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CORONA DE SANGRE

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Sinopsis

Mis padres cortaron el lazo con el filo de un cuchillo, pero hay alguien detrás de mí. ¿Será el indicado?

Genero:
Romance
Autor/a:
mivalledeleones
Estado:
hace 8 horas
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. El olor del deseo

En un pasillo solitario, contra la pared fría de azulejos blancos y en manos de una bestia, así perdería mi virginidad.




“Han quedado atrás los días oscuros donde omegas eran masacrados en las calles. Dejamos en el pasado nuestra naturaleza salvaje e irracional. Podemos vislumbrar un futuro pacífico para nuestros hijos, gracias al trabajo de los doctores Lamas y French, quienes con su descubrimiento sellaron el rio de sangre que se había desatado en el mundo”



La exposición continuó por dos horas. Estaba acostumbrado a permanecer sentado en la primera fila con los flashes y reflectores sobre mí. Ocasionalmente me pedían alguna impresión sobre la investigación de mis padres pero esperaba que ésta no fuera una de esas ocasiones.

“Suplicamos al joven Lamas que suba al escenario para brindarnos unas palabras sobre el futuro próximo”.

Miré seriamente al profesor Arana, había acordado con antelación que mi participación se reduciría a sonreír a las cámaras. El profesor me devolvió la sonrisa detrás del micrófono y con audacia apuntó sus dedos hacia mí. Los aplausos se intensificaron, sentí la garganta debilitada pero en ningún momento perdí la sonrisa que me caracterizaba.

Caminé lentamente hacia el escenario, con la traición encerrada en mis puños, volví a mirar al profesor Arana y al no encontrar una disculpa en su mirada, sino la cruenta petulancia de un traidor, me dispuse a devolverle el golpe.

-Buenas noches. – Saludé con una imperceptible inclinación de cabeza.

El volumen de mi voz se escuchó en todo el auditorio, pero quedó reprimida bajo la ola de aplausos.

-Felicito al profesor Arana por esta gran presentación, siento que el trabajo de mis padres es muy valorado por él, jamás me cansaré de agradecerle, incluso por mi propia existencia.- Sonreí maquiavélicamente, mientras guiñaba un ojo hacia la audiencia.

-¿A qué se refiere con eso? – Indagó un estudiante del público, próximo al escenario.

-Es un tema pasado – Respondí con picardía y volví a reír.

Miré al profesor y vi pavor en su rostro, me apetecía continuar y hacer leña del árbol caído, devolver la puñalada, pero la venganza infantil ya no me satisfacía como antes.

-Con gusto… – Hablé pausadamente a los presentes, sin distanciarme del micrófono – Responderé a sus dudas.

El profesor Arana se alejó del micrófono, aproximándose a su silla y respiró con tranquilidad. Al sentarse, me lanzó un mirada, una de esas miradas hondas que solo pueden compartir quienes realmente se conocen, luego inclinó la cabeza, como si el gesto anterior fuera insuficiente y de esa forma agradeció mi inmensa piedad.

Volví mi vista al frente, la luz del reflector derecho era muy intensa, por lo que todo el sector derecho del auditorio era completamente brilloso e imposible de ver para mí. Divisé muchas manos alzadas y de entre todos, una cabeza con rulos, llamó mi atención.

-El chico de rulos – Señalé.

Un asistente le acercó otro micrófono.

-Buenas noches… – Comenzó con una voz ligeramente temblorosa – Quiero preguntar algo.

Permanecí en silencio, ya había llegado a esa deducción ¿por qué otra razón se pondría de pie y pediría un micrófono en una conferencia de Medicina?

-Puede hablar, alumno – Agregó el profesor Arana, luego de esperar varios segundos.

-Sí, perdón. – Volvió a aclarar su garganta el joven de rulos – Señor Lamas French, ¿puede decirnos cuál es la hipótesis que apoya su padre con respecto a la “Mutación Homosapiens”?

-¡Qué gran pregunta! – Recité algo entusiasmado.

Pararme frente a una multitud rara vez me era molesto, estaba acostumbrado a ello. Sobre mi llovían toda clase de preguntas. Algunas eras triviales, la mayoría buscaba genuinamente calmar una incertidumbre, pero en ciertas ocasiones se presentaba el peor tipo de dudas. Me hastiaba que malgastaran mi tiempo con preguntas, cuya respuesta estaba escrita en algún libro. ¿Cómo podían desperdiciar mi talento de esa forma?

-Tanto mi padre, como mi madre están en contra de las hipótesis que sostienen que los primeros omegas y alfas fueron resultado de la unión de homosapiens con cánidos. Como todos aquí saben, la descendencia sólo puede darse entre individuos, cuyos rasgos genéticos comparten características similares. Si bien, tanto omegas como alfas tienen conductas primitivas durante el celo que se podrían interpretar como similares a las de los cánidos, esas mismas conductas son propias de otras especies mamíferas. Con respecto a la pregunta… – Aclaré, tratando de regresar al tema, porque era común en mí comenzar a divagar. – Puedo decir que mis padres creen que la mutación inicial se habría dado producto de factores externos.

-¿A qué se refiere con eso? – Insistió el alumno.

-Me refiero a que ellos creen que algo en el ambiente causó la mutación sobre las células que durante la etapa embrionaria del individuo, se convertirían en células gonadales, haciendo que éstas se agrupen en lo que hoy conocemos como la glándula de Sisson ubicada en la base del cuello.

-¡Siguiente pregunta! – Gritó el profesor Arana.

Nuevamente los alumnos volvieron a levantar sus manos.

-El alumno de la segunda fila. – Elegí, apuntando hacia un niño con anteojos.

El chico tomó el micrófono, inclinó la cabeza hacia mí y preguntó:

-¿Sus padres han deducido cuál fue el factor ambiental que causó la mutación?

Se hizo un silencio general. Era una pregunta que siempre me formulaban, una pregunta que me moría por responder y al mismo tiempo una pregunta que de ser respondida con la verdad, acabaría con la vida de mis padres.

-Lamentablemente aún no han aislado la causa de la mutación, sus investigaciones actuales están enfocadas en dilucidar la pregunta que usted acaba de pronunciar.

-¡Siguiente pregunta!

Señalé a una alumna de las últimas filas, debido a que me llamó la atención su forma de saltar entre el resto de concurrentes.

-¿Cuál es la diferencia entre un omega macho y una omega hembra? – Balbuceó al tomar el micrófono.

Suspiré con frustración. Una pregunta anatómica. Una pregunta que fácilmente se podría responder si abriera su libro de Anatomía en la parte de “Aparatos reproductores”, en lugar de hacerle perder el tiempo alguien tan brillante y perfecto como yo.

-La diferencia entre un omega macho y una omega hembra es simple…

Abruptamente me detuve y por un momento una idea fugaz pasó por mi cabeza. El dilema siempre era el mismo: obrar de manera correcta, como todos esperaban de mí o pisotear la estima de alguien que decidí que era molesto.

El silencio continuó solo unos segundos más:

-¿Alumna, puede acercarse al escenario? – Pedí.

Miré como la chica intentaba esconderse detrás de otros presentes, pero sus compañeros la empujaron hacia el escenario.

La alumna, algo avergonzada, subió al escenario y yo miré al profesor Arana, quien a mi lado susurró: “Necesita una lección”. Con luz verde, me dispuse a matar la ignorancia. Sin moverme del atril, le señalé a la chic el centro del escenario.

La joven, que no debería tener más de veinte años, asintió y permaneció estática en el lugar señalado a unos cuantos pasos de mí. Entonces, volví a dirigirme a la audiencia:

-Sé que esto no debe hacerse en el contexto social, sin embargo la pregunta de la alumna me autoriza a indagar en su vida con fines estrictamente académicos y médicos. Entiendan… los más jóvenes… que esta situación sólo es admisible en el ámbito médico e investigativo.

-Prosiga joven Lamas – Me facultó el profesor Arana.

-¿Pude decirnos su edad, alumna?

-Veinte años – Respondió aún temerosa.

No era una pregunta necesaria, solo quería prolongar su agonía.

-¿Usted es beta, omega o alfa?

Era una pregunta necesaria sólo para mí, el resto de la audiencia sabía a la perfección a qué casta pertenecía ella. Nadie se sorprendió ante la pregunta, todos conocían mi historia y como después de nacer como omega había sido privado de mi glándula de Sisson a manos de mis propios padres.

-Alfa – Se limitó a decir.

Su respuesta no me sorprendió, a pesar de carecer del olfato de feromonas, tenía ojos y podía distinguir claramente los caracteres sexuales secundarios y en los alfas eran muy evidentes; cuerpos grandes, musculatura desarrollada, voces más graves, bello prominente, entre otras. La alumna era mucho más alta que yo, tenía una espalda amplia y una quijada marcada y cuadrada.

-¿Solo alfa? – Pregunté sin mirarla.

-¡Alfa dominante! – Respondió con cierto orgullo.

Los alfas que conocía eran bien tontos, estaban muy ocupados luchando contra su propia mente como para enfocarse en los problemas reales, por eso no me sorprendió que la alumna fuera una de ellos.

-Como alfa…- Comencé – debe conocer su propia anatomía. ¿Verdad?

-Sí – Respondió, pero ésta vez había algo diferente en su voz.

-Díganos, en qué se diferencian los alfas hembras de los alfas machos.

Luego de un silencio no muy prolongado, la joven murmuró lo siguiente:

-¿De verdad lo quieres saber?... Huele diferente, cariño.

Lo dijo en un hilo de voz apenas audible, pero que se instaló en mis oídos, como una bala que choca contra un árbol y se entierra en él.

No podía creer su audacia.

Me giré hacia ella, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. ¿Se refería a mí? Los alfas dominantes jóvenes eran más estúpidos de lo que recordaba. La alumna tenía todo su cuerpo inclinado hacia mí, sus fosas nasales inspiraban aire ruidosamente.

-Como la alumna se encuentra en un hiatus… - Expresé restándole importancia a su comentario, que esperaba que solo hubiera sido escuchado por mí. – Expondré las diferencias anatómicas entre alfas machos y hembras.

Y así lo hice, expliqué con cierto detalle pero muy rápidamente las diferencias entre ambas clases, incluyendo luego a los omegas. Pedí a la alumna que bajara del escenario y esperé a que el profesor pidiera otra pregunta.

Miré mi reloj, un poco fastidiado y encaré la duda siguiente.

-¡Yo tengo una pregunta! – Exclamó una voz masculina.

Busqué entre los presentes al dueño de dicha voz pero supuse que se trataba de alguien sentado en el lado derecho del auditorio porque no lo hallé. Tampoco pude verlo cuando la asistente le acercó el micrófono, lo deduje porque luego de algunos segundos su voz se hizo más pronunciada bajo el alcance del micrófono.

-¿Usted funciona como un beta? – Preguntó.

El silencio fue instantáneo, pronto deduje que se trataba de otro alfa, no fue necesario que pudiera verlo. Otro alfa que pensaba más como perro que como humano. Había algo que me molestaba en la pregunta: “funciona”. Si bien era una pregunta que podía ser respondida fácilmente, no quería hacerlo, porque implicaba manchar la reputación de mis amados padres. No podía hacerles eso, por lo que no esperé mucho la intromisión del profesor Arana.

-Gracias, joven Lamas por honrarnos con su presencia. Espero que pueda visitarnos con más regularidad.

Asentí con una sonrisa y me aparté ligeramente. A pesar de nuestros egos, el profesor Arana y yo nos cuidamos mutuamente y él no permitiría que nadie ensuciara el trabajo de mi madre, sobre todo después de haberla amado tanto.

-Gracias a la Universidad Nacional de Medicinas Aplicadas por invitarme a este auditorio. Espero que en el futuro, se conviertan en médicos que salvan vidas. Les deseo éxito a todos. – Dije despidiéndome.

Los aplausos se sintieron en todo el auditorio, incluso sobre el escenario. Alcé la mano, sonreí y me encaminé detrás del escenario para evitar a la multitud.

El profesor Arana me tomó del brazo y me arrastró lejos del gentío, caminó en silencio hasta una habitación. Me empujó dentro y tapándose la boca y la nariz dijo:

-¿Cómo puedes andar sin supresores?

Era una recriminación justa y no dije nada para defenderme.

Miré el lugar lleno de cajas y mientras extraía una jeringa de mi bolsillo y me inyectaba, pregunté:

-¿Qué tan fuerte es el olor?

-No lo sé, no pienso olerte. – Respondió, sin dejar de tapar su boca.

-Entonces, ¿Por qué actúa como si oliera a carne podrida?

El profesor alzó la vista y liberó su boca:

-No me quiero arriesgar.

Esperamos unos minutos en completo silencio.

-¿Para qué utilizas esta oficina? ¿Qué contienen las cajas? – Pregunté curioso.

-¡Esta no es mi oficina! – Profirió molesto.

Lo miré extrañado, no recordaba haber dicho que esa fuera su oficina, solo pregunté qué uso le daba. El profesor Arana siempre estaba a la defensiva, como si todos fuéramos sus enemigos.

-No dije que lo fuera, solo pregunté para qué la utilizas.

-Es un deposito… - Su aire se agotó y tosió intentando recuperarlo.

-Vuelva con sus alumnos – Le recomendé. - No soy un niño, puedo cuidarme solo. En treinta minutos, saldré de aquí.

El profesor asintió pero antes de abrir la puerta, preguntó:

-¿Te equivocaste con la dosis del supresor?

-¡Yo no me equivoco! – Grité indignado – Hoy tuve que retrasar mi dosis porque cierto profesor me obligó a subir al escenario.

El hombre me miró sorprendido y luego, escondiendo su incomodidad, agregó:

-Te dejo para que te restablezcas, búscame en el laboratorio número dos.

-Yo me voy a casa. No pienso perder mi tiempo con sus tontos alumnos, que no pueden seguir la alerta de una aplicación para tomar sus supresores. ¿Dónde están los alumnos inteligentes?

-Ya me encargaré de Agatha – Se lamentó el docente.

El profesor Arana era un hombre canoso con un cuerpo cansado y una mente en suspenso.

-¿Se encargará? – Protesté. - ¿A qué se refiere con eso? Esa alfa casi me desnuda frente a toda la audiencia.

-¡No exageres! – Mencionó con algo de resentimiento.

-Yo no exagero, el consumo de supresores es obligatorio para toda la población. Tendría que denunciarla.

-Eso te incluye a ti. – Me frenó.

-Eso no me incluye a mí. Mis supresores son diferentes, solo camuflan mi olor, yo no libero feromonas.

-Tal vez no liberes feromonas pero si hueles muy raro.

-¿Raro? Eso si es ofensivo. – Recriminé. – Váyase, sus alumnos mononeuronales necesitan de un profesor con urgencia.

El profesor Arana me sonrió discretamente, despeinó toda mi cabeza y salió de la habitación, dejándome un divertido: “Madura ya”.

Acomodé mi delgado cuerpecito en la silla más cómoda que encontré y me dejé llevar por el sueño.


No supe cuánto había dormido, pero al despertar me sentí rejuvenecido.

Al abrir la puerta de la sala, para salir, me encontré con dos opciones: un largo pasillo, cuyo destino desconocía o el corredor que me regresaba al auditorio. Dudé por algunos segundos, pero la curiosidad me hizo optar por el camino desconocido.

Avancé unos metros, acompañado por las luces que parecían grisáceas sobre el suelo oscuro y engomado. Las ventanas cerradas y el olor a cloro impregnado en cada rincón, me siguió como una sombra. No había allí nada extraño, ni siquiera mi pulso o mi andar, hasta que unos pesados pasos rompieron la armonía. Me giré hacia el pasillo y reconocí la figura de la alumna que había subido al escenario durante el acto. Permanecí quieto, sin saber bien qué hacer. No tenía miedo, ¿Por qué lo tendría?

Opté por seguir con mi camino, cuando de pronto una enorme mano frenó mi paso y me hizo volver.

-Al fin te encuentro. – Murmuró ella, sin guardar ningún tipo de distancia.

Tardé en reaccionar, era la primera vez en mi vida que alguien se atrevía a estar tan cerca de mí.

-Agatha, ¿verdad? – Pregunté nervioso, alejándome sutilmente de ella.

-¿Sabes mi nombre? – Sonrió - Le preguntaste al profesor Arana por mí. ¡Eres tan encantador!

Agatha volvió a aproximarse y era evidente que no estaba en sus cabales. ¡Una alfa dominante sin inhibidores, ni supresores! No podía creer mi mala suerte.

-Agatha ¿Qué haces? – Interrogué, alejándome lentamente de ella.

Agatha, por segunda vez volvió a romper la distancia que nos separaba, pero esta vez me estrechó contra su cuerpo, mientras su respiración desesperada empujaba su aliento hacia mí. Intenté no entrar en pánico, no quería desencadenar el desastre.

-Quiero volver a olerte… – Explicó con una voz rasposa.

Mientras ella hablaba tuve una idea.

-Agatha, hermosa. ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Lo que desees, amor – Respondió en mi oído, sin dejar de olfatearme.

-¿Estás en celo?

-No. – Respondió apagadamente – No podré poner cachorritos en tu pancita.

Suspiré aliviado a pesar de ese espantoso comentario.

-¿Tomaste hoy tus supresores?

-¡Sí! –Dijo soltando una carcajada bestial. – Eres tú quien me tiene así.

Esta vez no hubo suspiro. Algo extraño estaba pasando, pero no podía encontrar la respuesta. Agatha, en cambio, estaba bien segura de lo que quería hacer. Tomó una de mis piernas y la colocó rodeando sus caderas. Pegó su cuerpo al mío y comenzó a frotar su erección contra mí. Sentí su clítoris bien duro, no podía ignorar el tamaño.

-¿Lo sientes? – Dijo entre jadeos – Creo que puedo penetrarte.

Claro que lo sentía. Agatha vestía una falda larga, la tela era delgada, por lo que supe que no tenía ropa interior.

-¿De verdad quieres hacerlo? – Le pregunté.

-Sí, quiero. – Vociferó, soltando un leve aullido.

-¿Cuántas veces me lo harás?

-¡Cinco! – Determinó, sin titubear.

-¿Cinco?

¿Cinco? ¿Estaba bien para alguien que dice no estar en celo?

-Quiero más… – Susurré en su oído - ¿Cuántas veces se lo haces a tu novia?

Agatha lucía febril, su piel ardía y su cuerpo temblaba. Tomó mi otra pierna y rodeó su otro costado con ella.

-¡Tres! – Respondió y comenzó a frotarse nuevamente contra mí.

Coloqué mis brazos sobre sus hombros para no caer. Tomé mi teléfono antes de que ella me levantara y mientras resistía, envié un mensaje.

-¿Estás enojado? – Preguntó al escucharme teclear.

-Lo estoy.

Agatha me empujó contra la pared, golpeándome la cabeza.

-No te enojes, dulzura. – Murmuró melosamente.

Yo la empujé separando mi cuerpo del suyo y recuperé mis piernas.

-¡Soy el único hijo del doctor Lamas y la doctora French! Mi padre y mi madre son los científicos más premiados de todo el mundo, no me voy a entregar a alguien que tiene pareja. – Grité melodramáticamente.

-Terminaré con ella… – Sollozó entre lamentos.

-¡Eso no me importa!

Caminé hacia el auditorio, pero Agatha me siguió y con todo el peso de su cuerpo, me estrechó contra la puerta de la habitación que momentos atrás había abandonado. Separó mis piernas con una de sus manos y con la otra comenzó a deshacerse de sus prendas.

-¡Agatha, suéltame! – Grité, sintiendo emerger el terror.

-Lo siento, amor. Ya no resisto. Me estoy volviendo loca, hueles demasiado bien. Estoy muy dura, te prometo que serán seis rondas.

-¡No! – Volví a gritar.

Era fuerte, mucho más fuerte que yo, lo supe cuando intenté escapar.

Ella tapó mi boca y acercándose a mi oído dijo:

-De acuerdo, serán siete.

Justo cuando pensé que ese sería mi fin, vi unos brazos abalanzarse sobre ella y separarnos. Caí al suelo, con el corazón latiendo estridentemente y cuando me recuperé de shock inicial, divise a los policías que me había rescatado y también un rostro conocido. El profesor Arana, me escondió detrás de él, esperando a que se llevaran a la joven que rugía salvajemente como una bestia. Agatha intentó liberarse, pero afortunadamente los policías la redujeron y se la llevaron.

-¿Estás bien? – Preguntó el profesor volviéndose hacia mí.

-¡¿Cómo puede preguntar eso?! ¡¿Acaso no ve el estado en el que me encuentro?! – Respondí molesto.

-Ella llegó a… - Pronunció articulando cada palabra con cuidado.

-¡No! –Interrumpí. - ¡¿Sabe todo lo que tuve que soportar?!

-Lo lamento…

-¡Claro que lo lamenta! – Espeté con odio. – ¡Le contaré a mi madre lo que una de sus alumnas intentó hacerme!

No era verdad, jamás le diría algo así a mi madre, ni a mi padre, ni a nadie.

-Hágame un favor – Exigí.

-Cualquier cosa.– Soltó, sin esconder su preocupación.

-¿Podría olerme?

-¡¿Olerte?!

El profesor me miró con terror, seguramente había llegado a esa conclusión:

-¡No estoy loco! – Me quejé – ¡Solo quiero que describa mi aroma!

-Soy beta, mi olfato no es muy bueno.

-¡Lo sé, profesor! – Mencioné con obviedad. – Solo inténtelo y describa lo que percibe.

Saqué un pequeño block de papel del bolsillo de mi saco y tomé el bolígrafo de su guardapolvo a la espera de su respuesta.

-¿Es esto necesario? – Preguntó, sin ganas.

-Me lo debe – Insistí.

Acercó su nariz a mi rostro, pero yo lo detuve.

-Primero hágalo desde ese lugar. – Demandé. -La distancia es importante.

-De acuerdo.

El profesor Arana tomó aire, retuvo el aliento y luego lo liberó.

-Y bien… ¿A qué huelo? – Insistí.

-A nada.

Hice una anotación en mi block. Luego pedí que se acercara, pero él permaneció estático. Yo me aproximé a él lentamente. El profesor volvió a repetir el proceso y respondió:

-No percibo ningún olor.

-Entiendo, gracias.

-¿A qué se debe todo esto, Shao? – Quiso saber, pero se veía indeciso.

-La alfa… ella sí tomó sus supresores.

-¿Cómo sabes eso? – Preguntó el profesor.

-No solo sé eso, profesor ¿Cree que me dejé manosear por puro gusto?

-¡No puedo creer que hayas usado tu cuerpo con fines investigativos! – Reprimió molesto.

-Y yo no puedo creer que se enoje conmigo. Soy la víctima.

-No lo sé. – Dudó el hombre recapacitando.

-¡¿Acaso me cree capaz de ponerme en peligro a propósito?! ¿Con qué fin lo haría?

El profesor me miró con pena.

-No tienes nada que demostrar… – Comenzó – Tus padres son los mejores en su campo, tú puedes seguir tu propio camino.

Estaba a punto de protestar pero me contuve, era una discusión sin sentido.

-Me voy.

-¡Espera! – Gritó, reteniendo mi brazo.

Sentí un agudo dolor sobre la piel.

-¿Qué pasa? – Le dije intentando soltarme.

-Te escoltarán a tu vehículo, hay algunos reporteros afuera.

-¡¿Reporteros?! – Repetí horrorizado.

-Están esperando tu salida.

Estaba más que intrigado, la prensa no acostumbraba a seguirme. No podía deberse al bochornoso incidente.

-¿Por qué me esperan?

El profesor peinó su blanca cabellera y dijo:

-Mañana es el aniversario del descubrimiento de tus padres. Quieren entrevistarte, ya que ellos no dan entrevistas.

Medité brevemente sobre el asunto y le dije:

-Aceptaré la escolta, no quiero lidiar ahora con ellos. Tengo mucho en que pensar.

El profesor Arana me dio un abrazo y me acompañó hasta donde me esperaban los policías.

-Profesor… no sea muy duro con Agatha – Casi supliqué.

-Te prometo que yo no lo seré, pero estará encarcelada por un largo tiempo.

-No será un largo tiempo, yo no levantaré cargos contra ella.

-Tú no, pero el fiscal, sí lo hará.

-Es tan joven…

-No te preocupes, su familia tiene los recursos para protegerla legalmente.

Volví a mirar el auditorio de la universidad, no cualquier persona podría costear los gastos de un lugar como ese.

-¡Profesor! – Lo llamé.

-¿Qué ocurre?

-Dígale al iluminador que equilibre el reflector derecho. No pude ver a nadie de la mitad derecha del público.

-¡Lo haré! – Me dijo sonriendo. – Pero antes debes prometer que te bañarás.

Giré automáticamente hacia él, sorprendido.

-Usted dijo que no percibió mi olor.

-Tu olor no, pero Agatha te marco con sus feromonas, seguro que hueles agrio. – Sostuvo el profesor mirando a los policías que hicieron una mueca extraña.

Me despedí y seguí mi camino. Unos cuantos reporteros aguardaban por mí, pero mayor era el número de estudiantes que intentaban acercarse, y entendí rápidamente lo que sucedería: ¿una estudiante encarcelada? ¿La patrulla de policía? ¿Los reporteros? Mi nombre estaría en sus bocas por toda esa semana.



Afortunadamente llegué a salvo a casa, pero una pregunta no me dejó tranquilo durante todo el trayecto: ¿Qué acababa de ocurrir?

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