Prologo
A veces creemos que hay personas que llegan a nuestras vidas para quedarse. Como si el destino las colocara frente a nosotros con la certeza de que serán permanentes, de que su presencia no conocerá despedidas ni finales. Ella también lo creyó.
Soñaba con sentir un amor verdadero. Desde niña, ese había sido su deseo más profundo. Mientras otras jugaban sin pensar en el mañana, ella imaginaba historias de amor eternas, de esas que nacen en silencio y crecen hasta convertirse en hogar. Idealizó tanto ese sentimiento que incluso planeó la manera en que llegaría a su vida: una mirada inesperada, una coincidencia perfecta, un encuentro digno de las películas que tanto le gustaban.
Pensaba que el amor debía sentirse como calma y tormenta al mismo tiempo; como esa emoción que acelera el pecho y, aun así, da paz. Creía que cuando llegara lo sabría de inmediato, que no habría dudas, que el corazón reconocería lo que siempre había esperado.
Y entonces apareció él.
No llegó de la forma en que ella lo había imaginado, pero eso lo hizo aún más especial. Fue inesperado, cotidiano, casi sencillo. Sin embargo, bastó una sonrisa, una conversación, un gesto mínimo, para que algo dentro de ella despertara. Sintió que tal vez la espera había valido la pena.
Con él creyó que todo sería color de rosa, que se casarían y tendrían hijos hermosos. Imaginó domingos tranquilos, viajes improvisados, discusiones pequeñas que terminarían en abrazos, fotografías enmarcadas en una sala luminosa. Imaginó una vida entera a su lado, llena de promesas y futuros compartidos.
Por primera vez, dejó de soñar con el amor... porque pensó que por fin lo estaba viviendo.
Pero el universo tenía planeado algo muy distinto.








