Capítulo 1
El viejo estaba muerto.
Por fin, después de más de ochenta años y una vida dedicada a los negocios, a hacer trampas en el tute y a imponer respeto ante la plebe, Don Cornelio Aguiar, marqués de Galván, falleció mientras dormía. Lo cual era, a todas luces, la muerte soñada… Aunque Mauricio sospechaba que éste no era precisamente un sueño que su abuelo alguna vez hubiera tenido.
Pero en fin, ¿qué se le iba a hacer? Tampoco era como si Mauricio se alegrase de semejante tragedia, ¡faltaría más!
Que sí, que era cierto que él era su único y legítimo heredero. Que, tras su fallecimiento, era de suponer que toda la fortuna familiar, las casas y demás propiedades pasarían a ser suyas. Sin embargo, todo eso era secundario; Mauricio no se iba a congratular por lo ocurrido. Como mucho, tal vez estaría un poquito menos irritable que de costumbre.
Hoy era la lectura del testamento y, por ende, había acudido al bufete con sus mejores galas. Era imprescindible causar una buena impresión, al fin y al cabo.
Allí, sentado ante el macizo escritorio perteneciente a algún letrado, Mauricio se hallaba esperando a que el notario, el abogado de la familia, o definitivamente cualquier otro individuo con un mínimo de poder allí, le leyera las últimas voluntades del marqués.
Habían pasado cerca de quince minutos desde que el secretario le acompañó a este despacho, y estas gentes se estaban haciendo de rogar.
Mauricio no entendía a qué venía tanta parsimonia, cuando era más que obvio a dónde irían a parar todas las posesiones de su abuelo. En recepción le habían pedido disculpas, ya de entrada, alegando que llevaban un mes con mucho trabajo y estaban teniendo problemas en llevar sus casos con la puntualidad requerida.
Él tampoco lograba vislumbrar cómo era la incompetencia ajena su problema, pero la aceptó con gracia de igual modo: A estas alturas, Mauricio sólo esperaba poder acabar aquí lo suficientemente temprano como para que le diese tiempo a reservar mesa en su restaurante de postín favorito.
¡Unas buenas noticias como las que recibiría en breves habrían de ser celebradas por todo lo alto!
Fue en este momento, cuando se encontraba absorto en sus imaginaciones sobre qué manjares pediría, de un menú que resultaba más caro que la mejor de sus corbatas, que la puerta se abrió.
Mauricio se enderezó en la silla, alerta como el que más. Sólo para, un segundo después, volver a suspirar con hastío al darse cuenta de que no había sido ningún abogado quien había entrado, sino una mujer.
—No tenía idea de que realizaban tareas de limpieza en medio de las reuniones entre clientes —mencionó, sin ni siquiera echarle una segunda mirada a una desconocida que enseguida tomó asiento a su lado.
—No le sabría decir, yo no trabajo aquí.
Sonó calmada, incluso con un leve indicio de sonrisa en su expresión. Como si, de alguna manera, esperase el malentendido.
—¿No? —Ahora que se fijaba en ella, Mauricio se daba cuenta de que no venía vestida con atuendo de trabajo. Es más, sus ropas daban a entender que pertenecía a la alta sociedad, al igual que él—. Oh, ya entiendo. ¿La han traído de testigo, no es? He escuchado que suelen hacer esas cosas.
—Algo así, se podría decir.
La respuesta era algo vaga, y Mauricio hubiera presionado un poco más de no ser porque, ni bien la mujer hubo dicho aquello, por la puerta al fin entró Tasende, el abogado de Cornelio, junto con todo su séquito para la lectura del testamento.
—Unas disculpas por la tardanza, hemos tenido algunos asuntos de última hora que finiquitar —procedió el mencionado, tras el mandatorio saludo, a la par que él y los otros dos hombres se acomodaban en sillas frente a Mauricio y la desconocida mujer—. Éste es Pallín, el notario que atestiguará la veracidad del documento. Y Guianzo, mi secretario personal, a quien seguro ya conocen.
—Sí, sí, ¿podemos ir ya a lo que nos ocupa? —irrumpió Mauricio, con creciente impaciencia—. Tengo un compromiso que atender a primera hora de la tarde, y no me gustaría tener que aplazarlo.
El compromiso era el de echarse una siesta en su sofá, reposando la exquisita comida de la que disfrutaría. Pero, ¿quién estaba contando? Él no le debía explicaciones a nadie.
—Desde luego —continuó Tasende que, con carpeta en mano, ya había comenzado a repartir una sarta de papeles entre los suyos, quedándose él únicamente con el preciado testamento—, lo último que querríamos sería mantener esperando a una persona tan ocupada como usted.
—Que sea rápido, entonces. Puede ahorrarse la introducción y también los bienes que se les legarán a los criados; esa gente ya se enterará de lo suyo cuando toque, y al final aquí estamos los que estamos.
—Haremos así, si a todos les parece bien —El abogado, por alguna razón que a Mauricio se le escapaba, miró a la testigo en particular y, sólo después de que ésta asintiera, dando su aprobación, fue que él se dispuso a realizar lo que se le hubo pedido.
¿A qué diablos había venido ese gesto?
Tasende se ajustó las gafas y escaneó el documento por unos largos y tediosos segundos, hasta que su mirada se posó en lo que estaba buscando.
—Ah, aquí está —dijo—. “Por la presente, lego el resto de mi fortuna, incluyendo todas las fincas y propiedades aledañas tanto de mi residencia principal en Compostela, como de mi villa vacacional en Caldas de Reis, a mi querida nieta Rebeca Valcárcel”.
Mauricio pestañeó un par de veces, descolocado, antes de acertar a decir:
—Perdón, ¿quién?
—Está perdonado —le aseguró Tasende con total naturalidad, para acto seguido repetir, por si Mauricio fuera duro de oídos—. Rebeca Valcárcel, la nieta del señor.
—Esa debo de ser yo —La mujer sonrió a Mauricio, añadiendo injuria al insulto—. Me hubiera presentado antes, pero tenía la impresión de que le corría con algo de prisa.
Mauricio abrió la boca para protestar, aunque enseguida la volvió a cerrar. ¡Podía apostar que hubiera sido lo óptimo presentarse! Pero era cierto también que, en los escasos dos minutos que estuvieron acompañados, él tampoco le dio pie a hacerlo. ¡Aun así…!
—¿Cómo que nieta? —Mauricio terminó decantándose por esta pregunta, entre todas las que se le ocurría hacer, dirigiéndose en exclusiva al abogado—. Mi abuelo no tenía ninguna nieta.
—Recordará a su tío Rodrigo, el que marchó al extranjero. Pues bien, la Srta. Valcárcel es su hija.
—Pero, ese apellido ni siquiera…
—Es el de mi madre —se aventuró a explicar la tal Rebeca—. Cuando mi padre se instaló en Francia, lo adoptó para sustituir su apellido original.
—Claro, ¿cómo no? Porque sin duda portar el apellido Aguiar es sinónimo de desgracia —ironizó Mauricio que, por si nadie lo había notado, efectivamente estaba comenzando a enojarse—. Ella no puede heredar. ¿Cómo va a ser eso legítimo?
Rodrigo Aguiar, el hermano mayor del padre de Mauricio, había sido un aristócrata con ideas… peculiares en cuanto a política. Un anarquista y un radical, es como le llamarían los que llegaron a conocerle. Fue por eso, y por unos cuantos escándalos de por medio en los que estuvo metido, que Cornelio decidió desheredarle.
Esto sucedió décadas atrás, cuando Mauricio todavía era demasiado pequeño para entender las idas y venidas de sus mayores.
Rodrigo se casó con su querida de aquel entonces, una mujer que compartía tanto sus mismos valores como condenas ante las autoridades locales. Y después, viendo que no tenían interés alguno en hacer entrar en razón al viejo e igualmente no les rentaba quedarse en el país, se fugaron a Francia y de ellos no se volvió a saber nada.
O bueno, sí se supo algo: Rodrigo escribió tan sólo una vez en todos esos años, para avisarles de que había tenido una hija.
Un dato que Cornelio se pasó por los bajos ya que, si no tenía interés en su hijo mayor y en su horrendo matrimonio con alguien que tampoco consideraba digna, mucho menos querría saber de su nieta.
Nunca llegó a retomar el contacto y, por ende, lo de Rodrigo se convirtió en un tema tabú del que no se hablaba. Razón por la cual ahora, tanto tiempo después, en la lectura del testamento, Mauricio estuviese al tanto de la existencia de su prima Rebeca… Pero no de su participación en ninguna herencia.
—Créame, todo esto es perfectamente legítimo —comentó Tasende, con la tranquilidad de quien ha de estar acostumbrado a despojar al prójimo de sus derechos monetarios por norma diaria—. Su abuelo desheredó a Don Rodrigo en su momento, es cierto, pero nada le impediría mencionar a Doña Rebeca específicamente en su lugar.
—¡Ni siquiera la conocía!
—Eso no es del todo correcto —señaló Rebeca—. Llevo viviendo en la península por más de un año. Y en esta ciudad, en particular, cerca de seis meses. Así que he tenido varias ocasiones de verme con él.
—¿Y cómo es que yo no estaba al tanto de eso? —Mauricio se volvió hacia ella; estaba tratando de resultar intimidante, pero evidente era que no le salió, pues Rebeca ni siquiera reaccionó.
—Bueno, me interesé por usted en mi segunda visita a nuestro abuelo, siendo que mi objetivo al venir aquí era retomar relaciones. Pero no estaba en casa ese día, y Don Cornelio insistió en que no estaría interesado en conocerme de todos modos.
—Ya.
—Lo volví a intentar en otra ocasión, semanas después. Y como seguía sin haber rastro de usted, y tampoco Don Cornelio se veía muy por la labor de agendar un encuentro, supuse que sería mejor desistir.
Lo peor de la historia es que sonaba creíble.
Él detestaba pasar en casa más tiempo del absolutamente necesario, por lo que solía permanecer fuera la mayor parte del día. Y respecto al viejo… En fin, tenía razón en que Mauricio disponía de cierta tendencia a evadir compromisos sociales. ¡Pero esto debería haber sido diferente, era obvio! Porque, ¿cómo no prestarse a conocer a una parienta que tantas papeletas podría tener de robarle los cuartos a futuro?
—Esto no puede ser —trató de razonar Mauricio con el abogado, pues no deseaba meterse en una discusión con Rebeca sobre un hipotético reencuentro que nunca se pudo producir—. No es posible que después de tantos años, de todo lo que hice por mi abuelo…
—El marquesado, a propósito de esto, también será legado a Doña Rebeca —añadió Tasende, dejándole farfullando por unos segundos, antes de continuar, impasible—. Perdón por no haberlo mencionado antes, he debido saltarme alguna línea con las prisas.
—A sabiendas de todo lo que hice por él —repitió Mauricio, con creciente indignación—, ¿¡y me va a dejar sin nada!?
—No, no, es que aún no he llegado a su parte.
—¡Más le vale!
No sabía con qué podría amenazar, en caso de necesitarlo. Pero, por lo pronto, lo mejor iba a ser respirar hondo y esperar a que el abogado terminase de darle todas las nuevas.
—“A mi nieto, Mauricio Aguiar, a quien he querido como una fea cicatriz que nunca cura, pero la cual lleva conmigo tanto tiempo que ya me he acostumbrado a ella —procedió Tasende—, le lego la casa de Fontela en mi aldea natal, así como sus terrenos aledaños. Todo ello con el firme deseo de que le vaya tal y como él siempre quiso que me fuera a mí.
Mauricio se quedó momentáneamente sin palabras. ¡La audacia…!
—¿Qué es eso de la casa de Fontela? —optó por preguntar al final, decidiendo que por mucho que le gustaría ponerse a exigir explicaciones a voz en grito, tal vez no sería conveniente hacer tal cosa con su supuesta prima presente—. ¿Eso existe, siquiera?
—Es una propiedad perfectamente legítima, en la aldea de Fraga de Lendo. El difunto marqués nació allí. Y varias generaciones de la familia también utilizaron tal casa como su hogar, antes de instalarse en Compostela.
—¿Y los terrenos que se mencionan…?
—Un jardín en la parte trasera, así como un par de fincas a una distancia de a pie que podría alquilar a los ganaderos de la zona si quisiera.
—Bueno, al menos la casa será digna de mi estatus social, considerando que antes albergó a otros marqueses.
Vale que Tasende había dicho que él ya no sería marqués, pero Mauricio pensaba hacer caso omiso de ese detalle: Ya tendría sobrado tiempo de impugnar el testamento.
—Es bastante grande, por lo que tengo entendido —afirmó el abogado—. Aunque no he tenido oportunidad de verla personalmente.
Mauricio tampoco la había visto. Es más, ni siquiera sabía de su existencia hasta hacía tan sólo unos minutos.
Algo de por sí sospechoso, puesto que de costumbre era él quien llevaba la administración de las propiedades del marquesado, y en definitiva nunca había visto ni un real destinado a esta casa en particular.
Podría ser que esto último se debiera a que Cornelio llevase razón y estuviese haciendo un trabajo de mierda con los libros de cuentas, sin prestar demasiada atención a dónde iban destinados los fondos, en su afán de terminar la tarea cuanto antes…Pero en este punto, ¿qué importaba ya?
—Me da igual el marquesado —se obligó a decir y, en cierto modo, no era del todo mentira: Estaría dispuesto a renunciar a ello si se le otorgase una cuantiosa suma a cambio—. Sin embargo, han de entender que actualmente resido en la vivienda que antes perteneció a mi abuelo en la ciudad, recibía una asignación por mi incansable trabajo, y no pretenderán que…
—Puede quedarse en la casa, de momento —dijo Rebeca, para su sorpresa—. No es que no quiera usarla, pero ya dispongo de mi propio apartamento. Y todavía me llevará un periodo organizar la mudanza; no me importa que siga ocupando la casa mientras tanto.
Generoso, considerando las circunstancias: Si Rebeca quisiera, tendría completo derecho de echarle hoy mismo.
Pero Mauricio no iba a admitir que, dentro del cabreo que todavía albergaba, esta pequeña amabilidad le había afectado.
—Bueno, siempre ha sido mi hogar, después de todo —señaló, como si fuera algo natural el que le dejaran aferrarse al sitio—. Aunque es cierto que no querría imponer… Si es cierto que usted es la legítima heredera y no yo.
Cosa que él harto dudaba, de ahí lo que pretendía sonar como una frase pasivo-agresiva de advertencia… Que Rebeca completamente ignoró, en pos de seguir diciendo:
—Respecto al empleo, en principio no tengo problema en que siga ejerciéndolo. Supongo que miraremos cómo le va y, en base a eso, ya se decidirá si esto se convierte en algo indefinido.
—¡Estupendo! ¿Quedamos así, entonces? —Tasende fue el que primero reaccionó, con la sonrisa de empresa puesta en la cara, signo inequívoco de que ya estaba ansioso por despacharles—. Todavía habremos de llevar a cabo algunos trámites legales, para la distribución final del legado de Don Cornelio, pero es bueno que ya se vayan poniendo de acuerdo —Luego, volviéndose a Mauricio en específico, inquirió—. Porque, no tendrá problema con retirarse a la casa de Fontela, ¿verdad?
Mauricio pensó en decir que sí, que existían una docena de problemas respecto a ese plan. Empezando por el hecho de que, si iba con su convencimiento de que Rebeca no tenía derecho a las posesiones del marqués, no tendría ningún sentido que él se retirara del hogar que le vio crecer, allanándole así el camino a la susodicha.
Ahora, por otro lado, ¿no sería buena idea visitar Fraga de Lendo?
Si las propiedades eran satisfactorias, y considerando que Rebeca pretendía dejarle conservar su asignación, tal vez las cosas no serían tan terribles. A las malas, si el sitio era demasiado pequeño para su gusto, todavía podría utilizarlo como residencia temporal, mientras planeaba cómo impugnar el testamento.
Pensando pues en que tendría que hablar con Tasende en privado, antes de acabar esta reunión, Mauricio acabó respondiendo con una sola palabra a su pregunta de si ocuparía la casa de Fontela.
—Servirá.
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