Chapter 1
El apartamento de Damián está en silencio.No es un silencio normal. No se oye el zumbido de la nevera, el ascensor ni el tráfico habitual que sube desde la calle. La ausencia de esos sonidos hace que el edificio parezca abandonado, aunque detrás de algunas puertas se escuchan pasos y voces inquietas.
Damián tiene treinta y ocho años. Está separado y su hija adolescente vive en otro distrito, a unas dos horas en coche en condiciones normales.
Ahora no sabe si ella está a salvo.
Su teléfono no sirve. Los interruptores tampoco. Afuera, algunos vecinos se asoman por las ventanas mientras otros comienzan a discutir en los pasillos.
Desde algún piso llega el llanto de un niño.
Después, tres golpes secos resuenan en una puerta cercana.
—¡Abre! ¡Sé que estás ahí!
Una voz masculina. Impaciente. Demasiado fuerte para una conversación entre vecinos.
Se oye una respuesta femenina, apenas audible. Luego, un golpe contra la madera.
El hombre vuelve a hablar:
—No me hagas perder la paciencia.
En el exterior, un claxon suena durante varios segundos y se interrumpe de golpe. A lo lejos, una mujer grita algo que el concreto y la distancia vuelven incomprensible.
El mundo todavía no lleva ni una hora sin electricidad y ya hay personas dispuestas a imponer sus propias reglas.
Damián está en su apartamento. Tiene algunas provisiones, una mochila de trabajo y herramientas que podrían servirle o convertirse en peso inútil. Todavía no conoce la magnitud de lo sucedido.
Y nadie va a llamar a su puerta para explicárselo todo
La voz del hombre vuelve a escucharse en el pasillo.
—Te lo voy a preguntar una última vez.
Un golpe brutal sacude la puerta del apartamento vecino.
Al otro lado, algo cae y se rompe.
Entonces, el hombre guarda silencio.
Unos segundos después, se oyen pasos rápidos alejándose hacia las escaleras. Una puerta se cierra de golpe dos pisos más abajo.
En el edificio, alguien empieza a llorar.
El teléfono de Damián sigue muerto. La luz no regresa. Y su hija continúa sin responder.
Damián agarra la palanca de acero. El frío del metal se siente en la palma de su mano. La sujeta con firmeza, se acerca a la puerta y descorre el cerrojo.
Clac.
Abre y sale al pasillo con el ceño fruncido, todavía molesto por el escándalo.
—¡¿Quién coño está haciendo tanto ruido?!
Su voz rebota por el corredor.
El pasillo está iluminado únicamente por la luz gris que entra por una ventana al fondo. El ascensor permanece detenido entre dos pisos, con un indicador apagado. Huele a polvo, humedad y algo más: un olor metálico, tenue, que Damián no consigue identificar.
La puerta del apartamento vecino está entreabierta.
En el suelo hay una maceta rota y tierra esparcida. Una mujer de unos treinta y tantos años está sentada contra la pared, descalza, con una mano apretada contra la boca. Tiene los ojos húmedos y respira deprisa.
Al verte, levanta la mirada hacia la palanca de acero.
—Baja la voz —susurra.
No parece enfadada contigo. Parece aterrorizada.
—Se ha llevado a mi marido. Ese hijo de puta se lo ha llevado por las escaleras.
Desde abajo llega un ruido.
Toc. Toc. Toc.
Pasos lentos. Después, el chirrido de una puerta metálica.
La mujer se incorpora precipitadamente, pero el dolor la obliga a apoyarse contra la pared.
—No lo entiendes. Ese hombre no es un vecino. Llegó esta mañana. Dijo que necesitaba revisar los apartamentos porque había ocurrido una emergencia.
Mira hacia las escaleras.
—Mi marido abrió la puerta para ayudarlo.
Un golpe resuena en la planta inferior.
Después, una voz masculina, tranquila, asciende por el hueco de la escalera:
—¿Hay alguien más despierto ahí arriba?
La mujer palidece.
Y entonces sucede algo que Damián no esperaba.
Una puerta se abre detrás de él.
Un hombre corpulento, de unos cincuenta años, aparece con un cuchillo de cocina en la mano. Lleva una camiseta manchada de sudor y mira primero a Damián, después a la mujer.
—Tú —dice, señalándote con la hoja—. Entra en tu apartamento y cierra la puerta.
No parece estar intentando protegerte. Tiene la mandíbula apretada y una pequeña bolsa deportiva colgada del hombro.
—No quiero testigos de lo que va a pasar aquí.
La mujer empieza a negar frenéticamente con la cabeza.
Desde las escaleras, los pasos vuelven a escucharse. Esta vez, más cerca.
El hombre del cuchillo da un paso hacia Damián.
—He dicho que entres.
Decides no dudar. La frustración, el miedo velado y ese instinto de no dejarte pisotear por nadie —muy al estilo de quien prefiere golpear antes de que lo arrinconen— hacen que la sangre te hierva.
Antes de que el tipo complete el paso para empujarte, aprietas los dientes y lanzas un palancazo brutal directamente a su muñeca derecha, buscando desarmarlo de un solo golpe seco.
¡CLACK!
El sonido del metal impactando contra el hueso retumba en el pasillo. El hombre deja escapar un alarido de dolor ahogado. La sorpresa en sus ojos es total: no esperaba que le hicieras frente. El cuchillo salta de su mano y cae al suelo rebotando hacia la puerta de la vecina.
—¡Maldito enfermo! —gruñe el gordo, sujetándose la muñeca lastimada que ya comienza a inflamarse.
El impacto lo hace dar un tonto traspié hacia atrás, pero la rabia le gana al dolor. Con el rostro rojo de ira y sudor, el tipo suelta la correa de su bolsa deportiva y se abalanza sobre ti con todo su peso corporal, buscando agarrarte del cuello o derribarte contra el suelo del pasillo para aplastarte con su volumen.
Al mismo tiempo, la figura del hombre de las escaleras termina de asomar la cabeza por la esquina del pasillo. Es un tipo flaco pero alto, de gorra gastada, chaqueta de cuero y una llave inglesa pesada enganchada al cinturón. Se detiene un segundo a observar la escena con una sonrisa torcida y fría.
—Vaya, qué bienvenida... —dice el de la gorra con calma tensa.
No te da tiempo a dudar. El gordo viene lanzado como un berraco, ciego de ira, con los brazos abiertos para placarte.
En lugar de retroceder, plantas los pies firmemente sobre el frío concreto del pasillo, giras el torso y descargas la palanca de acero con toda tu fuerza directo a la cara del tipo.
¡CRACK!
El sonido seco del metal golpeando contra hueso y cartílago resuena con fuerza en el corredor. El impacto es brutal. El gordo frena en seco como si hubiera chocado contra una pared invisible; los ojos se le blanquean por una fracción de segundo y un hilillo de sangre brota al instante de su nariz rota.
No hay gracia ni elegancia, solo violencia cruda. El hombre se desploma pesadamente sobre el suelo, dando un par de espasmos antes de quedar medio inconsciente, gimiendo de dolor, con la cara hundida en la tierra de la maceta que rompió antes. Su bolsa deportiva queda a un lado.
La sonrisa burlona del tipo se borra de golpe al ver caer al gordo como un saco de papas. Sus ojos fríos se clavan en ti y en la palanca ensangrentada
—Vaya, vaya... con que te crees muy rudo, ¿eh? —su voz deja de ser calmada y adopta un tono áspero y peligroso—. Te acabas de buscar un problema muy grave, imbécil.
El sujeto de la chaqueta de cuero desengancha la pesada llave inglesa de su cinturón, dándome un par de palmadas en la mano mientras da dos pasos lentos hacia ti. No parece intimidado; al contrario, sus hombros se tensan y adopta una postura de pelea callejera, midiendo la distancia para asestarte un golpe que te puede romper el cráneo.
A tu izquierda, la vecina suelta un sollozo ahogado, acurrucada contra la pared, mirando aterrorizada tanto al gordo tirado en el suelo como al tipo de la gorra que avanza hacia ti.
Retrocedes un par de pasos lentos, manteniendo la guardia en alto y la palanca firme. El movimiento es sutil, calculado para no parecer acobardado, sino buscando espacio.
El tipo de la gorra esboza una sonrisa cínica, interpretando tu retirada como debilidad.
—Eso es, lameculos. Guarda tu metal —dice con burla, avanzando con paso firme. Agita la pesada llave inglesa de un lado a otro, acortando la distancia—. Tu amiguito ya aprendió la lección, ahora te toca a ti...
Da otro paso al frente, pisando con fuerza el suelo del pasillo. Con ese movimiento, queda exactamente con la espalda abierta hacia donde está la vecina, que sigue sentada contra la pared, tiritando y con los ojos fijos en el cuchillo de cocina que quedó tirado a pocos centímetros de su mano derecha.
El desconocido levanta la llave inglesa, preparándose para soltar un golpe lateral directo a tu cabeza. En su mente, la vecina es solo un mueble inútil aterrorizado; ni se imagina el peligro que tiene a espaldas.
—Se acabó el juego, idiota —escupe el tipo, iniciando el movimiento de su brazo para golpearte.
El de la gorra está concentrado 100% en ti, con el brazo alzado con la llave inglesa a punto de descargar el golpe.
A sus espaldas, la mujer de treinta y tantos años —consumida por el dolor de ver lo que le hicieron a su esposo, con la rabia hirviéndole en los ojos húmedos— se estira con desesperación y agarra el mango del cuchillo de cocina con ambas manos. Su respiración es agitada, pero la determinación en su rostro es total.
Un segundo antes de que la llave inglesa descienda hacia tu cabeza, abres los ojos de par en par y gritas con toda la fuerza de tus pulmones, señalando hacia él:
—¡¡¡ATRÁS DE TI, HIJO DE PUTA!!!
El grito seco y lleno de furia cumple su cometido a la perfección. El reflejo del de la gorra es humano y automático: detiene el impulso de su brazo a mitad de camino, interrumpe el golpe y gira bruscamente el torso hacia atrás para ver de dónde viene la amenaza.
Pero ya es demasiado tarde.
La mujer, impulsada por una mezcla salvaje de terror, dolor y pura sed de venganza por lo que le hicieron a su esposo, se ha puesto de pie apoyándose en la pared. Con el rostro desfigurado por la rabia, empuña el cuchillo de cocina con ambas manos y se lo clava con toda su alma directamente en el costado, entre las costillas.
¡CHLACK!
El sonido de la carne y la ropa rasgándose al ceder ante la hoja es inmediato.
El tipo de la gorra se queda completamente rígido. Los ojos se le abren desmesuradamente, perdiendo por completo la expresión de chulería. La pesada llave inglesa se le escapa de los dedos y cae al suelo con un estrépito metálico que resuena en todo el pasillo. Abre la boca para gritar o decir algo, pero de sus labios solo sale un borboteo sordo y un hilo espeso de sangre oscura.
La mujer retrocede un paso, con las manos temblando, empapadas en sangre caliente, mirando el desastre que acaba de hacer con el pecho agitado.
El agresor tambalea, da un par de pasos en torpe retroceso intentando sostenerse del aire, y finalmente se desploma de rodillas frente a ti, antes de caer de costado sobre el frío suelo del pasillo, muy cerca del otro gordo que sigue gimiendo en el suelo.
El pasillo vuelve a quedar en un silencio tenso, solo roto por la respiración agitada de la vecina y los quejidos ahogados del primer hombre. El olor a hierro y sangre fresca inunda el aire de inmediato.
La vecina te mira a ti, con los ojos anegados en lágrimas, las manos tintas de rojo y el cuerpo temblando de pies a cabeza.
—Lo... lo maté... —susurra con la voz quebrada, al borde del colapso nervioso—. ¿Qué... qué vamos a hacer ahora?
Te acercas a ella con decisión, ignorando por un momento los quejidos del gordo herido en el suelo. La agarras firmemente por los hombros, obligándola a mirarte a los ojos para sacarla del trance del shock.
—Oye, mírame —le dices con voz firme, cortante pero necesaria para anclarla a la realidad—. Esos hijos de puta mataron a tu marido. Lo que hiciste fue defensa propia, ¿entiendes? Salvaste tu vida.
Ella traga saliva, parpadeando con desesperación mientras asiente lentamente, con el pecho subiendo y bajando.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? —le preguntas de manera directa, manteniendo el control de la situación.
—Va... Valeria. Tengo treinta y cuatro... —responde con la voz temblorosa, limpiándose un poco de sangre de la mejilla con el dorso de la mano.
—Bien, Valeria. Entra a tu departamento en este instante, agarra lo poco de comida y agua que tengas y guárdalo en una mochila o bolsa. Rápido —le ordenas, mientras te agachas un segundo para colgarte tu propia mochila de trabajo al hombro y asegurar la palanca de acero—. Nos vamos de aquí.
Al escuchar la palabra "irnos", Valeria rompe en llanto de nuevo, agarrándose la cabeza con desesperación.
—¡Mi hijo! ¡Mi hijo no está aquí! —grita en un susurro agónico, perdiendo el control otra vez—. Se quedó con mi tía en la casa de enfrente, cruzando la avenida... ¡Yo tenía que ir a recogerlo justo antes de que pasara todo esto del apagón y este maldito se metiera al edificio!
Antes de que puedas replicar, un par de puertas más allá en el pasillo se abren lentamente. Varios vecinos asoman la cabeza con cautela, pálidos y con expresiones de pánico. Un hombre mayor con una linterna mecánica de dinamo y una vecina de mediana edad empiezan a hablar en voz baja.
—Los vi... —susurra la vecina de más allá, con los ojos abiertos de par en par—. Esos dos entraron diciendo que revisaran las llaves térmicas por la emergencia... A los abuelos y a las mujeres nos dejaron encerrados en los pisos altos, pero a los hombres... a los hombres los iban cazando uno a uno, golpeándolos para dominarlos...
La revelación encaja como piezas de rompecabezas. No eran rescatistas; eran saqueadores organizados aprovechando el colapso total de la ciudad para limpiar el edificio y apropiarse de los recursos.
—Tenemos que salir ya —le dices a Valeria, que ya ha vuelto a salir con una mochila pequeña al hombro, con los ojos hinchados de llorar—. Vamos.
El Descenso por las Escaleras
Con la palanca de acero lista en la mano derecha y Valeria pegada a tu espalda, empiezas a bajar hacia la planta baja. El gordo del piso de arriba se queda atrás, gimiendo y desangrándose en el suelo; ya no es una prioridad.
A medida que descienden por el pozo de la escalera, el olor a óxido y hierro se vuelve insoportable.
Al llegar al descansillo entre el segundo y el primer piso, la luz gris que entra por los ventanales ilumina una escena dantesca.
Un charco negruzco y espeso de sangre cubre los escalones. Y allí, tirados en un ángulo antinatural, hay cuatro cuerpos sin vida. Son vecinos del edificio. Tipos a los que probablemente conocías de vista o con los que te cruzabas en el ascensor. Tienen signos evidentes de haber sido emboscados, golpeados brutalmente con objetos contundentes y dejados ahí como basura por los dos malnacidos. Eran parte de la trampa.
Valeria ahoga un grito desgarrador y se tapa la boca con las manos manchadas de sangre, a punto de vomitar.
—No mires. Sigue bajando —le ordenas con voz de hierro, aunque el estómago se te revuelve al ver la brutalidad de la nueva realidad.
Al detenerse junto a los cuerpos en el descansillo, la realidad golpea a Valeria de la peor manera posible. Entre los cuatro vecinos masacrados, la mirada de la mujer se congela en uno de ellos. Reconoce la casaca, las zapatillas.
Es él. Su esposo.
El tipo de la gorra y el gordo no se lo habían llevado cautivo a otro lugar; lo habían masacrado y tirado ahí como a un animal.
—¡No... no, por favor, no...! —Valeria se deja caer de rodillas directamente sobre la sangre, ignorando la suciedad y el horror, y abraza el cuerpo sin vida de su marido. Su llanto es un grito roto, desgarrador, de esos que te destrozan por dentro. Las lágrimas y los mocos se le mezclan en la cara mientras se aferra a un cuerpo que ya está perdiendo el calor.
Damián observa la escena con una mezcla de fastidio y tensión en la nuca. El tiempo corre, el silencio en el edificio es frágil y cada minuto que pasa aumenta el riesgo de que alguien más baje o los saqueadores regresen.
Mientras Valeria sigue sumergida en su dolor, llorando a mares y convulsionando sobre el cadáver, tú decides no perder el tiempo. Con la mano izquierda enguantada o libre, te agachas junto a los otros cuerpos caídos y revisas sus bolsillos con rapidez metódica.
Entre la ropa ensangrentada de los vecinos y los atacantes encuentras:
Un encendedor de chispa (sin gas, pero con chispa funcional).
Un manojo de llaves viejas (inútiles para cerraduras eléctricas, pero quizás sirvan para puertas mecánicas).
Unos cuantos billetes de soles (el papel moneda ha perdido valor real ante el colapso, pero en un mercado negro o de trueque primario a veces la gente los acepta por costumbre).
Una pequeña navaja multiusos con algo de filo en uno de sus bolsillos. Te la guardas de inmediato en el pantalón.
Pasan cerca de diez minutos. El llanto de Valeria empieza a volverse un hipo seco y agotador, pero sigue ahí, paralizada por el dolor.
Damián se pone de pie con brusquedad, ajustándose la mochila al hombro y apretando la palanca de acero. No hay espacio para el romanticismo ni para procesar tragedias ajenas cuando tu propia hija está a dos horas de distancia hacia el sur y tú estás atrapado en el norte de Lima sin poder comunicarte.
Te acercas a ella, la agarras del brazo con firmeza y la obligas a incorporarse un poco, hablándole con voz seca y cortante:
—Valeria. Escúchame bien.
Ella te mira con los ojos hinchados, destrozada, balbuceando incoherencias.
—Ya no puedes hacer nada por él. Si te quedas aquí llorando, lo único que vas a conseguir es que el siguiente cadáver seamos tú o yo. O te levantas ahora mismo y me acompañas a cruzar la avenida por tu hijo... o me voy solo. Tú decides.
Valeria se queda en total silencio por un segundo, asimilando el golpe de realidad. El instinto maternal, más fuerte que el duelo instantáneo, le hace ensanchar los ojos. Traga saliva con dificultad, se limpia la cara manchada de lágrimas y sangre con la manga, y asiente con la cabeza, temblando de pies a cabeza mientras se cuelga su pequeña mochila al hombro.
—Sí... mi hijo... Vamos —articula con un hilo de voz.
Avanzan los últimos escalones y empujan la puerta metálica de salida.
Afuera, la tarde en Independencia es tétrica. La avenida principal está desierta de tráfico rodado, con un par de autos chocados a mitad de la pista y basura acumulada en las esquinas. Al fondo, hacia la zona comercial, se ve una columna de humo negro elevándose perezosamente hacia el cielo gris.
Cruzando la amplia avenida de asfalto caliente, a unos ciento cincuenta metros frente a ustedes, se encuentra el bloque de casas donde vive la tía de Valeria, el lugar donde su hijo pequeño la está esperando.
Prefieres no exponerte en campo abierto. A las 5:15 p.m., con el sol cayendo y la penumbra empezando a adueñarse de las calles de Independencia, atravesar la avenida corriendo como blanco fácil sería un suicidio.
Le haces una seña rápida a Valeria con la mano libre para que no despegue sus pasos de los tuyos. Te pegas a la fachada del edificio, sintiendo el concreto frío en el hombro. Avanzas a paso firme pero controlado, usando el relieve de las paredes, los postes de luz inservibles y un auto abandonado en la acera como cobertura para cortar el ángulo visual de cualquiera que esté observando desde las ventanas o la calle.
Valeria camina pegada a tu espalda, conteniendo la respiración, con la mochila pequeña bien ajustada. Apenas hace ruido al pisar.
A mitad de camino, escondidos tras el capó de un station wagon antiguo que quedó varado en la acera, atisbas la entrada a la quinta donde vive la tía.
Es una rejilla de fierro forjado con un portón mecánico que ahora está entreabierto. La reja parece intacta, pero no hay un solo alma a la vista en el pasaje.
Sin embargo, a unos veinte metros a tu derecha, en la esquina de la cuadra, escuchas voces secas. Dos sujetos con tubos de fierro en la mano están revisando el maletero de un taxi abandonado, forzando la chapa a golpes de martillo. Todavía no los han visto a ustedes, pero si cruzan la pista justo ahora sin cuidado, el ruido de sus pasos sobre el asfalto o una sombra equivocada podría llamar su atención.
Aprovechando que los dos tipos están completamente concentrados en dar martillazos al maletero del taxi, le das un leve toque en el hombro a Valeria. Con un gesto seco le indicas que no haga ni un solo ruido y te siga el ritmo.
Cruzan la pista en semicuchillas, rápidos y sigilosos, utilizando la penumbra que ya empieza a ganar terreno a las 5:20 p.m. Los zancajazos de tus botas sobre el asfalto son casi inaudibles. El metálico martilleo del taxi ahoga cualquier pequeño roce de la ropa de Valeria.
En cuestión de segundos, cruzáis la línea de peligro y os coláis por el portón entreabierto de la quinta.
Al cruzar la reja, el pasaje interior se siente extrañamente aislado de la locura de la avenida. Es una pequeña hilera de casitas contiguas. Valeria te guía apretándote la manga hasta la tercera puerta de madera, una vivienda de fachada sencilla con plantas en la entrada.
Valeria toca la puerta tres veces de forma nerviosa, desesperada:
—¡Tía! ¡Tía, soy yo, Valeria! ¡Abre, por favor!
Se oyen pasos precipitados desde el interior, el sonido metálico de un cerrojo manual deslizándose y la puerta se abre apenas una rendija antes de ceder por completo.
Aparece una mujer de unos cuarenta y muchos —bordeando los 50—, pero con una presencia que hace que a Damián se le fije la mirada de inmediato. Tiene el cabello castaño recogido de forma improvisada, una silueta definida, curvas contundentes y caderas anchas bien marcadas bajo un pantalón ajustado y una blusa sencilla. Pese a los años, se conserva increíblemente bien, con ese atractivo maduro y contundente que encaja de lleno con lo que a Damián le llama la atención.
—¡Valeria! ¡Dios mío, estás bien! —exclama la mujer con un hilo de voz angustiado, jalando a su sobrina hacia adentro.
Un niño de unos ocho años sale corriendo del salón y se abraza con fuerza a la cintura de Valeria. La mujer rompe a llorar en silencio mientras se arrodilla a abrazar a su hijo.
La tía levanta la vista y sus ojos oscuros se cruzan con los de Damián. Ve la palanca ensangrentada en tu mano, la sudorosa camiseta de trabajo y la mirada fría y calculadora con la que la estás observando.
—Pasa... cierra la puerta rápido —te dice la tía con voz firme, imponiendo cierta compostura en medio del caos—. Me llamo Patricia. ¿Quién eres tú y qué ha pasado afuera?
Mientras echas el cerrojo manual de la puerta principal, Patricia te señala una jarra de agua sobre la mesa. A través de la ventana que da al tragaluz de la quinta, se escucha un megáfono a la distancia. Una camioneta de la Policía(mecánica a diesel) pasa lentamente por la avenida principal.
«Atención a todos los ciudadanos. Por orden de la jefatura distrital, se decreta el control de orden público. Todos deben entregar suministros no esenciales y permanecer en sus viviendas. Las patrullas asumirían la custodia de bienes y alimentos para su distribución oficial.»
Patricia niega con la cabeza, mirando con asco en dirección a la calle.
—Malditos corruptos... están aprovechando que no hay cámaras ni luz para saquear a la gente con placa —murmura Patricia, frunciendo el ceño—. Pero la Comisaría de Independencia está dividida. Un par de suboficiales jóvenes vinieron por la calle antes advirtiendo a los vecinos que no les entreguen nada a los patrulleros, que se están organizando bandas con algunos mandos cobrando "cupos" de comida a cambio de protección.
Patricia vuelve a mirarte, clavando sus ojos en ti de arriba abajo, evaluando tu corpulencia, la palanca que llevas y la frialdad con la que te mantienes en pie.
—Valeria me dijo que la ayudaste a cruzar... —dice Patricia dando un paso hacia ti, reduciendo la distancia en la pequeña sala—. Gracias por traerla con bien. ¿Qué piensas hacer ahora? La noche ya se nos viene encima y la calle está infestada tanto de saqueadores como de policías corruptos.🤔
Te acomodas la mochila en el hombro, sosteniendo la palanca con soltura mientras paseas la mirada por el cuerpo de Patricia, fijándote en sus caderas y en la firmeza con la que te sostiene la mirada a pesar del miedo que reina en la ciudad. No disimulas demasiado tu escrutinio; en un mundo sin reglas, la sutileza empieza a ser un lujo innecesario.
—Mi hija está al otro lado de la ciudad, en Villa María —dices con voz grave y pausada, manteniendo el tono firme—. Salir ahora a ciegas con la noche encima y las calles llenas de perros con placa y saqueadores es una estupidez. Nos quedamos aquí hasta que amanezca.
Dás un paso hacia el centro de la sala, imponiendo tu presencia física frente a Patricia.
—Pero aquí las cosas se hacen a mi manera si quieren seguir vivos. Primero vamos a revisar qué tienen de comer y de tomar. Si esos policías corruptos o cualquier grupo de vecinos desesperados intenta meterse por ese portón, los vamos a recibir con algo más que palabras.
Patricia entorna los ojos, notando la frialdad y el descaro con el que la observas, pero la realidad de la situación la hace asentir lentamente. Sabe que sin alguien que sepa usar la violencia, ellas y el niño están indefensos.
—Tenemos arroz, un par de latas de atún y agua junta en el tanque del tragaluz —responde Patricia, dando medio paso hacia ti, rozando casi el espacio personal con esa figura imponente que tiene—. En la cocina hay un trinquete de madera pesado con el que podemos asegurar la puerta principal.
Valeria sigue sollozando en el sofá, abrazando a su hijo, ajena a la tensión que empieza a flotar entre tú y su tía en el centro de la habitación.
—Esos policías buenos de los que hablé... son dos suboficiales del grupo de patrullaje a pie —añade Patricia en voz más baja, mirando hacia la ventana—. Dijeron que si la situación empeoraba, se juntarían con algunos vecinos en la posta médica de la avenida principal para resistir a la comisaría.
Aceptas la idea y acompañas a Patricia a la cocina. Entre los dos levantan el pesado trinquete de madera y lo encajan con firmeza tras la puerta principal, asegurando también las trancas mecánicas de la ventana que da al pasaje. El trabajo físico hace que Patricia respire un poco más agitada, y la proximidad en el espacio estrecho de la cocina permite que sientas el calor de su cuerpo y el perfume suave que aún conserva.
Con la entrada bloqueada, la casa queda sumida en un silencio tenso. El sol se termina de ocultar en Independencia y la penumbra del apagón PEM lo cubre todo. Valeria, exhausta y quebrada por el dolor de la muerte de su esposo, se retira al único dormitorio de la casa junto a su hijo para intentar descansar.
Patricia saca una linterna de mano —de esas antiguas de pilas de petaca que milagrosamente no llevaban microchips— y la coloca apuntando al techo de la cocina para iluminar la estancia con una luz tenue y amarillenta.
—Bueno... solo hay una cama allá adentro —dice Patricia cruzándose de brazos, mirándote con una expresión indescifrable mientras acomoda una frazada gruesa y un cojín sobre la alfombra del salón—. Valeria y el niño dormirán en el cuarto. Yo me acomodaré en el sillón... y tú puedes usar la alfombra con esta frazada. Te será de gran ayuda para pasar el frío de la madrugada.
Damián asiente en silencio, acomodando su mochila y la palanca de acero al alcance de la mano.
Un par de horas después, cuando los murmullos de la calle se han apagado casi por completo y solo se escucha la respiración pausada de Valeria y el niño desde el dormitorio, Damián se levanta a la cocina a tomar un poco de agua del balde guardado.
De pronto, unos pasos ligeros sobre el piso de madera te hacen girar el rostro.
Es Patricia. Ha aprovechado la intimidad de la noche para cambiarse de ropa. Lleva un bata de noche de tono claro, de una tela tan fina y casi translúcida que la luz tenue de la linterna dibuja a la perfección las curvas pronunciadas de su cuerpo: la firmeza de su pecho, la cintura marcada y la amplitud de sus caderas maduras. No parece un descuido; la forma en que te sostiene la mirada, lenta y deliberada, deja en claro su intención.
Se acerca a la mesa donde estás parado, a menos de un paso de ti. El roce de la tela fina al moverse genera un suave murmullo.
—La casa se siente fría... y afuera las cosas están muy feas, Damián —dice en un susurro grave, deslizando los ojos por tu torso antes de clavar la mirada en tus labios—. Un hombre como tú... que sabe defenderse y no se achica con nada... es exactamente lo que necesitamos aquí si queremos salir vivas de esto.
La distancia entre los dos se reduce a casi nada. Sientes el calor de su piel a través de la tela transparente y el ritmo acelerado de su respiración.
Sin pedirle permiso, la agarras con firmeza por las caderas, sintiendo la masa de carne firme y generosa bajo la tela fina de la bata. La levantas de un solo impulso y la sientas de golpe sobre la barra de la cocina. Patricia suelta un jadeo ahogado, pero en vez de frenarte, abre las piernas de par en par alrededor de tu cintura y te engancha del cuello con los brazos, buscando tu boca con desesperación.
En medio del aire pesado de la cocina, las manos se vuelven torpes y hambrientas. Le desabrochas la bata a tirones, dejando al descubierto sus pechos maduros, pesados y de pezones oscuros que se erizan al contacto con el aire frío. Bajas la boca sin rodeos, devorando la piel de sus hombros y chupando sus pezones con fuerza, mientras le arrancas gemidos sofocados que ella misma se tapa con la mano sobre la boca para no despertar a nadie.
En segundos, la ropa termina tirada en el suelo. Ambos quedan completamente desnudos en la penumbra.
Te acomodas entre sus muslos bien abiertos y, de un solo empujón decidido, la llenas por completo. El grosor de su miembro la abre a la fuerza y Patricia echa la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda sobre la barra con los ojos en blanco. Se muerde el labio inferior hasta sacarse casi sangre, sintiendo cómo esa carne dura y gruesa la estira sin piedad.
Cuando siente cómo entra y sale la enorme parte de Damián, le susurra con la voz quebrada y la respiración entrecortada:
—Siento como me estás partiendo... Dios mío, Damián, me vas a romper toda...
El sonido de la piel chocando húmeda y cruda contra la madera resuena en la penumbra. La agarras con fuerza de las nalgas, hundiéndole los dedos en la carne mientras la embistes con un ritmo salvaje y pesado. Patricia se aferra a tus hombros, clavándote las uñas en la espalda, disfrutando de cada embestida ruda que le hace retumbar el vientre y le llena las entrañas de un dolor exquisito y un placer morboso que no sentía hace años.
Horas después, los primeros destellos grises del amanecer filtran por la pequeña tragaluz de la cocina.
Despiertas con el cuerpo entumecido, tendido sobre la alfombra de la cocina junto a Patricia. Ambos están completamente desnudos, abrazados en el piso. El frío de la mañana en Independencia os devuelve de golpe a la realidad.
Patricia abre los ojos de sopetón, parpadeando al notar la luz del día, e inmediatamente entra en una ligera prisa por el miedo a que Valeria o el niño salgan del dormitorio y los descubran así.
—Mierda... ya amaneció —susurra Patricia agitada, poniéndose de pie a toda prisa con las caderas al descubierto mientras busca a ciegas su bata en el suelo. Te mira por un segundo con las mejillas encendidas y una sonrisa complacida, antes de cubrirse rápido—. Hay que vestirse ya.
Te incorporas con agilidad, recogiéndote el pantalón y acomodándote la ropa con practicidad. Mientras te abrochas la correa, sientes la energía renovada, pero el silencio que llega de la calle te recuerda que el día de hoy no va a ser fácil.
Escuchas un leve ruido afuera, en el pasaje de la quinta. Algo o alguien se ha movido cerca del portón de entrada.
Te pones el pantalón a toda prisa, acomodándote la correa pero dejándote el torso desnudo. La energía de anoche, sumada a la adrenalina de la mañana, hace que te sientas con una fuerza renovada. Sin perder un segundo, sujetas la palanca de acero —tu pata de cabra— con firmeza en la mano derecha, te acercas a la entrada y remueves con facilidad el pesado trinquete de madera que colocaron anoche para trancar la puerta.
Descorres el cerrojo manual y sales al pasaje de la quinta con el ceño fruncido, el torso descubierto y la palanca lista para golpear a cualquiera que intente pasarse de listo.
Al cruzar el umbral, te topas de frente con la figura de un hombre con uniforme policial. Lleva el chaleco táctico, el rostro sudado y cansado, y la mano derecha posada con firmeza sobre la empuñadura de su pistola en la funda del cinturón, listo para desenfundar y disparar si nota el menor movimiento hostil.
—¡Hey, tranquilo! ¡Detente ahí! —ordena el efectivo, dando un paso atrás para mantener una distancia óptima de seguridad de unos cuatro metros entre ustedes—. ¡Baja eso, no soy un saqueador!
Te detienes en seco, midiéndolo con la mirada. Ves la placa en su chaleco: Oficial Vargas. Es un policía joven, de mirada firme pero desgastada por la noche de caos.
—Tranquilo, oficial —respondes con voz grave y calmada, manteniendo la pata de cabra abajo pero sin soltarla—. Aquí solo estamos protegiendo lo nuestro.
Vargas relaja levemente la postura, aunque mantiene la mano cerca de la funda, inspeccionándote de arriba abajo.
—Soy de los pocos que quedamos manteniendo el margen en este sector —dice Vargas en voz baja, mirando hacia la avenida antes de volver a ti—. La comisaría de Independencia se vino abajo. El comisario y un grupo de efectivos tomaron el control de los depósitos de alimentos y están cobrando cupos o saqueando a los comercios a la fuerza. Yo y tres compañeros más nos abrimos para no ser parte de esa basura.
Damián asiente despacio, procesando los datos mientras la brisa fresca de la mañana le da en el pecho.
—¿Y qué hacen ustedes? —preguntas.
—Estamos intentando organizar a los vecinos en la posta médica a tres cuadras de aquí —explica Vargas—. Tenemos algo de medicinas y agua, pero necesitamos gente que sepa sostener un arma o una herramienta para hacer guardia. Si la gente no se junta, los grupos de la comisaría o los pandilleros de la Túpac los van a limpiar casa por casa.
Le das la información que tienes: le cuentas brevemente sobre los dos tipos que abatieron en el edificio de enfrente y el estado en que dejaron el lugar, advirtiéndole que los saqueadores andan organizados con engaños.
Vargas frunce el ceño al escucharte y suspira con pesadez.
—Es peor de lo que pensaba... Gracias por el dato. Si te vas a quedar por aquí, ten cuidado. Pero si quieres comerciar o moverte con algo de seguridad, pasa por la posta antes del mediodía. Pregunta por mi apellido.
El oficial te hace un leve gesto con la cabeza y comienza a retroceder lentamente hacia la calle principal, manteniendo la guardia en alto.
Te quedas a la entrada de la quinta con la pata de cabra en la mano, viendo cómo el policía se aleja por la avenida desierta de Independencia. Detrás de ti, Patricia se asoma a la puerta cubriéndose con la bata, mirándote el torso desnudo con una mezcla de preocupación y deseo.
Damián entra a la casa, revisa los pocos víveres que tienen y aparta lo que sobra —una lata de atún abollada y medio paquete de fideos secos— para utilizarlo como moneda de cambio en el recorrido.
Se pone el polo, asegura la navaja multiusos en el bolsillo y le indica a Patricia que se aliste rápido; van a investigar la posta médica que mencionó el oficial Vargas.
En el baño de la casa, Patricia se encierra unos minutos. Sentada en el borde de la taza del baño, todavía percibe con nitidez cómo los fluidos tibios de Damián continúan escurriéndose de su interior. Un escalofrío de morbo y excitación la recorre al rememorar las embestidas salvajes de la noche anterior contra la barra de la cocina. Con los dedos húmedos y temblorosas de deseo, se frota los fluidos en su partes íntima aún resentida por el trato de anoche , respirando agitada mientras se muerde los labios, deseando con cada fibra de su cuerpo que Damián vuelva a tomarla con esa misma rudeza en cuanto tengan un momento a solas.
Cinco minutos después, Patricia sale arreglada, con el rostro ligeramente ruborizado y una determinación renovada en la mirada.
Ambos cruzan el umbral de la quinta y salen a la fría y silenciosa calle de Independencia, avanzando con cautela hacia el centro de salud indicado por el policía. A pocas cuadras, la fachada de la posta médica muestra un pequeño grupo de vecinos armados con palos y varillas de metal haciendo guardia en la entrada, mientras el oficial Vargas supervisa el perímetro desde la puerta principal.
Al acercarse a la puerta del centro de salud, uno de los efectivos de guardia —un suboficial veterano con el rostro gastado por la vigilia y una escopeta de perdigones cruzada al pecho— les sale al paso. Al ver llegar a Damián con la pata de cabra y la contextura imponente, junto a Patricia que se mantiene pegada a su lado, el policía levanta la mano en señal de alto, aunque se relaja al escuchar que vienen buscando a Vargas.
—Así que ustedes son los que hablaron con el muchacho —dice el efectivo, escupiendo al suelo con amargura mientras les hace una seña para que se acomoden a un lado de la entrada, fuera del alcance de la vista desde la avenida.
Damián le entrega la lata de atún como gesto de buena fe, y el policía la guarda en su chaleco antes de soltar un resoplido.
—No hay luz en todo el país, ni en el continente —empieza a explicar en voz baja el guardia, mirando hacia el cielo despejado pero inerte—. La red eléctrica no se cayó por un fallo normal de la represa o un transformador quemado. Fue un pulso masivo. Todos los chips de generación reciente quedaron achicharrados en microsegundos.
El hombre se acomoda la correa de la escopeta y baja aún más la voz para contar lo que circulaba en la comisaría antes del colapso:
—Hace años entre la gente de inteligencia se hablaban teorías que muchos tomaban a broma... sobre despliegues continentales de militares extranjeros y contratistas privados operando en la sombra. Rumores de que las grandes potencias y los centros de desarrollo de IA habían alcanzado un punto de descontrol. La tecnología no solo estaba automatizando la infraestructura mundial, sino que las corporaciones crearon prototipos de defensa y respuesta autónoma para adelantarse a cualquier conflicto. Parece que las teorías locas eran reales. El pulso fue un protocolo de contención global o el choque directo entre esos sistemas para neutralizar el control digital antes de que alguien más lo usara.
Patricia escucha con los ojos bien abiertos, agarrándose del brazo de Damián, mientras el suboficial concluye:
—En resumen: nos quedamos a oscuras para siempre o por un buen tiempo. Aquí no va a llegar ayuda del gobierno ni de afuera. Cada quien va a tener que rascarse con sus propias uñas.
Damián va directo al grano y le pregunta al suboficial sobre el estado de las vías y los puentes hacia el sur de Lima, en dirección a Villa María del Triunfo.
El guardia se pasa la mano por el cuello, negando con la cabeza lentamente.
—Hacia el sur la cosa está trancada —advierte el policía—. Todos los puentes de Evitamiento que cruzan el río Rímac, especialmente en la zona de Puente Nuevo, se han vuelto auténticos cuellos de botella. Hay cientos de autos varados por el fallo eléctrico y pandillas cobrando "peaje" a los que intentan cruzar a pie. Si van a bajar hacia el sur, les conviene ir bordeando por vías secundarias o bien armados.
Acto seguido, Damián le pide medicamentos esenciales para el viaje: cosas para la fiebre, dolores de estómago agudos e infecciones. El suboficial lo mira un instante, sopesa la ayuda recibida y entra un momento a la posta. Al regresar, le entrega un botiquín de primeros auxilios bastante completo, cargado con tiras de paracetamol, antibióticos, vendas, alcohol, suero en polvo y pastillas para la infección intestinal.
—Tomen esto, les va a servir —dice el efectivo, bajando la voz y mirando a Damián con serenidad—. Pero si de verdad van a salir de Independencia y encarar esa caminata larga hacia el sur, escúchame bien: traigan un buen lote de víveres secos o enlatados para la posta antes de irse. Si me consiguen eso, les puedo soltar un arma de fuego con su cacerina cargada para que no vayan desarmados.
Patricia mira el botiquín y luego a Damián, apretándole el brazo con fuerza ante la posibilidad real de conseguir un arma de fuego para la travesía.
Patricia se queda congelada al escuchar las opciones. Cuando están caminando de regreso hacia la quinta, se acerca a Damián con la preocupación marcada en el rostro y le habla en un susurro cargado de angustia:
—Damián... ese viaje tan largo hasta Villa María no lo podemos hacer con Valeria y el niño. Él es muy pequeño para una caminata así y Valeria está destrozada, no van a aguantar ese ritmo...
Damián se detiene un segundo, la mira fijamente a los ojos sin ningún tipo de filtro ni sentimentalismo, y responde seco:
—El viaje es mío. Yo voy solo a buscar a mi hija.
Patricia se traga el aire y asiente lentamente, en silencio. La respuesta de Damián es un balde de agua fría que la obliga a poner las cosas en una balanza.
Mientras avanzan por las calles desoladas de Independencia, la mente de Patricia no para de girar. Sabe que quedarse encerrada en la casa con Valeria y el pequeño es una condena a corto plazo: son tres bocas que alimentar, sin agua corriente, sin electricidad y expuestas a que en cualquier momento los policías corruptos o las bandas del barrio tiren la puerta abajo. En cambio, con Damián la historia es otra. Él es despiadado, fuerte, no se congela ante el peligro y está dispuesto a mantenerse en movimiento constante buscando comida y recursos. Estar a su lado significa riesgo, pero también protección real y acción. La duda la carcome: ¿abandonar a su sobrina para salvarse a sí misma o quedarse a esperar lo inevitable?
Llegan a la casa, descorren el trinquete y entran. Dentro, le explican la situación a Valeria: la realidad del apagón global por las inteligencias artificiales, el control de la posta médica y el trato con el oficial para conseguir un arma de fuego a cambio de un buen lote de víveres.
Damián se mantiene al margen, solitario, revisando sus cosas y ajustando el botiquín en su mochila, impasible ante la tensión familiar. No presiona a nadie ni pide compañía; su objetivo sigue siendo el sur de la ciudad.
Patricia mira a Valeria, mira al niño, y luego clava la mirada en la espalda de Damián, sintiendo cómo la decisión final sobre su destino empieza a pesarte en el pecho
Damián las mira a ambas con frialdad, directo y sin rodeos. Apoya la pata de cabra en la mesa y se cruza de brazos, marcando una distancia absoluta con cualquier drama familiar.
—Escúchenme bien —dice Damián con voz firme, clavando la mirada en Patricia y luego en Valeria—. Ustedes pueden quedarse como residentes en la posta médica. Vayan para allá, entreguen los pocos alimentos que tienen e infórmenles sobre la cantidad de agua que hay en el tanque de esta casa. Ese dato y ese recurso les van a dar el pase de entrada. De ahí en adelante, tendrán que ganarse el sitio trabajando en la posta, aunque sea haciendo guardia o ayudando con los heridos. Eso ya depende de ustedes.
Damián ajusta las correas de su mochila sobre los hombros y toma la palanca de acero con firmeza.
—En la tarde voy a regresar. Voy a buscar víveres por la zona porque necesito esa arma de fuego para mi viaje. Lo que ustedes decidan hacer de aquí a que yo vuelva, es cuestión puramente suya.
Sin esperar una respuesta ni quedarse a escuchar objeciones, Damián descorra la tranca de la puerta y sale de la quinta, dejando a Patricia y a Valeria en medio del salón procesando sus palabras mientras la puerta se cierra a sus espaldas.
Damián queda nuevamente en la calle de Independencia, con la luz del mediodía cayendo sobre el asfalto y la necesidad de localizar una tienda, almacén o minimarket sin saquear para reunir el lote de alimentos que exige el oficial a cambio del arma.
Damián decide evitar las avenidas principales, donde el riesgo de cruzarse con patrullas corruptas o turbas violentas es demasiado alto. Prefiere adentrarse por las calles secundarias y pasajes residenciales del distrito de Independencia.
El sol del mediodía calienta el asfalto desierto. Con la palanca de acero firmemente asida en la mano derecha y la mochila ajustada a la espalda, Damián recorre cuadra tras cuadra examinando las fachadas. La mayoría de las bodegas y tiendas de barrio tienen las cortinas metálicas cerradas a cal y canto, con gruesos candados colgando. Los dueños huyeron o se encerraron a piedra y lodo.
Después de caminar unas seis cuadras, doblando por un pasaje angosto donde el silencio solo es roto por el viento arrastrando papeles plásticos, Damián localiza un establecimiento pequeño: una bodega familiar con una puerta enrollable de metal que no parece haber sido forzada todavía. Arriba, un cartel desgastado anuncia abarrotes y productos de primera necesidad.
Damián se acerca con sigilo, apoya la oreja contra la chapa metálica y escucha con atención. No se oyen voces ni ruidos en el interior. El lugar parece abandonado o sus moradores se ocultaron en la parte trasera.
Sujeta el extremo plano de la palanca de acero y lo desliza con maña por el borde inferior de la cortina metálica, buscando hacer palanca para levantarla lo suficiente como para colarse o revisar qué hay dentro. Un par de perros callejeros a lo lejos ladran con fastidio, pero nadie más interrumpe la quietud del pasaje.
Con un movimiento seco de brazos, Damián ejerce presión hacia arriba, haciendo rechinar el metal oxidado mientras busca abrirse paso hacia los víveres que necesita para conseguir el arma en la posta.
El rechinido del metal oxidado resuena en el pasaje desierto como un latigazo. A la distancia, el eco se multiplica en la barriada: un par de perros sueltos comienzan a ladrar rabiosos, al fondo se escucha el llanto lejano de un bebé y el golpe sordo de una puerta de madera al cerrarse de golpe en el segundo piso de una casa vecina. La gente no ha desaparecido por el apagón; está adentro, acobardada, observando tras los visillos de las ventanas, esperando a ver quién cae primero.
Damián ignora los ruidos de la calle, se agacha con agilidad y se desliza por la abertura inferior de la cortina metálica, colándose en la penumbra sofocante de la bodega.
El olor a polvo y productos químicos lo recibe de golpe. No es el almacén gigante que esperaba, sino una tienda pequeña, antigua y casi desvalijada antes del colapso. Al revisar los estantes de madera, Damián suelta una risa corta y seca en la oscuridad. Nada de grandes enlatados de carne ni caros embutidos: solo hay jabón de ropa, bolsas de detergente, cepillos, pastas de dientes, azúcar en saco y unos cuantos kilos de arroz en el fondo de un costal de rafia.
—Algo debe valer... en este infierno la gente también necesita lavarse y comer lo que sea —murmura Damián para sí mismo.
Sin perder un segundo, se quita la mochila vacía de la espalda. Encuentra un saco de papel con azúcar, abre la boca del saco y vierte con cuidado la poca azúcar que queda directamente dentro de su mochila hasta llenarla casi por completo, cerrándola bien para no desperdiciar un solo grano.
Luego, agarra el costal de rafia del arroz. Como el volumen de arroz es poco, usa ese mismo costal resistente como saco principal de carga: mete ahí dentro los paquetes de detergente, las pastillas de jabón de ropa, los tubos de pasta dental, los cepillos y todo lo que encuentra de limpieza en los anaqueles.
Con el saco de rafia pesado al hombro y la mochila cargada de azúcar a la espalda, Damián amarra bien la boca del costal.
Afuera, repentinamente, se oyen unos pasos apresurados sobre el asfalto. Alguien ha estado observando la bodega y se acerca a la cortina de metal levantada. El sonido metálico de un tubo golpeando contra un poste de luz hace eco muy cerca de la entrada.
—¡Ahorita bajo, caussa, adentro hay comida! —grita una voz raspada desde la calle.
Damián afianza la mano libre en el mango de la pata de cabra, clavando la mirada en la hendidura inferior de la puerta por donde entra la luz del mediodía.
Damián termina de levantar la cortina metálica con la punta de la pata de cabra, solo lo suficiente para poder salir agachado. Con el costal de rafia al hombro y la mochila pesada de azúcar a la espalda, emerge a la luz directa del mediodía.
Al ponerse de pie, se topa de frente con tres sujetos. Tienen el rostro sudado, la mirada desencajada por el hambre y la desesperación de quien no ha comido en horas. Uno sostiene un tubo de fierro oxidado, otro una botella rota y el tercero una piedra grande entre las manos. Están nerviosos, pero al ver a Damián salir cargado, la codicia y el miedo les encienden los ojos.
Damián ni se inmuta. Mantiene la pata de cabra lista en la mano derecha, los mide de arriba abajo con una frialdad absoluta y habla con voz firme, sin mostrar un solo rasgo de duda:
—No pierdan su tiempo. Adentro solo hay productos de limpieza, jabón y detergente. No hay nada de comer. Me estoy llevando esto a la posta médica para cambiarlo por algo de alimento.
Los tres hombres se miran entre sí, dudando. El del tubo de fierro aprieta el agarre, sopesando la idea de abalanzarse sobre Damián para quitarle el costal y revisar por su cuenta si dice la verdad. Se nota que están al límite, a un paso de cometer una estupidez impulsados por el pánico.
Damián da un paso hacia un lado, abriéndoles el paso hacia la entrada levantada, y añade con desprecio:
—Ahí adentro queda más detergente y jabones. Si quieren, entren y llévenselo todo. Pero si intentan tocar mi saco, de aquí no sale vivo ninguno.
La amenaza retumba en el pasaje. El tipo del tubo mira la solidez de la palanca de acero en la mano de Damián, le echa un vistazo al torso ancho del hombre y termina tragando saliva. La determinación de Damián los aplasta psicológicamente.
El de la piedra la deja caer al suelo con un golpe sordo, mientras el líder del grupo da medio paso atrás.
—Pasa no más, causa... no queremos problemas —murmura el del tubo, haciéndose a un lado mientras los otros dos se agachan rápido para colarse por la cortina de metal a saquear lo que queda.
Damián no les da la espalda en ningún momento. Camina a paso firme retrocediendo un par de metros hasta ganar la esquina del pasaje, con la carga a cuestas y la pata de cabra asegurada.
Con el saco de rafia lleno de útiles de aseo y la mochila hasta el tope con azúcar, Damián toma rumbo de regreso hacia la posta médica de Independencia para cerrar el trato con el suboficial y conseguir de una vez por todas esa arma de fuego.
Damián camina a paso rápido y constante, ignorando por completo la ruta hacia la casa de Patricia. No tiene tiempo que perder en despedidas ni en explicaciones dramáticas; su prioridad es asegurar el arma antes de que la tarde avance más y la zona se vuelva impredecible.
Llega directamente a la posta médica de Independencia, esquivando a los pocos vecinos que vigilan la entrada con palos, y busca con la mirada al suboficial con el que hizo el trato.
El policía veterano lo ve aparecer cargando el costal de rafia al hombro y la mochila llena de azúcar a la espalda. Sorprendido por la rapidez con la que regresó, se le acerca a un costado del patio del centro de salud.
Damián suelta el costal en el piso con un golpe pesado y le muestra el contenido.
—Es todo lo que había en una bodega de las calles secundarias —dice Damián con voz firme y seca—. Pocos víveres, pero la mochila está repleta de azúcar y en el costal hay jabón, detergente, cepillos y pasta de dientes. En un lugar como este, con heridos y gente amontonada, la higiene y el azúcar valen tanto como la comida.
El suboficial examina la carga, metiendo la mano en el saco de rafia y asintiendo despacio, convencido del valor real de los insumos de aseo y el azúcar para la posta.
—Tienes razón, muchacho. Esto nos sirve bastante para mantener limpio el lugar y desinfectar —dice el policía, satisfecho.
Antes de pedir el arma, Damián cumple con lo conversado y le habla claro sobre la familia de Valeria:
—Acepté lo que dijiste antes. Mi vecina Patricia, su sobrina y el hijo pequeño de ocho años se van a mudar para acá. Traerán lo poco que les queda de comida y la ubicación exacta de un tanque de agua lleno en su casa para que lo usen aquí en la posta. Les das refugio y deja que se ganen el sitio haciendo guardia o ayudando.
El guardia asiente sin rodeos:
—Si traen agua y comida, no hay problema. La posta está abierta para los que aportan. Las acomodaremos adentro.
Acto seguido, el suboficial se mete la mano bajo el chaleco táctico, saca un envoltorio de trapo grueso y se lo entrega a Damián a la sombra de la pared. Al desplegar la tela, aparece una pistola de puño, una Taurus 9mm, con su cacerina abastecida y diez cartuchos adicionales envueltos en un papel.
—Cumpliste tu parte —dice el policía en voz baja—. Aquí tienes. Está limpia y lista. Úsala bien en ese viaje al sur.
Damián toma la pistola, siente el peso frío del metal en la mano, revisa el seguro de manera instintiva y la guarda con destreza entre el pantalón y la correa, cubriéndola con el polo. Con la palanca de acero en una mano y el arma abastecida en la cintura, la sensación de control sobre su destino es completa.
Damián decide hacer una última parada antes de cortar lazos definitivos con el sector. Avanza a paso rápido hasta la quinta y descorre la puerta de un manotazo.
Dentro, Patricia y Valeria lo miran con sorpresa al verlo aparecer. Damián va directo al grano, sin adornos ni vueltas.
—El trato está hecho —les dice con voz seca, mostrándoles el espacio en su cintura donde oculta la Taurus 9mm—. Ya entregué los insumos de limpieza y el azúcar en la posta. El suboficial ya dio la orden para recibirlas. Junten lo poco que tienen, cierren bien la casa y caminen hacia allá. Les van a dar cobijo a cambio del agua del tanque y del trabajo que hagan adentro.
Patricia se queda mirándolo, impactada. Siente una deuda inmensa con este hombre: no solo la defendió cuando la ciudad colapsó, sino que garantizó que su sobrina y el niño tengan un refugio seguro con agua, medicinas y policías que los protejan.
Mientras Valeria alista al niño y junta las bolsas, Patricia se le acerca a Damián con la respiración ligeramente agitada.
—Damián... ¿tú sabes manejar autos? —pregunta en voz baja, albergando una última esperanza de conseguir algún vehículo abandonado en las avenidas para no dejarlo ir caminando.
—No —responde Damián seco, sin pestañear—. Voy a pie.
Patricia traga saliva y asiente.
El grupo sale de la casa asegurando la entrada por última vez y camina junto a Damián el tramo final hacia la posta médica. Valeria y el niño son recibidos por uno de los guardias en la puerta, quien los hace pasar de inmediato hacia el patio interior tras confirmar la orden del suboficial.
Patricia se queda un paso atrás, en la entrada del centro de salud, viendo a Damián a los ojos. El conflicto interno la carcome: sabe que en la posta estará segura, pero el recuerdo de la noche en la cocina y la atracción salvaje hacia la fuerza de Damián la hacen dudar de si debería tirarlo todo y seguirlo hacia el sur.
Sin poder contenerse, da un paso al frente, lo agarra firme por la nuca y lo besa en la boca con desesperación y crudeza, saboreándolo por última vez mientras sus cuerpos se rozan pegados en la vereda.
—Si cambias de opinión... o si regresas... aquí voy a estar —susurra contra sus labios, despeinada y con los ojos cargados de duda.
Damián recibe el beso sin inmutarse, la sostiene del talle un segundo con firmeza y la suelta despacio, dándole la espalda sin dar falsas promesas.
—Cuídate, Patricia —se despide en voz baja.
Damián ajusta la correa de la Taurus en su cintura, asegura el agarre de la pata de cabra en la mano derecha y comienza a caminar a paso firme rumbo al sur, dejando atrás Independencia para adentrarse en las calles desiertas y peligrosas que lo separan de Villa María del Triunfo.
El peso de la pistola Taurus en la cintura le da a Damián una seguridad distinta. Avanza varias cuadras por la avenida vacía hasta que, a la distancia, divisa al oficial Vargas. El policía viene escoltando a una familia —un hombre, una mujer y una muchacha asustada— cargados con maletas rumbo a la posta médica.
Al cruzarse, Vargas levanta la mano en señal de tregua y se detiene a hablar brevemente. Damián le resume en pocas palabras que la familia de Patricia ya está a salvo en la posta, que entregó los productos de higiene y que el suboficial cumplió con su parte al entregarle el arma.
Vargas asiente con aprobación, satisfecho de ver que las cosas se manejaron con orden. Sin dudarlo, se mete la mano al chaleco táctico, saca una cacerina adicional de 9mm cargada a tope y se la extiende a Damián.
—Toma esto —dice Vargas con voz firme—. Si vas a cruzar toda la ciudad a pie hasta el sur, vas a necesitar hasta el último cartucho. Cuídate la espalda, Damián.
Damián guarda la cacerina en el bolsillo del pantalón, agradece con un leve gesto con la cabeza y retoma su camino sin detenerse a hacer conversación.
El sol se oculta por completo y la noche cae sobre la capital. Sin alumbrado público ni luces en las casas, la oscuridad en Lima es densa y pesada. El único brillo proviene de fogatas improvisadas en medio de las pistas y en las esquinas, donde vecinos atrincherados o grupos de sospechosos se calientan el cuerpo y vigilan el paso de los extraños.
Los ruidos de la noche metropolitana se han vuelto salvajes: ladridos lejanos, gritos ahogados, conversaciones en voz baja detrás de las paredes y el chasquido constante de las brasas. Damián avanza como una sombra pegado a los muros, sosteniendo la pata de cabra en la mano y manteniendo la otra cerca del mango de la Taurus.
A un par de cuadras, en medio de la pista, estalla un altercado violento. Varios hombres discuten a gritos alrededor de una fogata por un bidón de agua, sacando machetes y palos. Sin perder el ritmo, Damián cruza con sigilo hacia la acera de enfrente, manteniéndose en la penumbra para rodear la bronca sin meterse en líos ajenos.
Sin embargo, al llegar a la siguiente esquina iluminada apenas por el reflejo de las llamas de un bote de basura, tres sombras se le cruzan de golpe cortándole el paso.
Son tipos de aspecto demacrado, envueltos en casacas gastadas. Uno de ellos lleva una varilla de construcción afilada y los otros dos sostienen cuchillos de cocina.
—A dónde tan apurado, causa... —suelta el del centro, escupiendo al piso mientras le echa un ojo a la mochila pesada de Damián y a su contextura—. Deja la mochila y la polera en el suelo si no quieres salir hincado de acá.
Los tres se despliegan en abanico, cerrándole el ángulo de escape contra la pared de un local cerrado. Buscan intimidarlo, seguros de que la oscuridad y el número están de su parte.
—Si dan un solo paso más, ninguno de ustedes vuelve a pisar esta calle —dice Damián con una voz tan helada y cargada de violencia reprimida que los tres tipos se congelan en el acto, sopesando si vale la pena arriesgar el pellejo.
Antes de que cualquiera de los maleantes pueda responder, unos pasos frenéticos y taconazos sobre el asfalto resuenan por la acera.
—¡Te encontré! —grita una voz de mujer, completamente agitada y ahogándose de tanto correr.
Es Patricia. Llega sudada, despeinada y con el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Sin dudarlo un segundo, se pone al lado de Damián y abre a tirones su pequeña mochila, sacando dos cuchillos de cocina bien afilados: uno grande de picar carne en la mano derecha y uno mediano en la izquierda. Los sostiene con firmeza, cuadrándose frente a los tres pandilleros.
—Cuando regresamos a la casa con los policías a sacar el agua del tanque, escuché al oficial Vargas hablar con su gente... dijo que te había visto avanzando por este camino —dice Patricia entre jadeos, mirándolo de reojo con la cara completamente sonrojada por el esfuerzo y la adrenalina—. ¡Sentí que esa era la maldita señal para seguirte! Tengo 48 años, Damián, ¡cuarenta y ocho! Y en toda mi puta vida el único viaje que hice fuera de Lima fue un fin de semana a Churín. ¡Me niego a que esta catástrofe de mierda me obligue a seguir encerrada viviendo una vida aburrida en un rincón!
Damián se lleva una mano a la cara, pasándose los dedos por el puente de la nariz con una mezcla de cansancio, incredulidad y un tinte de vergüenza.
—Demonios... no sé si es bueno o malo tener compañía —refunfuña en voz baja.
Sin perder más tiempo en discursos, Damián mete la mano bajo el polo, desenfunda la Taurus 9mm y corta martillo. El sonido metálico y seco del arma al rastrillar retumba en la esquina. Los tres vagos se quedan tiesos al ver el cañón negro de la pistola apuntándoles directamente al pecho, flanqueado por una mujer armada con dos cuchillos y un tipo imponente con una pata de cabra y un arma de fuego real.
—Se acabó el chiste —ordena Damián, señalando con la pistola el portón del local cerrado tras ellos—. ¿Qué mierda es este almacén? Hablen rápido.
Aún no sabemos dicen los vagos
Damián los mira con desprecio mientras los tres pendejos siguen temblando en el suelo. En lugar de disparar o botarlos, calcula rápido la situación. Abre la mano y les arroja la pata de cabra, que cae con un golpe metálico y seco sobre el cemento.
—Levanten esa mierda —ordena Damián con voz implacable, manteniendo la Taurus enfocada directo a la cabeza del líder—. Van a usar su fuerza para reventar el candado de ese portón. Si intentan una sola estupidez o se les ocurre girar con la palanca hacia mí, les pongo un plomazo en el pecho a cada uno. Muévanse.
Los tres vagos se apuran a recoger la palanca de acero, sudando frío. Se amontonan contra el grueso candado del almacén, metiendo la pata de cabra en el eslabón y haciendo palanca con desesperación para no hacer encabronar al hombre armado que los vigila desde la penumbra.
A su lado, Patricia se le pega por completo. Desliza sus brazos alrededor del bíceps de Damián, apretando sus pechos firmes contra el brazo del hombre. Está respirando agitada, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de pura excitación por el peligro de la noche, la autoridad helada de Damián y el poder del arma de fuego que él sostiene sin pestañear.
—Dios mío, Damián... cómo me pones cuando mandas así —le susurra al oído con la voz húmeda y cargada de morbo, rozándole el cuello con los labios mientras siente la dureza del cuerpo de él.
Damián no se distrae ni un segundo, pero siente el calor de Patricia pegado a su costado mientras el metal del candado cede con un crujido sordo.
¡CRACK!
El candado pesado se rompe y cae al suelo. La puerta enrollable del almacén queda desencajada, dejando al descubierto la entrada oscura del depósito. Los tres tipos se hacen a un lado de inmediato, levantando las manos y mirando a Damián a la espera de sus órdenes.
—Prueben con el otro candado y suban la reja —ordena Damián sin mover un solo músculo del rostro, manteniendo el cañón de la Taurus apuntado directamente hacia el grupo.
Los tres hombres, temblando de pánico y con el sudor chorreándoles por la frente, se abalanzan sobre el segundo candado que asegura el extremo inferior del portón. Encajan la punta de la pata de cabra en el arco de fierro y hacen fuerza entre dos, soltando gruñidos por el esfuerzo hasta que el metal cede con un chasquido seco.
¡CLANG!
—¡Ya está, jefe! ¡Ya se abrió! —exclama uno de ellos agitado, apresurándose a levantar la reja metálica un par de cuartas hacia arriba. Un olor denso a cartón húmedo, grasa y aceite de motor se cuela de golpe hacia la vereda.
A su lado, Patricia aprieta con más fuerza el brazo de Damián, pegando todo su cuerpo contra él. Siente el roce duro de sus músculos y no puede disimular una sonrisa llena de morbo y excitación al ver cómo Damián tiene a esos tres sujetos completamente doblegados y sumisos a sus órdenes.
—Abran espacio y tiren la palanca al piso —manda Damián con voz autoritaria.
Los tipos obedecen al instante, soltando la pata de cabra sobre el cemento y retrocediendo con las manos arriba. Damián avanza un paso, recoge la palanca de acero con la mano izquierda y les hace una seña rápida con el cañón de la pistola hacia la penumbra de la avenida.
—Ahora lárguense de acá antes de que me arrepienta de dejarlos vivos.
Los tres ladrones no esperan a que se lo repita. Echan a correr a toda prisa perdiéndose entre las sombras y las fogatas lejanas de la calle.
Damián le echa un vistazo al interior del depósito iluminado apenas por el destello de las brasas de la esquina: en el suelo hay varias cajas de madera y cartón acumuladas, algunas marcadas con latas de conservas y otras con tarros de aceite lubricante para motor.
Patricia se pasa la lengua por los labios secos, mirando el almacén y luego a Damián con los ojos encendidos.
Damián avanza hacia el interior del almacén y rompe el sello de una de las cajas apiladas. Encuentra botellas de agua destilada de litro. Sin pensarlo dos veces, desenrosca la tapa de una y se la empina de un solo trago, dejando que el agua fresca le limpie la garganta seca por el polvo y la caminata.
Al terminar, le pasa otra botella a Patricia, que sigue agitada, con las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando por la adrenalina y el morbo de la escena. Ella la agarra con las manos temblorosas y bebe con ganas, dejando que un hilo de agua le corra por el cuello hasta perderse entre su ropa.
—Guarda esto, nos va a hacer falta —dice Damián con voz firme.
Sin perder tiempo, ambos abren sus mochilas. Damián acomoda con maña varias botellas de agua destilada en la base y las rodea con las mejores latas de conservas de atún y caballa que encuentra en los cajones. Patricia hace lo mismo con su pequeña mochila, apretando las latas y el agua junto a sus cuchillos hasta que no cabe un solo producto más.
El resto de las cajas, el aceite lubricante y los insumos que quedan desperdigados en el suelo no les importan en absoluto. En medio del colapso de Lima, cargar de más es una condena a muerte.
Damián asegura la Taurus en su cintura, agarra la pata de cabra con fuerza y sale del depósito. Patricia se cuelga la mochila a la espalda, saca nuevamente uno de los cuchillos por si acaso y se pega a su costado, lista para lo que venga.
Acomodan la reja metálica para no llamar la atención y retoman el paso a través de la noche oscura de la capital, dejando atrás Independencia y enfilando la caminata rumbo al centro de la ciudad para cruzar hacia el sur.
Damián y Patricia continúan avanzando en medio de la penumbra, usando las sombras de las fachadas para no llamar la atención. Tras un par de horas de marcha constante sobre el asfalto duro, Patricia empieza a arrastrar las piernas; el cansancio acumulado, el peso de la mochila y la tensión de la caminata nocturna comienzan a pasarle factura en los pies y los tobillos.
Al llegar a una calle residencial más tranquila, Patricia se apoya un segundo contra una pared, respirando agitada y haciendo un gesto de dolor. Damián se detiene, la mide de arriba abajo y entiende que no van a llegar muy lejos si ella se desploma en plena calle.
Frente a ellos hay una casa de dos pisos con una puerta de madera maciza y marco de fierro. Damián se acerca a la entrada y golpea tres veces con fuerza usando el mango pesado de la pata de cabra. El sonido metálico y seco retumba en el pasaje desierto.
—¡Escuchen bien adentro! —lanza Damián con voz grave, firme y amenazante, pegando la boca a la rendija de la puerta—. Solo queremos un lugar seguro donde pasar la noche y descansar. Si hay alguien ahí y no responden en diez segundos, voy a reventar la chapa con la palanca y entrar a la fuerza.
Adentro reina un silencio sepulcral durante unos instantes. Patricia desenfunda uno de los cuchillos de su mochila, poniéndose a la espalda de Damián mientras este apoya la punta de la pata de cabra junto a la cerradura, listo para hacer palanca y reventar el marco.
De pronto, se oye el chirrido de una tranca de madera deslizándose lentamente desde el otro lado y el sonido de unos pasos dudosos sobre el suelo de loseta.
—¡No disparen ni rompan nada, por favor! —grita una voz temblorosa de un hombre mayor detrás de la madera—. ¡Estamos armados, pero no queremos problemas con nadie!
La puerta se entreabre apenas unos centímetros, dejando ver el cañón oxidado de una escopeta vieja y los ojos asustados de un hombre de unos sesenta años.
Damián da dos pasos hacia atrás, manteniéndose fuera del ángulo de tiro directo de la escopeta, y saca una de las botellas de agua destilada de la mochila. Se la enseña al anciano bajo el tenue reflejo de la luna.
El hombre observa el recipiente plastic y suelta un resoplido corto, casi burlón.
—De eso tengo de sobra en el pozo del patio, muchacho —menciona el viejo sin bajar del todo la escopeta—. El agua no me sirve.
Patricia, cansada de estar de pie y con las piernas temblándole por el esfuerzo, interviene rápido. Abre el cierre de su mochila, saca dos latas de conserva de atún y las sostiene en alto para que el hombre las vea.
—¿Y esto? ¿Aceptas conservas de pescado? —pregunta ella con el aliento agitado.
El anciano entorna los ojos en la penumbra, fija la mirada en el sello brillante del metal y traga saliva. Llevaba días comiendo solo granos secos. La visión del alimento enlatado lo hace dudar.
—Eso sí me interesa... —murmura el hombre, desviando la vista hacia la calle desierta antes de volver a mirar al grupo—. ¿Qué diablos hacen afuera a estas horas de la noche? La calle está plagada de maleantes y pandillas del cerro.
—Estamos cruzando Lima a pie. Vamos camino al sur, hacia Villa María del Triunfo —responde Damián con voz firme, sin rodeos ni adornos.
El viejo lo mira como si estuviera loco, midiendo la contextura imponente de Damián, la frialdad de sus ojos y la silueta de la Taurus que asoma bajo su polo.
—Bueno... entren rápido antes de que los vean —cede el hombre, descorriendo del todo la tranca de madera—. Pero les advierto: no toquen nada que no sea suyo o les pongo un cartuchazo.
—Solo queremos dormir un par de horas sin miedo a que nos acuchillen mientras cerramos los ojos —añade Patricia con una sonrisa cansada, pasándose la mano por la frente sudada mientras cruza el umbral.
El anciano cierra la puerta de golpe tras ellos, pasa la tranca gruesa y asegura el cerrojo. Los encamina hacia un patio posterior techado, amplio y seco, protegido del viento helado de la noche limeña.
Patricia deja caer su mochila al suelo con un suspiro pesado, se apoya contra la pared de concreto y se deja resbalar hasta quedar sentada en el piso, estirando las piernas con alivio. Mira a Damián con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos, exhausta pero sintiéndose completamente a salvo a su lado.
Damián le entrega las dos latas de atún al viejo, quien las examina con codicia y se retira hacia el interior de la casa, dejándolos a solas en el patio.
El viejo, fascinado con el botín de latas, enciende un par de lámparas a kerosén que iluminan con un tono cálido y amarillento el interior de la casa. El reflejo de las llamas danzantes rompe la penumbra del pasillo.
—Aún tengo agua en el tanque del techo —dice el anciano, señalando con la escopeta hacia una puerta al fondo—. Si quieren quitarse la mugre y el sudor de la caminata, pueden bañarse. Pero aviso de una vez: solo tengo una toalla limpia.
Sin esperar respuesta, el hombre se mete a la cocina entusiasmado, haciendo sonar los cubiertos mientras empieza a prepararse un bocadillo usando el atún que le entregaron.
Patricia se pone de pie despacio, frotándose los muslos adoloridos. El tono cálido de las lámparas resalta el sudor que le brilla en el cuello, el pecho y las mejillas. Escuchar la palabra "baño" le enciende la mirada; se pasa la lengua por los labios secos y mira a Damián con una chispa de picardía y deseo evidente en los ojos.
—Una sola toalla para los dos... —susurra Patricia acercándose a él, pegando sus caderas a las de Damián mientras acaricia con la yema de los dedos el marco de la puerta del baño—. Damián, me muero por quitarme esta ropa mugrosa y sentir el agua helada... pero no pienso bañarme sola.
Damián la observa en silencio, con la frialdad habitual pero sintiendo el calor de la mujer pegado a su cuerpo tras horas de caminata, peligro y adrenalina acumulada
Damián niega levemente con la cabeza y le hace una seña a Patricia para que entre primero. Mientras ella se desliza al interior del baño, Damián se recuesta contra el marco de la puerta en el pasillo, manteniendo la mano pegada al mango de la Taurus en su cintura, con la mirada atenta hacia la cocina.
De pronto, desde la cocina se escucha un gemido ahogado de puro placer gastronómico: es el viejo, saboreando el atún sobre un pedazo de pan duro tras días de no comer algo decente.
Pocos minutos después, el anciano sale de la cocina limpiándose los labios con la manga. Pasa de largo hacia un trastero iluminado por la luz tenue de la lámpara a kerosén y regresa cargando un bulto de ropa limpia doblada.
—Es de mi difunta esposa y algunas prendas mías —dice el viejo en voz baja, dejando el bulto sobre una silla de madera—. A mi edad, vestir a la moda o quedar bien ya no es lo primordial. Escojan la ropa que mejor les quede para que se cambien esos trapos sudados. Yo me voy a mi cuarto a descansar... no hagan mucho ruido, por favor.
El hombre regala una sonrisa cansada pero genuina, camina hacia el fondo del pasillo, entra a su dormitorio y pasa el cerrojo metálico de la puerta desde adentro.
El sonido seco del seguro al encajar retumba en el pasillo. La casa queda en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el constante caer de las gotas y el chorro de agua helada dentro del baño.
Damián no pierde el tiempo. Se quita la mochila, apoya la pata de cabra contra la pared y se desviste en la penumbra del pasillo: se saca el polo sudado, los pantalones y las botas, quedando completamente al desnudo mientras la piel se le eriza con el aire frío de la noche. Agarra la ropa limpia del viejo y la toalla, empuja la puerta del baño y se cuela en la oscuridad sofocante y húmeda.
Patricia está de pie bajo el chorro de agua, con los ojos cerrados, los brazos levantados echándose el cabello hacia atrás y el cuerpo maduro brilleando por las gotas de agua.
Al sentir la corriente de aire frío y la sombra de Damián entrando a la ducha, Patricia abre los ojos de golpe y se sofoca de la sorpresa. Al ver la figura imponente y desnuda de Damián metiéndose bajo el agua con ella, una sonrisa cargada de lujuria y morbo se le dibuja en los labios, dejándolo pasar mientras su piel entra en contacto directo con el torso ancho de él.
Damián se mete bajo el chorro de agua helada, atrapando a Patricia contra los azulejos húmedos del baño. El contraste del agua fría sobre sus cuerpos hirviendo por la adrenalina desata de inmediato una pasión bruta y sin rodeos.
Sin perder un segundo, Damián la agarra con fuerza por los muslos y la levanta en peso contra la pared. Patricia suelta un gemido sofocado contra su oído, rodeándole la cintura con las piernas con desesperación. Con la potencia de sus brazos, él la sostiene suspendida en el aire el tiempo suficiente para embestirla con firmeza, penetrándola por completo mientras el agua les cae encima. Patricia hunde las uñas en la espalda ancha de Damián y le muerde el cuello con desenfreno, dejando escapar jadeos húmedos al sentir la brutalidad de su embestida.
Tras unos minutos de ritmo salvaje y sofocante bajo el chorro, el agua termina de arrastrar la mugre, el sudor y el polvo acumulados durante la peligrosa travesía por Independencia. Damián la baja despacio, dejando que sus pies toquen el suelo antes de cerrar la llave de la ducha.
Ambos respiran agitados en la penumbra del baño. Se secan rápido con la única toalla, frotándose los cuerpos todavía calientes, y se cambian con la ropa limpia que les dejó el anciano: Damián se pone un pantalón holgado y un polo oscuro, mientras que Patricia se ajusta un vestido sencillo de la difunta esposa que le remarca las caderas maduras.
Aun con la piel erizada y la lujuria a flor de piel, salen del baño en silencio. Avanzan hacia la sala, iluminada únicamente por el reflejo tenue de la lámpara a kerosén que el viejo dejó encendida en el pasillo.
Patricia no aguanta más la tentación. En cuanto ven los sillones viejos de la sala, jala a Damián por la polera y se tira sobre el tapiz gastado de uno de ellos, abriéndose de piernas y mirándolo con los ojos encendidos en medio de la penumbra. Damián se acomoda sobre ella, tomándola con la misma posesión dominadora de siempre, terminando el acto sobre los sillones en un encuentro intenso, rítmico y cargado de tensión, mientras en el exterior la noche de Lima continúa sumida en el caos y el silencio.
Horas después, el primer halo de luz del amanecer empieza a colarse por las rendijas de las ventanas de la sala. El cansancio finalmente los vence a ambos. Damián se mantiene despierto a medias, recostado en el sillón con la Taurus 9mm a la mano sobre la mesa de centro, mientras Patricia duerme profundamente pegada a su pecho, exhausta pero satisfecha.
El crujido de la madera en el pasillo anuncia que el anciano se está levantando.
Damián se estira en el sillón, sintiendo el cuerpo descansado pero alerta. Acaricia la espalda desnuda de Patricia para despertarla despacio. Ella entreabre los ojos, le sonríe con una pereza satisfecha y se incorpora rápido para acomodarse la ropa limpia.
En ese momento, el anciano sale del pasillo cargando su escopeta al hombro. Al verlos ya cambiados y despiertos, asiente con aprobación y se acerca a la mesa.
—Buenos días... Veo que la ropa les quedó bien —dice el viejo en voz baja, mirando a Damián—. Supongo que ya están listos para seguir su camino al sur.
Damián ajusta la Taurus 9mm en su cintura, asegura el agarre de la pata de cabra y va directo al grano:
—Necesito saber cómo están las avenidas para cruzar hacia el centro de Lima. ¿Cuál es la ruta más limpia para llegar a los puentes del río Rímac?
El viejo niega con la cabeza, arrugando la frente con preocupación.
—La avenida principal está imposible, muchacho. Desde ayer en la tarde hay pandillas del cerro cobrando cupo para dejar pasar a los peatones. Tienen machetes, palos con clavos y revólveres viejos. Al que no tiene comida, cigarrillos o baterías para entregarles, lo despojan de todo lo que lleva encima o le meten machete sin asco.
—¿Y por dónde se puede evitar ese bloqueo? —interrumpe Patricia, ajustando las correas de su pequeña mochila a la espalda.
—Tienen que ir pegados a las calles paralelas, bordeando las quintas antiguas —explica el viejo señalando hacia el tramo sur de la ventana—. Vayan por el pasaje paralelo a la ribera hasta llegar cerca del Puente del Ejército o el Puente Trujillo. Si se van por la pista abierta, los van a emboscar entre varios.
Damián absorbe la información sin cambiar el gesto. Le da una palmadita en el hombro al anciano en señal de agradecimiento, recoge las mochilas repletas de conservas y agua destilada, y le hace una seña a Patricia para salir.
El viejo descorre la tranca de la puerta principal, echa un vistazo rápido a la calle que empieza a teñirse con el tono grisáceo del amanecer y los deja salir.
—Suerte, muchachos. Que lleguen enteros al sur —se despide el anciano antes de volver a cerrar con candado.
Damián y Patricia pisan nuevamente el asfalto frío de Lima. La niebla matutina cubre las calles desiertas, mientras a lo lejos, en la avenida principal, ya se escuchan los primeros gritos y golpes de hierro que confirman lo dicho por el viejo: los extorsionadores del machete ya están montando su guardia para desplumar a cualquiera que pase.
Damián mira a Patricia, le indica con la cabeza la entrada de un pasaje angosto entre dos quintas y avanza en la penumbra de la mañana, listo para cualquier enfrentamiento.
Damián no pierde el tiempo en rodeos ni en caminos largos. Sabe que dar vueltas por pasajes oscuros los expone a emboscadas en esquinas ciegas. Con la Taurus 9mm en la cintura, la cacerina extra en el bolsillo y la pata de cabra afianzada en la mano, prefiere marcar territorio de entrada.
—Vamos por la avenida principal —ordena Damián con voz firme, sin aceptar réplicas—. El que se cruce en nuestro camino se come un plomazo.
Patricia sonríe con esa chispa de morbo que se le enciende cada vez que Damián toma el mando. Saca su cuchillo grande de picar carne, pegándose a su costado como una sombra fiel.
Avanzan por la avenida en medio del tono grisáceo de la mañana. No caminan ni cien metros cuando divisan la barrera improvisada: varios llantas quemándose y pedazos de madera tapando la pista. Alrededor hay cuatro tipos armados con machetes gastados y tubos de fierro, gritándole e intimidando a un par de transeúntes asustados para quitarles las bolsas.
Al ver venir a Damián con su porte imponente y a Patricia a su lado, los extorsionadores se cuadran en medio de la pista, sopesando los machetes en el aire.
—¡Alto ahí, causas! —grita el líder del grupo, dando un paso al frente mientras golpea el suelo con la hoja de metal—. Para pasar el puente hay que dejar un cupo. Mochilas y comida acá al centro si no quieren salir picados.
Damián no se detiene. Sigue caminando a paso firme hasta quedar a cinco metros de ellos. En un movimiento rápido y fluido, saca la Taurus 9mm de la cintura, corta martillo con un click metálico que retumba en la avenida vacía y le encañona la frente al del machete.
—Quítate de mi vista antes de que te vuele los sesos frente a tus amigos —soltó Damián con una frialdad tan absoluta que paralizó al tipo en el acto.
El sujeto del machete traga saliva, mirando el cañón negro de la 9mm y los ojos muertos de Damián. La determinación en la cara del hombre le demuestra que no está jugando. Detrás de él, Patricia da un paso al frente sopesando el cuchillo con una sonrisa desafiante.
—P-pasa no más, jefe... sin problemas —murmura el líder, bajando el machete y retrocediendo lentamente mientras sus compinches abren paso a toda prisa, pegándose a las fachadas sin atreverse a pestañear.
Damián y Patricia cruzan el cerco con total autoridad, dejando a la banda amedrentada a sus espaldas.
Avanzando un par de cuadras más hacia el tramo final que conduce al centro de Lima, la avenida se abre hacia una plaza pequeña. Para su sorpresa, el lugar no está desierto: decenas de personas se han agrupado de forma espontánea formando un mercadillo improvisado de trueques.
Hay gente sobre mantas en el piso ofreciendo ropa, pilas viejas, herramientas, herramientas de mano y libros a cambio de agua, medicamentos o latas de comida. Un par de vecinos armados con palos vigilan los accesos para mantener un mínimo de orden y evitar saqueos. El ambiente es tenso, pero la necesidad de conseguir lo indispensable ha creado un punto de comercio desesperado en medio del colapso.
Patricia mira con curiosidad las mantas tendidas mientras se ajusta la mochila.
—Mira esto, Damián... —musita en voz baja, pegando su hombro al de él—. Un mercado de intercambio.
Damián mira la pistola que lleva sopesada en la diestra. Ajusta el agarre, siente el peso del armazón de polímero negro y la textura del empuñade; no cabe duda, es una Taurus G3 de 9 milímetros, robusta, moderna y con capacidad de sobra para salir de cualquier emboscada. La guarda con soltura en la cintura, manteniendo la solapa del polo cubriéndola a medias.
—Vamos a echar un vistazo rápido —dice Damián, afianzando la pata de cabra bajo el brazo—. Pero sin distraernos. Ojos abiertos a cualquiera que intente pegarse demasiado.
Patricia sonríe, ajustándose las correas de su pequeña mochila mientras lo sigue entre los puestos improvisados sobre mantas en el piso.
—Menos mal que todavía nos queda agua destilada en la mochila, ¿verdad, Damián? —comenta en voz baja, dándole un codazo juguetón al costado—. Además, necesitamos conseguir medias limpias y ropa interior para ti. Felizmente me guardé un cepillo de dientes y un tubo de pasta dental antes de entregar todo el lote en la posta, jejejeje.
Se da un golpe en la frente y se ríe suavemente al recordar lo que lleva cargando:
—¡Cierto! Yo también tengo cepillo, pasta, varios pares de calzones y medias limpias guardados en mi mochila. La verdad es que solo tendríamos que buscar ropa interior y medias para ti, porque yo vengo bien servida desde la casa.
Damián asiente en silencio. Mientras caminan entre la multitud que intercambia desesperadamente latas de atún por velas, pilas y ropas usadas, se da cuenta de la arquitectura de la zona y de las torres de los templos antiguos que destacan a lo lejos sobre el río. Han dejado atrás las calles populosas de Independencia y acaban de cruzar el límite hacia el Rímac, la antesala histórica que los separa del Centro Histórico de Lima y el camino definitivo hacia el sur de la capital.
El sol matutino empieza a romper la neblina sobre el cauce seco del río Rímac, iluminando los puentes que deberán cruzar en su larga travesía hacia Villa María del Triunfo. Con la Taurus G3 lista para entrar en acción, las mochilas aseguradas y Patricia pegada a su costado firmemente, Damián se adentra entre la masa de gente del mercado, listo para el siguiente tramo de la supervivencia.








