El principe que me odiaba
El día que conocí al príncipe que iba a convertirse en mi esposo, me apuntó con una espada.
No fue exactamente la recepción que esperaba.
Aunque, siendo justa, tampoco esperaba una recepción.
Esperaba guardias.
Esperaba un salón lleno de nobles observándome como si fuera una pieza de ajedrez que acababan de colocar sobre el tablero.
Esperaba al menos una sonrisa falsa.
Lo que no esperaba era una hoja de acero apoyada contra mi garganta.
—No te muevas.
La voz del hombre frente a mí era baja.
Demasiado tranquila.
Yo tenía veintidós años y llevaba tres horas viajando hacia el reino enemigo para casarme con él.
Había imaginado muchas veces cómo sería conocer al príncipe Cassian de Avelor.
En ninguna de esas versiones aparecía una espada.
Levanté lentamente la mirada.
Primero vi el acero.
Después la mano que lo sostenía.
Después el hombre.
Y comprendí algo que nadie había considerado necesario advertirme.
Cassian era mucho más intimidante en persona.
Alto. Vestido completamente de negro, con el uniforme militar de Avelor ajustándose a sus hombros. Una capa oscura caía detrás de él y el emblema plateado de su reino estaba bordado sobre el pecho.
Su cabello negro estaba ligeramente desordenado, como si acabara de regresar de una batalla.
Pero fueron sus ojos los que me hicieron olvidar por un instante la espada.
Grises.
Fríos.
Completamente fijos en mí.
—¿Siempre reciben así a sus futuras esposas? —pregunté.
Su expresión no cambió.
—Tú no eres mi esposa.
—Todavía.
La punta de la espada presionó un poco más contra mi piel.
Sentí un pequeño ardor.
No retrocedí.
Si quería demostrarme desde el primer minuto que tenía miedo de él, había elegido a la persona equivocada.
—Te aconsejo que no juegues conmigo, princesa.
—Y yo te aconsejo que apartes esa espada antes de que alguien piense que el heredero de Avelor no sabe comportarse frente a una invitada.
Sus ojos se entrecerraron.
—No eres una invitada.
—Entonces supongo que tenemos algo en común.
—¿Qué?
—Tampoco quería venir.
Por primera vez, algo cambió en su rostro.
No fue una sonrisa.
Ni siquiera fue sorpresa.
Fue algo más parecido a reconocimiento.
Como si mi respuesta hubiera confirmado una sospecha.
Cassian bajó finalmente la espada.
No la guardó.
Solo la apartó de mi cuello.
—Bienvenida a Avelor.
—Qué cálida bienvenida.
Pasó junto a mí sin responder.
Me quedé mirándolo durante unos segundos antes de seguirlo.
Y esa fue la primera vez que vi al hombre con el que, según mi padre, debía casarme para evitar una guerra.
No sabía entonces que también sería el hombre que más veces me mentiría.
Ni que algunas de sus mentiras terminarían salvándome la vida.
Dos días antes, mi padre me había llamado a su despacho.
No me pidió que entrara.
Me ordenó que lo hiciera.
Eso debería haberme bastado para sospechar que algo iba mal.
Mi padre nunca me había pedido nada de esa manera.
—Cierra la puerta, Elara.
Lo hice.
Él estaba frente a la ventana, mirando los jardines del palacio.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
—Padre.
Finalmente se volvió.
Parecía cansado.
No cansado como después de una reunión larga.
Cansado como un hombre que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un secreto.
—Vas a casarte.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Con el príncipe Cassian de Avelor.
Me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque pensé que había escuchado mal.
—No.
—Elara...
—No.
—Ya está decidido.
Me acerqué al escritorio.
—¿Decidido por quién?
—Por mí.
—Entonces puedes cambiar de decisión.
Su mandíbula se tensó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si no te casas con Cassian, Eryndor entrará en guerra con Avelor.
Me quedé en silencio.
Durante seis años, nuestros reinos habían vivido al borde de una guerra.
Fronteras cerradas.
Ejércitos movilizados.
Embajadores que llegaban y se marchaban sin acuerdos.
Rumores de ataques que nunca terminaban de ocurrir.
Pero nunca pensé que la solución sería yo.
—¿Y esa es tu gran solución? —pregunté—. ¿Entregarme?
—No te estoy entregando.
—Me estás enviando al reino enemigo para casarme con su príncipe.
—Estoy intentando mantenerte viva.
Aquella frase me hizo detenerme.
—¿Viva?
Mi padre apartó la mirada.
—Elara, hay cosas que no entiendes.
—Entonces explícame.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
No respondió.
Ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Me crucé de brazos.
—¿Cassian aceptó?
—Sí.
—¿Y qué gana él?
—Paz.
—No. —Negué con la cabeza—. Ningún príncipe acepta casarse con una mujer que apenas conoce solamente por paz.
Mi padre me observó durante varios segundos.
—Cassian no es como los demás.
—Eso ya lo he notado.
—Ten cuidado con él.
Solté una risa seca.
—¿Me estás diciendo que debo casarme con un hombre al que debería tenerle miedo?
—Te estoy diciendo que no confíes ciegamente en nadie.
—¿Ni siquiera en ti?
La pregunta lo golpeó.
Lo vi.
Por primera vez.
Y todavía no sabía por qué.
El carruaje avanzaba por el camino montañoso hacia Avelor.
A mi lado, Darius miraba por la ventana.
Mi hermano mayor llevaba casi una hora sin decir una palabra.
Eso era raro.
Darius siempre tenía algo que decir.
Incluso cuando nadie se lo preguntaba.
—Puedes dejar de mirarme como si estuviera camino al cadalso —dije.
—No te estoy mirando.
—Llevas diez minutos haciéndolo.
—Estoy pensando.
—Eso es más preocupante.
Me lanzó una mirada.
—Intento decidir cuánto tiempo tardarás en insultar al príncipe.
—Depende.
—¿De qué?
—De cuánto tarde él en merecerlo.
Darius soltó una carcajada.
Fue breve.
Pero alivió algo de la tensión.
—Elara.
—¿Qué?
—No provoques a Cassian.
—Él sacó una espada antes de que yo dijera una palabra.
—Entonces intenta no empeorar las cosas.
—No prometo nada.
Darius negó con la cabeza.
Después volvió a mirar por la ventana.
—Seraphine estará allí.
No sabía por qué, pero la forma en que pronunció aquel nombre hizo que levantara una ceja.
—¿Quién?
Darius me miró.
—¿Nunca has escuchado hablar de ella?
—No.
—Seraphine Valcourt.
Esperé.
—¿Y?
—Creí que habías oído su nombre.
—¿Debería?
Darius guardó silencio.
Eso me molestó.
—Darius.
—Fue prometida a Cassian.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
—¿Fue?
—Hace años.
Miré nuevamente hacia las montañas.
—Entonces espero que me reciba con cariño.
Darius sonrió.
—Eso sí quiero verlo.
Avelor apareció al final de la tarde.
Las montañas rodeaban la ciudad como una muralla natural.
Torres oscuras se levantaban detrás de los muros del palacio y enormes estandartes plateados ondeaban con el viento.
Era hermoso.
Y amenazante.
No había colores brillantes.
No había jardines visibles desde la entrada.
Todo parecía construido para recordar a cualquiera que llegara allí que Avelor había sobrevivido demasiadas guerras.
Mientras el carruaje atravesaba las puertas, vi soldados apostados en cada torre.
Demasiados.
—¿Siempre tienen tantos guardias? —pregunté.
Darius siguió mi mirada.
—Desde la última batalla, sí.
—¿La guerra realmente está tan cerca?
—Más de lo que nuestro padre admite.
Nuestro padre.
La frase me recordó que mi propio padre había decidido enviarme allí.
No por mí.
Por Eryndor.
O eso decía.
Cuando descendí del carruaje, varias personas esperaban en las escalinatas del palacio.
Nobles.
Sirvientes.
Guardias.
Y, por supuesto, Cassian.
Estaba unos escalones más arriba.
No sonreía.
Ni siquiera intentaba aparentar entusiasmo.
Pero no fue él quien llamó mi atención.
Fueron dos mujeres que hablaban detrás de una columna.
—Es ella.
—La princesa de Eryndor.
—Sí.
—¿Qué crees que hará Lady Seraphine?
La otra mujer bajó la voz.
No lo suficiente.
—¿No lo sabes?
—¿Qué?
—Ella era la princesa que todos esperaban ver aquí.
Me detuve apenas un segundo.
Miré hacia ellas.
Las dos mujeres se quedaron calladas.
Una hizo una reverencia apresurada y ambas se marcharon.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
Darius ya estaba caminando hacia el palacio.
—Nada.
—Darius.
—Después.
—Odio cuando dices “después”.
—Lo sé.
Lo seguí.
Y mientras subía las escaleras, volví a mirar a Cassian.
Él me estaba observando.
Pero no con odio.
Eso habría sido más sencillo.
Su mirada parecía estar intentando descubrir algo.
Algo que yo no sabía que escondía.
La recepción duró menos de diez minutos.
El rey Alaric no estaba presente.
La reina tampoco.
Cassian se limitó a presentarme formalmente ante algunos miembros de la corte.
—Princesa Elara Veyne de Eryndor.
Una mujer de cabello oscuro hizo una pequeña reverencia.
—Lady Seraphine Valcourt.
Así que esa era ella.
Seraphine era hermosa.
No de una manera delicada.
Era una belleza cuidadosamente construida.
Vestido color marfil.
Cabello perfectamente recogido.
Una pequeña joya azul alrededor del cuello.
Sonrisa impecable.
Pero sus ojos no sonreían.
Me observó durante unos segundos.
Después miró a Cassian.
Solo un instante.
Fue suficiente.
Había historia allí.
Historia que yo no conocía.
—Es un placer conocerte finalmente —dijo.
—¿Finalmente?
Su sonrisa se mantuvo.
—He oído hablar mucho de ti.
—Espero que cosas buenas.
—Depende de quién cuente la historia.
Cassian intervino.
—Seraphine.
Ella lo miró.
—¿Sí?
—Déjala descansar.
—Por supuesto.
Volvió a mirarme.
—Bienvenida a Avelor, princesa.
Cuando pasó a mi lado, se detuvo.
—Espero que encuentres aquí lo que viniste a buscar.
La observé alejarse.
No sabía qué significaba.
Pero algo en mi interior me dijo que ella sí.
Mi habitación estaba en el ala este del palacio.
Tenía una cama enorme, una chimenea, una terraza y una vista de las montañas.
Todo era perfecto.
Demasiado perfecto.
Me acerqué a la ventana.
A lo lejos, las torres de Avelor se perdían entre la niebla.
Entonces escuché un ruido.
Me giré.
La puerta estaba entreabierta.
—¿Quién está ahí?
Nada.
Me acerqué lentamente.
Abrí.
Un guardia estaba al otro lado.
—Princesa.
—¿Qué ocurre?
—Han encontrado a un intruso en el ala oeste.
Mi estómago se tensó.
—¿Un intruso?
El guardia asintió.
—Intentó entrar por la puerta occidental.
—¿Lo atraparon?
—Sí.
Antes de que pudiera preguntar algo más, escuché voces en el corredor.
Salí.
Cassian venía caminando hacia nosotros.
Su expresión había cambiado.
Ya no parecía el príncipe obligado a casarse.
Parecía un soldado.
—Llévala a su habitación —ordenó.
—Quiero saber qué pasó.
Cassian me miró.
—No es asunto tuyo.
—Estoy en el palacio donde ocurrió.
—Precisamente.
—¿Quién era?
No respondió.
Un segundo guardia apareció corriendo.
—Alteza.
Cassian se volvió.
—¿Qué?
—El prisionero pidió ver a la princesa.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Cassian me miró.
—No.
—Dijo que la conoce.
El silencio se volvió pesado.
—¿Dónde está? —pregunté.
Cassian se acercó.
—Elara, vuelve a tu habitación.
—No.
—No es una petición.
—Y tú no eres mi esposo.
Su mandíbula se tensó.
—Todavía.
Antes de que pudiera responder, un grito atravesó el corredor.
Todos corrimos.
El hombre estaba arrodillado frente a dos guardias.
Tenía sangre en la boca.
Cuando levantó la cabeza y me vio, sus ojos se abrieron completamente.
—Ella...
Señaló hacia mí.
—Ella no debería estar aquí.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién soy? —pregunté.
El hombre intentó hablar.
Pero antes de que pudiera hacerlo, su cuerpo se arqueó violentamente.
Una luz azul apareció debajo de su piel.
Cassian me agarró del brazo.
—¡Aléjate!
El hombre cayó al suelo.
Muerto.
Miré mis manos.
No había nada.
Entonces una pequeña luz azul apareció entre mis dedos.
No era fuego.
No era reflejo.
Era algo más.
Algo que no debería existir.
Cassian la vio.
Su rostro perdió todo rastro de color.
—No...
—¿Qué es esto?
Él me sujetó con más fuerza.
—Apágalo.
—¡No sé cómo!
—Elara.
La luz creció.
Un resplandor azul recorrió mis dedos.
Cassian me miró como si acabara de confirmar su peor miedo.
—Tu padre no te eligió para detener una guerra.
—Entonces ¿por qué?
Cassian se acercó hasta quedar frente a mí.
Su voz se convirtió en un susurro.
—Porque tú eres la razón por la que comenzó.
Me quedé inmóvil.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
Miró hacia el cuerpo del hombre.
Después volvió a mirarme.
—Alguien descubrió que tu magia despertó.
—La magia desapareció hace cien años.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Quién?
Cassian no respondió inmediatamente.
Miró hacia el pasillo.
Después a los guardias.
Finalmente volvió a mí.
—No confíes en mi padre.
Mi respiración se detuvo.
—¿El rey?
—No confíes en nadie de este palacio.
—¿Ni siquiera en ti?
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Especialmente en mí.
Y se alejó.
Yo permanecí allí, mirando la luz azul que todavía temblaba entre mis dedos.
Sin saber que, al otro lado del palacio, alguien acababa de enterarse de que la princesa de Eryndor había llegado.
Y que, para algunas personas en Avelor, mi llegada no significaba paz.
Significaba que una profecía acababa de despertar.






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