas.

Y yo trataba de cumplir.

No era la mejor estudiante del salón, ni mucho menos, pero me esforzaba. Algunas materias simplemente parecían empeñadas en hacerme la vida imposible.

Especialmente una.

Matemáticas.

Y, para mi desgracia, era precisamente la primera clase de aquel lunes.

Terminé de desayunar, tomé mis cosas y, a las seis y media en punto, salimos de casa.

Mi mamá me acompañaba hasta la escuela.

Vivíamos en una casa de tres plantas, dentro de una zona llena de viviendas. A esa hora las calles ya estaban bastante concurridas. Había padres llevando a sus hijos, personas dirigiéndose al trabajo y estudiantes caminando hacia las diferentes escuelas de los alrededores.

Cerca había una guardería, una primaria y otra secundaria, así que las mañanas difícilmente podían considerarse tranquilas.

Mi mamá y yo caminábamos juntas, aunque no hablábamos demasiado.

Nunca habíamos sido de mantener conversaciones durante todo el camino.

Eso no significaba que no la quisiera.

La quería.

Simplemente... nunca había sido demasiado buena demostrando ese tipo de cosas.

Mientras caminaba, mi mente regresó inevitablemente a lo que me esperaba aquella mañana.

Matemáticas.

Suspiré.

No entendía por qué tenía que ser tan difícil.

Por más atención que pusiera, los números parecían tener algún problema personal conmigo.

Al menos había algo bueno de ir a la escuela.

Vería a Samanta.

Y también...

No.

Mejor no pensar en eso.

Cuando llegamos, me despedí de mi mamá en la entrada.

—Échale ganas —me recordó.

—Sí. Nos vemos al rato.

Entré a la escuela mientras ella emprendía el camino de regreso.

La escuela era bastante grande. Los edificios rodeaban una enorme explanada, casi formando un cuadro. De un lado había siete salones; del otro, seis. En la parte frontal había otros dos y, en el extremo contrario, un par más.

También estaban la dirección, prefectura, la biblioteca y el comedor.

Y luego estaba el campo.

Era enorme.

Tan grande que fácilmente podían dividirlo para que dos equipos jugaran al mismo tiempo.

Pero en ese momento no estaba interesada en nada de eso.

Buscaba a una persona.

No tardé demasiado en encontrarla.

Samanta.

Había llegado antes que yo, como siempre. Eran aproximadamente las seis cuarenta cuando la encontré afuera del salón, apoyada cerca de la pared con el celular entre las manos y los audífonos puestos.

Sonreí.

Con Samanta cerca, sabía que el día difícilmente sería aburrido.

En cuanto me vio, se quitó uno de los audífonos.

—¡Eris! ¿Ya escuchaste la nueva canción de North Five?

Y ahí vamos otra vez.

—Buenos días para ti también —respondí.

—No, en serio. ¡Sacaron otra canción!

Samanta llevaba un tiempo completamente obsesionada con aquel grupo.

North Five estaba formado por cinco jóvenes: cuatro de ellos eran hermanos y el quinto era amigo de la familia. Eran cuatro chicos y una chica, y desde que Samanta los había descubierto parecía haberse propuesto aprender absolutamente todo sobre ellos.

Sus canciones.

Su historia.

Sus entrevistas.

Con quién aparecían.

Qué celebridad los había mencionado.

Qué estaban haciendo.

Todo.

—También vi que uno de ellos apareció con una celebridad —continuó mientras me mostraba algo en su teléfono—. Mira.

Me acerqué a ver la pantalla.

Al principio aquel grupo no me había interesado demasiado. Pero Samanta había insistido tanto con sus canciones que algunas terminaron gustándome.

No al nivel de ella, claro.

Eso ya era otro extremo.

Pero escucharla hablar tan emocionada me hacía feliz.

Amaba esa parte de su personalidad.

Samanta podía entusiasmarse con algo y olvidarse completamente de lo que pensaran los demás. Yo era diferente. Mucho más seria, más reservada.

Quizá por eso nos entendíamos tan bien.

Mientras ella continuaba hablando, me acomodé de manera que pudiera ver hacia la entrada de la escuela.

Casualmente.

Por supuesto.

No estaba esperando a nadie.

Absolutamente a nadie.

Continué escuchando a Samanta mientras mis ojos se desviaban de vez en cuando hacia la entrada.

Hasta que lo vi.

Joshua.

Llegaba solo.

La puntualidad definitivamente no era una de sus mejores cualidades.

Intenté seguir prestándole atención a Samanta mientras lo observaba discretamente desde lejos.

No necesitaba hacer nada especial.

Era su manera de ser.

Siempre parecía alegre. No daba la impresión de preocuparse demasiado por lo que los demás pudieran pensar de él. Y después estaba esa sonrisa...

Esa maldita sonrisa.

No pude evitar mirarlo unos segundos más.

Joshua entró y no tardó en reunirse con Richar, su mejor amigo. Los dos comenzaron a conversar como si llevaran semanas sin verse, aunque probablemente se habían visto hacía poco.

Aparté la mirada antes de que alguien pudiera darse cuenta.

Especialmente Samanta.

Porque Samanta sospechaba cosas.

Y yo sabía perfectamente lo que ocurriría si algún día le confirmaba sus sospechas.

No me dejaría en paz.

No porque quisiera hacerme sentir mal, sino porque probablemente intentaría obligarme a hablar con Joshua y confesarle lo que sentía.

Y eso no iba a pasar.

Jamás.

O al menos eso pensaba.

Cuando comenzó la primera clase, Samanta y yo ocupamos nuestros lugares habituales al fondo del salón.

Nos gustaba estar atrás.

No porque fuéramos particularmente rebeldes, sino porque existía una ventaja bastante sencilla:

mientras menos nos vieran los profesores, menos posibilidades había de que nos hicieran preguntas.

Yo estaba aproximadamente en medio de las últimas filas. Samanta podía sentarse a mi lado o detrás de mí, dependiendo de los lugares disponibles.

Joshua, en cambio, acostumbraba estar adelante.

Primera fila.

Desde mi lugar quedaba prácticamente en diagonal respecto a mí.

No es que me hubiera fijado.

Bueno...

Tal vez un poco.

La profesora Adriana entró al salón y mis pensamientos sobre Joshua desaparecieron inmediatamente.

Era una mujer de tez clara, robusta, cabello rizado que casi siempre llevaba recogido en un chongo, lentes y brackets. No era particularmente alta ni baja y tenía una voz firme que bastaba para hacer que el salón guardara silencio.

Matemáticas.

Mi pesadilla personal.

Saqué mi cuaderno y traté de concentrarme.

De verdad que lo intentaba.

Ese era precisamente mi problema con Matemáticas. No era que no quisiera aprender. Ponía atención, copiaba los procedimientos e intentaba seguir cada explicación.

Pero llegaba un momento en el que los números simplemente dejaban de tener sentido.

Miraba mi cuaderno.

Miraba el pizarrón.

Volvía a mirar mi cuaderno.

Nada.

A mi lado, Samanta parecía llevarlo bastante mejor.

No era un cerebro de las Matemáticas, pero conseguía buenas calificaciones y entendía mucho más rápido que yo.

Joshua tampoco era el mejor de la clase, aunque normalmente lograba comprender los ejercicios y obtener alrededor de ocho.

Yo...

Bueno.

Yo sobrevivía.

—Eris —escuché de pronto.

Levanté la mirada.

La profesora Adriana estaba observándome.

—¿Ya terminaste?

Miré mi ejercicio incompleto.

Genial.

—Todavía no, maestra.

—Tienes que trabajar más rápido. Ya deberías haber terminado.

—Sí, maestra.

Bajé la mirada hacia mi cuaderno.

Como si no estuviera intentándolo.

Respiré y continué.

No quería malas calificaciones.

Mucho menos porque sabía perfectamente que mi mamá me preguntaría por ellas.

Las siguientes horas transcurrieron entre profesores, materias y cambios de salón.

En nuestra escuela no permanecíamos todo el día en el mismo lugar. Dependiendo de la materia y del maestro, nos movíamos de un salón a otro.

Antes del recreo podíamos tener tres o cuatro clases.

Y cuando finalmente llegó el descanso, agradecí internamente poder olvidarme de los cuadernos durante unos minutos.

Aunque había otro pequeño problema.

—Eris, acompáñame al comedor.

Miré a Samanta.

—No.

—Ándale.

—No.

—Eris...

Sabía perfectamente cómo terminaría aquello.

Siempre terminaba igual.

—Vamos —insistió.

Suspiré.

—Está bien.

Samanta sonrió victoriosa.

Otra vez había ganado.

No me gustaba ir al comedor.

En realidad, no me gustaban demasiado los lugares llenos de personas.

El ruido.

La gente hablando al mismo tiempo.

Tener que pasar entre todos.

Sentir que alguien podía empujarme.

Tener que acercarme para pedir algo.

Todo aquello me aturdía.

Incluso me daba pena comer frente a otras personas.

Samanta era completamente diferente.

A ella no le importaba.

Si tenía hambre, comía.

Si alguien la miraba, que mirara.

Y probablemente por eso siempre terminaba arrastrándome con ella hasta el comedor.

Literalmente, si era necesario.

Después de que comprara algo, nos alejábamos del ruido.

A veces nos sentábamos en el campo mientras ella comía. Otras veces regresábamos afuera del salón.

Ese día terminamos sentadas, hablando mientras Samanta comía y volvía —inevitablemente— al mismo tema.

—Te estoy diciendo que tienes que escuchar el álbum completo.

—Ya escuché canciones.

—No es lo mismo.

—Para ti nunca es lo mismo.

—Porque no entiendes.

Solté una pequeña risa.

Así eran nuestros recreos.

Un nuevo chisme.

Una canción.

Alguna tontería.

O simplemente hablar de cualquier cosa que se nos ocurriera.

Joshua, mientras tanto, estaba en su propio mundo.

Durante el recreo acostumbraba estar con Richar y otros amigos. A veces iban al comedor y después al campo para jugar fútbol. Otras veces se quedaban viendo videos, anime o cualquier cosa que encontraran interesante.

Él tenía muchos amigos.

Yo tenía a Samanta.

Y estaba bien así.

La una de la tarde finalmente llegó.

Guardé mis cosas y salí de la escuela junto con Samanta.

Como casi todos los días, caminamos juntas hasta el parque.

Seguíamos hablando de cualquier cosa que se nos viniera a la cabeza. Probablemente ella volvió a mencionar a North Five más veces de las que podría contar.

Cuando llegamos al parque, nos detuvimos.

Samanta tenía que tomar su transporte desde allí.

Yo solamente debía caminar unos siete minutos para llegar a mi casa.

Esperé con ella hasta que llegó.

—Nos vemos mañana —me dijo.

—Sí. Cuídate.

—Tú también.

La vi subir antes de comenzar mi camino a casa.

El día había sido completamente normal.

Matemáticas seguía siendo horrible.

Samanta seguía obsesionada con su grupo.

Joshua seguía siendo Joshua.

Y yo...

Yo seguía observándolo desde lejos, guardando un secreto que no tenía ninguna intención de contar.

Era simplemente un lunes cualquiera.

Al menos, eso creía entonces.

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