Prólogo
Algunas historias comienzan con esperanza. La mía, en cambio, comienza con la carta de un hombre muerto.
Me encuentro sentado en la Sala de Operaciones, rodeado de mapas y decisiones cuyo peso todavía no termino de comprender.
El silencio es abrumador, apenas siendo irrumpido por los murmullos del exterior de las personas preparándose para la ceremonia.
Sé que esperan que salga y tome el lugar que ahora me corresponde. Sin embargo, no encuentro las fuerzas para levantarme y salir.
No mientras sostenga entre mis dedos las últimas palabras del amor de mi vida.
Mis dedos tiemblan alrededor del sobre mientras lo observo incapaz de reunir el valor necesario para abrirlo. Durante meses guardé la carta, temeroso de lo que pudiera revelar. O quizá solamente temía que, si la leía y le ponía un punto final a nuestra historia, haría su muerte definitivamente real como si lo estuviera dejando ir.
Quiero doblarla y guardarla en el lugar más recóndito de mi escritorio. Pero hoy tomo su lugar y sé que debo leer sus últimos deseos.
Finalmente, rompo el sello de la carta y desdoblo la hoja.
Reconozco su letra de inmediato:
«Si estás leyendo esto, significa que hice lo que siempre supe que terminaría haciendo».
Leo la primera línea despacio, y para cuando termino de leer, siento que algo dentro de mí se ha roto para siempre.
Es entonces que comprendo que me equivoqué en todo lo que creí conocer de él.
Durante años admiré su valentía, convencido de que él era capaz de soportar todo en este mundo roto. Creí que él había nacido para liderar y ofrecer esperanza a la humanidad incluso cuando ya no quedaban razones para tenerla.
Pero ahora, con sus últimas palabras entre mis manos, entiendo lo poco que sabía de su verdad.
Y no puedo evitar preguntarme en qué momento empezó a derrumbarse todo. ¿En que fallé como compañero y pareja? ¿Qué lo llevó a ocultarme la verdad? ¿Cuántas veces confundí su sonrisa con felicidad?
Busco respuestas entre las líneas, pero sé que ninguna podría devolverme al amor de mi vida.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y respiro hondo, intentando recuperar la máscara de frialdad que entrené durante tantos años. Me pongo de pie, guardo la carta en mi chaqueta y camino hacia la puerta.
La luz del sol me obliga a entrecerrar los ojos en el momento que pongo en pie en el exterior, y la multitud estalla en gritos y aplausos. Todos han venido a presenciar el comienzo de algo nuevo, pero yo apenas puedo pensar en todo lo que he perdido para llegar a este momento.
Miro los rostros que me rodean, y en cuestión de segundos dejan de tener sentido. Todo se vuelve borroso, y de repente sólo puedo ver al joven que alguna vez fui y a la familia que juré proteger.
La ceremonia comienza y escucho mi nombre entre los aplausos, pero mi mente ya está muy lejos de aquí.
Estoy de regreso a la vieja cabaña en lo alto de la colima.
A la noche que mi vida cambió para siempre.
A los días en que descubrí que la esperanza y el dolor podían existir al mismo tiempo.
Y, sobre todo, regreso al día en que conocí a Sam Davis.








