PRÓLOGO
Las casas se construyen sobre cimientos; pero la casona de los Villamizar se sostuvo siempre sobre el silencio.
Un silencio espeso, alimentado a lo largo de décadas por el roce suave de las faldas contra los corredores, el tintineo medido del juego de té de porcelana en el comedor principal y el susurro incesante de la peonada que, desde los establos hasta la cocina, aprendió a adivinar los estados de ánimo de sus patrones con solo escuchar el crujido de los escalones de madera.
Para quien mirara desde afuera, la hacienda era un monumento a la estirpe y al orden natural de las cosas. La tierra producía, el ganado pastaba bajo el sol abrasador y el apellido Villamizar conservaba esa altivez intacta que la decadencia económica aún no lograba doblegar del todo. Nadie preguntaba por las pérdidas al final de la jornada; nadie cuestionaba el rigor de un linaje que prefería sacrificar la felicidad para evadir la humillación.
Pero la porcelana, por fina que sea, guarda en su interior un tejido de grietas invisibles antes de saltar en pedazos.
Bajo ese techo de tejas oscurecidas por la humedad de las lluvias, el deseo y la jerarquía aprendieron a coexistir en una tregua peligrosa. Durante cinco años, el amor no fue una promesa dicha a la luz del día ni un pacto bendecido sobre la mesa del altar. Fue un hambre feroz consumida a oscuras; el olor a cuero, a alcohol barato y a barro seco metido en las uñas; las manos aferradas al cuello para ahogar un gemido antes de que la servidumbre cruzara la puerta; la certeza de que el contacto de dos pieles prohibidas poseía la fuerza suficiente para incendiar todo un apellido.
En la casona, la tragedia no llegó con el estruendo de un disparo ni con el galope de una traición repentina. Se fue acumulando gota a gota en la penumbra de las alcobas, los rincones, los potreros, alimentada por el orgullo de quienes se creían dueños de la tierra y la desesperación de quienes no tenían más que su propio dolor para defenderse.
Cuando el agua de la tormenta golpea finalmente los cristales, la tierra se ablanda y hay grietas que ningún apellido puede volver a pegar.





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