Quizás.....si
Capítulo 1
Las veces que casi te olvidé
Habían pasado meses desde la última vez que estuvimos juntos.
Meses desde aquel último abrazo que ninguno de los dos sabía que sería el último.
Y, aunque todos pensaban que ya lo había superado, yo sabía la verdad.
Todavía lo quería.
No de la misma manera que antes.
O eso intentaba convencerme.
Ya no lloraba todas las noches. Ya no esperaba que me escribiera. Ya no entraba a su perfil cada cinco minutos para ver si había publicado algo nuevo.
Bueno…
Quizá solo lo hacía algunas veces.
Pero estaba mejor.
O al menos eso decía cada vez que alguien preguntaba por él.
—¿Ya lo superaste?
—Sí.
La mentira salía tan rápido que hasta yo comenzaba a creérmela.
Había aprendido a sonreír cuando escuchaba su nombre.
Había aprendido a mirar hacia otro lado cuando lo veía.
Había aprendido a actuar como si no me importara.
Lo único que todavía no había aprendido era a dejar de sentir.
Aquella mañana llegué a la escuela pensando que sería un día normal.
Clases, tareas, amigos, risas.
Nada especial.
Hasta que lo vi.
Estaba al otro lado del patio.
Con sus amigos.
Riéndose de algo que uno de ellos había dicho.
Me quedé quieta.
Por un segundo, todo el ruido a mi alrededor desapareció.
Y fue extraño.
Porque después de tanto tiempo, todavía podía reconocer su sonrisa entre cientos de personas.
Bajé la mirada rápidamente.
No lo mires.
Seguí caminando.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—¿Ese no era tu ex?
Sentí cómo se me encogía el estómago.
—Sí —respondí, intentando sonar indiferente.
—¿Y ya no hablan?
Negué con la cabeza.
—No.
Mi amiga guardó silencio durante unos segundos.
Después dijo algo que deseé no haber escuchado.
—Creo que está saliendo con alguien.
Me detuve.
—¿Qué?
—No estoy segura. Pero últimamente lo he visto mucho con una chica.
Intenté reír.
—Seguramente es una amiga.
—Puede ser.
Pero su tono decía todo lo contrario.
Durante el resto del día intenté olvidarlo.
Hasta que, en el descanso, la vi.
Ella estaba sentada cerca de él.
Nunca la había visto antes.
Tenía el cabello recogido y una sonrisa tranquila, como si conociera perfectamente el lugar que estaba ocupando.
Y entonces pasó.
Él se inclinó hacia ella para decirle algo.
Ella comenzó a reír.
Y él sonrió.
Esa sonrisa.
La misma que alguna vez me hizo sentir la persona más especial del mundo.
Sentí un nudo en la garganta.
No lloré.
No quería darle ese gusto a nadie.
Mucho menos a mí misma.
—¿Estás bien? —preguntó mi amiga.
—Sí.
Otra mentira.
Miré hacia otro lado.
Pero antes de hacerlo, ella levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Solo fueron unos segundos.
Ella me observó.
Yo la observé a ella.
Y no sé por qué, pero sentí algo extraño.
Como si ella ya supiera quién era yo.
Como si hubiera escuchado mi nombre antes.
Como si no fuera la primera vez que me veía.
Aparté la mirada.
Esa tarde, cuando llegué a casa, hice algo que llevaba semanas intentando no hacer.
Abrí nuestra conversación.
Subí lentamente por los mensajes.
Ahí estaban.
Nuestros “buenos días”.
Nuestros “te extraño”.
Las fotografías.
Los audios.
Las promesas.
Y ese último mensaje que nunca tuve el valor de borrar.
Lo leí una vez.
Después otra.
Y otra.
Hasta que mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Escribí:
“¿Quién es ella?”
Me quedé mirando la pantalla.
No lo envié.
Lo borré.
Después escribí:
“¿Todavía piensas en mí?”
También lo borré.
Finalmente dejé el teléfono sobre la cama.
Me acosté mirando el techo.
Quizá había llegado el momento de aceptar que él ya no era parte de mi vida.
Quizá esa chica era la prueba que necesitaba para dejarlo ir.
Cerré los ojos.
Y justo cuando estaba a punto de dormir, mi teléfono vibró.
Una notificación.
Lo tomé rápidamente.
No era un mensaje de él.
Era una solicitud de seguimiento.
De ella.
La chica que estaba sentada a su lado.
La chica cuyo nombre todavía no conocía.
La miré durante varios segundos.
Y por alguna razón…
sentí que aceptarla iba a cambiarlo todo.








