Capítulo 1: Despierta
Despierto con un grito atorado en la garganta, me llevo las manos al cuello buscando la herida, la sangre, el corte que la espada del emperador tuvo que dejar, pero no hay nada, mi piel está intacta y mi corazón late tan fuerte que me duele el pecho.
¿Estoy viva? ¿Fue una pesadilla?
Miro a mi alrededor, el dosel de tela gris, las cortinas gastadas, la ventana que da al patio de los establos, es mi habitación, mi vieja habitación en la casa Valcourt, la que me quitaron cuando Seraphine dijo que necesitaba más espacio para sus vestidos y me mandaron al ala de la servidumbre.
Esto no tiene sentido, esta habitación dejó de ser mía hace meses.
Me levanto tan rápido que me mareo y tengo que sostenerme del poste de la cama, sobre la silla está el vestido verde que usé en el cumpleaños de mi padre, el mismo vestido que Seraphine echó a la chimenea porque decía que me quedaba mejor que a ella.
Camino hasta el espejo y me cuesta reconocer a la chica que me devuelve la mirada, tiene mi cara, mis ojos grises, el lunar bajo el ojo izquierdo que heredé de mi madre, pero se ve más joven, con el cabello suelto cayéndole hasta las rodillas, negro con reflejos rojizos bajo la luz de la mañana, no tiene sentido, hace un año me corté el cabello, mi madrastra me dijo que era indecente, que una señorita de bien debía llevarlo más corto y recogido, y yo lo corte en un intento inutil de complacerla como siempre.
Me quedo mirándome mucho tiempo, y por primera vez en mi vida me pregunto si de verdad soy tan insignificante como me hicieron creer.
Alguien toca la puerta.
—¿Señorita Liria? —es la voz de Mina, más joven y más tímida de lo que la recuerdo—. ¿Ya está despierta?
Me tapo la boca para no llorar, la última vez que escuché esa voz fue a través de los barrotes de la celda, Mina me llevaba pan escondido en el delantal, me contaba lo que estaba sucediendo afuera y me prometía que todo iba a estar bien, hasta que aceptamos que no lo estaría y nos despedimos.
Abro la puerta antes de pensarlo y ahí está, con el uniforme gris de la servidumbre, la cofia torcida como siempre y una jarra de agua caliente entre las manos, tiene las mejillas redondas y ninguna de las marcas que le dejaron los golpes el invierno en que la castigaron por llevarme comida a escondidas.
—Señorita, ¿se siente bien? Está muy pálida.
No sé qué responder, quiero abrazarla, quiero pedirle perdón por todas las veces que no la defendí, por todas las veces que dejé que Seraphine la regañara por cosas que hacía yo, pero solo consigo quedarme parada en la puerta mirándola como si fuera un fantasma.
—Mina, ¿qué día es hoy?
Ella parpadea, confundida, y deja la jarra sobre la mesa.
—Es el quinto día del mes de las flores, señorita.
—¿De qué año?
Ahora sí me mira con preocupación, pero me responde, y el número que dice me deja sin aire.
Un año, estoy exactamente un año antes del día en que me arrodillaron en la plaza.
Me siento en la orilla de la cama porque las piernas ya no me sostienen, definitivamente regresé en el tiempo.
Mina se acerca, me toca la frente con el dorso de la mano para ver si tengo fiebre y sigue hablando, como hace siempre que está nerviosa.
—¿Tuvo una pesadilla, señorita? Estuvo llorando toda la noche, yo la escuché desde el pasillo… el conde quiere a toda la familia en el comedor dentro de una hora, la señorita Seraphine está despierta desde temprano, dicen que el palacio va a anunciar algo importante en estos días y que ella tiene que estar lista.
¿Una pesadilla? Me gustaría creerlo, pero todavía siento el frío de la piedra en las rodillas y el calor de la sangre en el cuello, ningún sueño se siente así.
Y sé lo que va a anunciar el palacio, lo recuerdo perfectamente, en tres días un mensajero imperial llegará con el sello del emperador para convocar a todas las jóvenes nobles a la ceremonia de selección de consorte, y en mi vida pasada me quedé en esta casa ayudando a Seraphine a elegir vestidos y joyas, sin que a nadie se le ocurriera que yo también podía presentarme.
Ni siquiera a mí.
Mina sale a prepararme el baño y me quedo sola, sentada en la orilla de la cama con las manos sobre las rodillas, tratando de ordenar todo lo que sé.
En un año voy a morir, en un año Seraphine va a declarar ante el Templo que me vio hacer un ritual que no entiendo, mi padre va a confirmar unas marcas que nunca vi y el emperador va a bajar de su tribuna para matarme con su propia mano.
¿Y si huyo? Lo pienso de verdad por un momento, podría tomar las pocas joyas que me dejó mi madre y desaparecer en alguna provincia lejana donde nadie conozca el apellido Valcourt, pero sé que no funcionaría, una muchacha sola y sin dinero no llega muy lejos, y si me acusan de magia prohibida el Templo me va a buscar en cualquier rincón del imperio.
¿Y si les digo la verdad? ¿Quién me va a creer? ¿Mi padre, que ni siquiera me mira?
Huir no sirve y hablar tampoco, en mi otra vida fui buena, fui callada, obedecí en todo y aun así me mataron, así que esta vez no voy a esperar a que alguien venga a salvarme.
Necesito poder, el suficiente para que nadie en esta casa ni en el Templo pueda volver a tocarme, necesito poder para vengarme y en todo el imperio solo hay un poder que está por encima de todos ellos.
El emperador.
Recuerdo sus ojos oscuros mirándome sin nada adentro, la espada en su mano, y me sorprende darme cuenta de que no lo odio, él no me conocía, nadie le dijo la verdad, solo hizo lo que haría cualquier emperador con alguien acusado de querer dañarlo. No fue él quien me traicionó, fueron los míos.
Pero también recuerdo el hilo dorado que salía de mi pecho y se tensaba hacia él, y la voz de aquella mujer llamándome Mirei, el nombre que mi madre me susurraba antes de dormir y que me pidió no decirle nunca a nadie. No sé qué significa nada de eso, no sé por qué regresé, pero si hay algo que me une a ese hombre voy a usarlo.
Si el emperador me quiere, nadie podrá tocarme.
No necesito amarlo, en esta vida no pienso llenarme de sentimientos inútiles ni apegos innecesarios, lo único que necesito es que él me quiera lo suficiente para que nadie se atreva a acercarse a mí con una acusación en la mano y para que me ayude a destruir a los que me traicionaron. A cambio le daré lo que cualquier emperador necesita de una esposa: lealtad absoluta, información y una emperatriz que nunca lo haga ver débil, eso sí puedo hacerlo.
Voy a presentarme a la ceremonia de selección, y voy a ganar.
Cuando entro al comedor ya están todos sentados, mi padre en la cabecera leyendo una carta, mi madrastra a su derecha y Seraphine a su lado, con un vestido rosa pálido y el cabello rubio recogido con perlas, riéndose de algo que acaba de decir su madre.
Nadie me saluda, nadie lo hacía nunca, y aun así siento que el estómago se me cierra cuando los veo, son las mismas caras que estaban en la tribuna, la misma espalda recta de mi padre, la misma boca de Seraphine que sonreía detrás del velo mientras me arrodillaban en la plaza.
Me siento en mi lugar de siempre, al final de la mesa, junto a la puerta de la cocina.
Es el lugar que me asignaron cuando murió mi madre, tenía seis años y nadie me explicó por qué de pronto ya no podía sentarme junto a mi padre, solo me dijeron que ahora la familia era otra. Desde aquí los sirvientes me sirven al final, cuando la sopa ya está tibia y el pan ya no está recién horneado, y desde aquí aprendí a comer sin hacer ruido, a no pedir nada, a no reírme si Seraphine no se reía primero.
Durante años pensé que era mi culpa, que si hubiera nacido con algún poder, aunque fuera pequeño, mi padre habría vuelto a mirarme como me miraba cuando mi madre estaba viva.
—Llegas tarde —dice mi madrastra sin levantar la vista de su taza—. Y traes el cabello suelto como una campesina, ¿no te da vergüenza?
En mi otra vida habría bajado la cabeza, habría pedido perdón y habría salido corriendo a recogérmelo, esta vez solo tomo mi servilleta y la extiendo sobre mis piernas.
—Buenos días, condesa.
Ella me mira por fin, sorprendida, como si una de las sillas le hubiera contestado. Seraphine también me mira, y por un instante veo algo en sus ojos que no sé nombrar, algo que se parece mucho a la sorpresa.
—Déjala, madre —dice Seraphine con una sonrisa dulce—. Seguro pasó otra mala noche, ya sabes que mi hermana no es como nosotras, a veces se le olvida cómo comportarse.
Lo dice con la misma voz suave con la que les habla a los perros de la casa, y mi madrastra se ríe bajito detrás de su taza. Antes esas palabras me habrían quemado la cara de vergüenza, ahora solo me pregunto cuántas veces las dijo frente a otros, cuántas veces les repitió a las damas de la corte que la hija mayor del conde era rara, callada, distinta, para que nadie se sorprendiera el día que me acusaran de magia prohibida.
—Liria —mi padre ni siquiera levanta la vista de la carta—. Después del desayuno te recogerás el cabello, no pienso tolerar que avergüences a esta familia, no ahora.
No ahora, cuando Seraphine tiene la oportunidad de llegar al palacio, cuando cualquier mancha en el apellido Valcourt podría costarle el trono a su hija favorita.
—Como ordene, padre.
La respuesta me sale sola, con la misma voz obediente de siempre, y por un segundo me asusta lo fácil que es volver a ser la de antes. Aprieto la servilleta bajo la mesa hasta que me duelen los dedos.
Mi padre dobla la carta y carraspea.
—El palacio anunciará pronto la ceremonia de selección de consorte —dice, y mira a Seraphine con un orgullo que nunca ha tenido para mí—. La emperatriz viuda me ha hecho saber que espera ver a nuestra familia entre las candidatas. Seraphine, a partir de hoy tus lecciones se duplican.
Seraphine sonríe y baja la mirada con la modestia que lleva toda la vida ensayando, mi madrastra le aprieta la mano por encima de la mesa y nadie pregunta por mí, a nadie se le ocurre que en esta casa hay dos hijas.
Corto un pedazo de pan y me lo llevo a la boca despacio, mientras los observo como nunca los había observado, a los tres, tan seguros, tan felices, sin saber que a esta hija ya no le queda nada para ellos, que la hija que mataron está lista para la venganza.
Hace unas horas pensaba que lo único que quería era sobrevivir, no volver a arrodillarme en esa plaza, no volver a sentir el filo en el cuello, pero sentada aquí, viendo a mi padre sonreírle a Seraphine como nunca me sonrió a mí, entiendo que sobrevivir no es suficiente. Podría pasar el resto de mi vida escondida, viva y a salvo, y ellos seguirían aquí, comiendo en esta mesa, sin pagar nunca por lo que me hicieron.
No quiero solo vivir, quiero verlos perder todo lo que me quitaron, quiero que Seraphine sepa lo que se siente estar sola frente a una multitud que la odia, quiero que mi padre por fin me mire y entienda, demasiado tarde, a quién dejó morir.
Y si para eso tengo que arriesgar la vida que acabo de recuperar, lo haré.
En un año, alguien de esta familia va a estar arrodillado en esa plaza.
Y no voy a ser yo.
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