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The Kingsley Institute

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Sinopsis

En The Kingsley Institute, la excelencia se reclama. Rami acaba de romper todos los récords de la institución, ganando la atención de la directiva y una rivalidad peligrosa entre los estudiantes avanzados. Sumergida en una lucha de poder frente al implacable Head Instructor Marcus Vance y el juego de sombras de la alta cúpula, Rami descubrirá que la máxima jerarquía académica es solo el comienzo de una guerra de disciplina, ambición y deseo descontrolado. En este coliseo de tentación y estrategia, desafiar las reglas puede llevarte a la cima... o hacerte un blanco fácil.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Ilge Aextso
Estado:
hace 11 horas
Capítulos:
17
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El café amargo apenas lograba despejar la niebla de mi cabeza tras una semana agotadora en la legación diplomática. Vestida con una bata de seda sobre mi lencería, deslizaba los dedos sin ganas por la pantalla del teléfono, esquivando titulares sobre crisis bilaterales y comunicados de prensa oficiales. Necesitaba una válvula de escape para esta energía contenida que mi trabajo formal me obligaba a reprimir tras una postura impecable y un protocolo asfixiante.

Fue entonces cuando el algoritmo me devolvió una imagen que rompió el patrón de mi muro. No era un anuncio común de cursos ejecutivos ni una publicidad barata. Era una composición minimalista en tonos dorados y negro mate, coronada por un emblema elegante.

The Kingsley Institute

Entre el dominio y la resistencia, la única regla es no caer.

Formación exclusiva para mentes visionarias y la élite de las artes amatorias.

Aprende el arte de la seducción a un nivel superior.

Me acomodé en el sofá, clavando la mirada en la pantalla. Un ligero cosquilleo recorrió mi nuca. «Seducción a nivel superior», releí. La propuesta rozaba lo escandaloso, pero el diseño respiraba una sofisticación intrínseca. No prometían vulgaridad; prometían estatus, entrenamiento rígido y una maestría que pocos seres humanos se atrevían a cultivar abiertamente.

—Interesante —murmuré, dejando la taza sobre la mesa de cristal.

Aprovechando mi domingo libre, cerré las aplicaciones de la cancillería, tomé las llaves de mi auto y decidí investigar por mi cuenta. Si algo me había enseñado la diplomacia, era que la mejor información se obtiene en el terreno, no detrás de una pantalla. La dirección me llevó hacia las afueras de la ciudad, donde las avenidas transitadas dieron paso a una carretera privada flanqueada por muros de piedra alta y vegetación tupida. Al final del sendero, una imponente estructura de arquitectura neoclásica se erigía con la sobriedad de una embajada y la discreción de un club privado.

Giré el volante e ingresé por el portón de hierro forjado. Al cruzar el umbral del vestíbulo principal, el olor a cera para madera, a cuero refinado y a perfume costoso me recibió de inmediato. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz de las lámparas de araña. No había rastro de libertinaje caótico; el ambiente respiraba una disciplina casi militar, envuelta en un lujo absoluto.

Detrás de un mostrador de caoba, una mujer de postura impecable, vestida con un uniforme de sastre y una insignia verde en la solapa, me observó acercarme.

—Buenos días —saludé, apoyando con elegancia una mano sobre el borde de la recepción—. Busco información sobre el programa de admisión.

La recepcionista sonrió con una profesionalidad calculada, evaluando mi abrigo, mi postura y el reloj en mi muñeca antes de responder.

—Bienvenida a The Kingsley Institute, señorita. Mi nombre es Nadia Bello. Supongo que vio nuestra convocatoria de primavera.

—Así es. Me interesa comprender el alcance real de su plan de estudios antes de tomar una decisión.

Nadia abrió una carpeta de piel negra y extrajo un folleto impreso en papel de alto gramaje, deslizándolo hacia mí.

—Nuestra institución no es un club nocturno ni un taller superficial —explicó, marcando las palabras con tono pausado—. Somos un centro de formación integral de alto rendimiento. Nuestro currículo exige excelencia en condicionamiento físico, idiomas, danza, psicología de la persuasión y, por supuesto, la escala completa de las artes eróticas. Evaluamos mediante un sistema estricto de bandas cromáticas en el que los estudiantes tienen la oportunidad de avanzar al siguiente nivel mediante pruebas de suficiencia.

Un sistema cromático... esto es mucho más complejo de lo que anticipaba.

—¿Y cuáles son las condiciones de estancia? —inquirí, hojeando el folleto con interés genuino.

—La academia opera bajo un régimen de internado riguroso —respondió Nadia, fijando sus ojos en los míos con severidad—. Durante 15 días el aislamiento es absoluto. Nadie sale del recinto, sin excepciones. Es un período de desintoxicación del mundo exterior y adaptación a la disciplina del campus. Una vez cumplidos los quince días de aislamiento, los alumnos con alto rendimiento pueden solicitar permisos especiales para cumplir con compromisos externos, siempre que mantengan su promedio de calificaciones.

Sonreí de lado. Mi trabajo en la embajada requeriría que saliera tres días a la semana a partir de los próximos quince días, pero esos días de aislamiento sonaban como el refugio perfecto para desaparecer de mi rutina habitual.

—Entendido. ¿Dónde firmo el ingreso?

MARCUS VANCE

Desde el ventanal de la oficina del ala norte del segundo piso, observaba el movimiento en el patio central. La brisa de la mañana agitaba las copas de los robles mientras sostenía mi carpeta de evaluaciones con la mano izquierda. La jornada de admisiones siempre resultaba tediosa: un desfile de aspirantes engreídos que creían que dominar la cama consistía simplemente en un par de movimientos instintivos y ganas acumuladas. La mayoría no duraba los primeros quince días bajo la presión real del entrenamiento.

Basura. La mitad se quebrará en la primera clase de resistencia física.

Ajusté la banda azul en el brazo derecho de mi uniforme. Como instructor jefe de la Banda Negra —la disciplina del Dominio y Control Absoluto—, mi trabajo consistía en romper la arrogancia de los recién llegados para moldearlos en estrategas del placer. En este lugar no enseñábamos simple sexo; enseñábamos a usar la anatomía, la voz y la mente para someter o elevar a un compañero hasta la rendición total.

Un movimiento cerca del portón principal captó mi atención. Una mujer caminaba junto a Nadia cruzando el vestíbulo hacia la zona de registro. No llevaba el uniforme provisional de los aspirantes; vestía un traje sastre entallado que remarcaba la curva de sus caderas sin perder un ápice de elegancia. Se movía con una soltura que solo poseen las personas acostumbradas a mandar o a no pedir permiso para existir.

—¿Mirando a la nueva camada, Instructor Vance? —preguntó una voz a mis espaldas.

Me giré despacio para encontrarme con la figura esbelta de Leo, quien se apoyaba contra el marco de la puerta. Llevaba la banda negra doblada descuidadamente sobre el brazo y una sonrisa perezosa dibujada en el rostro.

—Evalúo el material —respondí con voz seca, manteniendo la distancia—. La disciplina ha bajado en los últimos semestres, Davidson. No quiero amateurs en mi aula cuando comiencen las sesiones de la Banda Negra.

Leo caminó hacia el ventanal y echó un vistazo hacia abajo, justamente en el momento en que la mujer levantaba la vista por una fracción de segundo hacia el piso superior antes de firmar los documentos en recepción.

—Bueno, esa de allá no parece una amateur —comentó, dejando escapar una risa baja—. Camina como si fuera la dueña del edificio. Si ella logra entrar al ciclo de la Banda Negra, me pido la primera sesión de combate cuerpo a cuerpo.

—Controla tu ímpetu —le advertí, endureciendo el tono—. No ha pisado la primera clase de condicionamiento físico. Aquí los títulos de afuera no valen nada una vez que cruzas esa puerta.

Aunque debo admitir que esa mirada... esa mirada no es de una alumna común.

Desvié la atención de Leo y volví a mi escritorio.

El primer semestre estaba a punto de comenzar y los primeros quince días de encierro estricto pondrían a prueba la cordura de todos los recién llegados.

—Cierra al salir, Davidson.

LEO DAVIDSON

Caminar por los pasillos de la academia durante el día de inscripciones siempre resultaba entretenido. El ambiente olía a nerviosismo reprimido y a la expectación de los novatos que aún no comprendían dónde se habían metido. Se imaginaban mañanas enteras de orgías y noches de fiesta, ignorando que a las cinco de la mañana el silbato de condicionamiento físico los sacaría de la cama para correr cinco kilómetros antes de tocar a nadie.

Dejé a Marcus en su oficina con su amargura habitual y bajé las escaleras de mármol hacia el vestíbulo. Marcus era brillante, un maestro insuperable en la psicología del mando y las posturas de poder, pero llevaba la rigidez pegada a la piel. Se tomaba las reglas del instituto como si fueran leyes divinas.

Al llegar a la planta baja, me crucé directamente con la recién llegada. Ya había dejado su bolso sobre el mostrador y Nadia le entregaba el distintivo provisional de la Banda Blanca: el color neutro de iniciación.

Me detuve a un par de metros, apoyando el peso del cuerpo en una sola pierna y observándola sin ningún disimulo. De cerca era aún más impactante. Su piel tenía un tono cálido y perfecto, y sus ojos oscuros recorrieron el vestíbulo con la tranquilidad de quien analiza un terreno de juego antes de lanzar la primera pieza.

—Banda Blanca… —dije en voz alta, dando dos pasos hacia ella con una sonrisa distendida—. Todos empezamos con el lienzo limpio, pero pocos logran mantener esa compostura cuando arrancan las pruebas de resistencia.

Ella se giró despacio. No mostró sorpresa ni incomodidad por mi interrupción; simplemente me midió de arriba abajo, deteniéndose un instante en la banda negra que llevaba en la muñeca.

—La compostura es una cuestión de práctica, no de color de banda —contestó con voz pausada, rica en matices que me erizaron la piel.

—Soy Leo —me presenté, extendiendo una mano.

—¿Y eso qué es? ¿Tu signo zodiacal? —inquirió divertida.

—Mi nombre es Leo Davidson. Estudiante Banda Negra. Estoy haciendo la especialización doble este semestre.

—Martínez, Rami Martínez —respondió ella, aceptando el estrechamiento de manos. Su agarre fue firme, tibio, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo estrictamente necesario—. Supongo que nos veremos en los pasillos, Leo.

—Eso espero, Rami. Sobre todo, en las clases de alto rendimiento o en el gimnasio. Los primeros días de aislamiento absoluto suelen volver a la gente un poco... habladora.

—No suelo perder el control por un poco de encierro —replicó, esbozando una sonrisa tenue que escondía un filo peligroso antes de volverse hacia la recepcionista—. Nadia, ¿podría mostrarme mi habitación?

Vaya, vaya. Esto se va a poner extremadamente interesante.

La vi alejarse tras la recepcionista hacia el ala residencial. Su andar era un espectáculo de simetría y ritmo natural. Si esa mujer pensaba que Kingsley era solo un paseo elegante, estaba a punto de descubrir que aquí cada caricia se ganaba con sudor y cada dominación requería una estrategia de guerra.

RAMI POV

La habitación que me asignaron en el ala oeste era espaciosa, sobria y ridículamente cómoda. Una cama king size, cubierta con sábanas de hilo, presidía el centro del cuarto, flanqueada por grandes ventanales que daban a los jardines privados del campus. En un armario empotrado ya estaban dispuestos los uniformes requeridos para las distintas disciplinas: prendas de entrenamiento físico de alta densidad, trajes de danza sensual y el distintivo provisional de la Banda Blanca.

Me despojé del abrigo y me acerqué al ventanal. La tranquilidad del paisaje contrastaba con la intensidad que se respiraba en los pasillos. Ya había conocido a dos especímenes representativos del lugar: el instructor de la banda azul que me observaba desde el segundo piso con una mirada que pretendía analizarme hasta el alma, y el tal Leo, un estudiante de banda negra cuya arrogancia resultaba casi magnética.

Un buen terreno para poner a prueba mis habilidades.

Acomodé mis pertenencias personales en la mesa de noche. Durante los próximos quince días, las puertas del recinto permanecerán selladas. No habría llamadas de la cancillería, cenas diplomáticas aburridas ni informes que redactar a medianoche. Solo este espacio, las reglas estrictas del instituto y la oportunidad de explorar mis límites sin ataduras.

El altavoz de la habitación emitió un breve pitido electrónico antes de que la voz severa de la directora resonara en el ambiente:

—Atención a todos los estudiantes de nuevo ingreso. La orientación general y la primera prueba de diagnóstico físico y lenguaje corporal tendrán lugar en el auditorio principal a las dos en punto. La impuntualidad se sanciona con una degradación directa y entrenamiento físico. Una vez más, sean todos bienvenidos a The Kingsley Institute.

Sonreí frente al espejo, ajustando la Banda Blanca sobre mi solapa. La carrera acababa de comenzar y no tenía la menor intención de quedarme en la línea de salida.

Continuará...

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