Capítulo 1: El hombre del círculo roto
Londres, 3:17 a.m.
La ciudad dormía con los ojos entreabiertos. Un local olvidado, tapiado tras una explosión de humo en los foros conspiranoicos de internet, escondía mucho más que polvo y telarañas. Afuera, la lluvia no caía: golpeaba. Dentro, algo mucho peor se había movido.
Las botas mojadas de Darren Jones cruzaron el umbral con paso firme. Un saco negro, antiguo, entallado como si lo hubiera heredado de un bisabuelo de guerra, colgaba pesado sobre su espalda. La camisa estaba desabotonada en el cuello y su aliento olía a tabaco fuerte y secretos más antiguos que cualquier archivo policial.
No era policía. No tenía placa. No pedía permiso.
Frente a él, el suelo estaba cubierto de símbolos. Cinco cuerpos, dispuestos en círculo, con los ojos arrancados como si la visión hubiese sido el precio. Un patrón que conocía demasiado bien.
—Siempre intentando abrir puertas que no entienden… —murmuró, encendiendo su cigarrillo con un mechero gastado.
Se agachó. El símbolo central era claro: un ojo con alas, un tridente invertido. El Ojo de Azazel. No era la primera vez que lo veía. Y probablemente no sería la última.
Un sonido desde el rincón lo interrumpió. Tos. Movimiento. Un niño.
Darren giró la cabeza, sin levantarse. Un niño de unos catorce años estaba encadenado a una viga, cubierto de hollín, los ojos desorbitados por el terror.
—¿Eres tú el único que queda con vida? —preguntó Darren, con la voz grave y cansada.
—No... no lo sé. Me obligaron a quedarme ahí… dijeron que si no lo hacía, matarían a mi hermana. Que era solo un juego.
Darren se incorporó lentamente, exhalando humo.
—Vaya juego... Uno en el que cinco terminan sin ojos y tú sin alma. Te usaron, niño. Abriste una puerta. Y ahora algo está al otro lado, mirando.
Sacó de un bolsillo interior un pequeño frasco de sal negra y una daga de plata ennegrecida por los años. Empezó a trazar un nuevo círculo, esta vez protector, alrededor del cuerpo central del ritual. Sus movimientos eran rápidos, seguros, rituales. Como si lo hubiese hecho cientos de veces. Porque lo había hecho.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó el niño, con voz rota.
—Darren Jones. Exorcista, demonólogo, y el hombre que viene a limpiar el desastre que causan los curiosos con velas y un canal de YouTube.
El aire cambió. Se volvió espeso, cargado de electricidad. Las velas apagadas del altar chispearon. El símbolo en el suelo comenzó a arder sin fuego.
Y entonces, llegó.
Una figura hecha de sombras y ojos imposibles. Garras flotantes. Lenguas de humo. Y una voz que no salía de ninguna boca, sino del centro del cerebro.
—Sangre Jones… otra vez. —Calderius me prometió su descendencia. Nacido en 1666… el Diablo de Bath no murió. Solo se ocultó. Y tú eres el último.
Darren no se movió.
—Te equivocas, Malthor. No soy un heredero. Soy la maldita última línea entre tú y este plano.
Sacó la daga. La hoja tembló al contacto con la energía del demonio.
> “Per vinculum et sanguinem. Claudite portam. Redite in tenebras unde venistis.”
El demonio rugió. El círculo estalló en una luz blanca. El aire chilló. El niño gritó. Y Malthor se deshizo en un remolino de humo y odio.
Silencio.
Darren apagó su cigarro en el suelo con la bota y miró al niño, ahora desmayado.
—Estás vivo. Eso ya es más de lo que puedo decir por los otros.
Sacó su móvil. Una llamada.
—¿Miriam? Sí, otra grieta. El mismo sello. Malthor.
—No, no fue un error ritual. Fue intencional. Lo están buscando.
—Sí. A mí.








