La Escudera
El olor a sal y pescado se aferraba a las calles de Puerto Ceniza. Las casas de madera gris se apiñaban alrededor del muelle, y el viento traía el grito de las gaviotas y el ruido de las redes. Asha caminaba con paso ligero, casi saltando, el bolsillo de su pantalón abultado por las monedas que había ahorrado durante meses. Diecinueve años recién cumplidos y, por fin, el dinero suficiente para dejar de ser “la chica del puerto que siempre sueña” y convertirse en algo de verdad.
—¡Hoy es el día! —murmuró para sí, con una sonrisa que le iluminaba todo el rostro—. Equipo completo. Espada, armadura ligera, botas … ¡y después, el mundo!
El gremio de aventureros era apenas una casucha de dos pisos junto a la taberna. La tabla de misiones colgaba torcida, llena de pedidos de cazar ratas y escoltar carretas. Asha empujó la puerta con el hombro, el flequillo negro cayéndole sobre los ojos rasgados y marrones. Era pequeña, de hombros estrechos y cintura fina; la ropa sencilla de lino y pantalones arremangados le quedaba un poco holgada, pero a ella no le importaba. Llevaba el cabello corto, apenas rozándole la nuca, y el flequillo le daba un aire casi tonto cuando sonreía.
—¡Jefe! —exclamó, deteniéndose frente al mostrador—. ¡Vengo a comprar equipo! ¡Todo el que tenga!
El hombre detrás del mostrador, un tipo calvo de barba canosa llamado, levantó una ceja.
—Asha… otra vez. ¿Cuánto traes?
Ella vació el saquito sobre la madera. Las monedas tintinearon. El hombre las contó con dedos lentos y soltó un bufido.
—Te alcanza para un escudo. Y de los baratos… usados.
Asha parpadeó.
—¿Solo el escudo? ¿Y la espada? ¿Las botas? ¿El peto?
—Escudo. Punto.
Ella se quedó mirando las monedas como si pudieran multiplicarse por voluntad propia. Luego se enderezó, sacudiendo el flequillo.
—¡Está bien! ¡Un escudo es el comienzo! ¡Con un buen escudo uno puede… puede… defenderse! ¡O usarlo de tabla para remar si hace falta! ¡O—
La puerta se abrió de golpe.
El muchacho que entró parecía sacado de otro lugar. Alto, de hombros anchos, el pelo negro cayéndole en mechones desordenados sobre la frente. La piel pálida contrastaba con la ropa, túnica blanca de cuello alto bajo una capa negra que le rozaba las botas. El rostro era severo, de líneas limpias, labios finos y ojos oscuros que barrían la sala con desdén. Hermoso de una forma fría, como una estatua que alguien hubiera vestido de caballero errante.
—Necesito compañía —dijo, la voz baja y cortante—. Alguien que sepa sostener un arma. Viaje a Vallemonte, seran varios días. Debo llevar una carta desde Villamar. Pagare mucho.
El hombre del gremio se aclaró la garganta.
—Caballero… el gremio está un poco… vacío esta semana. La única disponible es ella —señaló a Asha con la barbilla—. Pero solo tiene un escudo.
Asha sintió que el corazón le daba un salto. Se plantó frente al mostrador, los ojos brillando.
—¡Puedo hacerlo! ¡Sé usar un escudo! ¡Y corro rápido! ¡Y no me quejo casi nunca! ¡Y—
El caballero la miró de arriba abajo. La expresión no cambió ni un milímetro.
—Que más da —murmuró, como si hablara consigo mismo—. No necesito una guerrera. Solo alguien que no se muera en el camino y cargue con mis cosas.
Asha apretó los puños, la emoción subiéndole a la cara en un rubor adorable.
—¡No me voy a morir! ¡Prometo! ¡Y el escudo es nuevo! Bueno… casi nuevo. ¡Y yo soy nueva también, pero aprendo rapidísimo!
Él no sonrió. Solo inclinó ligeramente la cabeza hacia Garran.
—Prepárale el contrato. Salimos al atardecer.
Asha dio un saltito en el sitio, el flequillo rebotándole.
—¡Sí! ¡atardecer! ¡Estaré lista! ¡Con el escudo y todo!
El caballero, del que ella no sabia su nombre, se giró hacia la puerta sin más palabras. La capa negra ondeó una vez y desapareció en la calle.
El hombre del gremio suspiró, ya sacando el pergamino.
—Niña… ese tipo no parece de los que perdonan errores.
Asha agarró el escudo del rincón. Era pesado, redondo, con el borde abollado. Lo levantó con ambas manos y sonrió, los ojos marrones brillando como si acabara de ganar el tesoro más grande del mundo.
—Entonces no cometeré ninguno.
Fuera, el viento del puerto traía olor a marea baja. Asha apretó el escudo contra el pecho y miró hacia el camino que se perdía tierra adentro. Vallemonte, un reino lejano.
Y un caballero de ropa blanca y negra que ni siquiera se había dignado a presentarse.
—Va a ser divertido —susurró, y por primera vez en mucho tiempo la frase no sonó a sueño, sino a promesa.
El hombre le empujó un bolso de lona gruesa por encima del mostrador. Dentro tintineaban tarritos de barro, vendas enrolladas, un frasco de alcohol y un par de hierbas secas que olían a menta.
—Toma. Medicinas básicas. Por si te caes, te cortas o ese tipo te deja tirada en medio del camino —dijo el hombre, cruzándose de brazos—. Y a ver si algún día trabajas de verdad, Asha. Que de soñar no se come.
Ella le sonrió con todos los dientes, el flequillo cayéndole sobre los ojos rasgados.
—¡Voy a trabajar tantísimo que me van a poner una estatua en el puerto! ¡De las bonitas!
Garran solo bufó y le hizo un gesto de “fuera”. Asha se colgó el bolso en el hombro, agarró el escudo con las dos manos y salió corriendo detrás del caballero de ropa blanca y negra.
Lo alcanzó justo donde las últimas casas de Puerto Ceniza se desaparecian ante el camino de tierra. El viento del mar ya no llegaba con tanta fuerza. El muchacho caminaba con paso largo y constante, la capa negra moviéndose a su espalda como una sombra propia. No se detuvo cuando ella llegó a su lado, jadeando un poco.
—¡Oye! —llamó Asha, ajustándose el escudo—. ¡No me dijiste tu nombre!
Él no la miró.
—Ryo.
—¡Ryo! Qué nombre tan… Yo soy Asha. De Puerto Ceniza. Bueno, eso ya lo sabes. ¡Es la primera vez que salgo tan lejos! Bueno, una vez fui hasta la colina de los pinos, pero eso no cuenta porque volví antes de que anocheciera y—
—Habla menos.
La frase salió seca, sin alzar la voz. Asha se mordió el labio inferior, pero la sonrisa no se le borró del todo.
—Perdón. Es que cuando estoy nerviosa hablo mucho. Y un poquito emocionada también. ¿Llevas mucho tiempo siendo caballero? ¿Vallemonte es muy lejos? ¿Hay monstruos en el camino? ¿O solo bandidos? ¿O las dos cosas?
Ryo giró ligeramente la cabeza. Sus ojos oscuros la miraron un segundo, fríos.
—Lo suficiente. Sí. Posiblemente. Y no preguntes tanto.
—¡Entendido! —respondió ella con un brinquito que hizo tintinear los tarritos del bolso—. Entonces… ¿vamos a caballo?
—No tengo caballo.
Asha parpadeó.
—¿Ninguno?
—Ninguno.
—Oh. Entonces caminamos. ¡Genial! Caminar es sano. Y barato. Y… bueno, a mí me gusta caminar. Aunque el escudo pese un poco. Pero no me quejo. ¡Prometo no quejarme!
Ryo soltó un sonido que podía haber sido un suspiro o un gruñido contenido.
—Ya te estás quejando.
—¡No! Solo… comentaba. De forma alegre.
Él no contestó. Siguió adelante. Asha apretó el escudo contra el pecho y alargó el paso para no quedarse atrás. El camino se abría delante de ellos, polvoriento y vacío, con el sol de la tarde empezando a inclinarse hacia el este.
Puerto Ceniza quedaba atrás, pequeño y gris entre el olor a sal. Delante solo estaba el silencio del caballero, el peso del escudo y un viaje que, de pronto, se sentía muchísimo más real.
Asha miró de reojo el perfil serio de Ryo, la mandíbula tensa, el pelo negro moviéndose con el viento. Sonrió para sí, en silencio esta vez.
—Bueno… —murmuró, casi para no molestar—. Que empiece la aventura.
Y los dos echaron a andar.







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