Capítulo I - El hombre que hablaba con las flores.
Siam, 28 de agosto de 1817
La lluvia había comenzado antes del amanecer.
No era una llovizna pasajera ni una tormenta cualquiera; era uno de esos monzones capaces de envolver todo Siam bajo un mismo manto gris. La lluvia golpeaba con fuerza los techos de palma, corría entre los arrozales y convertía los senderos de tierra en ríos de barro, mientras los enormes árboles del bosque se mecían con un murmullo constante, como si la propia naturaleza hubiese decidido detener el tiempo.
Desde la ventana de su casa, Pond Naravit contemplaba el paisaje en silencio.
La vivienda se encontraba a las afueras de una pequeña aldea, rodeada de arrozales, árboles frutales y senderos que, durante la temporada de lluvias, desaparecían bajo el agua. Construida sobre sólidos pilotes de madera de teca para resistir las crecidas, contaba con un amplio corredor frontal desde donde el bosque se extendía hasta perderse entre la neblina.
Las paredes de madera, cuidadosamente ensambladas años atrás, desprendían el característico aroma de la teca húmeda, mientras las contraventanas permanecían abiertas para dejar entrar el aire fresco del monzón. Bajo el alero, varias macetas de barro albergaban jazmines, albahaca tailandesa y pequeñas orquídeas que Pond cuidaba con la misma dedicación con la que otros cuidarían un tesoro.
Era una casa sencilla. Pero bastaba cruzar la puerta para sentir el calor de un verdadero hogar.
Pond apoyó una mano sobre el marco de la ventana mientras observaba cómo la lluvia formaba pequeñas ondas sobre el estanque que se extendía detrás de la casa. Aquella mañana debía internarse en el bosque para recoger leña antes de que el terreno se volviera intransitable, pero bastaba con mirar el cielo para comprender que sería imposible.
Soltó un suspiro.
—Parece que hoy ganaste tú... —murmuró para sí, dirigiendo una mirada resignada a la tormenta.
Un pequeño golpecito en el hombro lo sacó de sus pensamientos.
—¿Ya terminaste de hipnotizar a la lluvia o todavía le falta convencerte de que no piensa irse? —preguntó una voz divertida.
Pond giró el rostro y una sonrisa apareció de inmediato.
—Buenos días para ti también, View.
View Naravit, era el tipo de persona capaz de iluminar cualquier habitación con solo entrar. Tenía una energía inagotable, una sonrisa traviesa y esa costumbre de encontrar algo divertido incluso en los días más grises. Mientras Pond heredó la serenidad de su padre, ella había heredado el optimismo inquebrantable de su madre.
Con apenas diecinueve años, se había convertido en el corazón de aquella casa.
Aunque la pobreza había alcanzado a la familia igual que a todos, View jamás permitió que la tristeza se instalara entre aquellas paredes. Siempre encontraba una razón para sonreír... incluso cuando el mundo parecía empeñado en arrebatársela.
Se cruzó de brazos frente a la ventana y observó la tormenta con una exagerada expresión de preocupación.
—Creo que los peces están aprendiendo a nadar en el aire.
Pond dejó escapar una risa baja.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Precisamente por eso es gracioso.
La lluvia seguía cayendo con la misma intensidad.
Durante unos segundos, ambos permanecieron contemplándola en silencio, escuchando el incesante golpear de las gotas sobre el techo de palma, mientras el agua corría bajo los pilotes de la vivienda y el monzón envolvía la aldea.
View fue la primera en desviar la mirada.
No sabía exactamente cuándo había comenzado a detestar la lluvia. Tal vez el día en que comprendió que nunca volvería a correr bajo ella.
Cuando era niña, los monzones significaban otra cosa.
Recordaba a su madre salir descalza al patio cada vez que comenzaba a llover. Reía como una niña mientras la arrastraba de la mano para saltar sobre los pequeños charcos que se formaban alrededor de la casa.
—¡View, más rápido! —decía entre carcajadas.
Ella reía sin detenerse.
Desde el corredor de la vivienda, su padre fingía indignarse mientras negaba con la cabeza, aunque la sonrisa terminaba delatándolo.
—Van a enfermarse las dos.
—¡Solo si tú vienes a rescatarnos! —respondía su madre.
Entonces el hombre miraba a Pond, que apenas era un adolescente, y ambos intercambiaban una mirada cómplice antes de resignarse.
—Supongo que tendremos que ir por ellas.
Y terminaban los cuatro bajo la lluvia.
Era el recuerdo más feliz que conservaba de su infancia.
Hasta que la lluvia decidió arrebatárselo.
Años atrás, durante otra temporada de monzones, sus padres emprendieron un viaje hacia la capital transportando carbón vegetal y herramientas destinadas a los jardines pertenecientes a la Corona. El camino que atravesaba el bosque había quedado debilitado por las lluvias constantes, y una parte del terreno cedió al paso de la carreta.
Nunca llegaron a su destino.
Los encontraron días después, junto a los restos del carruaje.
Desde entonces, cada vez que llovía, View ya no escuchaba el sonido del agua. Escuchaba el silencio que habían dejado sus padres.
Pond, en cambio, seguía observando la tormenta con la misma calma de siempre. Él también los extrañaba, quizá tanto como ella, pero había aprendido a esconder el dolor detrás de una sonrisa serena. Después de todo, alguien tenía que mantenerse firme.
Los Naravit no siempre habían vivido con tantas dificultades.
Mucho antes de que la desgracia tocara a su puerta, la familia había sido reconocida entre la pequeña nobleza de Siam. No pertenecían a la realeza ni poseían grandes títulos, pero su apellido era respetado desde la época de su abuelo, Narong Naravit, quien dedicó gran parte de su vida al servicio del palacio como supervisor de los jardines y terrenos reales. Gracias a su trabajo, los jardines de la Corona se convirtieron en un orgullo para el reino, y su nombre era recordado con estima por nobles y funcionarios. Su hijo, Anan Naravit, heredó mucho más que el oficio. Con los años llegó a convertirse en el Maestro de los Jardines Reales, el hombre responsable de cada árbol, estanque, pabellón e invernadero que embellecía las residencias de la familia real. Ninguna flor era plantada, ningún árbol era podado y ningún jardín era rediseñado sin su aprobación.
Era un cargo modesto comparado con los grandes ministros del reino, pero suficiente para otorgarle prestigio, una buena posición económica y el respeto de quienes trabajaban dentro del palacio.
Sin embargo, Anan poseía un corazón demasiado noble para un mundo que rara vez recompensaba la bondad. Jamás negaba ayuda a quien la necesitara, prestaba dinero sin esperar recibirlo de vuelta, cedía parte de sus cosechas, abría las puertas de su casa a familiares lejanos que aparecían únicamente cuando tenían problemas.
Su esposa solía decirle que algún día aquella generosidad les pasaría factura.
Él solo respondía que la riqueza podía recuperarse, pero la oportunidad de ayudar a alguien no siempre regresaba dos veces.
Cuando Anan y su esposa murieron en aquel accidente, todas las promesas desaparecieron junto con ellos.
Los préstamos jamás fueron devueltos, los familiares dejaron de aparecer, las deudas comenzaron a acumularse.
Sin un adulto que defendiera el patrimonio familiar y con Pond siendo apenas un muchacho, la Corona nombró a un nuevo Maestro de los Jardines Reales. Las tierras que administraban regresaron al Estado y gran parte de los bienes de los Naravit fueron vendidos para cubrir las obligaciones pendientes.
Las pocas pertenencias de valor fueron vendidas para pagar las deudas.
Y la casa... también.
La pequeña vivienda donde ahora vivían apenas tenía dos habitaciones y un techo de madera de palma que dejaba escapar alguna gota cuando la lluvia era demasiado intensa.
No era la casa donde habían nacido.
Pero, después de ocho años, aquel pequeño hogar construido por manos ajenas había terminado convirtiéndose en el único lugar al que podían llamar “hogar”.
View parpadeó un par de veces, obligándose a regresar al presente.
Habían pasado ocho años desde aquel accidente. Y, aun así, había días en los que el recuerdo seguía sintiéndose tan reciente como la lluvia que golpeaba el techo sobre sus cabezas.
Sin decir una palabra, Pond apoyó suavemente una mano sobre el hombro de su hermana. No hacía falta preguntar en qué estaba pensando. Él también lo sabía.
Lo había sabido desde el primer instante en que la vio perderse entre las gotas de lluvia.
—Mamá estaría regañándonos por poner esas caras tan largas —dijo de pronto, con una pequeña sonrisa.
View soltó una risa por lo bajo.
—Y papá diría que dejáramos de desperdiciar el día mirando por la ventana.
—Después saldría a trabajar bajo la lluvia como si nada.
—Y volvería completamente empapado.
Ambos rieron.
Era una risa tranquila. Nostálgica. De esas que solo nacen cuando el dolor ya aprendió a convivir con el amor.
Habían aprendido a vivir sin ellos.
No fue sencillo.
Hubo días en los que apenas tenían qué comer, semanas enteras en las que Pond aceptaba cualquier trabajo que apareciera con tal de mantener un techo sobre sus cabezas, y noches en las que View fingía dormir para que su hermano no descubriera que también lloraba en silencio.
Pero sobrevivieron.
Poco a poco aprendieron que la felicidad no siempre se encontraba en una casa llena de lujos, ni en un apellido respetado, ni en la posición que alguna vez ocupó su familia, la encontraron el uno en el otro. Su hogar seguía siendo pequeño y antiguo. El dinero apenas alcanzaba para cubrir lo necesario, y muchas veces debían conformarse con una comida sencilla y reparar ellos mismos aquello que el tiempo iba desgastando.
Sin embargo aquella casa estaba llena de risas, olía al arroz recién cocido por las mañanas. conservaba las flores que Pond se empeñaba en plantar alrededor del patio, aunque la tierra no siempre fuera la mejor. Todavía era un hogar, y mientras siguieran teniéndose el uno al otro para ellos, era suficiente.
View fue la primera en romper el silencio.
—Si seguimos mirando la lluvia, el arroz se enfriará.
Pond soltó una pequeña risa y asintió con la cabeza.
—Tienes razón.
Ambos se alejaron de la ventana para dirigirse a la pequeña cocina situada al fondo de la casa. El desayuno era sencillo, como casi todos desde hacía varios años: arroz recién cocido, algunas verduras encurtidas que View había preparado días atrás y un pequeño trozo de pescado seco que compartieron entre los dos. Para acompañarlo, calentaron agua sobre el brasero y sirvieron dos tazas de té de jazmín, una costumbre que su madre jamás había abandonado, incluso cuando los tiempos difíciles llegaron a la familia.
—Mamá decía que un buen té podía arreglar cualquier mañana —comentó View mientras acercaba la taza a sus labios.
—Papá respondía que eso solo funcionaba porque ella era quien lo preparaba.
Ambos sonrieron una vez más.
Era curioso cómo, incluso después de tantos años, sus padres seguían encontrando la forma de sentarse con ellos en aquella mesa.
Cuando terminaron de desayunar, Pond recogió los platos y los dejó junto a la pila de piedra donde más tarde los lavaría View. Para entonces, la lluvia había comenzado a ceder, dejando tras de sí el inconfundible aroma de la tierra húmeda. Aprovechando la breve tregua del monzón, Pond tomó su viejo sombrero de palma, una cuerda, sus herramientas de poda cuidadosamente envueltas en tela y el pequeño bolso de cuero donde guardaba las semillas que solía intercambiar con otros jardineros durante sus recorridos.
—Volveré antes de que oscurezca —dijo mientras se acomodaba la correa sobre el hombro.
—Eso dijiste la semana pasada y regresaste cuando ya no podía distinguir si eras tú o un espíritu del bosque.
—Era culpa del señor Chai. No dejaba de encontrarme otro árbol que podar.
—Claro... échale la culpa al pobre señor Chai.
Pond negó con la cabeza entre risas.
Aquella se había convertido en su rutina desde hacía varios años.
Gracias a todo lo que su padre le enseñó desde niño, había aprendido a comprender las plantas como pocos. Sabía cuándo un árbol necesitaba ser podado, cómo devolverle la vida a un jardín olvidado y qué flores podían crecer incluso en la tierra más castigada.
No trabajaba para nobles. Ni para el palacio.
Recorría las aldeas cercanas ofreciendo sus manos a quien necesitara ayuda. Un día arreglaba el pequeño jardín de una familia; al siguiente limpiaba un patio cubierto de maleza o devolvía la sombra a un viejo árbol que llevaba años sin cuidados.
El pago nunca era abundante, algunas veces recibía unas cuantas monedas, otras, una cesta con arroz, frutas o verduras, y había ocasiones en las que la gente insistía en darle un plato de comida antes de dejarlo marcharse. Nunca fue suficiente para hacerse rico. Pero siempre alcanzaba para que él y View vivieran con dignidad, y para Pond, eso era más que suficiente.
Cada vez que hundía las manos en la tierra húmeda o veía florecer una planta que todos daban por perdida, sentía que una parte de su padre seguía trabajando a su lado, como si nunca hubiera desaparecido realmente, como si, de alguna manera, continuara guiando sus manos entre cada rama, cada hoja y cada flor que volvía a la vida.
Pond jamás soñó con riquezas, solo deseaba seguir haciendo aquello que más amaba.
Para cuando el cielo comenzó a aclararse ligeramente, Pond ya caminaba por el estrecho sendero de tierra que conectaba su aldea con las comunidades vecinas. El aire olía a tierra mojada y hojas recién lavadas por el monzón. Cada paso levantaba un poco de barro, pero él parecía acostumbrado.
Aquella mañana debía terminar de arreglar el jardín de la residencia del señor Chai, un anciano comerciante cuya salud ya no le permitía cuidar los árboles frutales que rodeaban su hogar.
Pond dejó cuidadosamente sus herramientas bajo el alero de la casa y recorrió el terreno con la mirada.
Sonrió, como siempre.
Antes de tocar una sola rama, se acercó al viejo árbol de mango que dominaba el centro del jardín. Apoyó la palma de su mano sobre el áspero tronco y cerró los ojos durante un instante.
—Has crecido demasiado hacia el lado izquierdo... —murmuró con una sonrisa tranquila—. Si seguimos así, la próxima temporada no podrás sostener el peso de tus propios frutos.
Tomó las tijeras de poda.
—No te preocupes... solo voy a ayudarte un poco.
Con una delicadeza casi imposible de explicar, comenzó a cortar únicamente las ramas necesarias, no había movimientos bruscos, no había prisas, parecía conversar con el árbol mientras trabajaba.
—Esta rama ya cumplió su ciclo... Tú puedes darle fuerza a una nueva. Así está mejor... Ahora podrás respirar.
Cada palabra iba acompañada por una caricia sobre la corteza, como si las plantas realmente pudieran escucharlo.
Desde el otro extremo del jardín, un hombre de edad avanzada observaba la escena, su bastón permanecía sujeto entre ambas manos. Sus ojos, ya cansados por los años, no podían apartarse de aquel joven. Había algo en él... algo en aquella forma de trabajar.
El anciano dio un paso al frente. Luego otro. Hasta detenerse a pocos metros de Pond.
El muchacho todavía no había notado su presencia. Seguía hablando con las flores mientras retiraba con cuidado las hojas marchitas de un pequeño arbusto.
—No todos florecen al mismo tiempo... —susurró—. No tienes por qué apresurarte.
El anciano sintió un nudo en la garganta, aquellas palabras, esa voz tranquila y esa paciencia, era exactamente igual.
—Anan... —escapó de sus labios casi sin darse cuenta.
Pond levantó la vista, confundido. Al encontrarse con el desconocido, hizo una ligera reverencia por cortesía.
—Buenos días, señor.
El anciano tardó unos segundos en responder. Seguía observándolo como si el tiempo hubiera retrocedido veinte años.
—Perdóname... por un momento creí estar viendo a otra persona.
Pond sonrió con la amabilidad que siempre lo caracterizaba.
—¿Alguien que conoció hace mucho?
El hombre asintió lentamente.
—Al mejor jardinero que este reino ha tenido.
Hubo un breve silencio.
—Anan Naravit.
La sonrisa de Pond se volvió más tenue.
—Era mi padre.
Los ojos del anciano se abrieron con sorpresa. —¿Eres... hijo de Anan?
—Sí, señor.
—¿Y tu nombre es...?
—Pond Naravit.
El bastón golpeó suavemente el suelo. Durante unos instantes, el anciano no pudo pronunciar palabra.
—Así que eres tú...
Pond inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Nos conocemos?
El hombre soltó una pequeña risa cargada de nostalgia.
—Tú no puedes recordarme. Eras apenas un niño. — Hizo una pausa antes de continuar. —Mi nombre es Prasert.
Los ojos de Pond se iluminaron apenas un poco, había escuchado ese nombre incontables veces. Su abuelo hablaba de él como de un hermano. Y su padre siempre lo llamaba “el tío Prasert”.
—Mi abuelo decía que usted era el hombre más terco de todo Siam.
Prasert soltó una carcajada.
—Y tu abuelo era todavía más terco que yo.
Los dos rieron.
Por primera vez desde que llegó, Prasert observó a Pond con calma. Ya no veía únicamente al hijo de Anan. Veía sus mismos modales, su misma humildad, su misma manera de tratar la naturaleza.
Prasert no apartó la mirada del joven. Había algo en aquella sonrisa serena que le revolvía el pecho de nostalgia.
—Así que Anan dejó una parte de sí en este mundo...—murmuró con una sonrisa cansada.
Pond soltó una pequeña risa.
—Siempre dicen que me parezco mucho a mi padre.
—No... —corrigió el anciano con suavidad—. No solo te pareces. Es como si una parte de él siguiera viviendo en ti.
El comentario tomó a Pond por sorpresa.
Prasert caminó lentamente hasta el viejo árbol de mango y acarició su tronco con la palma de la mano.
—¿Sabes? Tu padre solía hacer exactamente lo mismo.
Pond levantó la vista.
—¿Hablar con las plantas?
—Sí.
El anciano sonrió con nostalgia.
—Al principio todos se burlaban de él. Decían que estaba loco, que ningún árbol podía escuchar a un hombre. —Soltó una pequeña risa. —Entonces los árboles comenzaron a florecer como nunca antes... y dejaron de reírse.
Pond bajó la mirada con cierta timidez.
—Mi padre decía que las plantas también sienten cuando alguien las cuida con cariño.
—Y tenía razón.
Prasert observó el jardín perfectamente podado.
—Recuerdo que cuando trabajábamos en el palacio, Anan conocía cada árbol por su nombre. Si alguno enfermaba, pasaba noches enteras intentando salvarlo. Llegué a preguntarle una vez por qué se esforzaba tanto.
—¿Y qué respondió?
El anciano sonrió.
—“Porque nadie merece marchitarse si todavía puede florecer.”
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Pond sintió un nudo en la garganta. Hacía años que nadie le hablaba de su padre de esa manera.
No como una tragedia, sino como el hombre extraordinario que había sido.
—Era un gran hombre... ¿verdad? —preguntó en voz baja.
Prasert giró lentamente hacia él. —No.
Pond lo miró, confundido.
El anciano negó despacio con la cabeza. —Era un hombre excepcional.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. Fue Pond quien volvió a romperlo.
—Ahora solo estamos mi hermana y yo.
Prasert frunció ligeramente el ceño, intentando ordenar los recuerdos que el paso del tiempo había mezclado.
—¿Tu hermana...?
Pond asintió. —View.
Los ojos del anciano se iluminaron de repente. —¡La chiquilla escurridiza!
Pond no pudo evitar reír.
—Veo que la recuerda bien.
—¿Cómo olvidarla? Si cada vez que iba a visitar a tu padre terminaba escondiéndose entre los arbustos para que nadie la encontrara. Una vez me hizo recorrer medio jardín porque aseguraba que un espíritu se había robado mis sandalias.
Pond soltó una carcajada.
—Eso suena exactamente a ella.
—¿Sigue siendo tan traviesa?
—Un poco menos...
—No te creo.
—Bueno... quizá no tanto.
Ambos rieron con ganas.
Prasert sintió cómo el corazón se le aligeraba. Era como volver a visitar una parte de su juventud que creía perdida para siempre.
Hablaron durante largo rato. Y mientras conversaban, Prasert descubrió que Pond no había heredado únicamente el talento de su padre. Había heredado también su bondad. Escuchaba con atención. Sonreía con sinceridad. Y nunca interrumpía a quien tenía algo que contar.
Cuando el sol comenzó a abrirse paso entre las nubes, el anciano comprendió que era momento de marcharse.
Se apoyó nuevamente en su bastón y dio un par de pasos antes de detenerse.
—Pond.
—¿Sí?
—Hace mucho que no comparto una buena conversación.
El joven sonrió. —Yo tampoco, señor.
—Entonces permíteme remediarlo.
Metió una mano entre los pliegues de su túnica y sacó una pequeña bolsita de tela finamente bordada.
—Un viejo amigo me envió hace unos días un excelente té desde el norte. Sería un desperdicio beberlo solo.
Pond lo observó con curiosidad.
—¿Qué le parece si vienes a visitarme dentro de unos días? Trae también a View. Me gustaría volver a ver a esa pequeña traviesa... aunque sospecho que ya no tiene nada de pequeña.
Pond inclinó respetuosamente la cabeza.
—Será un honor. Estoy seguro de que se pondrá muy feliz cuando se lo diga.
Prasert sonrió satisfecho.
—Entonces queda hecho.
Ambos intercambiaron una última reverencia antes de despedirse.
Mientras el anciano se alejaba por el sendero, Pond no pudo evitar pensar que el destino tenía formas muy curiosas de reunir a las personas.
Porque, incluso después de tanto dolor, Siam seguía siendo un lugar donde la calidez aún habitaba en el corazón de su gente.
Y quizá... solo quizá... aquella no sería la última vez que sus caminos se cruzaran.








