Chapter 1 UN MALDITO CLICHE
Una chica murió atropellada mientras cruzaba la calle sin mirar.
No era yo.
Todavía.
Estaba leyendo aquello desde mi móvil mientras desayunaba y, para ser completamente justa con la difunta, técnicamente no estaba leyendo en el momento de morir.
Estaba escribiendo.
Un comentario.
Mientras caminaba.
Por una calle.
Sí.
Yo tampoco sé por qué.
La escena decía algo así:
«Iris había vuelto a casa con los ojos hinchados.
Elizabeth Nikolaeva la había humillado frente a todos otra vez.
"Pobre Iris", escribió la joven mientras caminaba, todavía indignada por el capítulo. "Ha sufrido demasiado por culpa de Elizabeth. Espero que algún día esa mujer reciba lo que merece".
No vio que había llegado al cruce.
Tampoco vio el automóvil.»
Claxon.
Gritos.
Impacto.
Fin.
Me quedé mirando la pantalla del móvil con la cuchara suspendida a medio camino de mi boca.
Deslicé hacia arriba.
Volví a leer.
No.
Sí.
La habían atropellado.
Porque cruzó una calle sin mirar mientras escribía un comentario.
Bajé el móvil.
-¿Pero quién hace eso?
Nadie respondió.
Estaba sola.
Me pasa mucho. Hablo con lo que leo y después recuerdo que los personajes, lamentablemente, no pueden defenderse.
Volví a mirar la pantalla.
Había terminado el capítulo.
Miré la hora.
Todavía puedo leer otro.
No.
No podía.
Tenía que terminar de desayunar, arreglarme y salir.
Así que hice lo responsable.
Presioné «Siguiente capítulo».
Me llamaba Eva Morgan.
Tenía veintisiete años y, antes de morir, llevaba una vida bastante normal.
No «normal» de protagonista triste que secretamente estaba destinada a grandes cosas.
Normal de verdad.
Tenía familia.
Trabajo.
Cuentas.
Una cantidad absurda de capturas de pantalla que guardaba porque algún día podrían servirme.
Nunca me servían.
También tenía una silla.
La silla merece una explicación.
Técnicamente era para sentarse.
En la práctica era el lugar donde terminaba la ropa que no estaba suficientemente limpia para regresar al armario, pero tampoco suficientemente sucia para lavar.
El purgatorio de la ropa.
Si alguien asegura que no tiene una silla, sillón o rincón equivalente, no le creo.
Tenía también una planta.
No recuerdo qué especie.
Era verde.
Tenía hojas.
Era una planta.
Sobrevivió conmigo casi dos años, lo que considero evidencia suficiente de mis habilidades botánicas.
Mi madre no estaba de acuerdo.
-Deberías averiguar qué planta es.
-Está viva.
-Eva.
-Mírala.
Seguía viva.
Caso cerrado.
También jugaba videojuegos por temporadas.
Podía obsesionarme con uno durante dos semanas, abandonarlo cinco meses y después regresar esperando recordar qué demonios estaba haciendo.
Una vez abrí una partida y mi personaje estaba en medio de un bosque con cuarenta y tres hongos en el inventario.
Había una misión activa:
«Entrega los objetos a Gregor».
¿Quién era Gregor?
Ni idea.
¿Dónde estaba?
Tampoco.
¿Por qué tenía yo cuarenta y tres hongos?
Misterio.
Intenté averiguarlo unos quince minutos.
Me aburrí.
Cerré el juego.
Gregor siguió esperando.
Bueno...
Ahora estoy muerta.
Así que supongo que puede dejar de esperarme.
Pobre Gregor.
En fin.
¿De qué estaba hablando?
Ah, sí.
Mi vida.
Aquella mañana era viernes.
Definitivamente.
Creo.
No, sí.
Viernes.
Porque recuerdo que alguien en el trabajo dijo que algo podía esperar hasta el lunes y yo pensé:
Excelente. Problema de Eva del lunes.
Así que viernes.
Mi primera alarma sonó a las seis y diez.
La apagué.
La segunda a las seis y veinte.
También.
La tercera tenía un nombre:
«LEVÁNTATE».
En mayúsculas.
Muy agresiva.
La había programado yo misma.
Al parecer Eva del pasado conocía perfectamente a Eva del presente.
Me levanté, me bañé y busqué qué ponerme.
Llevaba zapatos rojos.
...
¿Eran rojos?
Sí.
Rojos.
Los azules los usé otro día.
Y los negros fueron cuando fui a comer a aquel restaurante que tenía unas papas buenísimas con una salsa como de ajo y...
Perdón.
Tos.
Sigamos.
Rojos.
Definitivamente.
Creo.
No sé por qué estoy intentando conservar la precisión histórica de mis zapatos cuando voy a morir antes de terminar el día.
Mientras desayunaba seguí leyendo el capítulo que definitivamente no tenía tiempo de leer.
La muchacha atropellada abrió los ojos.
«Lo primero que Iris vio fue un techo desconocido.
Cortinas de seda caían alrededor de una cama enorme.
Intentó incorporarse.
-¡Lady Iris!
Una doncella corrió hacia ella.»
Me detuve.
-Ah.
Ya entendí.
La chica había muerto y despertado como Iris.
La protagonista de la novela que ella misma estaba leyendo antes de morir.
-Claro.
Seguí.
Iris comenzaba a reconocer el mundo.
Un reino llamado Varellia.
Nobles.
Magia.
Familias antiguas.
Y ella, por supuesto, no había despertado como una panadera cualquiera que vivía tranquilamente a cuatro pueblos de distancia.
No.
Era la protagonista.
Cabello rubio.
Ojos azules.
Piel blanca.
Mejillas y labios rosados.
Delicada.
Hermosa.
Angelical.
Sólo falta que tenga poderes de luz.
Miré la hora.
-Mierda.
Apagué la pantalla, terminé de desayunar demasiado rápido y agarré mis cosas.
El resto tendría que esperar.
No esperó mucho.
Leí un poco durante el trayecto.
No mientras cruzaba calles.
Aclaro eso desde ahora.
Cuando tenía que cruzar:
móvil abajo.
Miraba.
Cruzaba.
Después volvía al móvil.
Había sobrevivido veintisiete años utilizando aquella técnica revolucionaria.
La nueva Iris estaba procesando su situación sorprendentemente bien.
Sabía que había entrado en la novela que leía antes de morir y conocía, al menos en teoría, lo que debía suceder.
Y entonces apareció el nombre que importaba.
Elizabeth Nikolaeva.
La villana.
Porque, naturalmente, había una.
Los Nikolaeva pertenecían a los Seis Pétalos, las grandes casas fundadoras del reino de Varellia.
La novela apenas había empezado a explicar aquello, lo cual agradecí.
Odio cuando una protagonista lleva cinco minutos en otro mundo y el autor decide detenerlo todo para contar cuatrocientos años de política internacional.
Hermana.
Primero averigua dónde está el baño.
De los Nikolaeva sí explicaban algo.
Su fundador, Lucien Nikolaeva, había poseído un extraordinario poder relacionado con la luz y lo sagrado.
Sanación.
Purificación.
Luz.
Con el paso de los siglos, sus descendientes solían manifestar sólo una parte de aquellas capacidades.
Y entonces estaba Iris.
Todavía no sabía exactamente qué tenía ella.
Pero después de la descripción angelical ya tenía mis sospechas.
Tuve que guardar el móvil.
Había llegado al trabajo.
Trabajé.
Como una adulta responsable.
Durante...
Bueno.
Un rato.
Respondí mensajes.
Revisé documentos.
Contesté un correo.
Abrí otro.
Lo leí.
Decidí que necesitaba cinco minutos antes de responderlo.
Cinco minutos.
Nada más.
Abrí la novela.
El siguiente capítulo empezaba a mostrar más de Elizabeth Nikolaeva.
Y debo decirlo:
la muchacha hacía un esfuerzo considerable para caer mal.
Rica.
Hermosa.
Educada desde pequeña para representar a una de las familias más poderosas de Varellia.
Y perfectamente consciente de cada una de esas cosas.
Iris cometió un error de etiqueta.
Nada gravísimo.
Elizabeth la observó.
«-Supongo que ciertas cosas resultan difíciles de aprender cuando nadie se molesta en enseñarlas durante la infancia.»
Me quedé mirando la pantalla.
-Ay, hija de...
Miré alrededor.
Había gente.
Mejor no.
Seguí leyendo.
«Iris bajó la mirada.
-Tiene razón, lady Elizabeth. Lamento no haber recibido una educación comparable a la suya.»
Uno de los nobles presentes intervino inmediatamente para defenderla.
Elizabeth quedó como una desgraciada.
Lo cual era justo.
Pero releí la respuesta de Iris.
Ajá.
Otra vez.
Ajáaaaa.
La muchacha sabía perfectamente cómo defenderse.
Bien por ella.
Y entonces ocurrió exactamente lo que había predicho durante el desayuno.
Iris manifestó magia.
Luz.
-Claro.
Después algo relacionado con sanación.
-Claro.
Y finalmente una manifestación de purificación.
Bajé lentamente el móvil.
-Claro que sí.
Los personajes comenzaron a compararla con Lucien Nikolaeva.
El fundador.
La figura legendaria.
Una persona que había poseído múltiples expresiones de aquella magia cuando sus descendientes modernos normalmente se especializaban mucho más.
Y nuestra protagonista rubia, de ojos azules y cara angelical acababa de aparecer con varias.
Sólo falta que la llamen santa.
Unas líneas después:
«-Es como si los cielos nos hubieran enviado una santa.»
Apagué la pantalla.
-Me lo busqué.
Volví a trabajar.
Durante el almuerzo retomé la lectura.
Ya me había picado la curiosidad.
Ése era mi problema.
Podía pasar media hora criticando una historia y después continuar porque necesitaba saber qué estupidez ocurriría a continuación.
La aparición de Iris estaba causando revuelo entre los Nikolaeva.
Especialmente porque había otra persona que, en teoría, debería haber heredado aquella magia.
Elizabeth.
La hija de la línea principal.
Apenas medio año menor que Iris.
Y sin una sola manifestación mágica.
Nada.
Habían esperado durante años.
Nada.
La novela resumía sus sentimientos con una palabra:
Envidia.
Bajé un poco el móvil.
-Bueno...
Eso sí debía doler.
No justificaba que tratara a Iris como basura.
Pero...
Sí.
Feo.
Seguí leyendo.
Elizabeth tampoco colaboraba mucho con mi intento de concederle el beneficio de la duda.
Iris entraba.
Elizabeth fruncía el ceño.
Alguien elogiaba a Iris.
Elizabeth hacía un comentario.
Iris cometía un error.
Elizabeth se aseguraba de que todos lo notaran.
Y entonces apareció otro nombre.
Tristan Valerius.
Príncipe de Varellia.
Veintiséis años.
Cabello negro.
Ojos grises.
Y...
Me detuve.
Volví a leer.
Un metro noventa y seis.
Por supuesto.
Seguí.
Después volví atrás.
Uno noventa y seis.
Bueno.
Eso sí te lo acepto.
Una tiene principios.
No es de piedra.
Tristan estaba comprometido con Elizabeth.
No porque estuviera perdidamente enamorado.
Todo lo contrario.
Elizabeth llevaba años obsesionada con él y el compromiso había terminado convertido en un asunto político entre una de las casas fundadoras y la familia real.
Tristan estaba harto.
Elizabeth estaba encantada.
Yo ya conocía esta ecuación.
Iris.
Elizabeth.
Príncipe alto.
-Ya sé por dónde vas.
-¿Qué?
Levanté la cabeza.
Una compañera me estaba mirando.
-Nada.
-¿Con quién hablas?
-Conmigo.
Me miró raro.
Volví a comer.
Por la tarde sí trabajé.
De verdad.
Bueno, también leí.
Pero trabajé.
Las dos cosas pueden coexistir.
Terminé mis pendientes.
Respondí aquel correo que llevaba evitando.
Revisé un documento.
Me lo devolvieron.
Lo corregí.
Me lo volvieron a mandar con una de mis correcciones eliminada.
Lo miré.
El documento me miró.
Ganó él.
También vi una foto de Simón, el gato de una compañera.
Gordo.
Muy gordo.
Ella decía que era pelaje.
No.
Era gato.
Cuando salí del trabajo había leído aproximadamente tres capítulos.
Tal vez tres y un poquito.
No mucho.
Sabía lo básico.
Iris había muerto atropellada por ir distraída con el móvil.
Había despertado dentro de la novela que leía.
Poseía una magia extraordinaria.
Elizabeth Nikolaeva era una desgraciada con ella.
Y había un príncipe absurdamente alto en medio del asunto.
Suficiente para reconocer el género.
No suficiente para saber realmente qué iba a ocurrir.
Mientras caminaba, continué leyendo unas líneas.
Iris estaba preocupada por lo que recordaba de su historia.
Yo seguía pensando que su muerte había sido bastante estúpida.
Llegué a una esquina.
Bajé el móvil.
Miré a ambos lados.
Venía un automóvil.
Esperé.
Pasó.
Volví a mirar.
Crucé.
-Así -murmuré-. No es tan difícil.
Sí.
Ya sé.
No digan nada.
En la siguiente esquina la señal peatonal estaba en rojo.
Me detuve.
Había varias personas esperando.
Un automóvil se aproximaba por la avenida a bastante velocidad.
Ni siquiera estaba considerando cruzar.
Recordé nuevamente el comienzo de la novela.
Sonreí.
Desbloqueé el móvil.
Abrí los comentarios.
Y escribí:
«Gracias por el capítulo 😂 pero ¿en serio murió así? Sólo un idiota cruza una calle sin mirar por estar escribiendo en el móvil. Mínimo miren a ambos lados antes de cruzar.»
Lo releí.
Sonreí.
Enviar.
Bloqueé el móvil.
Levanté la cabeza.
Izquierda.
Derecha.
La señal seguía en rojo.
El automóvil seguía acercándose.
Di un pequeño paso hacia atrás.
Y entonces sentí dos manos en mi espalda.
No fue un roce.
No fue alguien tropezando conmigo.
No fue un choque accidental.
Fueron dos manos.
Una a cada lado de mi espalda.
Sentí los dedos.
La presión.
Y después la fuerza hacia delante.
Deliberada.
Mi pie salió de la acera.
Intenté echar el cuerpo hacia atrás.
No pude.
Escuché un claxon.
Alguien gritó.
Vi el automóvil.
Y sólo alcancé a pensar:
No me jodas.
Después me golpeó.
No recuerdo el impacto.
Recuerdo antes.
Recuerdo después.
Pero el momento exacto desapareció.
Qué curioso.
Recuerdo unos zapatos que probablemente eran rojos.
Recuerdo a Simón.
Recuerdo cuarenta y tres hongos digitales.
Pero no recuerdo cómo se siente exactamente que te atropellen.
Me parece bien.
No necesito ese recuerdo.
Estaba en el suelo.
Había voces.
Gritos.
Alguien pedía una ambulancia.
Una persona me dijo que no me moviera.
Excelente idea.
No pensaba ir a ninguna parte.
Mi móvil estaba varios metros más allá.
Pensé en el comentario.
Sólo un idiota cruza sin mirar.
Casi me habría reído.
Porque yo había mirado.
Entonces recordé las manos.
No había sido un accidente.
Alguien me había empujado.
Intenté mirar hacia la acera.
Había demasiada gente.
Personas moviéndose.
Alguien con un teléfono.
Una mujer tapándose la boca.
Y más atrás...
una figura.
No la vi bien.
Creo que era una mujer.
No podría jurarlo.
Mi vista ya no cooperaba demasiado.
Pero aquella persona estaba quieta.
Mirándome.
Y por un instante sentí algo extraño.
Familiaridad.
No sabía quién era.
No reconocía su cara.
Ni siquiera podía verla bien.
Pero tuve la absurda sensación de que debería conocerla.
Intenté enfocar.
Alguien pasó frente a mí.
Cuando pude mirar otra vez, la figura ya no estaba.
Pensé en mi familia.
En mi casa.
En mi planta.
Alguien tendrá que echarle agua.
Y sí.
Pensé en Gregor.
No sé por qué.
Supongo que el cerebro hace cosas extrañas cuando está muriendo.
Lo siento por los hongos, Gregor.
Después recordé mi comentario.
Y me fastidió.
Muchísimo.
Porque aquello era injusto.
Pero yo sí miré antes de cruzar.
Y todavía peor:
Yo ni siquiera crucé.
Después morí.
Abrí los ojos.
Vi un techo.
Uno muy bonito.
Demasiado bonito.
Molduras.
Pinturas.
Una lámpara enorme.
Lo miré durante varios segundos.
Cerré los ojos.
Esperé.
Volví a abrirlos.
Seguía allí.
-No.
Intenté levantarme.
Mi cuerpo inmediatamente expresó su desacuerdo.
-¡Mi lady!
Me quedé inmóvil.
No.
Giré lentamente la cabeza.
Una muchacha de cabello castaño se levantó de una silla junto a la cama.
Tenía los ojos hinchados de llorar.
-¡Mi lady! Por favor, no intente levantarse.
No, no, no.
La muchacha se acercó.
Y entonces ocurrió algo peor.
La conocía.
Amelia Hart.
Mi doncella.
Llevaba años conmigo.
Sabía cómo me gustaba el té.
Sabía qué vestidos prefería.
Sabía que no debía reorganizar mis joyas sin permiso.
Sabía que...
Espera.
¿Quién demonios es Amelia Hart?
-¿Amelia?
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
-¡Lady Elizabeth!
...
Ah.
No.
-¿Cómo me llamaste?
-Mi lady...
-Mi nombre.
La pobre ya parecía pensar que me había dañado la cabeza.
No podía culparla.
-Elizabeth.
Tragué saliva.
-¿Elizabeth qué?
-Nikolaeva.
Me quedé mirándola.
Después miré mis manos.
No eran mis manos.
Un mechón de cabello cayó sobre mi pecho.
Negro.
Mi cabello tampoco era negro.
Sentí que algo dentro de mí empezaba a entrar en pánico.
-Espejo.
-Mi lady, debería descansar.
-Necesito un espejo.
-Pero el médico...
-Amelia.
Se calló.
Yo también.
No había gritado.
Pero mi voz había cambiado.
Firme.
Fría.
Acostumbrada a ser obedecida.
Amelia bajó ligeramente la cabeza.
-Sí, mi lady.
Uy.
Fue hasta el tocador y regresó con un espejo.
Lo agarré.
Y durante aproximadamente cinco segundos mi crisis existencial tuvo que esperar.
Porque...
Dios.
La mujer del espejo era hermosa.
No bonita.
Hermosa.
Cabello negro, largo y abundante.
Piel clara.
Cejas oscuras.
Pómulos definidos.
Facciones elegantes.
Labios naturalmente rojos.
Y ojos...
Incliné el espejo hacia la luz.
Granate.
Rojo oscuro.
Me acerqué.
-Ay, no.
Conocía aquella cara.
La había visto dibujada en la novela.
Pero había algo más.
Recordaba aquel espejo.
Recordaba sentarme frente a él.
Recordaba a Amelia detrás de mí arreglando mi cabello.
Recordaba sombras oscuras alrededor de aquellos ojos.
Delineado.
Labial rojo intenso.
Un vestido borgoña.
Joyas.
La mujer que recordaba parecía peligrosa.
Intimidante.
La que estaba viendo ahora tenía el cabello desordenado, la cara completamente limpia y un camisón claro.
Las mismas facciones parecían más suaves.
Seguía siendo preciosa.
Eso sí.
-Qué injusticia.
Amelia parpadeó.
-¿Mi lady?
-Nada.
Me morí y desperté más guapa.
...
Eva.
Prioridades.
Entonces llegaron los recuerdos.
No como una película.
No ordenados.
A golpes.
Una niña pequeña.
Una casa enorme.
Una mujer corrigiendo mi postura.
Katerina Nikolaeva.
Mamá.
No.
La madre de Elizabeth.
Un hombre regresando de un viaje.
Yo corriendo hacia él.
Viktor Nikolaeva.
Papá.
No.
Tampoco.
Una ceremonia.
Expectación.
Nada.
Otra prueba.
Nada.
Años pasando.
Nada.
La Casa Nikolaeva.
Lucien.
La luz.
La magia que debía aparecer.
Y Elizabeth...
Nada.
Sentí una vergüenza antigua que no tenía ninguna razón para pertenecerme.
Después apareció otro rostro.
Cabello rubio.
Ojos azules.
Iris.
La antipatía llegó tan rápido que me sorprendió.
No me agrada.
Fruncí el ceño.
¿Por qué no me agrada?
Y aparecieron más recuerdos.
Iris sonriendo.
Iris utilizando magia.
Mis padres observándola.
Mi madre acercándose a ella.
Mi padre interesado en sus progresos.
Una punzada dolorosa.
Ella tiene lo que debería haber sido mío.
-Oh.
Esto iba a ser complicado.
Después apareció otro rostro.
Cabello negro.
Ojos grises.
Alto.
Demasiado alto.
Tristan Valerius.
Sentí algo extraño en el pecho.
-No.
Amelia me miró.
-¿Mi lady?
-Nada.
Mi prometido.
El príncipe.
Uno noventa y seis.
Por supuesto.
Me dejé caer contra las almohadas.
No.
No podía ser.
Había muerto atropellada.
Exactamente el mismo día en que había estado burlándome de una protagonista que murió atropellada.
Sí, técnicamente a ella la atropellaron porque no miró y a mí porque algún desgraciado decidió empujarme.
Pero estaba muerta igual.
Y ahora...
Miré a Amelia.
La habitación.
Mis manos.
El espejo.
Elizabeth Nikolaeva.
No sólo había muerto prácticamente de la misma forma estúpida que la protagonista de aquella novela.
Había despertado dentro de la misma maldita novela.
¿Qué probabilidades había de eso?
En serio.
¿Cuántas?
De todas las formas posibles de morir.
De todos los mundos posibles.
De todas las historias que podía haber abierto aquella mañana.
Tenía que ser ésa.
Me cubrí la cara con ambas manos.
Esto era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Yo me había reído.
Había escrito el comentario.
Sólo un idiota muere así.
Y unas horas después estaba muerta.
Atropellada.
Luego abría los ojos en una cama con dosel.
Una doncella me llamaba «mi lady».
Me miraba al espejo y descubría que era una noble absurdamente hermosa de la misma historia que acababa de leer.
Perfecto.
Maravilloso.
El universo tenía sentido del humor.
Y aparentemente me odiaba.
Miré una última vez mi reflejo.
Cabello negro.
Ojos rojos.
Elizabeth Nikolaeva.
Suspiré.
Me había vuelto un cliché.
Un maldito cliché de novela de reencarnación.






![Márcame y Lárgate [OMEGAVERSE]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_e686837c76ee76bbf8a00dd30c771d26.jpg)

