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La Bendición del Dragón

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Un becario guatemalteco. Un amuleto de jade. Y un ojo que puede ver el verdadero valor de todas las cosas. Alejandro «Alex» Girón Fuentes nunca pidió ser especial. Es un becario de Quetzaltenango que estudia Economía Internacional en la Universidad de Yanjing, en Pekín, y vive con lo justo. Reparte comida en moto junto a su mejor amigo, Chen Guo, y llama a su madre, doña Rosa, cada vez que el frío de la ciudad le recuerda lo lejos que está de casa. Todo cambia una noche de octubre en el mercado nocturno del Puente de Piedra. Un sedán negro sin placas embiste los puestos, y Alex se lanza a salvar a Lin Jin, un anciano anticuario casi ciego. En el caos atrapa al vuelo un pequeño dragón de jade, y su sangre lo despierta. A la mañana siguiente, el viejo ha desaparecido y Alex puede **ver**. Delante de cada objeto se abren paneles que solo él percibe: su época, su origen, su valor real y la mentira que esconde cuando es falso. Puede leer el aura de las personas. Puede saber dónde mirar. Pero el don tiene reglas, y tiene un precio. Cada visión le cuesta sangre. Y su ojo izquierdo empieza a teñirse de oro. Alek Korin Copyright ©

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Alek Korin
Estado:
hace un día
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1: El precio de la supervivencia .

El temporizador de la aplicación marcaba cuatro minutos y

doce segundos cuando Alex dobló la esquina de la avenida

Chengfu con la moto eléctrica temblando bajo sus piernas

como un animal agotado.

Cuatro minutos y once.

Cuatro minutos y diez.

El viento de finales de octubre bajaba del norte con ese filo

seco que los pekineses llamaban «el aliento del Gobi», y se le

metía por el cuello de la chaqueta amarilla de Kuaisong hasta

los huesos. En la caja térmica, atada con dos pulpos elásticos a

la parrilla trasera, viajaban dos raciones de pato laqueado, un

arroz frito con huevo, una sopa agria y picante y cuatro latas

de cerveza Yanjing. Cuarenta y siete yuanes de pedido. Seis

yuanes con ochenta de comisión para él, si llegaba a tiempo. Si

no llegaba a tiempo, cero, y una multa de veinte que el sistema

descontaba solo, sin preguntar, sin escuchar, con la frialdad

perfecta de un algoritmo que nunca había tenido frío.

Alex apretó el acelerador hasta el fondo. La moto respondió

con un zumbido lastimero y ganó apenas tres kilómetros por

hora.

-Vamos, cariño -murmuró en español, con la mandíbula

tensa-. No me hagás esto hoy.

A su alrededor, Wudaokou seguía despierto a las once y

cuarenta y siete de la noche. Los rótulos de neón de las

academias de idiomas parpadeaban en coreano, en inglés, en

mandarín; las puertas de los bares de karaoke escupían risas y

humo; grupos de estudiantes con chaquetas acolchadas se

reían en las esquinas con vasos de té de burbujas entre los

dedos. Era el barrio universitario más famoso de Pekín, el

lugar donde los hijos de medio mundo venían a aprender el

idioma del futuro. Alex también había sido uno de ellos, hacía

dos años y medio, cuando bajó del avión con una maleta

prestada y la convicción ingenua de que el esfuerzo siempre se paga.

Ahora sabía que el esfuerzo se pagaba a seis yuanes con

ochenta.

La torre residencial del cliente era una de esas moles de

treinta pisos con fachada de cristal ahumado y un guardia de

seguridad que dormía con los brazos cruzados detrás de un

mostrador de mármol falso. Alex estacionó la moto sobre la

acera, arrancó la bolsa de la caja térmica y corrió hacia la

entrada. El guardia abrió un ojo, vio la chaqueta amarilla y lo

volvió a cerrar. Los repartidores no existían. Eran parte del

mobiliario de la ciudad, como los semáforos o los botes de

basura.

El ascensor tardó una eternidad. Alex miró la pantalla del

teléfono.

Un minuto y cuarenta.

Piso dieciocho. Piso diecinueve. Piso veinte.

Cuando las puertas se abrieron en el veintidós, corrió por el

pasillo alfombrado buscando el apartamento 2207. Tocó el

timbre con el temporizador marcando cero minutos y

cuarenta segundos. Tocó otra vez. Del otro lado se oía música

electrónica y voces de muchachos que gritaban frente a un

videojuego.

Cero minutos y quince segundos.

La puerta se abrió cuando el contador llegó a cero y la

pantalla se tiñó de rojo. Un joven de su misma edad, con

pijama de seda y un reloj que probablemente costaba más que

todo lo que Alex había ganado en un año, lo miró de arriba

abajo.

-Llegaste tarde -dijo en mandarín, sin molestarse en

saludar.

-Lo siento mucho, señor. El tráfico en Chengfu estaba...

-Tarde es tarde. -El muchacho le arrebató la bolsa, revisó

el interior como si buscara un insecto y frunció la nariz-. La

sopa se derramó un poco. Te voy a poner una estrella.

-Por favor, señor, si me pone una estrella me suspenden la

cuenta por tres días y...

La puerta se cerró en su cara.

Alex se quedó mirando el número 2207 grabado en una

placa dorada. Pasaron cinco segundos. Diez. El teléfono vibró

en su mano.

Kuaisong · Aviso: Pedido n.º 88 213 entregado con retraso.

Penalización: -20,00 ¥. Valoración del cliente: .

Respiró hondo. Contó hasta cinco en español, como le

había enseñado su abuela cuando era patojo y se peleaba en la

escuela. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Después dio media vuelta

y caminó de regreso al ascensor, porque no había nada más que hacer. En Pekín no se discutía con los clientes. En Pekín

no se discutía con nadie que tuviera un reloj así.

Alejandro Manuel Girón Fuentes había nacido en

Quetzaltenango, en la segunda ciudad de Guatemala, entre

volcanes y neblina, en una casa de adobe con techo de lámina

donde el café se servía tres veces al día aunque no hubiera

nada más en la mesa. Su madre, doña Rosa, vendía tamales y

atol de elote los sábados en el mercado de La Democracia. Su

padre se había ido a Estados Unidos cuando él tenía siete años

y había dejado de llamar cuando él tenía nueve. Su abuela,

doña Tina, le había enseñado a leer con un libro viejo de

historia universal que tenía en la portada una pintura de la

Gran Muralla china.

-Mirá, mijo -le decía, señalando la muralla con un dedo

arrugado-. Eso lo construyeron hombres como vos y como

yo. Gente pobre. Con las manos. Nunca creás que algo es

imposible solo porque es grande.

Doña Tina había muerto cuando Alex cursaba el

bachillerato. Él había guardado el libro. Lo tenía ahora mismo,

en la repisa de su cuarto en Pekín, con la portada despegada y

las páginas oliendo a humedad de Xela.

Había estudiado como un loco. Había aprendido inglés con

películas pirateadas y mandarín con aplicaciones gratuitas y

videos de YouTube a las cuatro de la mañana, antes de ayudar

a su madre a envolver tamales. Cuando la embajada anunció

las Becas Ruta de la Seda para estudiantes latinoamericanos

destacados, Alex fue uno de los tres guatemaltecos

seleccionados en todo el país. En el periódico local salió su

foto, con camisa blanca y la sonrisa torcida de alguien que no

termina de creer su suerte. Su madre recortó la nota y la pegó

con tachuelas en la pared del comedor.

Lo que el periódico no dijo, y lo que Alex descubrió

demasiado tarde, fue que la beca cubría la matrícula completa

en la Universidad de Yanjing, una de las más prestigiosas de

China, pero nada más. Ni el alojamiento, porque las

residencias para extranjeros estaban llenas desde hacía años.

Ni la comida. Ni los libros. Ni el transporte. Ni el seguro. Ni el

invierno, que en Pekín llegaba con temperaturas de diez

grados bajo cero y exigía chaquetas que costaban lo que su

madre ganaba en dos meses.

Durante el primer año había vivido de los ahorros de toda la

familia. Tías, primos, vecinos: todos habían puesto algo. Cien

quetzales aquí, doscientos allá. Alex llevaba la lista en un

cuaderno, con el nombre de cada persona y la cantidad,

porque se había jurado que un día les devolvería cada centavo

multiplicado por diez.

Ese día todavía no llegaba.

Al segundo año los ahorros se acabaron y empezó a repartir

comida. Primero en bicicleta, luego en la moto eléctrica de

segunda mano que le vendió un repartidor de Henan que regresaba a su pueblo. Trabajaba de las seis de la tarde a las

dos de la mañana entre semana y turnos dobles los fines de

semana. Dormía cuatro o cinco horas. Asistía a clases con los

ojos rojos y la cabeza pesada, y aun así mantenía el promedio

que la beca exigía, porque perder la beca significaba volver a

Guatemala con las manos vacías y la lista de deudas intacta.

Ahora cursaba el tercer año de Economía Internacional.

Tenía veintidós años. Pesaba siete kilos menos que cuando

había llegado. Y en su cuenta del Banco de China, según la

aplicación que revisó en el ascensor mientras bajaba del piso

veintidós, había exactamente trescientos doce yuanes con

cuarenta céntimos.

El alquiler vencía el viernes. Mil ochocientos yuanes. Y

debía el mes anterior.

Eran casi las dos y media de la mañana cuando Alex subió los

seis pisos del edificio de la calle Lanqiying. No había ascensor.

Nunca lo había habido. El edificio era un bloque de ladrillo gris

construido en los años ochenta para obreros de una fábrica de

textiles que ya no existía, y ahora lo habitaban repartidores,

estudiantes pobres, vendedores ambulantes y ancianos que se

negaban a morir en otra parte. Las escaleras olían a col

hervida, a tabaco y a la humedad que se filtraba por las grietas

de las paredes.

En la puerta del apartamento 603 había una hoja de papel

pegada con cinta adhesiva. Alex la reconoció antes de leerla.

Los caracteres estaban escritos con marcador rojo, en la caligrafía temblorosa y furiosa de la señora Wang, la dueña del

edificio.

AVISO FINAL. Apartamento 603. Deuda: 3 600 ¥ (dos meses).

Fecha límite: viernes. Si no pagan, el sábado cambio la

cerradura. No hay más prórrogas. - Wang

Alex arrancó la hoja, la dobló en cuatro y se la guardó en el

bolsillo. Luego abrió la puerta.

El apartamento tenía dos cuartos diminutos, una cocina

que era en realidad un pasillo con una hornilla eléctrica y un

baño donde había que ducharse sentado sobre el inodoro. Las

paredes estaban cubiertas de carteles de motocicletas y de

pilotos de carreras, todos de Chen, y en el centro de la sala,

sentado en el suelo sobre un cojín aplastado, con un control

de videojuegos en las manos y un cigarrillo apagado colgando

de los labios, estaba el propio Chen.

-¡Llegaste! -dijo sin despegar la vista de la pantalla, donde

un auto deportivo tomaba curvas imposibles por una montaña

japonesa-. Llegaste llegaste llegaste. Oye, ¿viste el aviso de la

vieja Wang? Lo vi, lo leí, no lo toqué, te lo dejé ahí para que

sintieras el drama completo. Qué letra, ¿eh? Parece que lo

escribió con sangre. Espérate, espérate, esta curva es

imposible... ¡Ahí está! ¡Récord! ¿Viste eso?

-Lo vi -dijo Alex, dejándose caer en la única silla del

cuarto.

Chen Guo tenía veintitrés años, medía un metro ochenta y

se había teñido el cabello de un rubio cenizo que en Pekín lo

hacía parecer un cantante de pop coreano fracasado. Era de

Baoding, en la provincia de Hebei, y había llegado a la capital a

los diecisiete con una mochila y una dirección escrita en un

papel. Llevaba seis años repartiendo comida. Conocía cada

callejón, cada atajo, cada semáforo que se podía saltar sin que

te viera una cámara. Sus compañeros de Kuaisong lo llamaban

«El Rápido» porque hacía más entregas por noche que nadie

en todo el distrito de Haidian. También lo llamaban así porque

hablaba como una ametralladora.

-¿Cuántas hiciste hoy? -preguntó Chen.

-Treinta y cuatro.

-¿Multas?

-Tres. Una de una estrella.

Chen soltó el control, se sacó el cigarrillo de la boca y lo

señaló con él, como un profesor con un puntero.

-¿Ves? ¿Ves? Te lo dije. Te lo dije mil veces. Tú eres

demasiado educado. Tú llegas, tocas el timbre, sonríes, dices

«buenas noches, señor, aquí está su pedido, que lo disfrute».

¡Error! Mientras tú dices todo eso, yo ya entregué otro. La

clave es no hablar. Entregar y desaparecer. Como un

fantasma. Como un ninja. Como...

-Chen.

-¿Qué?

-Nos van a echar el sábado.

Chen se quedó callado por primera vez en la noche. Se

volvió a meter el cigarrillo apagado entre los labios -no

fumaba desde hacía dos años, pero no podía dejar el gesto- y

miró a Alex con esos ojos alargados que siempre parecían

estar calculando la ruta más corta entre dos puntos.

-¿Cuánto tienes? -preguntó.

-Trescientos doce.

Yo tengo ochocientos. -Chen se rascó la nuca-. Y le

debo cuatrocientos a Xu, el de la tienda de llantas, por el

neumático de la moto. Pero puedo decirle que espere. Xu es

buena gente. Bueno, no es buena gente, pero me tiene miedo

porque una vez lo vi orinando detrás de la comisaría. Da igual.

Tenemos mil cien. Nos faltan dos mil quinientos. Tres días.

¿Cuántas entregas son dos mil quinientos yuanes?

-Unas trescientas setenta.

-Entre los dos. En tres días. -Chen hizo cuentas con los

dedos, se equivocó, volvió a empezar-. Imposible. Bueno, no

imposible. Imposible si dormimos.

-Yo tengo examen el jueves.

-Pues no duermas el miércoles.

Alex se rio a pesar de todo. Era una risa cansada, rota por

dentro, pero era una risa, y Chen sonrió al oírla.

-Te podría prestar -dijo Chen en voz más baja-. Si

tuviera. Lo sabes, ¿no?

-Lo sé.

-Mi primo Guo Liang trabaja en una casa de empeño en

Panjiayuan. Una de esas del Fénix Dorado. Podemos empeñar

algo.

-¿Qué? -Alex abrió los brazos, abarcando el cuarto-. ¿Tu

consola? ¿Mi libro de historia de 1974?

Chen miró la consola con horror, como si Alex hubiera

sugerido vender a su madre.

-La consola no. La consola es familia.

-Entonces no hay nada que empeñar.

Se quedaron un rato en silencio. Afuera, un camión de

basura pasaba por la calle con un estruendo metálico. Desde el departamento de al lado llegaba el llanto intermitente del

bebé de la familia Sun y la tos crónica del abuelo Sun, que

tosía toda la noche como si quisiera sacarse los pulmones por

la boca.

-Mañana hago turno doble -dijo Alex al fin-. Voy a la

clase de la mañana y después me pongo a repartir hasta que

se acabe el mundo.

-Yo también. -Chen tomó el control otra vez-. Pero antes

déjame romper mi récord una vez más. Es terapia. Los

médicos lo recomiendan.

-¿Qué médicos?

-Médicos chinos. Muy antiguos. Muy sabios.

Alex fue a su cuarto, que era tan pequeño que la cama

tocaba tres paredes, y se acostó vestido. Encima de la repisa,

el libro de doña Tina lo miraba con su Gran Muralla

despegada. Junto al libro había una bolsa de café de

Huehuetenango, cerrada con una pinza de ropa, de la que

quedaban exactamente cuatro cucharadas. Alex las racionaba

como un náufrago raciona el agua dulce. Una cucharada cada

domingo. El olor de ese café era lo único que, durante unos

minutos a la semana, lo devolvía a casa.

Cerró los ojos. Hizo cuentas. Trescientas setenta entregas.

Tres días.

Imposible si dormimos.

Se durmió en treinta segundos.

La clase de las ocho de la mañana era Historia Económica de

China, con el profesor Zhang Keqing, en el edificio de Humanidades de la Universidad de Yanjing. El aula era un

anfiteatro de madera oscura con ventanales que daban al lago

Weiming, donde a esa hora flotaba una neblina blanca sobre el

agua quieta y una pagoda de trece pisos se reflejaba al revés

como un sueño.

Era un lugar tan hermoso que a veces a Alex le dolía. Ahí,

entre los sauces y los pabellones de tejas verdes, estudiaban

los hijos de los ministros, de los empresarios, de los

académicos que salían en televisión. Chicos y chicas que

llegaban en autos con chofer y hablaban de sus vacaciones en

Suiza como quien habla del clima. Alex se sentaba siempre en

la última fila, con su chaqueta de Kuaisong doblada dentro de

la mochila para que nadie la viera, y trataba de mantener los

ojos abiertos.

El profesor Zhang era un hombre de cuarenta y cinco años

con lentes de marco grueso, un saco de pana con parches en

los codos y la expresión de alguien que no ha dormido bien

desde la universidad. Pero cuando hablaba de las rutas

comerciales de la antigüedad sus ojos se encendían, y su voz

monótona se volvía de pronto la voz de un narrador de

historias junto al fuego.

-El valor -decía esa mañana, caminando de un lado a otro frente a la pizarra- no es una propiedad intrínseca de las

cosas. Anótenlo. El valor es un acuerdo. Una moneda de

bronce de la dinastía Han no vale nada si nadie cree que vale

algo. Y una piedra común puede valer una fortuna si

suficientes personas creen que perteneció a un emperador. La

historia económica de China es, en gran medida, la historia de

lo que la gente estuvo dispuesta a creer.

Alex anotaba con letra cada vez más torcida. Los párpados

le pesaban como si tuvieran plomo.

-Por eso -continuó el profesor- el oficio del tasador ha

sido, durante milenios, uno de los más poderosos y peligrosos

de este país. El tasador decide qué es verdadero y qué es falso.

Decide cuánto vale una herencia, una dote, un tesoro. Un

buen tasador puede hacer rico a un campesino o arruinar a un

príncipe. En la dinastía Ming había tasadores que eran más

temidos que los magistrados.

Una chica de la primera fila levantó la mano.

-Profesor, ¿y hoy en día?

-Hoy en día -el profesor Zhang se ajustó los lentes- el

mercado de antigüedades de China mueve decenas de miles

de millones de yuanes al año. Y se calcula que más del ochenta

por ciento de lo que se vende en los mercados callejeros es

falso. El ochenta por ciento. Lo que significa que el veinte por

ciento restante... -hizo una pausa teatral- está escondido

entre la basura, esperando a que alguien con los ojos

adecuados lo encuentre.

Los ojos adecuados, pensó Alex, y se le cerraron los suyos.

Despertó con un golpe suave en el hombro. El aula estaba

casi vacía. El profesor Zhang estaba de pie junto a su asiento,

con el maletín de cuero bajo el brazo, mirándolo con una

mezcla de reproche y algo que podía ser compasión.

-Girón -dijo. Pronunciaba su apellido con cuidado,

marcando la tilde-. Es la tercera vez este mes.

-Perdón, profesor. No volverá a pasar.

-Eso dijo la segunda vez. -El profesor miró la mochila de

Alex, de donde asomaba una manga amarilla de la chaqueta de Kuaisong. No dijo nada al respecto, pero Alex vio que la había

visto-. El examen del jueves vale el treinta por ciento de la

nota. Usted sabe lo que pasa si baja del promedio.

-Lo sé.

-Bien. -El profesor se dio la vuelta para irse, pero se

detuvo en el pasillo-. Girón. Si necesita hablar con alguien

sobre... su situación, mi oficina está en el tercer piso. Los

martes y jueves por la tarde.

-Gracias, profesor.

Alex sabía que nunca iría. No porque no quisiera, sino

porque no sabía qué decir. «Profesor, soy pobre y estoy

cansado» no era un problema que un profesor de historia

pudiera resolver.

Los tres días siguientes fueron un borrón de asfalto, de

timbres, de escaleras, de pantallas rojas y verdes.

El martes hizo cuarenta y una entregas. El miércoles,

cuarenta y seis. Estudió para el examen en los semáforos, con

los apuntes fotografiados en el teléfono, repitiendo en voz

baja las fechas de la reforma monetaria de la dinastía Song

mientras esperaba que un restaurante le entregara un pedido

de fideos. Comió sobre la moto: un bollo de carne al vapor el

martes, dos el miércoles. Durmió dos horas la noche del

miércoles, con la cabeza sobre el escritorio y el libro de

historia económica como almohada.

El jueves presentó el examen con las manos temblando de

cafeína de máquina expendedora. Creyó que le había ido bien.

No estaba seguro. Ya no estaba seguro de casi nada.

Al salir del aula, sentado en una banca junto al lago

mientras se tragaba un bollo frío, el teléfono vibró con una

videollamada. En la pantalla apareció la cara de su madre,

iluminada por el foco pelón de la cocina de Xela. Allá eran las

nueve de la noche del miércoles. Detrás de ella, en la pared, se

veía el recorte amarillento del periódico con la foto de Alex y

su camisa blanca.

-¡Mijo! -Doña Rosa acercó tanto la cara a la cámara que

solo se le veían los ojos-. ¿Me oís? ¿Me oís bien?

-La oigo, mamá.

-Ay, qué flaco estás. ¿Estás comiendo? Decime la verdad.

-Estoy comiendo, mamá. Aquí la comida es muy buena.

No era mentira. La comida de Pekín era buena. Él

simplemente no la comía.

Su madre le contó de los tamales del sábado, de la vecina

que se había caído en el mercado, del primo Wilmer que por

fin había conseguido trabajo en una maquila, del perro de la

tía Chayo que se había comido un calcetín entero y había

sobrevivido de milagro. Alex la escuchaba con una sonrisa,

dejando que la voz de su madre lo envolviera como una

chamarra caliente. En algún momento, ella bajó la voz.

-Mijo... ¿te alcanza? Con lo del trabajo ese de las entregas.

¿Te alcanza?

Alex miró el lago. La pagoda. Los sauces. Los estudiantes

que pasaban en bicicletas de marca con audífonos

inalámbricos.

-Me alcanza, mamá. Todo bien. De verdad.

-Porque si no te alcanza yo puedo vender la...

-Me alcanza -repitió él, un poco más fuerte de lo

necesario-. No venda nada. Ya casi termino la carrera. Ya

casi.

Doña Rosa se quedó un momento en silencio, mirándolo

con esa mirada de madre que atraviesa pantallas, océanos y

mentiras piadosas.

-Está bueno, mijo -dijo al fin-. Dios te bendiga. Y

abrigate, que allá dicen que hace un frío de la gran diabla.

Cuando la llamada terminó, Alex se quedó mirando la

pantalla negra del teléfono durante un largo rato. Luego se

secó los ojos con la manga, se levantó y fue a buscar la moto.

Esa noche, al revisar la cuenta, tenía mil cuatrocientos

ochenta yuanes. Chen había juntado mil ciento sesenta. Entre

los dos sumaban dos mil seiscientos cuarenta. Faltaban

novecientos sesenta.

-Una noche más -dijo Chen por teléfono, con el ruido del

tráfico de fondo-. Una noche más y lo logramos. Yo voy a

hacer la zona de Zhongguancun, que hoy hay partido y todos

piden comida. Tú agarra los pedidos del centro, de

Dongcheng. Pagan más porque nadie quiere meterse en los

hutongs.

-Los hutongs son un laberinto.

-Por eso pagan más. Tú eres extranjero, a ti te gustan los

laberintos. Tienen historia. Tienen misterio. Tienen callejones

sin salida donde te pueden robar la moto. Bueno, eso último

no. O sí. Cuídate.

Alex colgó y encendió la moto. La batería marcaba sesenta y

dos por ciento. Suficiente para cuatro o cinco horas si no

abusaba del acelerador.

Salió hacia el centro.

Los hutongs de Dongcheng eran otro mundo. A diferencia de

las avenidas anchas y los edificios de cristal del resto de Pekín,

aquí la ciudad se encogía en un entramado de callejones

estrechos, de muros grises de ladrillo antiguo, de puertas

rojas con aldabas de bronce en forma de cabeza de león.

Algunos callejones tenían setecientos años. Por ellos habían

caminado eunucos de la Ciudad Prohibida, comerciantes de

seda, poetas borrachos, rebeldes y espías. Ahora caminaban

turistas con palos de selfi y repartidores con chaquetas

amarillas.

Alex hizo seis entregas en dos horas. Se perdió dos veces.

En una ocasión tuvo que retroceder cien metros en reversa

porque el callejón terminaba en el muro de un patio donde un

anciano en camiseta de tirantes practicaba taichí bajo una

bombilla desnuda. El anciano lo miró sin detener sus

movimientos lentos, como si un repartidor extranjero perdido

a medianoche fuera un fenómeno natural, igual que la lluvia.


A las doce y veinte, el teléfono vibró con un pedido nuevo.

Nuevo pedido · Restaurante: Congee de la Familia Ma. Destino:

Mercado Nocturno del Puente de Piedra, puesto 44, «Lin».

Contenido: congee de mijo con dátiles, un huevo centenario,

licor de arroz (media botella). Comisión: 11,50 ¥.

Once cincuenta. Casi el doble de lo normal. Alex aceptó

antes de que otro repartidor se lo ganara.

El Congee de la Familia Ma era un local de cuatro mesas

con paredes amarillas de grasa y una olla gigante hirviendo en la entrada. La señora Ma, una mujer robusta con delantal de

flores, le entregó la bolsa y la media botella de licor envuelta

en papel periódico.

-¿Para el viejo Lin? -preguntó, con una sonrisa que dejaba

ver un diente de oro.

-Eso dice el pedido.

-Ese viejo pide lo mismo todas las noches desde hace

veinte años. Congee de mijo, huevo centenario, licor. -La

señora Ma bajó la voz-. Dicen que es adivino. Dicen que le

leyó la mano a un general en los años setenta y le dijo el día

exacto de su muerte. Y el general murió ese día.

-¿De qué murió?

-De susto, supongo. -La señora Ma se rio con una

carcajada que sacudió su delantal-. Anda, anda, que se enfría.

El Mercado Nocturno del Puente de Piedra no aparecía en

las guías turísticas. Estaba escondido detrás de un antiguo

templo taoísta convertido en bodega, en un ensanche de

callejones donde, desde hacía más de un siglo, cada noche

después de las diez, se instalaban vendedores de

antigüedades, de baratijas, de cosas viejas y de cosas que

querían parecer viejas. Los pekineses lo llamaban a veces

guishi, el mercado de los fantasmas, porque en tiempos

antiguos los que vendían allí eran nobles arruinados que

empeñaban de noche, a la luz de faroles, las joyas de la familia

para que nadie los reconociera.

Alex entró empujando la moto, porque el callejón era

demasiado estrecho y estaba lleno de gente. Aunque era casi

medianoche, el mercado hervía. A ambos lados, sobre mantas

extendidas en el suelo, sobre mesas plegables, sobre carretillas de madera, se amontonaban objetos de todas las

épocas imaginables: jarrones azules y blancos, budas de

bronce con la cara gastada, espadas oxidadas, relojes de

bolsillo, sellos de piedra, monedas atadas con cordones rojos,

pinturas enrolladas, tazas de té, figuras de jade, cajas lacadas,

pipas de opio, carteles de propaganda de la Revolución

Cultural, uniformes militares, discos de vinilo, libros con las

páginas amarillentas.

Las linternas rojas colgaban de cuerdas tendidas entre los

muros, y su luz temblorosa lo teñía todo de un color de brasa.

Olía a incienso, a tabaco, a castañas asadas, a polvo y a algo

más antiguo que Alex no supo nombrar. Los vendedores

llamaban a los clientes con voces roncas, regateaban, juraban

por sus antepasados que aquella tetera había pertenecido a la

emperatriz Cixi. Los compradores, en su mayoría hombres de

mediana edad con linternas pequeñas y lupas, se agachaban

sobre las mantas y examinaban las piezas con una

concentración de cirujanos.

Alex nunca había estado allí. Caminó despacio, empujando

la moto, fascinado a pesar del cansancio. Pensó en doña Tina y

en su libro de historia. Mirá, mijo. Todo aquello era la historia.

Rota, sucia, falsificada, vendida por kilo. Pero era la historia.

El puesto 44 estaba al final del mercado, en un rincón

donde el callejón formaba una pequeña plaza junto a un árbol

de acacia muerto. Era apenas una mesa baja cubierta con una

tela bordada descolorida, y sobre ella había una colección

desordenada de objetos: un espejo de bronce verdoso, varias

monedas, un tintero de piedra, un par de figuritas de barro,

una caja de madera con los cajones medio abiertos. Detrás de la mesa, sentado en un taburete, con un bastón de madera

nudosa apoyado entre las rodillas, había un anciano diminuto.

Era calvo en la parte superior de la cabeza, pero a los lados

le caía un cabello blanco, largo y lacio, que se mezclaba con

una barba igual de larga y descuidada. Vestía una chaqueta de

algodón acolchado con tantos parches que era imposible

saber cuál había sido el color original. Llevaba sandalias de

tela, a pesar del frío. Y sus ojos -Alex lo notó en cuanto se

acercó- estaban cubiertos por una neblina lechosa, las

cataratas de la vejez, que los volvían casi blancos.

Y aun así, cuando Alex se detuvo frente a la mesa, el

anciano levantó la cabeza y lo miró directamente a la cara.

-Llegas tarde -dijo.

Alex miró el teléfono, alarmado. El temporizador marcaba

ocho minutos de sobra.

-Perdón, señor, pero todavía tengo...

-No hablo del congee. -El anciano sonrió. Le faltaban la

mitad de los dientes-. Hablo de ti. Llegas tarde. Te esperaba

hace años.

Alex no supo qué responder. Pensó que el viejo estaba

borracho, o senil, o ambas cosas. Sacó la bolsa de la caja

térmica y la puso sobre la mesa, con cuidado de no tocar las

antigüedades.

-Aquí tiene. Congee de mijo, huevo centenario y licor. Ya

está pagado en la aplicación.

El anciano no miró la comida. Seguía mirándolo a él, con

esos ojos blancos que no deberían ver nada.

-Extranjero -dijo-. De muy lejos. De una tierra de

volcanes. -Olfateó el aire como un perro viejo-. Hueles a

café y a maíz. Y a cansancio. Mucho cansancio. Demasiado

para un muchacho tan joven.

Alex sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el

viento del Gobi.

-¿Cómo sabe...?

-Lin Jin sabe muchas cosas -dijo el anciano, señalándose

el pecho con un dedo huesudo-. Y no sabe casi nada. Eso es la

sabiduría. -Se rio de su propio chiste con una risa que sonaba

como papel arrugado-. Siéntate, muchacho. Un momento.

Tus pies te lo agradecerán.

-No puedo, señor. Tengo más pedidos.

-Siempre más pedidos. Siempre más prisa. -Lin Jin negó

con la cabeza, y su cabello blanco se balanceó como una

cortina-. La China de hoy corre tanto que ya no sabe hacia

dónde. Tiene trenes que vuelan, teléfonos que hablan,

edificios que tocan el cielo. Y se le olvidó mirar. Mira mi

mercado. Mira a toda esa gente con sus lupas y sus linternas.

Buscan tesoros, pero no saben ver. Miran con los ojos. Y los

ojos mienten.

-Usted... -Alex dudó-. Usted no ve, ¿verdad?

-No con estos. -Lin Jin se tocó los párpados-. Hace doce

años que no veo con estos.

Se inclinó sobre la mesa y, con una precisión inquietante

para un ciego, apartó el espejo de bronce, apartó la caja de

madera, y tomó un objeto pequeño que había estado oculto

debajo de un pañuelo de seda roja. Lo sostuvo en la palma de

la mano, a la luz de la linterna.

Era un amuleto. Un dragón enroscado sobre sí mismo, del

tamaño de una moneda grande, tallado en un jade tan oscuro que parecía casi negro, con vetas verdes como el fondo de un

lago. Sus escamas estaban talladas una por una con una

delicadeza imposible. Y sus ojos -dos puntos diminutos-

estaban incrustados de oro, un oro antiguo, rojizo, que

brillaba bajo la luz roja de las linternas como si tuviera fuego

adentro.

Alex se quedó sin aliento. No sabía nada de jades ni de

antigüedades, pero no hacía falta saber nada para darse

cuenta de que aquel objeto era distinto de todo lo demás que

había en el mercado. No parecía viejo. Parecía eterno.

-¿Qué es? -preguntó en un susurro.

-Un guardián -dijo Lin Jin-. O una llave. O una maldición.

Depende de quién lo tenga. -Cerró la mano sobre el

amuleto-. Ha pasado por muchas manos. Emperadores,

monjes, ladrones. Ha esperado mucho tiempo a la persona

correcta. Yo solo lo cuido.

-¿Está a la venta?

La pregunta salió sola. Alex no tenía ni para el alquiler. No

sabía por qué había preguntado.

Lin Jin sonrió otra vez, y en esa sonrisa había algo triste.

-Las cosas como esta no se venden, muchacho. Eligen.

Algo cambió en el aire. Alex no supo después cómo

describirlo. Fue como si el ruido del mercado, las voces de los

vendedores, el crepitar de las castañas en el brasero de la

esquina, se alejaran de repente, como si alguien hubiera

bajado el volumen del mundo. Por un segundo le pareció que

los ojos de oro del dragón, entre los dedos cerrados del viejo,

brillaban a través de la piel.

Luego oyó el motor.

Fue un rugido grave, profundo, que resonó entre los muros

del callejón como el gruñido de una bestia. Alex se volvió. Al

fondo, por la entrada del mercado -una entrada peatonal,

estrecha, donde ningún auto debería caber- venía una luz

blanca, cegadora. Dos faros.

La gente empezó a gritar.

Era un sedán negro. Grande, pesado, de lujo, con los

cristales tintados y una parrilla cromada que brillaba como los

dientes de un tiburón. Venía demasiado rápido. Mucho

demasiado rápido. Los vendedores se lanzaban contra las

paredes, arrastrando sus mantas; los compradores saltaban a

los lados; una mesa voló por los aires y los jarrones estallaron

contra el suelo en una lluvia de porcelana azul y blanca. El

auto no frenaba. Rozaba los muros con un chillido de metal

contra ladrillo, arrancando chispas, derribando las cuerdas de

las linternas, que caían y se incendiaban en el suelo como

flores rojas.

Venía directamente hacia la plazoleta del puesto 44.

Alex tuvo tiempo de pensar exactamente tres cosas.

La primera fue que el viejo era ciego y no podía verlo venir.

La segunda fue que, si saltaba hacia la izquierda, detrás del

árbol muerto, probablemente se salvaría.

La tercera fue que no iba a saltar hacia la izquierda.

Soltó la moto y se lanzó sobre la mesa, sobre el anciano,

para empujarlo detrás del muro. Sus manos alcanzaron los

hombros de Lin Jin. Sintió lo liviano que era, como un pájaro,

como un saco de hojas secas. Lo empujó con todas sus

fuerzas. Vio al viejo caer de espaldas, a salvo, detrás del tronco

de la acacia. Y en ese mismo instante, la mano de Lin Jin se

abrió y el amuleto del dragón salió volando en el aire, girando,

brillando, y Alex, sin pensarlo, por puro reflejo, lo atrapó.

Entonces el auto lo golpeó.

No sintió dolor. No al principio. Sintió un empujón

gigantesco, como si una ola de concreto lo levantara del suelo.

Voló. Vio el cielo negro de Pekín sin estrellas, las linternas

rojas cayendo a su alrededor como meteoros, la moto

eléctrica dando vueltas en el aire con la caja térmica abierta y

el congee de mijo esparciéndose como una nube blanca.

Luego chocó contra algo duro -la mesa, el muro, el mundo-

y todo se volvió un estruendo de madera astillada, de bronce,

de vidrio.

Quedó tendido boca arriba sobre los restos del puesto 44.

El sedán negro frenó, por fin, unos metros más allá. Alex

oyó el chirrido de las llantas. Oyó una puerta que se abría.

Unos pasos sobre la porcelana rota. Una voz de hombre,

joven, alterada, que decía algo que no entendió. Otra voz, más

grave, que respondía con urgencia. La puerta que se cerraba.

El motor que rugía de nuevo, el auto que retrocedía por el

callejón entre gritos, chispas y cristales, y se perdía en la

noche.

Nadie anotó la placa. Nadie pudo. Todo había pasado en

diez segundos.

Alex intentó moverse y no pudo. Intentó respirar y le dolió.

Ahora sí llegaba el dolor: en las costillas, en la muñeca

derecha, en la cabeza. Algo caliente le corría por la sien

izquierda y le entraba en el ojo. Sangre. Su sangre. Le escurría

por la cara, por el cuello, por el brazo, hasta la mano derecha,

que seguía cerrada con fuerza sobre algo duro.

El amuleto.

Lo sentía contra la palma. Sentía los bordes de las escamas

clavándose en su piel. Sentía su propia sangre mojándolo,

llenando las ranuras del jade tallado, empapando el dragón.

Y sentía algo más.

Calor.

Un calor que no venía de su cuerpo. Un calor que venía de

la piedra. Que empezó como una tibieza suave, como una taza

de café entre las manos en una mañana de Xela, y que luego

creció, y creció, y se volvió fuego. Alex quiso soltar el amuleto

y no pudo; sus dedos no le respondían. El fuego le subió por la

muñeca, por el brazo, por el hombro, por el cuello, como un

río de oro líquido que buscaba un camino dentro de él. Le

llegó a la cara. Le llegó a los ojos.

Alex gritó.

O creyó gritar. No supo si algún sonido salió de su boca. Sus

ojos se llenaron de luz. No la luz roja de las linternas, ni la luz

blanca de los faros, sino una luz dorada, espesa, antigua, que

no venía de afuera sino de adentro, de algún lugar detrás de

sus pupilas. En esa luz, durante un instante que duró una

eternidad, le pareció ver una forma enorme que se movía:

escamas, garras, una cola que se enroscaba alrededor del

mundo, dos ojos inmensos que lo miraban desde el fondo del

tiempo.

Dos ojos de oro.

Luego, una voz. No la oyó con los oídos. La oyó adentro, en

el centro exacto de su cabeza, y era una voz vieja, más vieja

que cualquier voz humana.

Ver lo que otros no ven. Ese es el don. Y ese es el precio.

La luz se apagó.

Lo último que Alex percibió antes de perder el

conocimiento fue una mano pequeña y huesuda que se posaba

sobre su frente, suave como una hoja, y el olor de licor de

arroz y de incienso. Y la voz de Lin Jin, muy cerca, ronca, casi

tierna:

-El dragón ha elegido, muchacho. No yo. Él.

Y después, un susurro que Alex no sabría nunca si fue real o parte de un sueño:

-Ahora aprende a mirar.

Oscuridad.


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