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Eres mi Destino

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Sinopsis

Hella Montclair, una magnate estéril, fallece a los cuarenta años por razones extrañas. Pero, una bruja la regresa en el tiempo para reescribir su historia y cobrar venganza de quienes causaron su deceso. Además, debe encontrar a su alma gemela, casarse y lograr concebir un hijo, o morirá. Sin embargo, en su nueva vida, las cosas toman un giro inesperado que complica su propósito.

Estado:
hace 12 horas
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1 Prefacio: Tú has muerto

Una soberana de porte impecable atravesaba el centro del salón real, envuelta en un vestido púrpura cuyas telas se fundían con las sombras de las columnas circundantes. El brillo dorado de su tiara captaba la luz de los candelabros suspendidos en lo alto, haciéndola relucir como una estrella en movimiento. Caminaba sin apuro, con una cadencia medida, como si los pasos respondieran a un rito antiguo.

A su alrededor, nobles de toda estirpe inclinaban la cabeza en gesto reverente. Desde los palcos elevados, figuras encapuchadas permanecían inmóviles, tan silentes como las estatuas talladas en las columnas. Las paredes, revestidas con tapices de escenas bélicas y gloriosas coronaciones, parecían contener la respiración.

La reina alcanzó la plataforma principal. Sus talones resonaron con firmeza sobre el mármol lustrado antes de detenerse frente a la silla. Tomó asiento con clase. El trono era una estructura de madera negra con respaldar alto y relieves en forma de bestias aladas que se moldeaba a su silueta con naturalidad. Desde allí, escrutó la multitud con ojos color marrón, cálidos en apariencia, pero tan impenetrables como los vitrales cerrados de una capilla ancestral.

Los congregados alzaron un brazo, cruzando la mano derecha sobre el hombro opuesto en señal de fidelidad inquebrantable.

—Larga vida a la reina —dijeron al unísono, en un eco que vibró desde el suelo hasta los arcos más altos del recinto.

El sonido reverberó como un conjuro, estremeciendo el aire. Y así, todo empezó a desvanecerse. Las columnas perdieron forma. Los rostros se disolvieron en la penumbra. La sala desapareció tras un velo denso. El púrpura de su vestido fue devorado por la sombra. Y lo último en extinguirse fueron las luces, tragadas por una nube de lúgubre.

Hella Montclair abrió los ojos. La sensación de haber regresado de otro siglo la dejó sin aliento por unos segundos. Aquel sueño, idéntico desde su niñez, se repetía con una precisión espeluznante. Los detalles variaban. Aunque al final, oscuridad que todo abarcaba.

Yacía en una camilla vestida con la bata blanca de paciente, tapada con sábanas almidonadas. Un monitor emitía pulsos regulares a su izquierda. El líquido de la intravenosa goteaba sin prisa, infiltrándose en su cuerpo a través de una aguja clavada en el dorso de su mano derecha. A pesar de los cuidados extremos del hospital, el más exclusivo del país, del cual era benefactora, su piel se había tornado más pálida que de costumbre, casi translúcida bajo la luz blanca del plafón. Tenía ojeras y su tono de piel se había hecho más pálido.

Tenía cuarenta años y la vitalidad se le escapaba sin que pudiera aferrarse a ella. Pero desde cerca de los treinta le habían diagnosticado esterilidad y eso había sido una sentencia brutal. Intentó desafiarlo con tratamientos costosos, pero ninguno dio el resultado anhelado. Nunca llegó el hijo que tanto deseaba. La maternidad se le negó sin piedad. Luego, había perdido su fuerza, su motivación y había enfermado por razones extrañas, que los médicos no sabían explicar.

Dorian Vellmont, su esposo, proveniente de una familia con igual estrato, había sido en un principio solo un acuerdo estratégico. Un matrimonio pactado entre dos apellidos que sabían lo que debían preservar. Sin embargo, el tiempo compartido trajo afectos que no se podían fingir. Una complicidad callada, sólida, aunque desgastada por la ausencia. ¿Se había enamorado de su marido o solo se había acostumbrado a él?

Un leve crujido en la puerta interrumpió sus pensamientos. Entró una figura delgada, con carpeta en mano y andar ligero.

—Buenos días, mi señora. ¿Cómo se encuentra? —preguntó su secretaria personal con voz suave.

La joven, Veena Voss, tenía la piel morena, ojos oscuros y cabello castaño recogido en un moño sencillo.

—Normal —respondió Hella, sin emoción.

Veena se acercó y dejó una pequeña caja envuelta en cintas doradas sobre la mesa lateral. Luego, extrajo una hoja de papel doblada en cuatro.

—Aquí han mandado otra carta para usted.

—Léela para mí.

La asistente desdobló la misiva y comenzó a leer.

—Has estado hospitalizada desde hace un tiempo, Hella. Aunque poco tratamos, tu ausencia absoluta es mi amargura. Solo con verte, iluminas mis días… Espero que te recuperes pronto —dijo Veena con tono contenido—. Marcada con: Tu admirador secreto.

Hella desvió la mirada hacia la ventana. Las nubes se acumulaban como presagios, grises y densas. No podía identificar al autor de aquellas palabras, pero sospechaba que se trataba de un amigo, un compañero de universidad o su esposo. Pero desde semanas que no lo veía, quería pensar que él era quien dejaba esas pequeñas muestras de atención. Al mismo tiempo, temía que la viera así: demacrada, cansada, derrotada.

Los días siguientes transcurrieron como una secuencia repetida. Más cartas llegaron, acompañadas por flores, libros y cajas de bombones que nunca tocaba. Los médicos mantenían la esperanza. Los análisis, sin embargo, contaban otra historia. Su estado no mejoraba. Y entonces, llegó la noche fatídica.

A las once, un temblor súbito sacudió su cuerpo. La máquina junto a su lecho emitió una alarma aguda. En segundos, el cuarto se llenó de personal médico. Intentaron reanimarla. Pero nada pudieron hacer.

—Hora del deceso: doce en punto —anunció con voz neutral.

Entonces, el caos quedó en calma. El pitido monótono de la línea recta ocupó el espacio restante.

En la nada absoluta, su consciencia pareció flotar. No había dolor. Tampoco miedo. Solo oscuridad. Sin embargo, algo brilló a lo lejos. Una chispa. Una vela con fuego púrpura. Luego otra. Después, muchas más. La luz era tibia, titilante, como el resplandor de un altar olvidado.

El sendero que se reveló ante ella estaba compuesto por nada, solo era oscuridad. Las velas lo bordeaban en pares, separadas a intervalos regulares, marcando el trayecto con una simetría inquietante. No había viento. Pero las llamas danzaban con vida propia, como si celebraran su llegada.

Hella avanzó, guiada por aquella senda que se extendía hasta el horizonte. A su alrededor, la penumbra seguía densa, impermeable a cualquier otra fuente de claridad. Todo lo que no estaba tocado por la luz de las velas parecía no existir.

El trayecto concluyó ante una choza solitaria. Tenía las paredes secas y un tejado torcido, como si desafiara la gravedad. La puerta de madera se entreabrió con un chirrido largo. Desde el interior, surgió una calidez inesperada. El aroma a cera, hojas secas y humo quemado impregnó el aire. Cruzó el umbral con precaución.

Allí dentro solo había más velas y lámparas normales que daban calidad a ese gran espacio. Avanzó, observando el sitio. Pero parecía estar vacío. Dio una vuelta sobre sí misma de manera lenta y entonces, en solo segundos, apareció una figura flotando en el aire, como si estuviera haciendo yoga.

¿Otro sueño? Estar en la cama le provocaba muchos. Aunque ya se había acostumbrado.

—No, no estás soñando… Te estaba esperando, Hella Montclair… —dijo aquella mujer con voz tétrica. Sus ojos brillaron de púrpura—. Tú has muerto.

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