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LA HABITACIÓN 12

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Un accidente, dos destinos y una historia de amor inesperada. A veces, la realidad y los sueños se confunden, y el corazón guarda secretos que ni siquiera imaginamos.

Genero:
Drama
Autor/a:
Crazy627468
Estado:
hace 7 horas
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Un accidente

Hola, soy Jessica Anderson.

Y no, no soy la típica chica fresa que sueña con vestidos elegantes, fiestas exclusivas y príncipes azules que vienen a rescatarla. Si tuviera que describirme en pocas palabras, diría que soy un desastre con piernas, una mente inquieta y un corazón que late al ritmo de la adrenalina.

Mi vida es un caos, pero, siendo sincera, me encanta que sea así.

Soy una biker de corazón.

La velocidad, el rugido del motor y el viento golpeándome el rostro son algunas de las pocas cosas capaces de hacerme sentir verdaderamente libre

Asta que...

Eran casi las once de la noche. La carretera estaba prácticamente vacía y el cielo amenazaba con dejar caer una tormenta. Jessica conducía su moto negra, con el cabello recogido bajo el casco y la música retumbando en sus auriculares.

No tenía prisa por llegar a casa. De hecho, no quería llegar.

Aceleró un poco más, disfrutando de aquella sensación de libertad que tanto le gustaba. Las luces de la ciudad quedaban cada vez más lejos cuando, al tomar una curva, vio aparecer una motocicleta frente a ella.

Negra. Potente. Demasiado cerca.

-¡Mierda! -exclamó, apretando los frenos.

El otro conductor también intentó esquivarla, pero el asfalto húmedo les jugó una mala pasada.

El estruendo de los motores se mezcló con el chirrido de los neumáticos. Un segundo después, ambas motos perdieron el control.

Sentía un dolor insoportable en la cabeza y apenas podía mover los dedos. Cuando consiguió abrir los ojos, distinguió una silueta inclinada sobre ella.

Un chico.

Llevaba una chaqueta negra de motociclista, el cabello oscuro completamente despeinado y una pequeña herida en el pómulo. Tenía los labios entreabiertos y respiraba agitadamente, como si estuviera intentando contener el pánico.

Pero fueron sus ojos los que la dejaron inmóvil.

Verdes.

De un verde intenso, casi hipnótico, que destacaba incluso bajo la tenue luz de los faros.

-Tranquila, ¿me escuchas? -preguntó él, mirándola fijamente-. Ya pedí una ambulancia.

Jessica intentó incorporarse, pero un dolor punzante la obligó a cerrar los ojos.

El sonido de las sirenas fue lo último que se escuchó aquella noche antes de que la ambulancia llegara al lugar del accidente.

Los paramédicos bajaron rápidamente del vehículo y se acercaron a Jessica, que permanecía inconsciente sobre el asfalto mojado. Uno de ellos se arrodilló a su lado mientras otro evaluaba sus signos vitales.

-Tenemos una chica inconsciente, posible traumatismo por accidente de motocicleta -anunció uno de los paramédicos.

Hospital. 12:47 a. m.

El olor a desinfectante, las luces blancas y el sonido constante de los pasos por los pasillos fueron las primeras cosas que Jessica percibió al despertar.

Abrió los ojos lentamente. Le pesaban los párpados y sentía un dolor molesto en la cabeza, además de varias molestias en el cuerpo. Intentó incorporarse, pero una punzada en la frente la hizo detenerse.

-Ay, mierda... -murmuró, llevándose una mano a la cabeza.

Miró a su alrededor, confundida.

Estaba en una habitación de urgencias. Sobre la cama había una sábana blanca, a su lado descansaba un soporte para el suero y, frente a ella, una pequeña pantalla mostraba sus signos vitales.

No recordaba cómo había llegado hasta allí.

Lo último que tenía en la memoria era una carretera oscura, el ruido de dos motores y unos ojos verdes que la observaban con desesperación.

Frunció el ceño.

-¿Qué demonios pasó?

Como si hubiera escuchado su pregunta, una enfermera entró en la habitación con una carpeta en las manos.

-Vaya, por fin despertaste, cariño. ¿Cómo te sientes?

-Como si un camión me hubiera pasado por encima.

La enfermera sonrió ligeramente.

-Bueno, no fue un camión, pero sí tuviste un accidente de motocicleta. Llegaste inconsciente y tuvimos que hacerte varias pruebas. Por suerte, no encontramos lesiones graves. Tienes una contusión y algunos golpes que tendremos que vigilar, pero estás estable.

Jessica soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

-¿Una contusión? Genial. Justo lo que necesitaba para completar mi semana.

-Tendrás que descansar y seguir las indicaciones del médico. Y, por favor, nada de levantarte de golpe.

La enfermera revisó el suero y anotó algo en la carpeta antes de dirigirse hacia la puerta.

-Ah, por cierto, hay un chico esperando por ti en la sala de espera. Lleva aquí desde que te trajeron y no ha dejado de preguntar por tu estado.

Jessica levantó la cabeza de inmediato.

-¿Un chico?

-Sí. Un joven de ojos verdes, con una chaqueta negra. Está bastante preocupado por ti.

Los recuerdos regresaron de golpe.

El asfalto mojado. El choque. La voz masculina pidiéndole que no cerrara los ojos.

Y aquellos ojos verdes.

«Yo soy...»

Jessica apretó los labios.

-No puede ser...

-¿Lo conoces? -preguntó la enfermera.

-No. Bueno... técnicamente, creo que lo atropellé o él me atropelló a mí. Todavía no estoy segura.

La enfermera soltó una pequeña carcajada

-Pues parece que quiere asegurarse de que estés bien. Si el médico lo permite, podrás hablar con él cuando terminen de revisar.

---

Sala de espera.

El chico permanecía sentado en una de las sillas, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Su mirada estaba fija en el suelo, pero su mente seguía en aquella carretera.

No dejaba de recordar el instante en que Jessica había cerrado los ojos.

Se pasó una mano por el cabello oscuro y soltó un suspiro frustrado.

-Joder... -murmuró.

-¿Eres el chico que llegó con Jessica? -preguntó una voz masculina.

Levantó la cabeza de inmediato. Frente a él había un médico de mediana edad, con una bata blanca y una carpeta en las manos.

-Sí, soy yo. ¿Cómo está? ¿Le pasó algo grave?

El médico lo observó con tranquilidad.

-Está estable. Ha sufrido una contusión y presenta algunos golpes, pero, por el momento, no hemos encontrado lesiones graves. Necesitará descansar y seguir las indicaciones médicas.

El joven cerró los ojos un instante, aliviado.

-Gracias a Dios...

-Ya despertó y está consciente. Si quieres, puedes pasar a verla unos minutos.

El chico se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

-¿De verdad?

El médico asintió con una pequeña sonrisa.

-Pero procura no alterarla. Todavía necesita descansar.

-Sí, claro. No se preocupe.

Siguió al médico por el pasillo hasta detenerse frente a una puerta. Antes de entrar, se miró las manos, todavía marcadas por pequeños rasguños, y respiró profundamente.

No tenía ni idea de qué iba a decirle.

Después de todo, su primer encuentro había terminado con ambos en el suelo y una ambulancia de por medio.

El médico abrió la puerta.

-Jessica, tienes una visita.

Ella, que estaba mirando distraídamente el techo, giró la cabeza.

Y allí estaba él.

El chico de los ojos verdes.

Llevaba una chaqueta negra que dejaba ver una figura imponente, el cabello oscuro negro como la noche algo despeinado y una pequeña herida en el pómulo. Sin la lluvia y la oscuridad de la carretera, Jessica pudo distinguir mejor sus facciones.

Y, aunque le fastidiara admitirlo, el chico era increíblemente atractivo.

Sus miradas se encontraron.

Él permaneció unos segundos en silencio, como si estuviera comprobando que realmente estaba despierta.

-Bueno... -dijo finalmente, metiendo las manos en los bolsillos-. Veo que sigues viva.

Jessica arqueó una ceja.

-Y yo veo que sigues siendo un idiota.

El médico los miró alternativamente, sorprendido por la rapidez con la que habían empezado a discutir.

-Veo que se conocen.

-No precisamente -respondieron los dos al mismo tiempo.

Se miraron con fastidio.

El médico soltó una risita y negó con la cabeza.

-De acuerdo. Los dejo solos unos minutos. Jessica, recuerda que debes descansar.

Cuando la puerta se cerró, el silencio llenó la habitación.

El chico se acercó a la silla situada junto a la cama y tomó asiento. Por primera vez desde que había entrado, su expresión perdió aquella apariencia despreocupada.

-¿Cómo te sientes?

-Como si me hubiera atropellado una moto.

Él soltó una risa breve.

-Técnicamente, eso fue exactamente lo que pasó.

-¿Quieres que te lance la almohada?

-Prefiero conservar mi integridad física, gracias.

Jessica puso los ojos en blanco, aunque una pequeña sonrisa amenazó con escaparse.

Él la observó durante un instante antes de extenderle la mano.

-Por cierto, creo que todavía no terminamos de presentarnos.

Jessica miró su mano y después sus ojos verdes.

-Jessica. Aunque eso ya lo sabes.

-Sí, lo sé.

Su sonrisa se volvió ligeramente más pronunciada.

-Por cierto, creo que todavía no terminamos de presentarnos.

Jessica lo miró con absoluta indiferencia y después dirigió la vista hacia su mano extendida.

-Jessica. Aunque eso ya lo sabes.

-Sí, lo sé.

El chico esbozó una sonrisa despreocupada.

-Khalet Kingsley.

Jessica estrechó su mano brevemente, más por educación que por interés, y enseguida volvió a acomodarse en la cama.

-Bien por ti -respondió con un tono indiferente.

Khalet alzó una ceja. No parecía acostumbrado a que lo trataran con tanta frialdad.

-Vaya, ¿siempre eres así de simpática?

-Solo con los desconocidos que aparecen en mi habitación sin invitación.

-El médico me dejó pasar.

-Pues qué amable de su parte.

Jessica volvió a mirar hacia otro lado, dejando claro que no tenía ninguna intención de seguirle el juego.

Khalet soltó una pequeña risa y se acomodó en la silla.

-Tienes un carácter de mierda, ¿lo sabías?

-Y tú hablas demasiado. Supongo que todos tenemos nuestros defectos.

Él negó con la cabeza, divertido, mientras ella cerraba los ojos, intentando ignorar su presencia.

Para ella, Khalet Kingsley no era más que el desconocido con el que había tenido un accidente y que, por alguna extraña razón, seguía sentado junto a su cama.

Y, sinceramente, esperaba que se marchara pronto.

Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad que Jessica no estaba acostumbrada a experimentar.

El hospital le resultaba insoportable. Las paredes blancas, el sonido de los monitores, las visitas constantes de las enfermeras y, sobre todo, el aburrimiento estaban acabando con su paciencia.

Pero había algo todavía más desconcertante.

Khalet Kingsley.

El chico de los ojos verdes seguía apareciendo todos los días.

La primera mañana, Jessica pensó que solo había ido a comprobar que no se hubiera muerto después del accidente. La segunda, creyó que quizá tenía algo importante que decirle. Para el tercer día, ya no encontraba ninguna explicación lógica para su presencia.

Llegaba por las mañanas, se sentaba en la silla junto a su cama y, en ocasiones, desaparecía durante un rato para regresar con algo de comer o alguna bebida.

Nunca le había pedido que lo hiciera.

Nunca le había dicho que se quedara.

Y, aun así, allí estaba.

-¿No tienes una vida? -le preguntó Jessica una tarde, mientras lo veía sentado con el teléfono en la mano.

Khalet levantó la mirada.

-Sí. ¿Por qué?

-Porque llevas tres días viniendo a verme. Empiezo a pensar que no tienes nada mejor que hacer.

Él guardó el teléfono en el bolsillo y se acomodó en la silla.

-¿Y si te dijera que me encanta pasar tiempo contigo?

Jessica lo miró con una expresión completamente indiferente.

-Te diría que necesitas buscarte un pasatiempo.

Khalet soltó una carcajada.

-Eres imposible, ¿lo sabías?

-Me lo han dicho.

-No me extraña.

Jessica volvió a concentrarse en el teléfono, dando por terminada la conversación. Sin embargo, unos minutos después, volvió a mirarlo de reojo.

Él estaba distraído con su teléfono, como si no tuviera ninguna intención de marcharse.

Y aquello la desconcertaba.

No entendía por qué un desconocido, con el que ni siquiera había tenido una conversación decente antes del accidente, estaba perdiendo tanto tiempo con ella.

Ni siquiera eran amigos.

No sabía prácticamente nada de él, aparte de su nombre, que conducía una moto

Pero eso no significaba nada.

Al menos, eso pensaba Jessica.

---

Al cuarto día, mientras una enfermera revisaba sus signos vitales, Jessica decidió preguntarle algo que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

-Oye, ¿el chico que viene a visitarme todos los días es familiar de alguien de aquí?

La enfermera la miró, confundida.

-¿Khalet? No, cariño. Hasta donde sé, viene a verte a ti.

Jessica frunció el ceño.

-¿Y no ha dicho por qué?

-No. Pero parece bastante pendiente de cómo evolucionas.

Cuando la enfermera salió, Jessica se quedó mirando la puerta.

¿Qué demonios le pasa a este tipo?

No necesitaba un guardaespaldas. Tampoco una niñera. Y mucho menos un desconocido que apareciera cada día como si tuviera alguna obligación con ella.

Decidida a resolver el misterio, esperó hasta que Khalet regresara aquella tarde.

Él entró en la habitación con dos bebidas en las manos y dejó una sobre la mesita.

-Te traje algo.

Jessica miró el vaso y después a él.

-No te lo he pedido.

-Lo sé.

-Entonces,

Khalet se quedó quieto durante un instante.

Por primera vez desde que lo conocía, no respondió inmediatamente con alguna de sus bromas.

La miró, después dejó la otra bebida junto a la suya.

-Supongo que porque no me parecía correcto marcharme después de lo que pasó.

Jessica cruzó los brazos.

-Fue un accidente, khalet . No me debes nada.

-Tal vez.

-Entonces, deja de venir.

El silencio se instaló entre ambos.

Khalet la miró durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si realmente valía la pena responderle.

Finalmente, se encogió de hombros y tomó su chaqueta.

-Bueno.

Jessica lo miró de reojo, sorprendida por lo rápido que había aceptado.

-¿Bueno? -repitió.

-Sí, Jessica. Bueno. Si tanto te molesta mi presencia, no tienes por qué preocuparte. No volveré a molestarte.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta sin añadir nada más.

Jessica permaneció inmóvil, observándolo con una expresión indiferente, aunque no esperaba que se marchara tan fácilmente.

Khalet puso la mano sobre el picaporte y se detuvo un instante.

-Por cierto, espero que te recuperes pronto.

No esperó una respuesta.

Abrió la puerta y salió de la habitación.

Jessica volvió la mirada hacia la televisión, fingiendo que no le importaba en absoluto.

Perfecto. Por fin se había ido.

Eso era lo que quería, ¿no?

Entonces, ¿por qué le molestaba tanto que se hubiera marchado sin discutirle ni una sola vez?

Sacudió la cabeza, irritada consigo misma.

-Qué más da... -murmuró, acomodándose entre las sábanas.

No tenía ninguna razón para pensar en Khalet Kingsley.

Era un desconocido. Un chico con el que había tenido un accidente y que, por alguna extraña razón, había decidido acompañarla durante varios días.

Nada más.

Y Jessica estaba decidida a que siguiera siendo así.

Los días siguientes transcurrieron lentamente hasta que, finalmente, llegó el momento de que Jessica abandonara el hospital.

Después de varias revisiones médicas, algunas recomendaciones y una larga lista de cuidados que estaba segura de que no seguiría al pie de la letra, recibió el alta.

Estaba feliz de volver a casa, recuperar su libertad y, sobre todo, dejar atrás aquellas paredes blancas que la habían mantenido encerrada durante días.

Sin embargo, había algo que le resultaba extraño.

Khalet Kingsley había dejado de aparecer.

El primer día, Jessica ni siquiera se dio cuenta. Estaba demasiado ocupada recogiendo sus cosas y preparándose para marcharse.

El segundo día, tampoco pensó demasiado en él.

Pero cuando pasó una semana y no volvió a verlo, comenzó a recordar aquellas visitas que tanto le molestaban.

Recordó sus bromas insoportables, su sonrisa arrogante y aquellos ojos verdes que parecían divertirse cada vez que ella respondía con alguna grosería.

Sacudió la cabeza, molesta consigo misma.

-Qué estupidez -murmuró mientras se ponía el casco.

No tenía por qué pensar en él.

Había sido ella quien le había pedido que dejara de visitarla. Él simplemente había respetado su decisión.

¿Acaso no era eso lo que quería?

Subió a su moto y encendió el motor. El rugido familiar la hizo sonreír por primera vez en varios días.

La carretera, el viento y la velocidad. Eso era lo suyo.

No un desconocido que aparecía en su vida sin explicación y desaparecía cuando ella se lo pedía.

Aceleró, alejándose del hospital y de cualquier pensamiento relacionado con Khalet Kingsley.

Él había dejado de llegar. Y Jessica estaba decidida a que aquello no le importara en absoluto.

Habían pasado varios días desde que Jessica salió del hospital.

Había vuelto a su rutina, a las salidas en moto, a las noches con sus amigos y a esa vida llena de adrenalina que tanto le gustaba.

Y, por supuesto, había dejado de pensar en Khalet Kingsley.

O eso se repetía cada vez que su nombre aparecía en su cabeza.

Una tarde, después de conducir durante un buen rato, decidió detenerse en una cafetería que encontró en una de las calles más concurridas de la ciudad. Tenía sed y necesitaba descansar un momento antes de continuar su recorrido.

Estacionó su moto frente al establecimiento, se quitó el casco y sacudió su cabello antes de entrar.

Una pequeña campanilla sonó sobre la puerta.

La cafetería era acogedora, con luces cálidas, mesas de madera y un suave aroma a café recién preparado.

Jessica eligió una mesa junto a la ventana y dejó el casco sobre la silla de al lado.

-Buenas tardes. ¿Qué te gustaría pedir?

La voz masculina hizo que levantara la mirada.

Y entonces lo vio.

Ojos verdes. Cabello ligeramente despeinado. Una camisa negra con las mangas remangadas y un delantal oscuro atado a la cintura.

Khalet Kingsley.

Jessica parpadeó una vez, sorprendida, pero enseguida recuperó su expresión indiferente.

No puede ser.

Él también pareció sorprendido al reconocerla. Durante un instante, ambos se quedaron mirándose en silencio.

Después, Khalet arqueó una ceja y apareció en sus labios aquella sonrisa arrogante que Jessica recordaba perfectamente.

-Vaya, vaya... Mira quién decidió volver al mundo de los vivos.

Jessica se recostó en la silla.

-Y mira quién decidió buscarse un trabajo de verdad.

Khalet soltó una pequeña risa mientras sacaba una libreta del bolsillo de su delantal.

-Qué alegría comprobar que el accidente no te quitó lo encantadora.

-Y qué decepción comprobar que sigues siendo igual de insoportable.

-Te aseguro que el sentimiento es mutuo.

Jessica desvió la mirada hacia el menú, fingiendo que su presencia no le provocaba la más mínima curiosidad.

-Un café frío, por favor.

Khalet anotó el pedido.

-¿Algo más?

-No. Y si es posible, que me lo traiga alguien que no hable tanto.

Él se llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido.

-Qué cruel. Y yo que pensaba que me habías extrañado.

Jessica levantó la mirada lentamente.

-No te emociones, Kingsley. Apenas recuerdo tu cara.

La sonrisa de Khalet se ensanchó.

-Claro. Por eso llevas mirándome desde que llegué a la mesa.

Jessica entrecerró los ojos.

-Estoy intentando averiguar cómo alguien con esa cara consigue trabajo atendiendo al público.

-¿Y qué conclusión has sacado?

-Que el dueño debe estar desesperado.

Khalet soltó una carcajada antes de retroceder un paso.

-Tu café estará listo en un momento, princesa.

-No me llames princesa.

-Como ordenes, princesa.

Jessica abrió la boca para responderle, pero él ya se había alejado hacia la barra.

Ella soltó un suspiro y volvió la mirada hacia la ventana.

Genial. De todas las cafeterías de la ciudad, tenía que entrar precisamente en esta.

Lo que no entendía era por qué Khalet trabajaba allí. Ni siquiera sabía que tenía un empleo, y mucho menos que podía encontrárselo detrás de una barra, sirviendo cafés como si no fuera el mismo chico que había pasado varios días visitándola en el hospital.

Unos minutos después, él regresó con su pedido y lo dejó sobre la mesa.

-Aquí tienes.

Jessica tomó el vaso.

-Gracias.

Khalet se quedó de pie junto a ella, observándola con una expresión divertida.

-Por cierto, ¿cómo va tu recuperación?

Jessica levantó los ojos hacia él.

-Bien.

-¿Ya puedes conducir?

-Como puedes ver, llegué en moto.

-Eso no responde mi pregunta. ¿El médico te dio permiso?

Jessica bebió un sorbo de café antes de contestar.

-¿Ahora también eres médico?

-No. Pero recuerdo bastante bien cómo terminaste la última vez que condujiste cerca de mí.

Ella dejó el vaso sobre la mesa.

-Fue un accidente, Khalet. Supéralo.

La sonrisa de él desapareció por un instante, aunque enseguida volvió a adoptar su habitual expresión despreocupada.

-Créeme, lo estoy intentando.

Jessica no supo qué responder a eso.

Khalet miró hacia la barra cuando uno de sus compañeros lo llamó.

-Tengo que volver al trabajo.

-Adelante. Nadie te está reteniendo.

Él empezó a alejarse, pero se detuvo y volvió la cabeza.

-Me alegra verte de pie, Jessica.

Esta vez no hubo bromas ni sonrisas arrogantes. Solo una frase sencilla, pronunciada con una sinceridad que ella no esperaba.

Jessica apartó la mirada hacia su café.

-Ajá.

Khalet sonrió ligeramente y regresó a la barra.

Ella se quedó observándolo apenas un segundo antes de obligarse a mirar por la ventana.

No le importaba dónde trabajaba. Tampoco le interesaba saber si seguía pensando en el accidente.

Y, definitivamente, no le importaba que hubiera dejado de visitarla.

Pero mientras terminaba su café, Jessica comprendió que aquel encuentro había complicado algo que creía haber dejado atrás.

Porque, por primera vez desde que salió del hospital, Khalet Kingsley ya no era un recuerdo que pudiera ignorar.

Ahora estaba justo al otro lado de la cafetería.

Y, por alguna razón, parecía imposible no darse cuenta de su presencia.

Después de terminar su café, Jessica revisó la hora en su teléfono y decidió que ya era momento de regresar a casa.

Dejó el dinero sobre la mesa, tomó su casco y se levantó de la silla.

Antes de salir, miró discretamente hacia la barra.

Khalet estaba atendiendo a una pareja, sonriendo mientras anotaba su pedido. Parecía bastante cómodo en aquel lugar.

Jessica frunció ligeramente el ceño.

¿Y a mí qué me importa?

Se colocó el casco y salió de la cafetería sin despedirse.

El aire fresco de la tarde le acarició el rostro mientras se subía a su moto. Encendió el motor y aceleró, alejándose de aquel lugar.

Durante el camino, su mente volvió a recordar el encuentro.

No entendía por qué Khalet había dejado de visitarla en el hospital para después aparecer de la nada, trabajando en una cafetería como si el destino se empeñara en cruzarlos.

-Qué fastidio de tipo -murmuró dentro del casco.

Aceleró un poco más, intentando dejar atrás aquellos pensamientos.

Cuando llegó a casa, estacionó la moto en el garaje, se quitó el casco y entró.

El silencio la recibió.

Dejó las llaves sobre la mesa de la entrada, se quitó la chaqueta y subió a su habitación. Estaba cansada y lo único que quería era darse una ducha y descansar.

Sin embargo, mientras se cambiaba de ropa, volvió a recordar una frase que Khalet le había dicho antes de marcharse.

Me alegra verte de pie, Jessica.

Se quedó quieta unos segundos.

Después negó con la cabeza y soltó una pequeña risa de incredulidad.

-No empieces con tonterías.

Se dejó caer sobre la cama, tomó el teléfono y comenzó a revisar sus mensajes como si nada hubiera pasado.

Khalet Kingsley era un desconocido.

Un desconocido que había tenido la mala suerte de cruzarse en su camino dos veces.

Y Jessica no pensaba permitir que un par de encuentros casuales alteraran su vida.

Al menos, eso era lo que se decía mientras intentaba convencerse de que no volvería a pensar en él.

Jessica dejó el teléfono sobre la mesita de noche, apagó la lámpara y se acomodó bajo las sábanas.

El cansancio terminó venciéndola. Cerró los ojos, dispuesta a olvidarse de todo lo que había ocurrido aquel día.

Poco a poco, su respiración se volvió tranquila hasta que finalmente se quedó dormida.

Sin saberlo, aquel encuentro en la cafetería sería solo el comienzo de una historia que ninguno de los dos había planeado vivir.

Capitulo 2 la fiesta

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