Dedicatoria
A las víctimas —Steven, Jamie, Richard, Anthony, Konerak, Matt, Jeremiah, Oliver, Joseph, y los demás— que se convirtieron en números de archivo cuando fueron hijos, hermanos, amores.
A las madres que quedaron en las salas del juicio gritando respuestas que nunca llegaron. Su dolor es el verdadero protagonista.
A la policía de Milwaukee que devolvió a Konerak a su asesino porque era “una pareja gay peleando”. Al racismo institucional que mira para otro lado cuando las víctimas no son blancas ni ricas.
Y finalmente: a la mente que todos llamaron monstruosa. No para excusarla, sino para reconocer que el verdadero daño no nació en el apartamento 213. Nació en una sociedad que prefiere conservar apariencias antes que conservar vidas.
Que esto sirva como espejo a nuestra sociedad actual.








