Crear nueva lista
Compartir con tus amigos
Personalizar legibilidad

Lealtad pura

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

LEALTAD PURA 🐦‍⬛ Dos mundos. Una elección. Una lealtad que lo cambiará todo. Alya Morell tenía todo lo que el dinero podía comprar, hasta que un escándalo que nunca cometió la expulsó del Norte y la obligó a empezar de cero en el Sur. Entre talleres, motores y carreras clandestinas, descubrirá un mundo donde los apellidos importan menos que los actos y la familia no siempre comparte tu sangre. Allí está Ash Crowe, piloto estrella de los Southside Ravens. Reservado, orgulloso y leal hasta las últimas consecuencias, Ash no pretende salvar a Alya ni decidir por ella. Pero, entre provocaciones, miradas y silencios que empiezan a significar demasiado, acompañarla se volverá cada vez más natural. El problema es que el pasado de Alya no piensa dejarla marchar. Nathaniel Vanderholt, el príncipe del Norte, no acepta perder el control sobre alguien a quien siempre consideró suyo. Y cuando sus caminos vuelvan a cruzarse, la rivalidad entre ambos mundos amenazará todo lo que Alya está empezando a construir. Carreras. Secretos. Una familia elegida. Un amor que no debería convertirse en una jaula. Porque ser leal no significa pertenecerle a alguien. Significa elegir quién merece quedarse a tu lado.

Genero:
Romance
Autor/a:
Rosi
Estado:
hace 13 horas
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1

El olor a cuero nuevo y ambientador de lavanda cara es lo último que me queda del Norte, y se está disipando rápido a través de las ventanillas bajadas de mi coche.

Sujeto el volante con fuerza, sintiendo la vibración del motor bajo mis palmas. A mi derecha, en el asiento del copiloto, solo viajan mi mochila y la maleta donde he metido lo poco que he podido salvar. Mis padres ni siquiera han tenido la decencia de mandarme con un chófer; esta mañana, mi madre me ha tirado las llaves de mi propio coche -el que yo misma ayudaba a poner a punto en Morell Motors- con una despedida gélida: —Coge tus cosas y lárgate al Sur, Alya. Te quedas allí hasta que todo esto se enfríe y aprendas a comportarte como una Morell.

Al otro lado del cristal, el paisaje se desmorona a la misma velocidad que mi vida. Las urbanizaciones perfectas de Northview, con sus chalets de diseño y sus céspedes cortados al milímetro, se han quedado atrás hace más de media hora. Ahora, los neumáticos de mi coche devoran kilómetros de un asfalto gris y agrietado que se adentra en el Southside. El cielo aquí parece más bajo, aplastado por el humo de las chimeneas industriales y un cableado eléctrico que cruza las calles como una telaraña desordenada.

Paso junto a un cartel de bienvenida oxidado y lleno de grafitis.

Bienvenido al Sur. Debajo, alguien ha pintado con spray negro el símbolo de un cuervo con las alas abiertas. El emblema de los Ravens.

Trago saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta, pero no aparto la vista de la carretera. Estoy furiosa. Una rabia fría y concentrada me quema el pecho cada vez que recuerdo la sonrisa de suficiencia de Nate Vanderholt mientras me acusaba públicamente de haber saboteado aquel motor. Recuerdo los ojos decepcionados de los profesores y los murmullos de Lila Beaumont en los pasillos de la Northview Academy. No les ha importado la verdad. No les ha importado que yo sea la mejor mecánica de nuestra generación. Para mi familia es más fácil desterrarme que admitir que el niño mimado del Norte es un mentiroso y un peligro al volante.

Giro en una última esquina buscando la dirección que mi padre me apuntó en un papel. El coche avanza despacio, esquivando baches profundos que hacen protestar a la suspensión, hasta que me detengo frente a un edificio de tres plantas con la fachada desconchada y cables colgando como enredaderas muertas.

Apago el motor. Este es mi nuevo hogar: un piso de alquiler barato propiedad de un conocido de mi padre.

Abro la puerta y el olor a humedad y asfalto recalentado me golpea de lleno. Agarro mi maleta, cierro el coche con el mando -el pitido del cierre centralizado suena insultantemente tecnológico en esta calle- y arrastro las ruedas por el portal, que huele a tuberías viejas. No hay ascensor. Me toca cargar la maleta a pulso por unas escaleras de piedra gastada hasta el segundo piso. Para cuando hago girar la llave ruidosa en la cerradura del 2.ºB y empujo la puerta, ya noto los brazos tensos.

El piso es minúsculo. Un salón-cocina americano con un sofá de tela desgastada, una mesa de madera coja y una puerta al fondo. Las ventanas son viejas, de aluminio, y dejan entrar todo el ruido de las motos de la avenida. Camino hacia el centro de la estancia y dejo caer la maleta. El eco del golpe resuena en las paredes desnudas.

No hay cuadros. No hay sábanas de hilo egipcio. Solo el silencio de un lugar que me recuerda, con cada rincón descolorido, que he sido desterrada.

Me acerco a la ventana y aparto las cortinas polvorientas. Abajo, mi coche destaca como un diamante en un contenedor de basura. Es demasiado llamativo. En este barrio, tener un coche así aparcado en la calle es como llevar una diana en la espalda.

—Se acabó el lamento, Alya -me digo en voz alta, y mi propia voz suena extraña en el piso vacío.

En el baño, me mojo la cara con agua fría para espabilarme. Al mirarme en el espejo agrietado, veo la rabia devolviéndome la mirada. En mi bolsillo, el móvil vibra. Es un mensaje de Theo, mi hermano de catorce años, enviado a escondidas desde su habitación en la mansión Morell:

—Te extraño. Sé que tú no rompiste ese coche, Al. Demuéstrales de lo que eres capaz.

Una grieta de pura vulnerabilidad me amenaza por dentro, y los ojos me escuecen por las lágrimas contenidas. Pero aprieto los dientes, guardo el teléfono y me trago el llanto. No voy a romperme. Me llevo las manos a la cabeza y, con un movimiento firme y decidido, me recojo todo este pelo larguísimo en una coleta alta, despejando mi rostro y tensando mis rasgos.

Me pongo la cazadora de cuero, agarro mi mochila del Norte y dejo la maleta sin abrir junto a la puerta.

No quiero deshacerla. No quiero admitir que este sitio es «hogar». Quizá se arrepientan y me digan de volver. Ellos tienen que creerme. ¿No? Son mis padres, joder.

Cierro la puerta del 2.ºB con un golpe seco. El sonido retumba en el pasillo como si el edificio entero se burlara de mí.

Bajo las escaleras con pasos firmes, aunque por dentro me tiemblan las manos. El olor a humedad se mezcla con el de comida frita que sale de algún piso. Nada aquí es familiar. Nada aquí es mío.

Cuando salgo a la calle, el aire caliente del Southside me envuelve como un golpe. El ruido es constante: motos, voces, música filtrándose desde ventanas abiertas. Mi coche sigue ahí, brillante, perfecto, fuera de lugar.

Un recordatorio de quién era.

O de quién ya no soy.

Me subo, cierro la puerta y el silencio del interior me cae encima como un peso. Giro la llave. El motor ruge con esa suavidad que conozco de memoria. Mi coche es lo único que no me ha fallado.

Las palabras de mi padre resuenan con fuerza en mi memoria, cuando me dio la noticia de mi mudanza que, según él, «me mantendrán ocupada mientras pasa la tormenta».

La tormenta soy yo.

Y lo sabe.

Arranco.

Las calles del sur se estrechan, se retuercen, se llenan de baches que esquivo por instinto. Los edificios son más bajos, más viejos, más vivos. La gente camina sin prisa pero con alerta. Aquí todos miran. Todos evalúan. Todos saben quién es de aquí y quién no.

Y yo no soy de aquí.

Doblo una esquina y lo veo.

El Ravenwood High.

Mi nueva pesadilla.

El edificio se levanta como un bloque de hormigón gris, con ventanas estrechas y rejas oxidadas en algunas plantas. Nada que ver con la arquitectura de revista de Northview Academy. Aquí no hay jardines cuidados ni placas conmemorativas.

Aquí hay grafitis, colillas en el suelo y un grupo de chicos sentados en el muro de entrada, fumando como si el instituto fuera un simple decorado de fondo.

Aparco en la acera de enfrente, en el único hueco libre. Al apagar el contacto, el repentino silencio dentro del habitáculo dura apenas un segundo antes de que el ruido del exterior se filtre por las rendijas.

Me quedo quieta, con las manos aún apoyadas en el volante, observando el panorama a través del parabrisas. Siento que el estómago se me tensa. En las escaleras de ladrillo gastado de la entrada hay un hervidero de chaquetas oscuras, sudaderas holgadas y zapatillas que han pisado mucho barro. Varias motos baratas y trucadas rugen aparcadas en batería, rompiendo el aire con un sonido sordo y constante. No es solo un instituto diferente; es un ecosistema completamente distinto, con sus propias reglas invisibles.

Exhalo el aire despacio, obligándome a recuperar el control. Agarro mi mochila del asiento del copiloto, abro la puerta y planto los pies en el asfalto.

El impacto es inmediato. No solo por la oleada de calor pesado que sube del suelo, sino por las miradas.

Es como si el mundo hubiera bajado las revoluciones de golpe. Una conversación a mi izquierda se corta a la mitad. Dos chicos que comparten un cigarrillo se detienen con la mano a medio camino, fijando sus ojos en mí sin el más mínimo disimulo. Sabía que iba a llamar la atención, pero esto roza lo ridículo. Escanean mis vaqueros impecables, el corte de mi cazadora que grita dinero y, sobre todo, las líneas perfectas de mi coche. En este barrio, mi llegada es lo más parecido al aterrizaje de una nave espacial en mitad del asfalto.

—Camina -me ordeno a mí misma en un susurro que se pierde en el aire-. Cabeza alta, Alya.

Cruzo la calle a paso firme, obligándome a mantener un ritmo constante. Siento docenas de ojos clavados en mi espalda, diseccionándolo todo: el balanceo de mi coleta alta, la marca de mis botas, mi forma de pisar. Escucho algún murmullo amortiguado por la música estridente que sale de un coche viejo unas esquinas más allá. No necesito oír las palabras exactas para saber qué piensan. Para ellos soy carne de cañón. Una princesita del Norte que se ha equivocado de barrio y va a terminar rota antes del viernes.

Subo los escalones de piedra ignorando las risitas del grupo que bloquea parcialmente el acceso. Al empujar las pesadas puertas dobles, el interior de Ravenwood High me golpea con un olor denso a desinfectante barato de pino, taquillas de metal viejo y humedad. El pasillo principal es un túnel ruidoso, estrecho y saturado de adolescentes que se empujan, gritan y se retan entre el eco ensordecedor de los timbres.

Sujeto la correa de mi mochila con más fuerza y avanzo entre la multitud buscando la secretaría para recoger mi maldito horario de clases. La gente se aparta a mi paso, pero no es por cortesía; es pura estupefacción. Soy un cuerpo extraño invadiendo su territorio.

Justo al llegar a la mitad del pasillo, noto cómo la energía del lugar cambia. El ruido de los gritos parece atenuarse y el ambiente se vuelve denso, cargado, como la presión previa a una tormenta en el taller.

Me detengo a unos metros de las taquillas centrales porque la masa de estudiantes se abre. No me hace falta analizar detenidamente al grupo de alumnos que ocupa el centro del pasillo para saber quiénes son. Llevan chaquetas de cuero negro con un cuervo de alas abiertas bordado con hilo grueso en la espalda.

Los Southside Ravens.

Incluso en la burbuja de cristal del Norte, el nombre de su banda resuena con fuerza. En los talleres de Morell Motors, los mecánicos adultos bajaban la voz al hablar de ellos, y pilotos como Nate alternaban la burla con un respeto teñido de miedo. En Northview todos saben que los Ravens controlan el asfalto de este lado de la ciudad, que sus carreras son sagradas y que no perdonan una afrenta. Son leyendas de barrio, peligrosos y letales con una llave inglesa en la mano o un volante entre los dedos. Y ahora mismo, soy yo la que está invadiendo su territorio.

Evito mirarlos demasiado. No tengo ninguna intención de buscarme problemas el primer día deteniéndome a examinarlos, así que mantengo la vista fija al frente, ignorando las chaquetas negras y los murmullos que mueren a mi paso.

Una chica se interpone en mi camino hacia secretaría, no lleva la chaqueta de los Southside Ravens pero sí los mira con una sonrisa para luego fijarse en mí.

—¿Te has perdido, princesita?

La voz de la chica corta el murmullo del pasillo con la precisión de un bisturí. Me detengo en seco, a un par de pasos de ella. No lleva ninguna cazadora con el cuervo bordado, pero la mirada cómplice que les ha lanzado a los Ravens antes de plantarse frente a mí deja claro para quién está montando el espectáculo. Quiere puntos con la banda local, y yo soy la diana perfecta.

El pasillo parece contener el aliento. A mi alrededor, el río de estudiantes que se empujaba hace un segundo se congela. Todos quieren ver cómo reacciona la chica rica del Norte.

Siento la presión de los ojos de los Ravens grabándose en mi perfil, especialmente los del chico alto apoyado contra la pared, pero me niego a girar la cabeza. Mi atención se centra exclusivamente en la chica que tengo delante. Es más baja que yo, sostiene una carpeta contra el pecho y me mira con una mezcla de superioridad barata y diversión maliciosa.

Relajo los hombros. No parpadeo. En Morell Motors he tenido que lidiar con clientes estirados, mecánicos viejos que me miraban por encima del hombro por ser mujer y con idiotas de la talla de Nate Vanderholt. Una cría de instituto buscando aprobación no va a hacer que me tiemble el pulso.

—Secretaría -respondo. Mi voz suena limpia, tranquila, insultantemente calmada en mitad de la tensión-. Eso es lo que busco. Así que, a menos que seas la conserje o tengas mi horario en esa carpeta, te sugiero que te apartes.

Un siseo colectivo recorre el pasillo. Alguien al fondo suelta una exclamación ahogada.

La sonrisa de la chica se borra de golpe, sustituida por una mueca de incredulidad. No se esperaba que la «princesita» le respondiera sin parpadear y, mucho menos, con ese tono gélido que destila el orgullo de los Morell, el mismo que mi madre se empeñó en grabarme a fuego.

—Vaya, parece que la muñeca de porcelana habla -replica ella, dando un paso hacia delante, intentando invadir mi espacio personal. Su mirada escanea mi cazadora de cuero limpia-. Deberías vigilar esa boquita por aquí, zona residencial. En el Sur nos gusta romper los juguetes caros que vienen del Norte.

Noto el calor de la rabia subiendo por mi cuello, pero no dejo que altere mis facciones. Si muestro una sola grieta, habré perdido.

—Inténtalo -le digo, bajando el tono de voz lo justo para que solo ella y los que están a menos de un metro, puedan oírme. Doy un paso al frente, obligándola a inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para sostenerme la mirada-. Pero te aseguro que no estás hecha para soportar el impacto.

Sostengo el duelo de miradas un segundo más, el tiempo exacto para ver cómo la duda cruza sus ojos por primera vez. No espero a que responda. La rodeo con un paso firme y limpio, rozando su hombro con el mío sin llegar a detenerme.

Camino los últimos metros hacia la puerta de secretaría con la espalda recta y el ritmo de mis botas resonando con fuerza sobre el suelo de terrazo. Al girar el pomo de la puerta, arriesgo una última mirada de reojo por encima del hombro. La chica se ha quedado clavada en mitad del pasillo, roja de pura frustración bajo la atenta mirada de sus compañeros.

Y justo antes de entrar, noto la silueta del chico alto de los Ravens. Sigue apoyado contra la pared, inmóvil, pero ya no me mira con la fría indiferencia de antes. Tiene las cejas ligeramente arqueadas y una chispa de oscuro interés en los ojos. Lo he incomodado, y lo que es peor para él: me ha visto ganar el primer asalto.

Cierro la puerta de secretaría tras de mí, dejando fuera el ruido, el Sur y la banda.

El silencio aquí dentro es tan artificial que casi duele.

La mujer del mostrador me mira como si yo fuera una interrupción molesta en su día, teclea mi nombre con desgana y me entrega un horario arrugado sin levantar la vista.

—Aula 2B -dice, como si me estuviera haciendo un favor-. No llegues tarde.

No respondo.

No le debo nada.

Cuando vuelvo a abrir la puerta para salir al pasillo, el ruido me golpea de nuevo, pero esta vez no me atraviesa igual.

La adrenalina sigue corriendo por mis venas, caliente, eléctrica, afilada.

No sé si es orgullo o pura supervivencia, pero algo en mí se ha encendido.

Camino hacia el aula sin mirar a nadie.

No necesito ver sus caras para saber que me observan.

Que murmuran.

Que intentan descifrarme.

Que no pueden.

Al pasar de nuevo por las taquillas centrales, noto cómo el grupo de Ravens sigue ahí, ocupando el espacio como si fuera suyo por derecho divino.

No me miran directamente, pero sé que me han registrado.Sé que han visto el choque con la chica.Sé que han tomado nota.Y sé que eso, en este sitio, significa algo.No sé si bueno.No sé si malo.Pero algo.

Acelero el paso.No por miedo.Por estrategia.El aula 2B está al final del pasillo.Empujo la puerta sin dudar.El murmullo se apaga un segundo cuando entro.

No porque les importe quién soy, sino porque soy nueva, y lo nuevo aquí se huele como la sangre.Me siento en un pupitre vacío, cerca de la ventana.El profesor ni siquiera me dedica más de dos segundos antes de seguir con su explicación.Perfecto.

Cuanto menos interés despierten los adultos, mejor.

Abro mi mochila, saco un cuaderno y un bolígrafo.

Mis manos siguen tensas, pero no tiemblan.

No soy una princesa.

No soy un juguete.

No soy una víctima.

Y si el Sur quiere probarme, que venga.

Estoy lista.

Copio el horario en mi libreta, ignorando la explicación del profesor.

El zumbido del fluorescente del aula parpadea con un ritmo irritante, acompañando el monótono discurso del profesor de literatura. Apenas llevo diez minutos sentada en este pupitre de madera astillada y ya siento que las paredes se me echan encima. Mantengo la cabeza baja, con el bolígrafo rozando el papel, pero mis ojos no están fijos en los apuntes de la pizarra.

Estoy repasando mi propia caligrafía en la esquina superior del cuaderno, donde he anotado las asignaturas, mientras mi mente sigue atrapada en el pasillo.

Tengo la mandíbula tan apretada que me duele. Intento concentrarme en trazar las líneas rectas de las letras para quemar el exceso de adrenalina, pero es inútil. Todavía noto los ojos de esa cría clavados en mi ropa y, sobre todo, la sombra del chico alto de los Ravens recortada contra las taquillas.

Me revuelve el estómago admitir que su presencia me ha descolocado, aunque haya sido solo un instante. Odio que me analicen. Odio sentirme como una pieza defectuosa expuesta en un mostrador.

Apoyo la mano libre sobre la mesa y cierro el puño. El roce de mi cazadora de cuero contra el borde del pupitre me devuelve un poco de esa fría lucidez que necesito para no volverme loca.

«No les dejes ver que te afecta, Alya», me repito, usando el mismo tono implacable que empleaba en el taller cuando un motor se resistía a arrancar.

«Son solo un grupo de idiotas con chaquetas a juego».

El problema es que sé de sobra que no son solo eso. Los Ravens no son los típicos matones de instituto que juegan a ser peligrosos. Cualquiera que haya pisado un circuito o un taller a ambos lados de la frontera de la ciudad ha oído hablar de ellos.

Recuerdo perfectamente las noches de viernes en Morell Motors, cuando el trabajo gordo ya estaba hecho y los mecánicos veteranos se destapaban un par de cervezas cerca del foso de retransmisión. Se sentaban a hablar con esa mezcla de respeto y recelo que solo se le tiene a los que juegan con fuego y no se queman. Hablaban de cómo los Ravens controlaban las apuestas del Southside, de cómo trucaban los motores con piezas que nadie sabía de dónde salían y, sobre todo, de su lealtad ciega. «Si tocas a un cuervo, la banda entera te pasa por encima», decía siempre el viejo Marcus mientras limpiaba sus herramientas.

Incluso Nate, con toda su prepotencia y los millones de su familia respaldándolo, se lo pensaba dos veces antes de acercarse a las zonas fronterizas del asfalto si sabía que ellos andaban cerca. Los Vanderholt podían comprar jueces, profesores y escuderías enteras en el Norte, pero el Sur pertenecía a las reglas que los Ravens escribían con humo de neumático y aceite quemado.

Y ahora, por culpa de las mentiras de Nate y de la cobardía de mis padres, estoy metida de lleno en su nido.

Doy un respingo casi imperceptible cuando el timbre que anuncia el cambio de clase suena con la fuerza de una alarma de incendios. El ruido en el aula estalla de golpe: sillas arrastrándose, carpetas que se cierran y el barullo de mis nuevos compañeros apresurándose por salir.

Guardo el cuaderno en la mochila con movimientos lentos y calculados, dándome tiempo. No tengo ninguna prisa por volver a salir a ese pasillo, pero tampoco voy a quedarme aquí escondida como si tuviera miedo de mi propia sombra. Me cuelgo la mochila de un solo hombro, me coloco la cazadora y encaro la puerta.

Al salir, el ambiente sigue igual de denso, pero el grupo principal de los Ravens parece haberse dispersado hacia sus respectivas aulas. Respiro con un poco más de facilidad, dejando que la tensión acumulada en mis hombros baje un par de grados.

Camino hacia la siguiente clase siguiendo las indicaciones de mi horario, pero justo al rodear la esquina de los laboratorios, noto que el pasillo se estrecha debido a unas filas de taquillas viejas. Voy concentrada en el papel que llevo en la mano cuando una silueta alta y corpulenta dobla la misma esquina en dirección contraria.

Casi chocamos.

Freno en seco, plantando las botas con firmeza en el suelo para evitar el impacto. Al levantar la vista, me encuentro de golpe con el pecho cubierto por la camiseta negra.

Es él. El chico alto de las taquillas.

De cerca es todavía más imponente. Su estatura me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada, y la anchura de sus hombros bloquea casi por completo la luz del pasillo. Noto de inmediato el olor a metal limpio y un toque seco de colonia barata que ya percibí antes.

Él también se detiene. No da un paso atrás, ni se aparta para dejarme espacio. Se limita a clavar sus ojos oscuros en mí, con una intensidad fría que parece congelar el aire a nuestro alrededor.

Mantiene los brazos caídos a los lados, pero sus manos, grandes y con los nudillos ligeramente rozados por el trabajo mecánico, denotan una calma absoluta.

No hay rastro de la superioridad burlona de la chica de antes. Su rostro es una máscara seria, indescifrable, que se toma su tiempo para registrar mi reacción.

Siento un chispazo de orgullo rebelándose en mi pecho. No me muevo ni un milímetro. Sostengo su mirada con firmeza, apretando la correa de mi mochila con una mano mientras la otra descansa en el bolsillo de mi cazadora. Mis ojos gris verdoso reflejan toda la rabia acumulada del día, un aviso silencioso de que, si está buscando una presa fácil para entretenerse, ha elegido el objetivo equivocado.

Nos quedamos así durante dos segundos que parecen eternos en mitad del flujo de alumnos que nos esquiva por los lados. Ninguno de los dos dobla la rodilla. Ninguno de los dos desvía los ojos. Es un pulso silencioso, una medición de fuerzas donde ninguno está dispuesto a ceder el paso primero.

Finalmente, sin romper el contacto visual y con una lentitud casi exasperante, el chico inclina ligeramente el torso hacia un lado, lo justo para dejarme un hueco libre en el pasillo. No es una retirada; es una invitación cargada de arrogancia.

Paso por su lado manteniendo la distancia exacta para que nuestras chaquetas no lleguen a rozarse, con la barbilla en alto y el paso firme. Noto la presión de su mirada fija en mi nuca.

Doblo el pasillo y dejo atrás su sombra, pero no la sensación.

Ese choque silencioso me ha dejado el pulso acelerado, la respiración tensa, la mente afilada.

No sé quién es.

No sé qué papel juega aquí.

No sé si volveré a cruzármelo.

Pero sé una cosa:

no voy a ser la chica que baja la mirada.

No aquí.

No ahora.

No nunca.

El Sur me está midiendo las constantes.

Me observa.

Me pesa.

Me prueba.

Y yo ya he empezado a aprender su juego.

Porque no soy una princesa.

No soy un juguete.

No soy una víctima.

Soy Alya Morell.

Y acabo de entrar en su territorio.

¡Cuéntale a Rosi lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

0

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Embarazada del bebé de su hombre lobo 🌙 Kookmin Adap.

janneth1108: Dios ya quiero mas .. me encanta 😍😍😍

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Rechazado

Brenda: Es una excelente historia ... Me encanta la forma de narrar y q sea cortae gusta aún más . Me encantaría encontrar más historias

Leer ahora
Amor en cláusulas.

Elena: Me s gustado todo

Leer ahora
Odio a mi jefa

Majo Me: Excelente, me enganchó tanto la historia que la terminé en un día. Y la volvería a leer. Cada personaje te deja atrapada, a veces me perdí de la perspectiva del personaje que me tenía que devolver. Jajaja del resto muy bien

Leer ahora
Vuelve a mi

Hildaaaa: Me ha gustado mucho pero creo que se necesitaban más contexto o como capítulos del pasado.

Leer ahora
Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
De los negocios al amor

Luisa: Me gusta mucho la historia

Leer ahora