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Sinopsis

En una calurosa tarde en la CDMX, entre el bullicio de la cotidianidad, el olor a ciudad y el caos diario, una mujer camina sin prisa. Todo parece normal hasta que una extraña amnesia se apodera de ella y desencadena algunas preguntas inquietantes en su mente: ¿dónde está?, ¿a dónde va?, ¿dónde está su familia? La melodía Enamorada, una canción que le representa calma, le devuelve una tranquilidad ilusoria antes que el mundo se fracture frente a sus ojos. Al doblar una esquina, un desconocido sin rostro surge entre la multitud para arrastrarla a un ataque aterrador y despiadado.

Genero:
Horror
Autor/a:
Ōra
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

UN RELATO CORTO DE TERROR

El calor de la Ciudad de México se pega a mi piel.

Es uno de esos días en los que el aire queda atrapado entre los edificios, pesado, tibio y cargado de un intenso olor a gasolina, comida callejera y pavimento caliente.

Me encuentro caminando por una calle típica de esta ciudad: banquetas irregulares, puestos improvisados en cada esquina, cables cruzados de poste a poste y edificios viejos apretados unos contra otros.

Los coches avanzan entre cláxones impacientes. Un microbús deja una nube de humo tras de sí. Un vendedor anuncia su mercancía entre gritos líricos. Una señora carga un par de bolsas con la compra y dos muchachos ríen compartiendo un par de auriculares.

La ciudad está tan típicamente viva y yo camino tranquila, sin prisa, siguiendo una ruta que mi mente conoce, aunque realmente no estoy segura de a dónde me dirijo.

Todo está bien. Completamente bien.

Hasta que, sin razón, germina la duda en mi mente.

«¿Dónde estoy?, ¿a dónde me dirijo?».

No hay una respuesta clara; realmente no sé cómo llegué aquí ni a dónde pretendo llegar.

Miro a mi alrededor: el mundo sigue su curso, pero el ambiente cambia de golpe. «¿Dónde está Orlando?», pienso con angustia mientras aminoro el paso y busco entre la multitud.

Un frío punzante me oprime el estómago.

«¿Dónde está mi hijo?, ¿por qué estoy sola?».

El pánico aún no me alcanza cuando una melodía amortigua el ruido urbano y el mar de dudas en mi mente. El sonido viene de una vieja bocina en un puesto ambulante: un siseo tenue y, después, una voz masculina, hermosa, profunda y aterciopelada:Me detengo a escucharla. Reconozco de inmediato Enamorada, la canción que mi papá me canta, la canción más bella, devota y nostálgica que he escuchado. La letra, el ritmo y la interpretación actúan como un anestésico. Las preguntas pierden peso; la complejidad de la melodía basta para sentirme a salvo.

Sigo caminando, doblo la esquina con la simple idea de continuar con mi camino, y en un microsegundo el mundo se fractura.

Frente a mí hay un hombre. Su rostro es una masa borrosa, como si estuviera cubierto por una neblina densa que me impide identificar siquiera sus rasgos. Pero hay un detalle puramente nítido en el encuadre de mi vista: el arma en sus manos.

Me mira y hace un gesto seco con la mano izquierda acompañado de una inclinación de cabeza: Quítate. Ordena sin decir nada, pero sé entender lo que me quiere decir.

— ¡Ya! — ordena una voz autoritaria a mis espaldas.

El hombre sujeta el arma con mayor firmeza y, sin dudar, dispara. No tengo ningún margen para reaccionar.

El primer impacto de bala me da directamente en el pecho. En mi pensamiento más simple, espero sentir un dolor insoportable, pero no siento nada. Siguen más disparos hasta convertirse en un estruendo interminable de detonaciones que me ensordecen.

De inmediato, la gente corre, grita y todo pasa sin tener ni un segundo para poder hacer nada. Intento cubrirme; mi cerebro ordena a mis brazos levantarse para tirarme al suelo pecho tierra, pero el cuerpo simplemente no me obedece.

Caigo al suelo de espalda. Un frío desconocido e impactante comienza a extenderse desde mis manos hacia mis brazos.

Respiro. El aire entra por mi nariz, pero parece no llegar a ningún lado.

El ruido de la ciudad se vuelve un murmullo lejano y la canción que antes me había llenado de paz, simplemente desaparece.

Un pensamiento inunda de inmediato mi mente, pues ahora, en este mismo instante, estoy segura de que este es el fin.

Cuando por fin los disparos terminan, una silueta deformada por mis lágrimas se inclina sobre mí.

— ¿Está bien? Señorita, ¿me escucha?

Siento unas manos ardientes sobre mi incontrolable frialdad, justo sobre mis hombros y, muy a lo lejos, la melodía vuelve a envolverlo todo:

Sin más, mis ojos se cierran, y despierto. No hay gritos, no hay música y no estoy en la calle.

Parpadeo sin poder procesar lo que acabo de soñar y comienzo a llorar. Un dolor profundo me oprime el pecho, me siento como una pequeña asustada. Solo puedo cubrirme el rostro mientras las lágrimas mojan inevitablemente mi almohada.

«¿Por qué soñé algo así?».

Lloro sin parar durante un largo rato, incapaz de entender del todo que me encuentro en mi cama, viva, y que nada de eso ha ocurrido. Al girarme entre las sábanas intentando ocultar mis sollozos en la penumbra de la habitación, veo a Orlando dormido a mi lado. Está dándome la espalda con la respiración tranquila. Recuerdo de forma automática que el bebé se encuentra descansando en su habitación.

Mi esposo, mi hijo... Ellos están a salvo y yo... también: todo está aquí y en orden.

Me toma mucho tiempo calmar mi respiración y lograr que el corazón deje de golpearme las costillas por el miedo que el sueño me inyectó incluso ahora, estando despierta.

Poco a poco, el llanto cesa. Me limpio como por decimoquinta vez los ojos y vuelvo a mirar la espalda de Orlando entre la oscuridad. Cierro los ojos y puedo darme el lujo de respirar hondo.

«Ha sido solo una pesadilla, una horrible pesadilla».

Sin embargo, en medio del silencio de la habitación, no puedo librarme del eco de esas cuatro preguntas que me asaltaron en la calle del sueño más lúcido y horrible que jamás he tenido:

«¿Dónde estoy?¿A dónde voy?¿Dónde está mi familia?¿Por qué estoy sola?».

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