Chapter 1
Abro los ojos.
Por un instante pequeños destellos morados y azules bailan ante mis ojos para desaparecer rápidamente.
El corazón me late deprisa.
Repaso un par de veces lo que he soñado para encontrarle algún sentido. Formas inconexas, susurros, mi nombre gritado desde la lejanía. Una llamarada completamente roja.
Un sinsentido.
Froto un par de veces mi rostro para intentar despejar la nube de la visión y me siento al borde del colchón. Prácticamente, desaparece bajo mi peso.
Mi espalda está resentida. Hace tiempo que mi colchón debió ser sustituido. Mi constitución y mi peso ya no es el mismo desde que empecé a trabajar en la forja. La edad y el trabajo duro han hecho que mi cuerpo apenas quepa en esta cama.
Pero las cosas no están yendo muy bien y no me atrevo a decirle nada a mamá. Bastante tenemos con llevar un plato a la mesa.
Me levanto y me cambio a mi ropa diaria. Una camiseta de lino y mis pantalones de algodón. Cómodo y limpio. Trabajar en una forja no te da mucho margen.
Hoy hay mercado en la plaza central. Se celebra cada dos semanas y, normalmente, puedes encontrar cosas que en el mercado diario no encontrarias. En este, los mercaderes reciben mercancias de los barcos. Hace tres años mi padre encontró un rubí precioso. Es bruto pero el cristal es impactante. Lo consiguió casi regalado porque el rubí está manchado. Por lo visto, creció de tal forma encerrando un trozo pequeño de obsidiana dentro.
Papá me lo dio a mi para ver si se me ocurria algo para usarlo. Pero soy herrero, no joyero. Un hacha o un cuchillo deben ser prácticos, no bonitos. Así que lo guardé.
Espero tener la misma suerte y encontrar algo así de raro. Tengo un cuchillo sin mango. Tal vez encuentre madera de caoba. Hace muchos años que no tengo uno en mis manos.
Termino de atarme las botas y salgo al salón.
Oculto una risa mientras escucho a Noah resoplar frustrada. Mi abuela está trenzando su largo pelo negro pero le da un tirón de vez en cuando. Me acerco al fogón y mis tripas saltan emocionadas. Gachas dulces. Parece que mamá a conseguido algo de azúcar en el castillo.
Noah resopla una vez mas mientras yo, aprovechando la distracción, meto el dedo en la olla y me lo llevo a la boca.
Un gemido escapa de mi garganta al sentir el dulce invadir mis sentidos.
—Jovencito, vuelve a meter el dedo en la olla, y te voy a tener removiendo jabón hasta que se ponga duro.
—Abuela... —me quejo. Pronto cumpliré veinte años pero, venga... son gachas. El azúcar no es algo que se comercie por aqui de forma habitual. Si, tenemos miel para endulzar pero no es lo mismo.
—Lleva un tazón a tu padre antes de que se enfríen y desayuna rápido. Me vas a acompañar al mercado.
Cojo un tazón de madera de debajo del fogón y empiezo a servir. No sin antes volver a probar las gachas. Al girarme, esquivo por poco un manotazo de mi abuela. De algo tiene que servir ser mas alto.
Paso por detras de Noah que está concentrada en una parte de la hoja de dibujo, trazando con fuerza algo que no logro diferenciar.
Nada mas entrar en la habitación, pillo a papá intentando levantarse.
—¿Donde crees que vas tu solo?
—He olido gachas. Dime que son dulces.
—Lo son.
—¿Te has lavado las manos antes de meter los dedos en la olla?
Ups.
Papá se rie mientras se acomoda y coge el tazón. Lo huele y acto seguido mete un dedo y se lo lleva a la boca.
—De tal palo...
En el salón, mi abuela ya me está esperando en la puerta mientras saluda a Gertrude. Mientras desayuno rápido, alcanzo a escuchar que su hijo se ha rozado con una planta bastante peculiar. El chico no ha dejado de rascarse desde entonces. Entre cucharadas, debo parar de vez en cuando para no atragantarme de la risa. Dejo el tazón al lado del barreño de fregar y cojo mi bolsa para contar las monedas que llevo. Tres monedas de oro, 7 de plata y 15 de bronce.
—Tengo que preguntar a Agatha. O, tal vez a su nieta. Es muy diestra con los remedios —escucho a mi abuela mientras guardo mi bolsa de monedas. Y caigo en lo que acaba de decir.
La nieta de Agatha.
Un pequeño cosquilleo me surge en la base de la nuca.
Tal vez la vea en el mercado.
Salgo justo en el momento en que Gertrude se despide de mi abuela.
Ambos nos dirigimos a la calle principal mientras la abuela se acomoda la cesta en un brazo y con el otro se apoya en mi. Me obligo a ir mas despacio.
—Ese niño, siempre metido en problemas.
—A Agatha no le va a hacer gracia. Gertrude es bastante tacaña a la hora de pagar —le señalo.
—En ese caso, espero que se encuentre con la nieta. Ella si que no se deja marear —asiento totalmente de acuerdo. Sonrío.
—Agatha es dura negociando. Zephyr ha aprendido bien —Contesto intentando que no se me note lo que me produce cualquier referencia a ella.
—Al final, las viejas nos terminamos compadeciendo. Tampoco tenemos ganas de escuchar sus quejas. Esa joven, una mirada. Solo necesita una mirada.
Paso a paso nos vamos acercando al mercado. La posibilidad de verla hace que empiece a mirar a todos lados intentando vislumbrar una cabellera oscura.
Completamente distraído, casi tiro a mi abuela cuando esta se detiene en un puesto de verduras.
Avergonzado, miro un ramillete de acelgas como si fuese la cosa mas fascinante mientras siento la mirada de mi abuela y la risa de la tendera.
—¿Porqué tan caros?—La pregunta de mi abuela me saca abruptamente de mi vergüenza.
—Las cosechas no van bien. La mayoría ha sido descartada por una plaga de cochinillas.
—Vaya. Y zanahorias?
—Solo tengo estas, señora. El comerciante debería haber venido hace un par de dias. Tal vez tenga para el mercado diario. Pero no le puedo decir el dia.
—Bueno, me llevo un ramo de acelgas.
Odio las acelgas.
Después de otra retahíla en la que mi abuela interroga a otro tendero sobre el sorprendente aumento de precio de la fruta, la veo.
Si en algún momento me creí preparado para ello, me equivoqué.
Con su habitual elegancia para caminar y prestando atención a solo lo importante, como si todo lo demás desapareciera, Zephyr se detiene en el puesto de hierbas medicinales.
—Oh, suerte la mia —habla mi abuela sacándome de mi ensoñación—. Acércate a Zephyr y pídele el remedio que le encargué la semana pasada... oh y pídele para el niño de Gertrude, los dioses saben que lo que necesita es mano dura...
Dejo a mi abuela quejándose sobre la suerte de nuestra vecina y me dirijo a ella.
Respiro hondo un par de veces en los pocos metros que nos separa para armarme de valor.
Ya mas cerca, lo primero que percibo es su perfume a flores silvestres y lluvia. Vestida con un simple vestido de algodón de color verde oscuro y con una gran cesta de mimbre, donde lleva sus encargos y lo que puede cambiar o vender.
Como si percibiera mi presencia, clava su intensa mirada sobre mi en los últimos pasos que nos separan.
—Buenos días Zephyr — por favor, que no se me note que el corazón se me va a salir del pecho.
—Buenos dias herrero. —suelta con una sutil, muy sutil, sonrisa.
—Mi abuela me manda por el remedio. Y si tuvieras algo para el hijo de Gertrude...
Un bufido sale de los labios de Zephyr y la veo poner los ojos en blanco mientras busca en la cesta.
—Y ahora, ¿Qué le ha pasado? Hace un par de semanas fue que se comió un escarabajo, hace una semana decidió meterse en el hueco de las babosas —enumera mientras pone una mano en la cintura —. A Gertrude le interesa atar a ese chico a la pata de la cama.
—Y a saber de las que no sabemos. Por lo visto, se metió en un arbusto de hiedra venenosa, según su madre tiene un sarpullido importante.
—Toma. Que se lo ponga dos veces al dia. No. Mejor una vez al dia.
—Pero, eso no ralentiza la curación?
—Así tendremos dias mas tranquilos mientras se recupera. No puedo permitirme gastar remedios solo en ese chico. Además, la madre regatea mucho.
—Mi padre tenia un truco para cuando venían clientes complicados. Les daba un precio mucho mas alto asi, durante el regateo, el precio original de mi padre era el mas razonable.
—Interesante. Posiblemente me lo apunte.
—Tu no lo necesitas. La gente te respeta. Y eres dura negociando.
—Supongo. Aunque esa mujer cree que las curanderas obtenemos los remedios por arte de magia.
—Disculpa, querida —la tendera llama nuestra atención —creia que me quedaba Salvia pero...
—Pero sueles tener —contesta Zephyr.
—Si, normalmente si. Pero estamos teniendo algunos problemas, las mercancias se retrasan.
—Eso he escuchado yo también. En el puesto de verduras.
Escucho a Zephyr tomar aire y soltarlo dos segundos después.
—Está bien. Supongo que algunos encargos deberán esperar un poco. Se lo comentaré a mi abuela —y sin despedirse, Zephyr empieza a alejarse.
La sigo con la mirada, sin poder evitarlo, hasta que la pierdo entre la gente.
—Vas a estar todo el dia asi? —me suelta mi abuela mientras enlaza su brazo con el mio y arrastrándome, prácticamente —. Por los dioses, que está pasando? Sabes lo que me han pedido por un par de melocotones? Tres monedas de plata. Una barbaridad.
—Eso es lo que dicen...
Mientras la abuela se detiene en otro puesto, me desvío a otro que suelen traer herramientas de forja y materiales. Pero una conversación llama mi atención.
—La Reina Lily está grave. Creen que de esta semana no pasa.
—Dioses, que pena, con lo joven que es. Ni siquiera ha podido casarse.
Mis ojos se desvían a lo alto de Krastelia, donde se levanta el impresionante castillo donde las banderas estan a media asta.







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