PRÓLOGO.
Me sentía flotando en el aire, atrapada en un espacio en el cual, sin importar el punto en el que mis ojos se posaran, solamente existía yo.
Al abrir la puerta me recibió un enorme salón rodeado de espejos. La luz era tenue, tan cálida que transmitía una paz que no hubiera podido explicar jamás. Alguien, en algún lugar, debía estar jugando con los altavoces que se distribuían estratégicamente dentro del lugar; sin duda jamás había escuchado aquella extraña música, pero me gustaba, me llamaba, me incitaba a entrar, plantaba en mí la curiosidad, la duda a lo desconocido, a la oscuridad, la necesidad de adentrarme a un juego en el cual no tenía posibilidad de ganar y yo no era nadie para negarme a caer directamente sobre las garras de un despiadado depredador. Aunque una parte de mí aún sentía que era una pésima idea haber venido aquí, no sé qué pensé cuando dejé que mis impulsos se apoderaran de mí y no me dejaran pensar con calma, porque ¿quién en su sano juicio acepta la invitación de un desconocido?
Comenzaba a pensar que esta sería la peor decisión que habría tomado en mi vida, pero ya estaba aquí, en la puerta del “Laberinto de los espejos” y no me acobardaría en este instante… total, ¿qué podría pasar?








