Chapter 1
—Bórrala.
Claudia apartó el teléfono antes de que pudiera quitárselo.
—Pero si sales bien.
La miré. Después miré su mano.
Me entregó el móvil.
En la fotografía, la luz de las ventanas me aclaraba los ojos marrones y dejaba un reflejo sobre mi pelo oscuro, perfectamente liso. Yo estaba bien. El problema era la mano de Lucía, levantada detrás de mi cabeza con dos dedos formando unas orejas.
Pulsé la papelera.
—Cuando tengas cinco años, haces esas cosas. Mientras tanto, intenta no estropear mis fotos.
Lucía bajó la mano.
—Era una broma.
—Pues haz una que tenga gracia.
Claudia soltó una risita. Lucía la miró y ella bajó los ojos a la pantalla.
Le devolví el teléfono.
—Otra. Y avísame antes de disparar.
Nos colocamos junto a las escaleras del colegio. Yo en medio; ellas, una a cada lado. Claudia me apartó un mechón del hombro y esperó a que comprobara cómo quedaba.
—Ahora sí.
La foto apareció en su pantalla. La amplié con dos dedos.
—Esta puedes subirla.
—¿Te etiqueto?
Le sostuve la mirada hasta que retiró la pregunta con una sonrisa.
Desde el otro extremo del vestíbulo, dos chicas de cuarto nos observaban. Una levantó la mano.
—¡Felicidades, Reyna!
Les sonreí lo justo.
—Gracias.
No recordaba cómo se llamaban.
Claudia recogió de un banco las bolsas de mis regalos. La más grande le golpeó la rodilla al incorporarse.
—¿Todo esto lo llevamos a tu casa?
—No, Claudia. Lo dejamos aquí para que lo repartan.
Lucía se rio esta vez.
Eché a andar y escuché sus pasos detrás de mí.
En San Gabriel llevaban felicitándome desde primera hora. Tenía flores en conserjería, una caja de macarons en la taquilla y tantas notificaciones que había terminado por silenciar el móvil durante el examen de Matemáticas.
El examen, por supuesto, me había salido bien.
Había encontrado incluso una errata en el último problema.
—Mañana os devuelvo las notas —dijo la profesora cuando pasamos junto a ella—. Un trabajo excelente, Reyna.
—Gracias, profesora.
Esperé a que se alejara antes de mirar a Lucía.
—¿Ves? Si estudias, no necesitas mirar mi hoja.
—Solo estaba comprobando una cosa.
—Pues compruébala en tus apuntes.
Se ajustó la mochila sin responder.
Marcos nos esperaba junto a la verja, con la corbata aflojada y tres chicos alrededor. En cuanto me vio, se separó del grupo.
Yo me detuve.
Él recorrió los últimos metros.
—Dieciséis —dijo, rodeándome la cintura.
—Y todavía no he visto mi regalo.
Sacó del bolsillo una cajita.
Detrás de mí, Claudia hizo un ruido ridículo.
Dentro había una pulsera fina con una pequeña piedra blanca. Extendí la muñeca para que me la abrochara.
—¿Te gusta?
La giré hacia la luz.
—Podría acostumbrarme.
Marcos sonrió y me besó. Dejé una mano sobre su pecho, el tiempo suficiente para que Claudia pudiera hacer una fotografía si tenía un mínimo de iniciativa.
—A las nueve —le recordé—. Y ponte la camisa azul.
—Pensaba ponerme la negra.
Le alisé el cuello del uniforme.
—La azul te queda mejor.
A nuestra espalda, uno de sus amigos lo llamó. Marcos levantó un dedo sin mirarlo.
—Nos vemos esta noche, cumpleañera.
Lo vi alejarse entre palmadas y empujones. Una chica junto a la verja lo siguió con la mirada y luego se fijó en mí.
Le sonreí.
Esta vez, un poco más.
A las cuatro y doce, nuestro conductor seguía sin aparecer.
A las cuatro y diecisiete, ya le había llamado tres veces.
—Podemos acercarte —ofreció Lucía—. Mi madre está llegando.
Miré su coche al otro lado de la calle.
—Pediré uno.
—Como quieras.
Claudia cambió las bolsas de brazo.
Abrí la conversación con mi padre.
Dile a Andrés que coja el teléfono.
El mensaje quedó sin leer.
Escribí otro.
Papá, llevo veinte minutos esperando.
Nada.
Mi madre tampoco contestó.
Pedí un coche y, cuando llegó, Claudia se acercó al maletero con los regalos.
—Ten cuidado con la caja blanca —le indiqué—. Se aplasta.
Ella recolocó una de las asas.
—Oye, ¿seguro que puedo quedarme a dormir después de la fiesta? Es que ya le he dicho a mi madre…
—Si no me haces repetirlo otra vez.
Sonrió enseguida.
—Vale. Hasta luego.
Cerré la puerta.
Durante el trayecto, revisé las felicitaciones. Compartí las fotografías en las que salía bien, ignoré dos en las que me habían pillado hablando y le escribí a la chica encargada de la tarta para recordar que las letras debían ser doradas.
No amarillas.
Doradas.
El coche giró hacia mi calle.
Levanté la vista al notar que frenaba.
Había un furgón junto al portal.
Y un coche de policía.
—Puede dejarme aquí —dije.
El conductor miró por el retrovisor.
—¿Es este edificio?
—Sí.
Había gente parada en la acera. Un vecino al que mi madre saludaba en el ascensor sostenía el teléfono a la altura del pecho.
Lo primero que reconocí fue una manga.
Rosa pálido, con tres botones de nácar en el puño.
Mi abrigo estaba colgando de una maleta abierta junto a la entrada.
Me quedé con la mano sobre el tirador.
Después vi otra maleta. Una bolsa de deporte. Varias cajas. Mi neceser transparente, colocado encima de todo, con uno de los frascos abierto.
Bajé del coche.
—¿Quién ha sacado esto?
Nadie me respondió.
Recogí el abrigo antes de que terminara de deslizarse al suelo. Tenía una mancha gris en la manga.
—¡He preguntado quién ha sacado mis cosas!
—Reyna.
Mi madre estaba sentada en el escalón del portal.
Tardé un segundo en reconocerla.
Llevaba la blusa desabrochada en el cuello y un pendiente solo. Se levantó cuando me vio, pero tuvo que apoyarse en la pared.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Me agarró del brazo.
—Ven conmigo.
—¿Por qué está mi ropa aquí?
—Ahora no.
Intenté apartarme.
Entonces apareció mi padre.
Dos hombres caminaban a sus lados. Él tenía las manos detrás de la espalda y la chaqueta torcida sobre los hombros.
—Papá.
Levantó la cabeza.
Dio un paso hacia mí y uno de los hombres lo sujetó.
Vi el metal alrededor de sus muñecas.
Me reí.
Fue un ruido corto que salió sin que pudiera evitarlo.
—¿Qué hacéis?
Mi padre abrió la boca.
—Reyna, escúchame…
—¡Quitadle eso!
Me solté de mi madre y avancé. Un agente se interpuso.
—No puede acercarse.
—Es mi padre.
Extendí el brazo para apartarlo. No se movió.
Por encima de su hombro, vi que agachaban la cabeza de mi padre para meterlo en el coche.
—¡Papá!
Él se volvió como pudo.
—Haz caso a tu madre.
La puerta se cerró.
Me quedé mirando el cristal oscuro. Esperé a que bajara la ventanilla, a que dijera algo más, a que alguien descubriera de una vez que se habían equivocado.
El motor arrancó.
Di dos pasos detrás del coche.
Mi madre me sujetó por la cintura.
—Reyna, para.
—¡Haz algo!
Intentó abrazarme. Le aparté los brazos.
—¡No te quedes ahí! ¡Llámalo! ¡Llama a alguien!
Su boca se movía, pero no entendí lo que decía.
Al otro lado de la acera, el vecino seguía con el móvil levantado.
—¡Deje de grabar!
Bajó la mano demasiado tarde.
Dentro de casa olía a aire de la calle y a café frío.
La puerta del despacho estaba abierta. Nunca estaba abierta cuando mi padre no estaba dentro.
Había cajones en el suelo.
Un hombre metía carpetas en una caja. Otro fotografiaba algo sobre el escritorio. En el pasillo, el hueco del cuadro grande dejaba un rectángulo más claro en la pared.
Avancé hacia mi habitación.
—Un momento. ¿Tú eres Reyna?
La mujer que me habló llevaba una libreta.
No le contesté. Miraba el ordenador de mi padre, que ya no estaba sobre la mesa.
—Necesito hacerte unas preguntas.
—¿Dónde lo han llevado?
—¿Tu padre te ha pedido alguna vez que firmaras documentos?
La miré.
—¿Qué?
—Papeles. ¿Te ha pedido que firmaras algo sin explicarte qué era?
Mi madre apareció detrás de mí.
—No.
La mujer volvió la cabeza.
—Señora, estoy hablando con…
—Y yo le estoy diciendo que no va a interrogarla aquí.
Apreté el abrigo contra mi pecho.
—¿Por qué iba a firmar papeles?
—¿Tienes alguna cuenta bancaria que gestione tu padre?
—Tengo una tarjeta.
La mujer bajó los ojos a la libreta.
—¿Sabes de dónde procedía el dinero?
Fruncí el ceño.
—De mi padre.
—Me refiero a…
—¡Tiene dieciséis años! —Mi madre se colocó delante de mí—. Los cumple hoy. ¿No me está escuchando? Es menor de edad.
Desde el despacho, un hombre alzó la vista.
—Lo dejamos para cuando corresponda —dijo.
La mujer cerró la libreta.
Yo seguía esperando una respuesta.
—¿Qué ha hecho?
Mi madre me cogió de la mano.
Esta vez no intenté soltarme.
—Mamá.
Tenía los dedos fríos.
—¿Qué ha hecho papá?
Me llevó hasta la cocina y cerró la puerta. Se quedó mirando el pomo durante unos segundos.
Después tiró de una silla.
—Siéntate.
—No quiero sentarme.
—Por favor.
No me gustó cómo lo dijo.
Me senté.
Mi madre colocó un vaso debajo del grifo. El agua rebosó antes de que lo apartara.
—Hay problemas con las empresas.
—Pues que llame a sus abogados.
Dejó el vaso delante de mí.
—Ya estamos hablando con ellos.
—Bien. Entonces diles que hagan que vuelva.
Se secó las manos en la falda.
—No es tan sencillo.
—Siempre decís eso cuando no queréis explicarme algo.
Al otro lado de la puerta sonó un golpe. Me volví.
—Como rompan algo, van a pagarlo.
Mi madre se tapó la boca.
Los hombros empezaron a subirle y bajarle. Primero despacio. Luego tanto que tuvo que sentarse.
Yo esperé.
Nunca había sabido qué hacer cuando lloraba. Normalmente mi padre entraba, le tocaba la espalda y me indicaba con la cabeza que saliera.
Miré hacia la puerta.
Nadie entró.
El teléfono vibró sobre mis rodillas.
Marcos.
Me levanté tan deprisa que la silla chirrió.
—¿Marcos?
—He visto lo de tu padre.
Cerré los ojos.
Por fin.
—Se lo han llevado. Han entrado en casa y están tocándolo todo, y mi madre no me explica nada. Necesito que vengas.
Hubo un silencio.
—¿Puedes salir tú?
Miré a mi madre. Seguía inclinada sobre la mesa.
—Sí.
—Estoy cerca de la plaza. Tenemos que hablar.
Me lavé la cara antes de salir.
El agua se llevó el rímel acumulado debajo de los ojos. Tuve que usar un pañuelo porque faltaban las toallas pequeñas.
Me peiné con los dedos, repasé la raya y me puse brillo en los labios.
Marcos iba a abrazarme.
En cuanto llegara, iba a abrazarme y yo podría contarle todo sin que nadie me mandara sentarme ni dejara las frases a medias.
Lo encontré junto a un banco.
No se acercó cuando me vio.
Fui yo quien recorrió la distancia y apoyó la cara en su pecho. Olía al perfume que le había regalado.
Sus brazos permanecieron a los lados.
—Ha sido horrible —dije contra su camisa—. Había gente grabando.
Me tocó los codos.
Al principio pensé que iba a estrecharme.
Me apartó.
—Reyna, tenemos que hablar.
Lo miré.
—Ya lo has dicho.
Se pasó la lengua por el labio inferior.
—Mis padres se han enterado.
—Todo el mundo se ha enterado. Había un señor grabando a mi padre como si fuera…
No terminé.
Marcos miró hacia la calle.
—No quieren que siga contigo.
Me quedé esperando el resto.
Él metió las manos en los bolsillos.
—¿Y?
—¿Cómo que “y”?
—Que qué les has dicho.
Bajó la vista un instante.
—Creen que lo mejor es que dejemos de vernos.
Solté una risa.
—Vale. Pues cuando se les pase hablamos.
—No me estás entendiendo.
La pulsera se deslizó por mi muñeca al cruzarme de brazos.
Él la miró.
Yo también.
—No —dije.
—Reyna…
—No vas a hacer esto.
Una pareja pasó junto a nosotros. Esperé a que se alejara.
Bajé la voz.
—Han detenido a mi padre hace una hora.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablar como un imbécil y ven conmigo.
Le cogí la mano.
No la sacó del bolsillo.
Me quedé sujetando la tela de su chaqueta.
—Marcos.
—Mi familia no quiere que esté con la hija de un criminal.
Los dedos se me abrieron.
Él no corrigió la frase.
Ni siquiera añadió que esas eran palabras de sus padres.
—Mi padre no es un criminal.
—Yo no sé lo que ha hecho.
—Entonces cierra la boca.
Volvió a mirar hacia la calle.
—No hace falta que grites.
Di un paso hacia él.
—Mírame.
Me miró.
—Dime que me estás dejando por esto.
Apretó la mandíbula.
—Lo siento.
El aire me entró por la nariz con un ruido feo.
Me pasé la mano por debajo de un ojo antes de que la primera lágrima terminara de caer.
—Esta mañana me has regalado una pulsera.
No respondió.
—Me has besado delante de todo el mundo.
—Reyna, por favor.
—¿Por favor qué?
Una mujer giró la cabeza al pasar.
Marcos se apartó un poco.
—Podemos hablar cuando estés más tranquila.
—¡Estoy hablando ahora!
Me ardía la garganta.
Él miró a la mujer, después a mí.
Eso hizo que me ardiera más.
—Ah, claro. Que te están mirando.
—No montes una escena.
Lo empujé con las dos manos.
Apenas retrocedió.
—¡Vete a la mierda!
Se alisó la chaqueta donde lo había tocado.
Yo seguía delante de él, esperando algo. Que me cogiera las muñecas. Que dijera mi nombre como lo había dicho esa mañana. Que dejara de mirarme de esa manera.
—Lo siento —repitió.
Y se fue.
Tardé un momento en entender que de verdad estaba caminando hacia su coche.
—¡Marcos!
No se volvió.
—¡No me dejes aquí!
Esta vez lo grité tan fuerte que varias personas se detuvieron.
Él abrió la puerta.
Corrí unos pasos.
La puerta se cerró antes de que llegara.
Me vi reflejada en el cristal: la boca abierta, el pelo pegado a una mejilla, la mano levantada.
Golpeé la ventanilla con la palma.
El coche arrancó.
—Cariño, ¿estás bien?
Una señora se había acercado con un paquete de pañuelos en la mano.
Miré los pañuelos.
Luego su cara.
Tenía las cejas levantadas y hablaba despacio, como si yo fuera una niña perdida.
—¿A usted qué le importa?
La mujer se detuvo.
—Solo quería saber si necesitas…
—¡No necesito nada suyo!
Retiró un poco la mano.
—Está bien.
—¡Pues déjeme en paz! ¿No tiene otra cosa que hacer? ¡Váyase, cotilla!
Un hombre cerca de nosotros murmuró algo.
Me volví hacia él.
—¿Qué mira?
La señora guardó los pañuelos en el bolso.
Ya no intentó acercarse.
Cuando se marchó, me quedé buscando a quién más gritarle.
La gente siguió caminando.
Una bicicleta pasó junto al bordillo. Alguien se rio al otro lado de la plaza. Un camarero salió de una terraza con una bandeja llena de vasos.
Me tapé la boca.
No sirvió.
El sollozo me dobló por la cintura.
Me senté en el banco y traté de respirar, pero el aire entraba a tirones y cada vez que lo conseguía me salía otro sonido de la garganta.
—¿Por qué a mí?
Me limpié la cara con la manga.
La mancha negra quedó sobre el puño blanco de la camisa.
—Hoy es mi cumpleaños.
Saqué el teléfono.
Tenía decenas de mensajes.
Abrí el grupo de mis amigas.
Venid a buscarme.
Claudia lo leyó.
Lucía también.
Esperé con el móvil entre las manos.
Arriba apareció que Claudia estaba escribiendo.
Desapareció.
Volvió a aparecer.
Mi madre dice que hoy mejor no vaya a tu casa.
Leí la frase dos veces.
No estoy en mi casa.
Mandé la ubicación.
Lucía escribió:
¿Entonces se cancela la fiesta?
Miré la pantalla hasta que las letras empezaron a mezclarse.
Llamé a Claudia.
No contestó.
La llamé otra vez.
El teléfono dejó de sonar antes.
Apreté el móvil contra mi falda.
—Hoy cumplo dieciséis.
Lo dije mirando a una mujer que pasó sin oírme.
Después a nadie.
Me quedé allí hasta que empezó a hacer frío.
Cuando regresé, ya no había ningún coche de policía.
Las maletas seguían junto al ascensor. Recogí la más pequeña y subí.
La puerta de casa estaba entornada.
—¿Mamá?
Mi voz sonó demasiado fuerte.
En el salón faltaban los cuadros, las vitrinas y la alfombra. Habían retirado las piezas que mi madre me prohibía tocar desde pequeña. Quedaban marcas en el suelo y cables sueltos junto a la pared.
Me detuve donde solía estar la mesa de cristal.
Por la mañana había apoyado allí la mochila.
Ahora podía cruzar sin rodear nada.
Mi madre apareció al final del pasillo.
Se había quitado el pendiente que le quedaba.
—¿Dónde estabas? Te he llamado.
Dejé la maleta.
—Marcos me ha dejado.
Ella cerró los ojos un momento.
Yo esperé a que dijera algo.
—Dice que su familia no quiere que esté conmigo.
Mi madre se acercó.
—Reyna…
—Y Claudia no me coge el teléfono.
Intentó tocarme la cara, pero me aparté.
—Dime cuándo vuelve papá.
Su mano quedó suspendida entre nosotras.
—No lo sé.
—Pues llama otra vez.
—Ya he llamado.
—Llama a otra persona.
—No es…
—¡Deja de decir que no es tan sencillo!
Mi voz rebotó en el salón.
Mi madre bajó la mano.
Durante un momento solo escuché el zumbido de la nevera desde la cocina.
—No podemos seguir aquí —dijo.
Me sequé la nariz con el dorso de la mano.
—¿Qué?
—No podemos permitirnos vivir en esta zona. Tenemos que irnos.
Miré las ventanas, las molduras del techo, la puerta de mi habitación abierta al fondo.
—Esta es nuestra casa.
Mi madre apretó los labios.
—Prepara una bolsa para esta noche.
No me moví.
Ella pasó a mi lado y se agachó junto a la maleta. Intentó subir la cremallera, pero una manga se había quedado atrapada.
Tiró otra vez.
—La vas a romper —dije.
Soltó el cierre.
Me arrodillé a su lado y metí la tela hacia dentro. Era el abrigo rosa. El de la mancha.
Mi madre sujetó la maleta mientras yo cerraba.
La pulsera de Marcos golpeó el tirador.
La escondí debajo del puño.
—Pero hoy es mi cumpleaños, mamá.
Ella apoyó una mano sobre la mía.
Esta vez la dejé.







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