Zero: Tales Of Chaos & Order por Alfonso en Inkitt
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Zero: Tales of Chaos & Order

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Sinopsis

Morir debería ser el final. Para Zero, es apenas el comienzo. Después de morir una y otra vez en distintos mundos, Zero descubre que los dioses cometieron un error: él nunca fue el héroe que estaban buscando. Pero hay algo que ninguno de ellos puede explicar. Cada vez que Zero muere, algo dentro de él cambia. Más fuerte. Más inteligente. Más peligroso. Con cada nuevo mundo, las reglas se rompen un poco más. Monstruos, demonios, dioses, héroes y seres que jamás debieron existir terminan cruzándose en su camino. Y mientras Zero intenta descubrir por qué sigue siendo enviado de un mundo a otro, una verdad comienza a tomar forma: quizá el error no fue haberlo enviado. Quizá el verdadero error fue dejarlo morir. Entre batallas, magia, caos, humor y vínculos que jamás imaginó formar, Zero tendrá que decidir qué hacer con un poder que ni siquiera los dioses comprenden. Porque cuando alguien que ya no teme morir obtiene la fuerza suficiente para desafiar a quienes controlan su destino… el mundo entero tiene un problema.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Alfonso
Estado:
hace 12 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I: El hombre atrapado en el ciclo inexor


El nombre del local era un juego de palabras que solo unos pocos alcanzaban a comprender al cerrar la noche: Nothing. Un pequeño refugio escondido en el centro de una ciudad sin rostro, donde el ruido del tráfico se desvanecía contra los cristales empañados. Allí, tras la barra de madera pulida, la vida de Zero se medía en milímetros y en la repetición constante de un gesto mecánico.

Zero, el bartender de "Nothing", limpiaba los vasos.

Las manos de Zero repetían exactamente los mismos movimientos.

Tomaba un vaso.

Lo observaba contra la luz.

Lo limpiaba lentamente con un paño blanco.

Lo colocaba en el mismo sitio.

Después tomaba otro.

Y volvía a empezar.

Un ritual repetido para objetos que, unas horas después, volverían a ensuciarse.

Aquella escena se repetía todos los días.

A su alrededor, el mundo era una procesión incesante de dramas ajenos.

El bar Nothing nunca permanecía igual.

Había noches tranquilas donde apenas entraban unos cuantos clientes.

Otras, el lugar rebosaba de risas y música.

Un día una pareja celebraba una propuesta de matrimonio.

Al siguiente, un grupo de amigos brindaba por un ascenso.

En otra ocasión, una despedida de soltera convertía el bar en un caos de gritos, fotografías y canciones.

Había clientes que lloraban.

Otros reían.

Algunos discutían.

Otros intentaban olvidar.

Zero los observaba a todos, no con desdén, sino con una distancia casi quirúrgica.

A sus veintidós años, Zero habitaba un cansancio que no residía en los músculos, sino en la esencia misma de su voluntad. Era un agotamiento existencial, una neblina invisible que lo separaba de la urgencia del mundo exterior.

No es que no percibiera lo que sucedía a su alrededor.

Varias mujeres aprovechaban cualquier oportunidad para interactuar con el joven bartender, se acercaban a la barra buscando el brillo de sus ojos o la calidez de una atención real, pero a menudo se estrellaban contra una sonrisa agradable, impecablemente profesional, pero vacía. Era una máscara de cristal: perfecta, pulida y completamente impenetrable. Ellas veían a un joven apuesto, atlético, siempre amable, atento, muy educado... él solo veía conexiones vacías al paso inexorable de los días, una línea recta que parecía no conducir a ninguna parte.

Las conversaciones cambiaban.

Las personas cambiaban.

Las historias cambiaban.

Solo había una cosa que jamás cambiaba.

Él.

Cada mañana despertaba a la misma hora.

Caminaba por las mismas calles.

Saludaba a las mismas personas.

Llegaba al mismo bar.

Se colocaba detrás de la misma barra.

Y comenzaba otra vez.

Vaso.

Paño.

Luz.

Estante.

Vaso.

Paño.

Luz.

Estante.

Día tras día.

Semana tras semana.

Mes tras mes.

No odiaba su vida.

Pero tampoco encontraba algo que realmente lo emocionara.

No estaba triste.

No estaba feliz.

Simplemente...

Existía.

A veces levantaba la vista unos segundos mientras limpiaba un vaso.

Observaba a los clientes.

Sonreía con cortesía.

Después volvía al mismo movimiento de siempre.

Como si todo el mundo avanzara...

Menos él.

Él era el eje fijo de un carrusel que no dejaba de girar. La gente cambiaba, los rostros se renovaban con cada estación, pero él permanecía allí, un náufrago voluntario en su propia barra.

Quizás fue esa misma inercia, esa entrega absoluta a la nada, lo que terminó por atraer la mirada del destino —o de la casualidad—. Porque cuando una persona ha dejado de buscar algo en el mundo que conoce, el universo a veces decide que es hora de arrastrarla hacia un lugar donde, al fin, las cosas dejen de repetirse.

Aquella tarde salió del trabajo un poco más temprano.

El sol comenzaba a ocultarse.

Las calles seguían llenas de personas.

Niños corriendo.

Automóviles.

Vendedores.

Conversaciones.

La ciudad continuaba moviéndose.

Zero caminaba sin prisa.

Con las manos en los bolsillos.

Sin pensar en nada en particular.

Entró a una tienda.

Compró algunas cosas para la cena.

Pagó.

Salió nuevamente a la calle.

Entonces ocurrió.

Un estruendo.

Gritos.

Alguien señaló hacia arriba.

Zero apenas levantó la cabeza.

Una enorme viga de acero descendía directamente sobre él.

No hubo tiempo para correr.

No hubo tiempo para reaccionar.

Solo un impacto seco.

Oscuridad.

Cuando volvió a abrir los ojos...

No había suelo.

No había cielo.

No había paredes.

Solo un inmenso vacío.

A lo lejos podían verse incontables estrellas.

Nebulosas.

Constelaciones.

Planetas de todos los tamaños.

Algunos incluso poseían enormes anillos visibles desde aquella distancia.

Todo parecía suspendido en un océano infinito.

Zero permanecía de pie.

Como si existiera un suelo invisible bajo sus pies.

Frente a él...

A mucha distancia...

Diez enormes siluetas observaban en silencio.

No podía distinguir si eran hombres.

Mujeres.

Monstruos.

O algo completamente diferente.

Intentó concentrarse.

Creyó escuchar voces.

Pero solo eran murmullos incomprensibles.

No alcanzaba a entender una sola palabra.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Dónde estoy?

—¿Acaso estoy muerto?

Nadie respondió.

Las diez figuras continuaban discutiendo entre ellas.

Pero sus voces jamás llegaban hasta él.

De pronto...

El paisaje desapareció.

Sin luz.

Sin símbolos.

Sin magia visible.

Simplemente...

Dejó de estar allí.

Volvió a abrir los ojos.

Esta vez estaba sobre un enorme campo cubierto de hierba.

Frente a él se alzaban árboles gigantescos.

Animales volaban entre enormes montañas flotantes.

Muy por encima del cielo...

A la distancia se alcanzaban a divisar anillos planetarios que dominaban el horizonte.

Y alrededor de él podían distinguirse otros mundos suspendidos en el espacio.

Zero permaneció completamente inmóvil.

Después...

Una enorme sonrisa apareció en su rostro.

—Estoy en un mundo de fantasía.

Miró nuevamente el cielo.

Sus ojos brillaban como los de un niño.

Tomó un pequeño palo del suelo.

Lo sostuvo frente a él como si fuera una espada.

—¿Iré a tener poderes?

Sonrió todavía más.

—Me gusta el fuego...

Aunque la oscuridad tampoco estaría mal.

Se quedó pensando unos segundos.

Después soltó una pequeña risa.

—Y si algún día me convierto en dragón...

Eso estaría increíble.

Durante casi media hora caminó sin rumbo.

Observándolo todo.

Cada árbol.

Cada criatura.

Cada montaña.

Todavía no podía creer lo que veía.

Entonces...

Una sombra cubrió lentamente el suelo.

Zero levantó la vista.

Un enorme meteorito descendía directamente sobre él.

Oscuridad.

Abrió nuevamente los ojos.

Y nuevamente se encontraba suspendido en el mismo espacio, con estrellas y planetas a su alrededor... otra vez aquellas 10 figuras, esta vez se notaba algo de frustración y exaltación, aunque todavía no podía entender lo que dialogaban.

Y nuevamente, sin luz ni nada por el estilo.

Apareció en otro lugar en un instante.

En un lugar lleno de árboles gigantes y mucha vegetación, con algunas casas rústicas vivibles a la distancia.

Caminó por un amplio sendero de piedra.

A pocos metros...

Un caballero de brillante armadura plateada con adornos dorados estaba allí de pie, de espaldas a él.

Su largo cabello rubio se movía con el viento.

Zero sonrió.

Comenzó a caminar hacia él.

Tocando ligeramente su hombro.

—¡Oye! ¡Discul...

No terminó la frase.

El pie de una gigantesca criatura descendió con una fuerza torpe, aplastándolo.

El impacto hizo temblar el suelo.

Cuando el polvo desapareció...

Solo quedaba una enorme huella.

El caballero apenas reaccionó a la criatura, sin darse cuenta completamente de la presencia de Zero, solo escuchó su voz por un breve instante.

Zero...

Había muerto otra vez.

Cuando abrió los ojos por tercera ocasión...

Y otra vez la escena de él suspendido en la nada, las 10 siluetas y otra vez aparece en otro lugar distinto.

Se encontraba en otro mundo distinto frente a un extraño bar.

Entró al lugar y estaba lleno de criaturas de diferentes especies, algunos con alas, otros con extremidades extrañas.

Pero en este punto la sorpresa del mundo de fantasía... se había escapado en un suspiro.

Se sentó en la barra.

Sin pensarlo demasiado...

Levantó una mano.

—Un trago, por favor.

El bartender asintió.

Mientras preparaba la bebida...

Zero levantó lentamente la mirada.

Y se quedó inmóvil.

Aquel hombre...

Con largos tentáculos semejantes a los de un pulpo.

Realizaba exactamente los mismos movimientos que él había repetido durante años.

Tomaba un vaso.

Lo limpiaba.

Lo observaba contra la luz.

Lo colocaba en su sitio.

Después tomaba otro.

Exactamente igual.

El extraño bartender sonrió.

—¿Todo bien, amigo?

Zero respondió con una pequeña sonrisa cansada.

—Sí... ¡todo bien!

Pero por primera vez comprendió algo.

No importaba en qué mundo apareciera, lo fantástico o surreal de los hechos.

Su propio círculo interminable de realidad parecía seguirlo a todas partes.

Terminó el trago.

Pidió otro.

Y el tiempo pasó.

El ambiente en el bar era una sinfonía de ecos distorsionados. Entre la neblina del alcohol y los destellos ámbar de las lámparas, la realidad se fragmentaba. Había una presencia, una rubia a su lado que, al igual que él, intentaba ahogar las horas en el fondo de un vaso. No recordaba el nombre, ni el tono de su voz, solo la sensación compartida de un vacío que ambos intentaban llenar con sorbos amargos.

La transición entre el bar y la calidez despojada de una habitación en la posada fue un salto al vacío, un corte de cinta en su memoria que no dejó rastro.

Cuando la luz del alba perforó sus párpados, el mundo volvió a cobrar forma, pero no de la manera que esperaba. Zero despertó con la cabeza pesada, el eco de la noche anterior martilleando sus sienes. No hizo falta que se incorporara para sentir la hostilidad en el aire. La rubia estaba allí, frente a él, envuelta en la vulnerabilidad de su ropa interior, pero con una postura que desmentía cualquier rastro de fragilidad. Su mirada era una descarga eléctrica, una mezcla de furia y desdén que no se apartaba de él ni un instante.

En su mano, como una advertencia que palpitaba con vida propia, una pequeña esfera de energía dorada danzaba con una intensidad agresiva.

Zero no tuvo oportunidad de articular ni una sola palabra. Antes de que el primer sonido pudiera escapar de sus labios, la realidad volvió a cambiar de escenario, otra muerte más.

Otra vez el mismo sitio, oscuridad absoluta salpicada por el brillo gélido de estrellas y planetas distantes, y la silueta de las 10 siluetas seguían ahí en su interminable e incomprensible conflicto, mientras Zero empezaba a comprender su nueva condición de náufrago cósmico...

Capítulos
1. Capítulo I: El hombre atrapado en el ciclo inexor
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