Capitulo 1: El último día de normalidad.
La mañana era soleada, aunque las cortinas del pequeño departamento apenas dejaban pasar una franja de luz que atravesaba la mesa, trepaba por la ropa amontonada en una silla y terminaba sobre la mano de Arturo. El despertador llevaba un rato sonando cuando él consiguió encontrarlo entre los pliegues de la sábana y apagarlo sin abrir los ojos. Hundió de nuevo la cara en la almohada, buscando recuperar un sueño que no le había quitado el cansancio; le dolía el cuello y sentía los brazos pesados, como si durante la noche hubiese continuado trabajando. Intentó recordar a qué hora se había acostado, pero la alarma volvió a sonar antes de que pudiera hacerlo. Con un gruñido, tomó el teléfono y entreabrió los ojos para mirar la pantalla.
—¡Mierda, mierda, mierda! ¡Si llego tarde otra vez, me despiden!
Se incorporó tan deprisa que la sábana se le enredó en las piernas y estuvo a punto de caer. Alcanzó a sostenerse de la mesa, desplazando una taza vacía, y buscó los pantalones entre la ropa de la silla. Encontró la camisa sobre el respaldo, se la puso mientras avanzaba hacia el baño y abrió el grifo sin esperar a que el agua perdiera el frío. El espejo le devolvió un rostro pálido, de ojos enrojecidos y cabello aplastado de un lado, al que apenas prestó atención antes de mojarse la cara. Recordaba haber pasado la noche frente a la computadora y haber decidido terminar una última cosa antes de acostarse, aunque ahora no conseguía precisar cuál; tampoco tenía tiempo para detenerse a pensarlo. Se lavó los dientes con tanta prisa que se manchó la camisa, limpió la pasta con una toalla y regresó al cuarto abrochándose los pantalones.
Sobre la mesa quedaba un bolillo dentro de una bolsa arrugada. Lo tomó, se lo sujetó entre los dientes y buscó las llaves mientras se palpaba los bolsillos para comprobar que llevaba el teléfono. Las encontró junto a la puerta, donde al menos aquella mañana había tenido el buen juicio de dejarlas, y salió acomodándose el cuello de la camisa. Apenas terminó de cerrar cuando escuchó que alguien lo llamaba desde el otro extremo del pasillo.
—¡Arturo!
Permaneció un instante con la mano sobre la cerradura y cerró los ojos antes de volverse. La señora María se acercaba con un bolso sujeto al antebrazo y una carpeta contra el pecho; llevaba el cabello cuidadosamente arreglado y unos zapatos demasiado limpios para aquel corredor de paredes desgastadas. Arturo se sacó el bolillo de la boca y procuró enderezarse, como si mejorar su postura pudiera disimular la urgencia con la que había salido.
—Ejem… Hola, señora María.
—Nada de “hola”. Vine por las mensualidades vencidas del departamento.
—Sí, lo sé. Precisamente iba a buscarla.
La mujer bajó la mirada hacia el pan y después hacia las llaves que él todavía sostenía.
—Pues qué bueno que te encontré antes.
Arturo ensayó una sonrisa que no llegó a convencer a ninguno de los dos. Le explicó que ese día le pagarían completo y que solo necesitaba un poco más de tiempo para entregarle el dinero, pero María lo escuchó con la paciencia fatigada de quien ya conocía aquella promesa. Cuando le recordó que debía cuatro meses, él tuvo que bajar la vista y reconocer que apenas conseguiría reunir lo correspondiente a dos. Desde uno de los departamentos llegaba el sonido de un televisor; por alguna razón, pensar que un vecino pudiera escucharlos lo hizo sentirse todavía más incómodo.
—Le juro que después le hago otros dos pagos seguidos —añadió—. Aunque tenga que vivir de bolillos.
Levantó el que llevaba en la mano, buscando aliviar la conversación, pero María se limitó a suspirar.
—El mes pasado también me dijiste que ibas a ponerte al corriente.
—Lo sé. He tenido algunos gastos.
—Todos tenemos gastos, Arturo.
Él apretó las llaves entre los dedos y miró de reojo hacia las escaleras. No encontraba una explicación que pudiera servirle; cualquier cosa que dijera se parecería demasiado a las excusas anteriores. María abrió la carpeta y revisó una hoja antes de recordarle que había sido tolerante porque lo consideraba un inquilino tranquilo, alguien que no organizaba fiestas ni ocasionaba problemas con los vecinos. Sin embargo, también ella tenía cuentas que pagar, y la tranquilidad de Arturo no compensaba cuatro mensualidades pendientes.
—No la voy a dejar sin su dinero —aseguró él.
—Entonces ayúdame a creerte.
Aquello le molestó más de lo que quiso admitir. Trabajaba, regresaba agotado y volvía a levantarse al día siguiente; aun así, cuando alguien le pedía cuentas, parecía que no hubiera hecho nada durante todo ese tiempo. Se obligó a aflojar la mano y repitió que únicamente necesitaba un día. María lo observó unos momentos, deteniéndose en sus ojos cansados y en la camisa mal abotonada, hasta que cerró la carpeta y accedió a darle una última oportunidad.
—Bien, pero si vuelves a atrasarte, llamaré a la inmobiliaria para que se encargue. No voy a seguir teniendo esta conversación contigo cada semana.
—Muchas gracias. No la decepcionaré.
—Más te vale. Y termina de abotonarte la camisa.
Arturo bajó la mirada y descubrió el botón abierto a la altura del estómago. Murmuró otro agradecimiento, esperó a que la mujer se apartara y se dirigió hacia las escaleras procurando no parecer desesperado. En cuanto quedó fuera de su vista consultó el teléfono, soltó una maldición y bajó los últimos escalones casi de un salto.
La calle estaba llena de personas que parecían disponer de todo el tiempo que a él le faltaba. Una mujer se había detenido en mitad de la banqueta para acomodar las bolsas del mandado, mientras dos hombres descargaban mercancía de una camioneta y habían ocupado el resto del paso con cajas. Arturo se abrió camino entre ellos con disculpas apresuradas, arrancando a mordiscos pedazos de un bolillo que estaba más duro de lo que esperaba. Tragarlo le costaba trabajo, pero no había desayunado y sabía que, si conseguía llegar a tiempo, pasarían varias horas antes de que pudiera comer algo más. Al doblar la esquina encontró una fila de personas esperando para entrar a una convención de anime; entre pelucas, espadas de plástico y conversaciones animadas, tuvo que pasar de lado junto a un muchacho cuyas alas ocupaban buena parte de la banqueta.
—Permiso… ¡Cuidado!
Escuchó una protesta a su espalda, aunque no se detuvo a averiguar si iba dirigida a él. La camisa empezaba a pegársele al cuerpo y sentía una punzada bajo las costillas cuando volvió a consultar la hora. Le quedaban diez minutos. Si atravesaba la avenida y entraba por el acceso lateral, todavía tendría oportunidad de checar e incluso de limpiarse la cara antes de sentarse. Se acercó al borde de la banqueta, calculó mal la distancia de un automóvil y tuvo que retroceder ante el claxon del conductor, que le gritó algo desde la ventanilla.
—¡Sí, ya te vi!
Cruzó en cuanto encontró un hueco y llegó al otro lado con el corazón golpeándole en el pecho. Desde allí podía distinguir los ventanales de la empresa y las puertas de cristal por las que había pasado tantas mañanas prometiéndose salir más temprano al día siguiente. Redujo el paso lo suficiente para recuperar el aire y miró una vez más la pantalla: faltaban tres minutos. Aún alcanzaba. Guardó el teléfono y estaba a punto de continuar cuando el ruido de un motor lo hizo levantar la cabeza; un camión pasó junto a la banqueta, hundió una rueda en el agua acumulada al borde de la calle y le arrojó encima buena parte del charco.
El golpe del agua le alcanzó la espalda, el cuello y los pantalones. Arturo permaneció inmóvil unos segundos, mirando cómo se extendía una mancha oscura sobre la camisa y caían gotas pardas desde la manga. El olor terminó de convencerlo de que no se trataba solamente de agua de lluvia. Contempló el camión alejándose, con el último pedazo de bolillo todavía en la mano, y dejó escapar un insulto que nadie se molestó en responder. Una mujer que esperaba cerca lo observó con lástima; él apartó la cara, arrojó el pan a un bote de basura y echó a correr. Ya se limpiaría dentro. Por desagradable que fuera su aspecto, lo primero era llegar al checador.
Atravesó las puertas de cristal sin detenerse cuando el guardia de recepción lo llamó. Respondió que trabajaba allí y continuó hacia el corredor del fondo, donde ya podía ver la pequeña pantalla encendida. Estaba a unos pasos de alcanzarla cuando dos guardias se interpusieron en su camino. Arturo intentó explicar quién era mientras buscaba su credencial, pero uno de ellos lo sujetó del brazo al verlo avanzar.
—¡Me ven todos los días! ¡Déjenme checar y les enseño lo que quieran!
—Primero tiene que identificarse. Cálmese.
Buscó en el bolsillo equivocado antes de recordar que llevaba la credencial colgada bajo la camisa. Tiró del cordón con tanta brusquedad que el plástico golpeó contra un botón y la levantó frente al guardia, tratando al mismo tiempo de acercarse al lector. Le quedaba menos de un minuto; podía verlo, podía escuchar el zumbido del aparato, y aquella distancia insignificante se había vuelto imposible de cruzar.
—¡Aquí está! ¡Soy yo!
Forcejeó para extender el brazo, pero el guardia reforzó la presión y lo hizo retroceder. Entonces comenzó a sonar la alarma del teléfono. Arturo reconoció de inmediato aquella advertencia que había programado para recordarse que, llegada esa hora, ya no había remedio. Dejó de resistirse y sacó el aparato con la mano libre: las siete con un minuto. Mientras miraba los números, sintió cómo se le aflojaban los hombros. Había corrido por media ciudad, cruzado una avenida sin esperar el semáforo y terminado cubierto de agua sucia para quedarse detenido a unos pasos de su objetivo.
Unos aplausos llegaron desde el corredor contiguo.
—Bien, bien, señor Arturo. Llegar tan tarde y, además, en estas condiciones.
Héctor se acercó con el traje impecable y una expresión de desagrado que se acentuó al mirar las gotas sobre el suelo. Se llevó una mano a la nariz mientras Arturo trataba de explicarle lo del camión, la carrera y los guardias que no le habían permitido pasar. Lo escuchó sin mostrar interés y levantó la mano antes de que terminara.
—Sus constantes retardos ya no son tolerables. Se le ha llamado la atención en varias ocasiones.
—Estaba a segundos de checar.
Héctor consultó su reloj.
—Son las ocho con un minuto, Arturo.
—No… Son las siete.
—¿No actualizó el cambio de horario?
Arturo volvió a mirar la pantalla, como si la contradicción pudiera resolverse con observarla mejor. Recordó entonces la notificación del día anterior: la había cerrado para seguir utilizando el teléfono, convencido de que revisaría aquello más tarde. La actualización automática llevaba desactivada desde hacía tiempo. Bajó lentamente la mano y buscó una respuesta mientras los guardias permanecían a su lado; la urgencia que lo había sostenido durante toda la mañana empezó a parecerle ridícula.
—Puedo reponer la hora —dijo—. Me quedo al final. También puedo venir mañana más temprano; ya sabe que cuando hace falta me quedo.
—La decisión está tomada.
—¿Qué decisión?
Héctor le informó que podía recoger sus pertenencias y que recibiría su sueldo en un plazo de tres meses, junto con lo correspondiente a sus bonos. Los guardias lo soltaron, aunque Arturo apenas lo notó. Se quedó mirando al hombre, intentando conciliar aquellas palabras con el dinero que había prometido entregar al día siguiente. Pensó en la señora María y en la carpeta que llevaba contra el pecho; imaginó su expresión al verlo regresar y comprendió que no tendría nada nuevo que decirle.
—Hoy me pagan —respondió, como si fuera necesario aclararlo.
—Se le acaba de explicar el procedimiento.
—Por favor, al menos denme lo de este mes. Necesito hacer un pago importante.
—No depende de mí.
—Entonces déjeme hablar con alguien. He trabajado esas horas.
La última frase le salió con una dureza que hizo que uno de los guardias se acomodara junto a él. Héctor bajó la mano con la que se cubría la nariz y le sostuvo la mirada.
—Le sugiero que recoja sus cosas antes de que tenga que ordenar que lo retiren.
Arturo tenía tanto que decirle que no consiguió ordenar una sola respuesta. Se acordó de las tardes en que había salido después que los demás, de los pendientes que aceptaba porque siempre parecían urgentes y de las veces que le habían explicado que trabajar en equipo significaba ayudar sin esperar nada a cambio. Sintió calor en el rostro y una presión desagradable en la mandíbula; durante unos segundos permaneció frente a Héctor, hasta que bajó la vista y pidió que lo dejaran pasar.
Caminó hacia su área con la ropa húmeda rozándole la piel. Algunas conversaciones se interrumpieron al verlo y un compañero levantó los ojos por encima del monitor para apartarlos enseguida. Su escritorio estaba al fondo, junto a un archivero que nadie cerraba bien, y conservaba la misma disposición en que lo había dejado: unos papeles acomodados, una taza, el bolígrafo con la tapa mordida y la silla ligeramente separada de la mesa. Aquella normalidad le produjo una rabia difícil de tragar. Todo parecía preparado para recibirlo, mientras él ya no tenía derecho a sentarse.
Una compañera se acercó con una caja de cartón y le explicó que le habían pedido entregársela. Arturo la recibió con un agradecimiento breve. La mujer permaneció junto a él, sin saber qué hacer con las manos, hasta que comentó.
—Que mala suerte lo del camión.
—Sí —respondió él, soltando una risa apagada—. Lo del camión.
Ella se retiró. Arturo puso la caja sobre la silla y comenzó a guardar sus pertenencias: el bolígrafo, un cargador y una libreta pequeña que utilizaba para anotar pendientes. La abrió para comprobar que era suya y encontró varias páginas llenas de tareas que ya no tendría que hacer, algunas de las cuales ni siquiera correspondían a su puesto. Mientras las miraba, escuchó su nombre al otro lado del archivero.
—Bueno, a Arturo ya le habían llamado la atención muchas veces.
—Sí, pero sacarlo así…
—Tampoco ayudaba cómo se llevaba con los demás. Siempre se iba directo a su casa; le hablabas y parecía que le molestabas.
Dejó la libreta dentro de la caja y trató de continuar. Estaba cansado, eso era todo. Después de pasarse el día resolviendo problemas, lo último que deseaba era sentarse alrededor de una mesa a fingir entusiasmo. No entendía por qué les resultaba tan difícil comprenderlo ni por qué aquella mañana necesitaban convertirlo en una falta más.
—¿Te acuerdas cuando lo invitamos a salir y terminó aventando el café?
—Baja la voz.
—¿Qué? Si todos estábamos ahí.
Arturo se enderezó, apartando la mano de la taza.
—No les aventé nada.
Las conversaciones cercanas se apagaron. Uno de sus compañeros asomó la cabeza por un costado del archivero y miró hacia las otras mesas antes de responder.
—Nadie te está diciendo nada, Arturo.
—Acabas de decirlo.
—Ya pasó. Déjalo así.
—Me desmayé del cansancio. La taza se cayó.
Recordaba el dolor de cabeza de aquella tarde y la dificultad que había tenido para concentrarse entre las voces de sus compañeros. Después venían el café derramado sobre la mesa, una camisa manchada y varias personas mirándolo. El instante en que había perdido el equilibrio era más confuso, pero no encontraba nada extraño en ello: si se había desmayado, era natural que no pudiera recordarlo con claridad. Su compañero apoyó una mano en el respaldo de la silla y asintió.
—Está bien.
La facilidad con que cedió lo irritó más.
—No me digas “está bien” como si me estuvieras siguiendo la corriente.
—Entonces, ¿qué quieres que te diga?
Una mujer intervino desde el escritorio contiguo para pedirles que dejaran de discutir.
—Vamos, no es el lugar y momento.
El compañero se sentó frente a su computadora y ella mantuvo los ojos sobre Arturo unos segundos antes de volver también a lo suyo. Él regresó a la caja con la mandíbula apretada. Siempre les había ayudado, y ahora ni siquiera eran capaces de esperar a que se marchara para hablar de él. Tomó la taza y la giró entre los dedos; tenía un cerco de café seco en el fondo y una pequeña despostilladura que no recordaba haber visto. Estuvo a punto de abandonarla sobre el escritorio, pero finalmente la guardó junto al cargador.
Otro compañero se acercó cuando recogía los últimos papeles y le pidió lo que estaba trabajando, pues le habían indicado que continuaría con sus pendientes. Arturo le entregó una carpeta y explicó que había marcado lo que faltaba. El hombre hojeó un par de páginas, se detuvo sobre una de ellas y levantó la mirada.
—Esto ya lo habías revisado conmigo, ¿verdad?
—Te dije que lo veríamos hoy.
—Ah… Sí. Puede ser.
—Las correcciones están en la segunda hoja. No tienes que volver a hacerlo.
El compañero le dio las gracias y se alejó con la carpeta. Arturo sintió el impulso de llamarlo para preguntarle por qué todos parecían medir las palabras con él precisamente ahora, pero estaba demasiado cansado para iniciar otra conversación. Revisó el cajón, comprobó que no quedaba nada suyo y arrancó de la orilla del monitor una nota donde había escrito una contraseña antigua. La hizo una bolita y la arrojó al cesto antes de quitarse la credencial. En la fotografía aparecía más descansado, con una sonrisa discreta que le resultó extraña aquella mañana.
Dejó el plástico sobre el escritorio y permaneció allí unos momentos. Quizá esperaba una despedida, alguien que le preguntara si necesitaba ayuda o que dijera que lo ocurrido había sido injusto; no habría sabido pedirlo, pero cada conversación que se reanudaba a su alrededor hacía más difícil seguir esperando. Una impresora comenzó a trabajar al fondo y el teléfono de una compañera sonó. Arturo levantó la caja y se dirigió a la salida.
En recepción tuvo que apoyar sus pertenencias para firmar la entrega de la credencial. El guardia que lo había llamado al entrar miró su camisa todavía húmeda y apartó los ojos sin hacer ningún comentario. Esta vez nadie le impidió cruzar la puerta. Afuera, la luz lo obligó a entrecerrar los párpados; la calle conservaba el mismo movimiento, con automóviles detenidos frente al semáforo, personas que caminaban llevando vasos de café y un repartidor que discutía por teléfono. Arturo se apartó de la entrada y acomodó la caja contra su cadera. Todavía tenía que hablar con María, buscar otro trabajo y encontrar alguna manera de sostenerse mientras esperaba un dinero que aquella mañana había creído seguro.
Dio unos pasos sin decidir hacia dónde ir. Podía regresar al departamento y acostarse, aunque sabía que no conseguiría dormir; también podía comenzar a buscar empleo de inmediato, pero pensar en solicitudes, entrevistas y llamadas que quizá nunca llegarían le produjo un cansancio anticipado. Miró el interior de la caja. La taza había quedado de lado, entre la libreta y el cargador. Poco antes estaba dispuesto a cruzar una avenida entre los automóviles con tal de llegar al checador, y ahora llevaba en los brazos lo único que tenía que recoger de aquel lugar.
El teléfono vibró de improviso. Arturo intentó sacarlo sin apoyar la caja, pero el cartón se deslizó sobre la manga húmeda; al sujetarlo contra el pecho lo inclinó todavía más, y la taza cayó a la banqueta junto con la libreta y el cargador.
—¡Mierda!
Se agachó y dejó la caja en el suelo. El asa de la taza se había partido. Durante un instante contempló los fragmentos con el teléfono vibrando en la mano, dispuesto a rechazar la llamada sin mirar quién era, hasta que reconoció el nombre de Victoria en la pantalla. Se pasó una mano por la cara y contestó, procurando que la voz no le saliera tan alterada como se sentía.
—Victoria… Hola. ¿A qué viene tu llamada?
—E-este… ¿Podemos vernos en el café frente a mi trabajo?
Arturo dejó de recoger sus cosas.
—¿Ahora?
—Si puedes.
Miró por encima del hombro hacia la entrada de la empresa antes de responder.
—Sí, claro. Déjame dejar unas cosas en casa y voy enseguida.
—Está bien.
Quiso contarle lo sucedido, pero ella se despidió antes de que encontrara cómo empezar. Permaneció agachado unos segundos, con el teléfono junto a la oreja, hasta que lo guardó y recogió la libreta. Le limpió el polvo con la palma y la acomodó dentro de la caja, procurando que la taza rota no la manchara. Todavía no sabía qué le diría a María ni cómo conseguiría el dinero; sin embargo, mientras reunía sus pertenencias, empezó a pensar en el café, en una silla donde descansar y en la posibilidad de contarle a Victoria la mañana que había tenido. Se levantó con cuidado y emprendió el camino hacia su departamento, aferrándose al alivio de que ella lo hubiera llamado.








