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Las Esquirlas Negras de Azheloth

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Sinopsis

En su camino hacia Melow, un viajero encuentra una carreta abandonada y a sus ocupantes muertos bajo circunstancias inexplicables. Entre los restos descubre una extraña daga que despierta en él un miedo que creía olvidado.

Estado:
hace 8 minutos
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Día uno

Las Esquirlas Negras de Azheloth


Capítulo I De Cohen


I.: Día Uno.

El polen se deslizaba por su cuello y se filtraba hacia el jubón por la tirilla, haciendo que pesara demasiado y provocando una comezón desagradable. Sentía que para su yegua no era diferente; su gualdrapa estaba tan sudada y manchada de lodo que el animal relinchaba y jadeaba con una incomodidad contagiosa. Podía ver cómo el aire húmedo arrastraba el detrito entre las hayas y los fresnos del bosque y cómo los abrazaba, convirtiendo sus ropas en un sudario.

Una mañana primaveral en el meridional. Tantos colores, tanto calor, y aún así yo siempre persigo la frialdad de la muerte.

Entre la hojarasca vio un lobo del meridional, con su pelaje y sus ojos pardos. Los miraba con paciencia y deslizaba su lengua entre los labios y la comisura de los mismos.

Y a veces es la muerte la que me persigue.

Hincó las espuelas y la yegua anduvo al trote. Seguía cuatro líneas que se hilaban paralelas al camino, eran el rastro de una carreta que llevaba una carga considerable. En un tramo se desviaron y penetraron en el bosque, donde se perdieron sobre las raíces y las rocas. El jinete desmontó, tomó las riendas y se adentró en la oscuridad, seguido por una cantidad ignota de animales salvajes; quizá sean los mismos lobos, pero quién sabe… Esto es Lórigan. El umbral de un claro se hizo visible y sus ojos reflejaron un brillo intenso. Cuando su vista se aguzó, vio la figura de un fresno rodeado de pasto, erguido como un altar sobre una tierra sagrada. Era como una pintura y, como toda obra de arte, tenía en sí misma un secreto que se escondía en los detalles.

Había una carreta debajo del árbol, junto al tronco, con la caja cerrada y medio hundida en el suelo; a su alrededor se dibujaban algunas manchas negras y destellos metálicos que rompían la coherencia del retrato naturalista. Debía ir si quería entender lo que veían sus ojos, pero la yegua clavó los cascos entre las piedras y decidió no moverse más.

Nuckelavee, como el monstruo que atormenta a los supersticiosos del norte y a los viajeros perdidos. Mi yegua, que tanto honor ha hecho a su nombre, ahora yace inmóvil ante lo desconocido.

Aunque estaba entrenada para la guerra, todavía seguía siendo una bestia y los peligros del mundo salvaje latían en su corazón con mucha más fuerza que los conflictos de los hombres, novedosos y completamente incomprensibles para ella. Él se inclinó sobre su cuello y silbó suavemente, como una súplica, luego estiró su mano y la acarició. La yegua cedió ante su amo y lo siguió con paso inseguro. Las pinceladas negras de aquella pintura naturalista resultaron ser los cuerpos de varios hombres muertos.

No hay vida sin muerte, estoy ante un pintor muy sabio. ¿Pero será la muerte el sello de tan virtuoso artista?

Había siete cadáveres frente al carro: cinco estaban apilados sobre la entrada del mismo, pero solo uno presentaba heridas de espada; estos estaban vestidos con ropas raídas y sus cabezas estaban cubiertas por sacos negros. Unos pasos más adelante estaban el cochero y un mercader thelistino de la T & Ch. El gesto de sus caras, conservado inmaculadamente por el rigor mortis, expresaba pánico y asombro; en otras palabras, horror. Habían muerto de miedo.

Lo más extraño era la ausencia de animales e insectos, los cuerpos estaban casi intactos, ni siquiera comenzaban el proceso de descomposición. Inaudito para una escena así. Se movió sobre el lienzo, paso a paso, tratando de no borrar nada con el peso indiscriminado de su propio pincel, hasta que un objeto rígido detuvo sus movimientos. Levantó la bota y debajo vio una daga.

No la levantó, pues aquella no era un arma cualquiera. Era una daga de manga, muy pequeña, pero con una serie de singularidades: estaba forjada en acero de damasco y el mango parecía de huesos negros. El patrón de la hoja era hipnótico, ondulaba y se retorcía como si estuviera vivo, pero no podía apreciar los colores, ni de la daga ni de cualquier otra cosa que se manifestara ante sus ojos: padecía de una maldición de nacimiento, cruel e indiferente, que impedía a los hombres ver los colores del mundo.

Tomó la daga y un frío le paralizó la mano, pero la sensación no acabó ahí y comenzó a temblar, primero sus dedos y luego todo su cuerpo. Un estruendo sacudió el carro y desde el interior escuchó un bramido ahogado, como el grito sin fuerzas de algún animal salvaje. Por un instante imaginó su cara arrugada de la misma manera que la de los dos hombres que estaban a su espalda y la respuesta a cualquier duda sobre sus muertes parecía ser demasiado peligrosa como para querer escucharla. De forma instintiva tiró el arma que había cogido del suelo y los bramidos se apagaron.

Estaba demasiado asustado, había sentido terror. Una sensación que le era totalmente ajena hacía muchos años. No podía concebir que hubiera algo capaz de asustarlo, aún cuando él mismo había hecho cosas tan despreciables que harían palidecer a cualquiera.

Caminó hasta el pescante del carro, subió al bastidor y rebuscó en los cofres. Encontró el manifiesto de viaje y lo guardó en su bolsa. No había mucho más que ver, solo necesitaba una cerveza y mucho tiempo para pensar. Cuando le dio la espalda al cuadro, volvió a quedar inmóvil y un frío le recorrió la espalda. Se volteó y regresó a por la daga ritual. La tomó en sus manos y se dirigió a su montura. La yegua se quejó meneando su cabeza, pero era un animal demasiado fiel y permitió que su amo se acercara y depositara el arma en las alforjas.

Presintió que algo se le escapaba. Había un detalle que aquel pintor no había dejado marcado en el lienzo o que él era incapaz de interpretar porque sus nervios se habían quebrado. Montó con desespero, con ganas de marcharse, pero antes notó que había moscas: esto debía ser lo normal, pero no al lado del fresno. En aquel cuadro no había ninguna mosca dibujada.

Miró hacia atrás solo para ser testigo de la horda de puntos negros que se lanzaba sobre el pasto verde. Un aullido quebró el silencio que hasta entonces no había hecho más que honores de sí mismo. Ahora también había lobos pululando entre las hayas, dirigiéndose hacia el festín de carne; pero ninguno de los animales se acercaba al carro, ninguno de los insectos rodeaba la puerta ni volaba en el interior. El horror era percibido por animales que, hasta cierto punto, debían ser inconscientes del mismo.

Las disputas de los hombres no son tan antiguas. Estos animales no deberían… No pueden… No saben.

Confundido y angustiado emprendió su retirada, hacia Melow; la ciudad que sería lienzo de su propio cuadro.

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