Capítulo 1: Manchester, 1988
La lluvia caía sobre Manchester como si quisiera borrar la ciudad del mapa.
Las gotas golpeaban los ventanales de los edificios, los techos de chapa de los comercios y las veredas húmedas iluminadas por los reflejos anaranjados de las farolas. Era una noche fría para ser abril.
Jacob Salazar observó el reloj de pared del taller.
Las diez y cuarenta y tres.
-Por fin -murmuró.
Se quitó los guantes de trabajo y cerró la caja de herramientas.
Había pasado todo el día reparando motores junto a su jefe. El olor a aceite le había impregnado la ropa y las manos, pero estaba acostumbrado.
A sus veintitrés años, su vida era simple.
Trabajar.
Volver a casa.
Ver a su madre.
Repetir.
No era una mala vida.
Simplemente era una vida normal.
Y Jacob apreciaba la normalidad.
Mientras caminaba por las calles mojadas, un cartel luminoso anunciaba el lanzamiento del nuevo álbum de una banda local. Más adelante, un escaparate exhibía televisores donde aparecía el rostro de Margaret Thatcher durante una entrevista.
Era 1988.
El mundo seguía adelante.
Y Jacob no tenía idea de que el suyo estaba a punto de derrumbarse.
La casa de los Salazar estaba ubicada en un barrio tranquilo.
Pequeña.
Modesta.
Acogedora.
Jacob abrió la puerta.
-¿Mamá?
Silencio.
Extraño.
Su madre siempre respondía.
Siempre.
Dejó las llaves sobre una mesa y avanzó por el pasillo.
-¿Mamá?
Nada.
Un escalofrío recorrió su espalda.
La encontró en la cocina.
Sentada.
Completamente inmóvil.
Mirando la pared.
-¿Mamá?
La mujer giró lentamente la cabeza.
Jacob sintió algo extraño.
Algo difícil de explicar.
Era su madre.
Pero al mismo tiempo no parecía ella.
Sus ojos estaban hundidos.
Oscuros.
Vacíos.
Como si no hubiera dormido en semanas.
-¿Te encuentras bien? -preguntó Jacob.
Ella sonrió.
Pero la sonrisa no llegó a los ojos.
-Claro que sí, cariño.
Jacob frunció el ceño.
Algo no estaba bien.
Sin embargo decidió ignorarlo.
Todos tienen días malos.
Todos.
Esa noche no logró dormir.
A las tres de la mañana un ruido lo despertó.
Un golpe.
Luego otro.
Y otro.
Se incorporó.
El sonido provenía de la planta baja.
Jacob bajó las escaleras.
La oscuridad cubría la casa.
-¿Mamá?
Silencio.
Entonces escuchó una voz.
Una voz baja.
Susurrante.
Como si alguien hablara en otro idioma.
Se acercó lentamente al comedor.
Y se quedó paralizado.
Su madre estaba de pie frente a una pared.
Movía los labios.
Susurraba algo incomprensible.
Y golpeaba su cabeza contra el papel tapiz.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
-¡Mamá!
Ella se detuvo.
Lentamente.
Demasiado lentamente.
Giró el cuello.
Jacob sintió que el estómago se le hundía.
Porque durante una fracción de segundo creyó ver algo detrás de los ojos de su madre.
Algo que no era humano.
Algo que lo observaba.
Algo antiguo.
Entonces ella sonrió.
Una sonrisa imposible.
Y habló.
Pero la voz que salió de su boca no era la suya.
Era grave.
Profunda.
Monstruosa.
-Por fin nos conocemos, Jacob Salazar.
El corazón de Jacob dejó de latir durante un instante.
-¿Qué...?
La mujer comenzó a reír.
Y la temperatura de la habitación descendió de golpe.
Los vidrios temblaron.
Las luces parpadearon.
El aire se volvió pesado.
Irrespirable.
-He esperado mucho tiempo para este momento.
Jacob retrocedió.
Su mente buscó explicaciones.
Alcohol.
Drogas.
Locura.
Sueño.
Cualquier cosa.
Cualquier cosa menos lo que estaba viendo.
Porque aquello era imposible.
Las sombras de la habitación comenzaron a moverse.
Como si estuvieran vivas.
Como si respiraran.
Y entonces todas las lámparas explotaron al mismo tiempo.
La casa quedó sumida en la oscuridad.
Jacob gritó.
Y por primera vez en su vida comprendió una verdad aterradora.
Los monstruos existían.
Y uno de ellos estaba dentro de su propia casa.
A la mañana siguiente, cuando la luz del sol atravesó las ventanas, Jacob seguía sentado en el suelo de la cocina.
Temblando.
Sin comprender nada.
Su madre estaba nuevamente sentada en una silla.
Tranquila.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si la noche anterior jamás hubiera existido.
-¿Jacob? -preguntó ella-. Pareces haber visto un fantasma.
Y por primera vez en su vida...
Jacob no supo responder.
Porque una parte de él empezaba a sospechar que quizá los fantasmas eran reales.