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Recuperando a Ethan [En Edición]

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Sinopsis

June Morris estaba convencida de que Ethan May era el amor de su vida. Hasta que él la dejó por otra. Desesperada por recuperarlo, termina haciendo un trato con Tristan Dune, el chico problemático de la escuela y mejor amigo de su ex. Lo que comienza como un simple intercambio de favores pronto se convierte en algo mucho más peligroso: una amistad capaz de cambiarlo todo. Porque cuando las máscaras caen y los secretos salen a la luz, June descubrirá que algunas pérdidas no están destinadas a repararse. Y que algunas personas llegan para destruir todos tus planes... y convertirse en algo mejor.

Genero:
Romance
Autor/a:
nick moon 🌛
Estado:
hace 10 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 — El arte de la ilusión

June:

La gente cree que la riqueza se reconoce por el dinero. Eso demuestra que nunca aprendieron a coser un botón.

A las seis de la mañana, lo único que se oía en mi cuarto era el zumbido de la máquina de coser. La aguja atravesaba el tweed con una precisión casi hipnótica y yo tenía hasta que saliera el sol para cerrar la última costura de una chaqueta blanca que, según cualquier catálogo, costaba cuatro mil dólares. A mí me había costado treinta y dos y tres noches de sueño. La etiqueta venía de la caja de latón de mi madre, donde guardaba etiquetas de marcas de lujo como otras familias guardan fotos de vacaciones.

Levanté la prenda frente a la ventana. Perfecta. Bueno, casi: si alguien acercaba la nariz a menos de diez centímetros, descubriría que no era Chanel. Pero la gente rara vez acerca la nariz a algo que no sea un espejo, así que yo estaba a salvo. Mi armario entero funcionaba bajo ese principio. Prada, Dior, Carolina Herrera, Saint Laurent: todos convivían en paz sin saber que una adolescente con demasiado tiempo libre y acceso peligroso a los tutoriales de costura los había secuestrado y reconstruido.

Nadie sospechaba nada, porque mi apellido era Morris y los Morris eran ricos. O lo habían sido, hasta que mi padre invirtió en el negocio equivocado y perdió la fortuna, la casa y unos cuantos años de salud. Ahora vivíamos en la casita del fondo del terreno de mi abuela, y ese dato, igual que la etiqueta de mi chaqueta, estaba muy bien cosido por dentro.

Me metí en la ducha. El calefón había decidido, otra vez, tomarse la mañana libre, y el agua cayó sobre mí con la delicadeza de una acusación. Podría haber cruzado el jardín para bañarme en la mansión de mi abuela, pero eso habría costado tres cosas: orgullo, orgullo y una charla sobre mi postura. Terminé en tiempo récord, tiritando y con la dignidad intacta.

Después vino el pelo. Mis rizos castaños me devolvieron la mirada desde el espejo: enormes, salvajes, con claras intenciones criminales.

—Hoy no —les advertí.

Ignoraron la amenaza. Cuarenta y cinco minutos, una plancha y una cantidad de productos que probablemente violaba varias convenciones internacionales después, logré someterlos. Me puse la chaqueta, labial neutro, aros discretos y postura de reina. Parecía exactamente la clase de persona que jamás había mirado una etiqueta de descuento.

En la cocina, mi padre sostenía una taza en una mano y la factura de la luz en la otra, mirándola como si pudiera intimidarla. Junto a la taza esperaba la pastilla de la presión, todavía sin tomar. Mi madre, de espaldas, servía un segundo café que nadie le había pedido. Lo dejó frente a él sin decir una palabra, y él lo aceptó sin mirarla. En mi casa eso equivalía a firmar un tratado de paz: la pelea de anoche había terminado, aunque la factura siguiera ahí.

Hice lo que siempre hacía. Entré sonriendo, como si estuviéramos en una comedia familiar y yo tuviera los mejores diálogos.

—Buenos días a la mejor familia del fondo.

—Somos la única familia del fondo —gruñó mi padre.

—Entonces gané por unanimidad. —Le acerqué la pastilla y un vaso de agua—. Papá.

—Ya sé.

—Ya sé que ya sabes. Por eso te lo recuerdo.

Suspiró, pero se la tomó, y los hombros le bajaron un par de centímetros. Era una técnica que había perfeccionado con los años: ante cada tormenta de mi padre, calma y buen humor. Mi madre prefería preocuparse; yo prefería distraer. Entre las dos, la presión de la casa se mantenía a raya.

Mi madre se dio vuelta y su expresión cambió: dejó de ser una madre y se convirtió en una costurera.

—Date la vuelta.

Hice un giro completo. Me tomó el cuello de la chaqueta con dos dedos y lo examinó con la seriedad de un cirujano.

—El pespunte está corrido dos milímetros.

—¿Dos?

—Dos. Solo se nota si eres yo. —Sonrió con esa calma suya, que parecía venir de otro siglo y de otra familia—. Y es la mejor costura que ha entrado en esta casa.

—Es práctica.

—Es talento.

Mi madre sabía de lo que hablaba: llevaba veinte años cosiendo para marcas que vendían sus prendas por una fortuna y le pagaban, por pieza, lo que costaba un almuerzo. Con un poco menos de bancarrota, yo estaría en una escuela de diseño en Nueva York. Con toda la que teníamos, cosía etiquetas ajenas en una casa sin agua caliente confiable. Era una de esas verdades que prefería no mirar de frente. Durante un segundo pensé que ella iba a emocionarse, así que hice lo único posible: arruiné el momento.

—Tengo una reputación de reina de hielo que mantener.

—Y una abuela que enfrentar.

—Gracias por el recordatorio. Estaba demasiado contenta.

Cruzar el jardín hasta la casa principal era pasar de un cuento de los hermanos Grimm a una revista de decoración: de un lado, un techo con una gotera que mi padre llamaba «carácter»; del otro, tres plantas, columnas y un césped cortado con regla. Mi abuela esperaba en el comedor, en la cabecera, por supuesto. Estoy convencida de que nació sentada en esa silla. Levantó la vista de su taza de té y me recorrió de arriba abajo con la calidez de un escáner de aeropuerto.

—Llegas tarde.

—Buenos días, abuela.

—Son las siete y diecisiete.

—Entonces llego diecisiete minutos tarde a un horario que nadie me comunicó.

—Los horarios no se comunican, querida. Se heredan.

Punto para ella. Lo reconocí con una sonrisa y me serví jugo, que era la única forma educada de rendirme sin rendirme.

Su mirada se detuvo en mi solapa. Un segundo, quizá dos. Mi abuela distinguía un Chanel auténtico a doce metros de distancia, y si había alguien en el mundo capaz de acercar la nariz, era ella. Contuve la respiración. Pero apartó la vista, como si la duda fuera una molestia y no una pista.

—Tu padre te la compró.

No era una pregunta. Con ella nunca lo eran.

—Y después se queja de la factura de la luz.

Habría dado cualquier cosa por decirle quién había cosido esa chaqueta. Pero en esa casa la verdad era la única prenda que no podía ponerme.

—Mi padre no me ha comprado nada.

—Entonces tienes un benefactor. —Tomó un sorbo de té—. Espero que sea más solvente que mi hijo.

Ah. Y de ahí, como siempre, a su tema favorito. Récord personal: treinta segundos.

—Tu primo Julian acaba de comprarse un Audi.

—Qué alegría. ¿Cuántas cuotas le quedan al papá de Julian?

—Julian entiende lo que significa ser un Morris.

—Significa que alguien más paga la cuenta.

La taza chocó contra el plato con algo más de fuerza que la necesaria.

—Algún día aprenderás respeto.

—Ya aprendí. De la mejor.

Mi abuela me miró. Una comisura de su boca se movió apenas un milímetro, y habría jurado que fue un tic.

—No me halagues. Es de mala educación.

Agarré una tostada. Victoria por puntos. La guerra se reanudaría en la cena, o antes, si ella encontraba otra solapa que juzgar.

Salí por la puerta de adelante, como siempre. Nadie en el mundo sabía que mi casa estaba al fondo de ese jardín, y yo pensaba mantenerlo así hasta la universidad o hasta la muerte, lo que ocurriera primero.

El BMW blanco ya esperaba junto al cordón, y sonreí sin querer, lo cual era irritante, porque me gustaba creer que después de dos años Ethan May ya no tenía ese efecto sobre mí. Estaba apoyado en la puerta del conductor, revisando el teléfono, con la camisa impecable y el cabello peinado con ese descuido que cuesta tanto esfuerzo. Al oír mis pasos levantó la vista y sonrió. La sonrisa de las fotos del anuario, la que había convencido a medio instituto de que Ethan era incapaz de cometer un crimen. Probablemente podría atropellar a alguien y recibir una disculpa de la víctima.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, capitán.

Abrió la cajita metálica que llevaba en el bolsillo. Nuestro ritual: mentas.

—Las mentas no reemplazan el cepillado dental —dije, aceptando una.

—Lo sé. —Se encogió de hombros, divertido—. Pero es lo único que hago sin que nadie me lo haya pedido.

Se rió de su propia broma, y yo me reí con él, aunque una parte de mí registró la frase y la guardó para después. Durante un minuto todo pareció normal. Después, en el auto, noté que algo no lo era.

Ethan conducía demasiado callado. Sus días malos solían ser ruidosos: hablaba más, hacía chistes peores. Hoy había silencio, y era un silencio ordenado, como el de alguien que ha ensayado. Desde agosto, además, tenía una agenda digna de un ministro: pasantías, cenas con los inversionistas de su padre, compromisos familiares. Yo había pasado tres semanas del verano en el taller de mi madre, cosiendo dobladillos, y le había dicho que estaba de vacaciones con unos primos. Los dos teníamos secretos de verano; los míos olían a hilo y a plancha. No sabía todavía a qué olían los suyos.

—¿Todo bien?

—Sí.

Demasiado rápido.

—Llevas diez minutos mirando el volante como si te hubiera insultado.

—Mis padres están siendo mis padres.

Ah. Eso lo explicaba casi todo. Los señores May tenían tres pasatiempos: controlar a Ethan, recordarle que lo controlaban y el dinero.

—¿Universidad?

—Universidad.

—¿Harvard?

—Harvard.

—¿Derecho?

—Derecho.

—Qué originales.

—Lo sé.

Apoyé la cabeza en el respaldo.

—Algún día deberías probar decirles que no.

—Algún día tú podrías probar no discutir con el mundo entero.

—Eso jamás va a pasar.

—Lo sé —repitió, y se rió, pero la risa se quedó a mitad de camino.

Me invadió una tristeza rara, como si alguien se estuviera despidiendo en voz baja. La atribuí a la falta de sueño, al exceso de cafeína o a que mi abuela seguía con vida. Las tres opciones eran razonables.

Cuando llegamos al estacionamiento, las miradas llegaron antes que nosotros. Nunca me acostumbré; no me molestaban, me parecían absurdas. La gente nos trataba como a la realeza, y en realidad éramos dos adolescentes con ansiedad y ropa cara. Bajamos del auto y entonces oí el rugido de una Harley.

Tristan Dune entró al estacionamiento como si las normas de tránsito fueran sugerencias decorativas y se detuvo en el espacio reservado para el director, por tercera vez esa semana. Se quitó el casco y su cabello negro quedó todavía más desordenado, algo que yo no entendía cómo conseguía: parecía despertarse cada mañana y pelearse con un tornado. Encendió un cigarrillo justo debajo del cartel de «prohibido fumar», porque, naturalmente.

—Capitán —saludó. Luego me miró a mí—. Su Majestad.

—Dune. ¿Esa moto tiene seguro o solo buena fe?

—Las dos cosas están vencidas.

Lo dijo sin sonreír, con la voz plana de quien comenta el clima, y se alejó entre el humo. Me costó admitir que me había hecho gracia. Cuando pasó junto a Ethan, lo vi mirarlo un segundo más de lo normal y después mirarme a mí con algo que no supe leer. Como se mira a alguien que está a punto de pisar algo.

—June.

La forma en que dijo mi nombre hizo que algo se me hundiera en el estómago.

—¿Sí?

—Necesitamos hablar.

Sonreí por reflejo.

—Qué frase tan aterradora.

Él no sonrió, y eso bastó. Lo seguí hasta el ala oeste, donde el ruido de los casilleros no llegaba. Ethan estaba nervioso. No por un examen ni por sus padres: por mí, lo cual era muchísimo peor. Se pasó una mano por el pelo. Una vez. Dos veces.

—No sé cómo decir esto.

—Entonces no lo digas.

Soltó una risa corta, y fue peor.

—Creo que deberíamos darnos un tiempo.

El mundo no explotó. El suelo no se abrió. No hubo música dramática. Solo el eco lejano de alguien riéndose en un pasillo, lo cual me pareció de mal gusto.

—¿Un tiempo?

—Sí.

—Explícame cómo funciona un tiempo. ¿Tiene fecha de vencimiento? ¿Se guarda en el refrigerador?

Intentó sonreír.

—Soy un idiota. Podemos dejar eso establecido desde el principio.

Era su manera de intentarlo, y fue lo peor que pudo haber dicho: un chiste para salvarse a sí mismo.

—No me hace gracia, Ethan.

—Lo sé.

Cerró los ojos, y entonces supe que ya estaba decidido. Antes de llegar al instituto, antes de hablar conmigo, antes de todo. La conversación no era una conversación. Era una notificación.

—¿Desde cuándo lo piensas?

—Unas semanas.

Algo se rompió dentro de mí. Limpio, silencioso, preciso, como una costura que cede.

—Increíble —dije, y sonreí, porque cuando estaba furiosa sonreía. Era uno de mis peores defectos—. Llevas semanas pensando en terminar conmigo y encuentras cinco minutos justo hoy.

—Quería encontrar la forma correcta.

—Evidentemente no la encontraste.

—Mis padres creen que nuestros planes ya no son compatibles.

—¿Nuestros planes?

—La universidad. El futuro.

—¿Y desde cuándo deciden ellos con quién sales?

No respondió enseguida, y esa demora fue la respuesta.

—Les dejaste decidir. —Casi no me salió la voz—. Tienes casi dieciocho años, Ethan.

—No es tan simple.

—Para mí lo es.

—También hay otra cosa —dijo, y supe que venía lo que había estado ensayando—. A veces eres… intensa. Siempre quieres que todo sea perfecto. Siempre estás discutiendo con alguien, siempre controlándolo todo. Necesito algo más tranquilo.

Algo. No alguien: algo. Hablaba de mí como se habla de cambiar un colchón.

—Entiendo —dije, y no entendía nada—. Necesitas a alguien que no te contradiga. Que asienta, que sonría y que nunca te obligue a tomar una decisión difícil.

La culpa le llegó a los ojos antes que cualquier negación, y entonces lo supe. Las piezas encajaron demasiado rápido: las llamadas cada vez más escasas, las excusas del verano, las pasantías que nunca pude confirmar.

—Ya hay alguien más.

—June…

—Dios mío.

Y entonces la voz, aguda, dulce y perfectamente ensayada.

—¡Ethan!

Melanie. Claro que era Melanie. Hasta hacía unas semanas yo la recordaba siempre en manada con su equipo de hockey, con una cola de caballo y las rodillas llenas de moretones, riéndose a los gritos. La que avanzaba hacia nosotros por el pasillo era otra versión: pelo suelto, diadema, suéter rosa y una sonrisa de comercial de pasta dental. Alguien la había mejorado, o corregido.

—Oh —dijo al vernos—. Hola, June.

Había visto perfectamente que yo estaba ahí. Deslizó una mano por el brazo de Ethan con la naturalidad de quien ya practicó el gesto, y después la retiró, como quien recuerda que hay espectadores.

—¿Interrumpo?

Sí, mi relación.

—Para nada.

—Ethan, ¿sigue en pie lo de esta tarde?

Silencio.

—¿Esta tarde? —pregunté.

—Vamos a estudiar al club de campo —dijo Melanie, mirando a Ethan, no a mí.

Claro. Nada decía «solo amigos» como una tarde de estudio en un club privado. No era una crisis existencial, ni una búsqueda personal, ni presión familiar. Era un reemplazo. El chico dorado había encontrado una versión más cómoda y la había cambiado por la anterior, como quien cambia de asiento.

Durante un instante creí que iba a llorar. No lo hice. Había público, y podía romperme después, a solas, donde nadie pudiera verlo. Enderecé los hombros, alisé una arruga imaginaria de mi chaqueta y sonreí. Era mi mejor sonrisa, la más elegante y la más peligrosa.

—Tienes razón, Ethan. Necesitamos cosas distintas. —Mi voz sonaba tan tranquila que casi me asustó—. Yo busco a alguien con columna vertebral. Y tú, claramente, buscas a alguien que te preste la suya.

Melanie perdió la sonrisa. Ethan abrió la boca. No esperé a oír lo que fuera: una reina no se queda a presenciar el incendio de su propio castillo, sale caminando entre las llamas.

Avancé por el pasillo principal entre murmullos y miradas, con el agujero que acababa de abrirse en mi pecho escondido bajo un Chanel que nunca había sido de Chanel. Mi imperio seguía en pie: eso era lo que todos verían. La verdad podía esperar, al menos hasta que estuviera sola.

Porque el problema de las coronas de cristal no es que se rompan. Es que, cuando lo hacen, los fragmentos cortan a quien las lleva puestas.

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